Latas
De pequeña en el colegio jugamos un par de veces al béisbol. Gimnasia nunca fue en absoluto mi fuerte, pero en esas contadas ocasiones mi destreza para batear sorprendió gratamente, o al menos en mi recuerdo si logré darle a la pelota con el bate pese a que jamás fui capaz de saltar el potro. El béisbol es el deporte nacional de Nicaragua, y aunque mis conocimientos del mismo se remontaban a aquel infantil recuerdo o alguna que otra escena cinematográfica, he de reconocer que me ilusionó sobremanera la propuesta de acudir a ver en directo, y como hincha incondicional, el partido que León jugaba contra Matagalpa en el estadio de la ciudad.
Yo nunca he sido muy fiel deportivamente hablando, en realidad el béisbol o el fútbol en general me la repanpinflan bastante. En mis antecedentes he sido hincha forofa del Athletic de Bilbao cuando acompañaba a mi abuelo a ver el fútbol a algún bar, o cuando más tarde viviendo en la propia Bilbao acudía a tomar zuritos a Pozas. También, de niña, fui fan del Real Madrid en los tiempos que tenían al argentino Solari en plantilla, e incluso me hice adoptiva espiritual del Barça porque me encantaba la seriedad de Guardiola y lo blanco y frágil que parecía Iniesta. Me pinté la cara y acabé bailando el Waka waka en la fuente de mi pueblo cuando España ganó el Mundial, y si mi tio es del Valencia y juega contra el Sevilla posiblemente me mimetice en una forofa de éste último sólo por caldear el ambiente.
Leon vs Matagalpa cumplía todas las expectativas de uno de esos grandes eventos; las conversaciones estaban totalmente monopolizadas, la vestimenta convivía teñida de azul y blanco y los deseas divinos tenían dos únicos destinatarios. Sorprendía en este caso que el estadio fuera un estadio «chiquito», más parecido al estadio de un pueblo grande que al imaginario de estadio de cualquier ciudad, pero el ambiente que le rodeaba agigantaba el lugar. La radio anunciaba las colas infinitas para conseguir entradas, a 20 córdobas (lo que vienen a ser unos 65 céntimos), desde primera hora de la mañana, y pese a ser un partido de fulgor todo lo que le rodeaba era curiosamente barato (incluso parte del estadio estaba previsto para acceder de manera gratuita en la zona sin gradas cubiertas).
El pasillo de tránsito de la primera fila, pegado a la red, fue nuestro hueco de visionado; entramos al campo con apenas quince minutos de antelación. Posiblemente, para un amante del béisbol no fuera el mejor lugar para ver el partido, pero para unos curiosos era sin lugar a dudas el lugar perfecto, solo había que darse la vuelta y observar las gradas repleta de caras, grandes y pequeñas, para vivir el ambiente por el que habíamos acudido. El chico que vendía cervezas iba y venía, el señor del plátano frito con chile iba y venía, la señora de las hamburguesas iba y más tarde volvía con perritos calientes, luego con pollo frito, luego con pizzas…, también pasó la chica de las gorras y las camisetas, el señor de las tropentillas, las banderolas y los turbantes que rotulaban «Viva León Jodido», así cómo el hombre de los paquetillos de tabaco, las cerillas y los chicles que finalmente se afincó a nuestro lado. Todo el mundo iba y venía, incluido el Señor de las latas.
La primera vez que vi un Señor de las latas fue en Berlín, en este caso, era un chico joven el que se acercó a nosotros una noche en la calle preguntándonos si nuestra botella de agua estaba vacía para echarla en su saco. Mi amigo, que vivía allí, me explicó que era corriente que gente se dedicará a recoger las latas y botellas para venderlas a reciclaje y así, sacarse un medio de sustento. Un par de años más tarde, en India, también conocí a niños y niñas de las latas. Era muy común verlos en las estaciones de tren, los sitios con mucho tránsito producen muchas latas. Cuando llegaba un tren se zambullían como roedores veloces a buscar latas, botellas y sobras de comida entre los deshabitados vagones que dejaban los recién llegados a la ciudad. El Señor de las latas del estadio también tenía como ellos esa mirada rastreadora, caminaba lentamente arrastrando los pies como si no solo las latas fuera lo que le pesara, iba observando al suelo y cuando acechaba una lata solitaria la agitaba para adivinar si aún podía tener algún dueño despistado cerca. Desapercibido entre el barullo y el entusiasmo se camuflaba en busca de sus tesoros el señor de las latas, inmune a las cantos de las carreras, los home run o algún bateador eliminado. El Señor de las latas solo se limitaba a caminar arrastrando su particular saco preguntando por medio de su mirada y su sonrisa desdentada un encantador ¿ya terminó? si tenías una lata entre tus manos.
El partido duró cuatro horas y media. A las tres horas ya había alguna persona que no había cómo descolgarla de la red de tanta cerveza que llevaba encima, pero quitando divertidas excepciones se respiraba un ambiente de pura fiesta al ritmo de cumbia cada vez que había cambio de bateo. Ganó León y todos lo celebraron. Ayer, sin embargo, perdió y ésta vez todo fueron suspiros; pero gane o pierda siempre habrá latas para el Señor de las latas.

Estamos aquí en la noche de San Juan, leyendo tus escritos y comentando cual de los tres nos ha gustado más. Todos están muy bien pero el de las latas…Feliz día. saludos.Nos vamos a celebrar san Juan.Un beso y un fuerte abrazo
Me alegro mucho de que os gusten, ¡estáis poniendo el listón muy alto con tanto entusiasmo! pero espero poder seguir contando aventuras para amenizar las noches de granizados y bolitas de helado. Un abrazo gigante desde León.
viva la madre que te parió
¡Y el acompañamiento!