Hacer un Miguel

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Hacer un Miguel

No soy buena ligando. Pese a ser una gran amante de teorías, estudios y moralejas sobre el flirteo, en realidad, a la hora de la verdad soy espontáneamente patosa. Siempre he creído que el ligue es todo un arte, y como cualquier otra disciplina artísticas, si bien hay seres humanos y culturas prodigio, veía posible poder dominar la materia con mucha dedicación, teoría (véase futuras publicaciones sobre el cortejo) y una pizca de seguridad. El único problema es que en el caso del cortejo en particular, la realidad de cada uno siempre suele desbordar con creces todas las teorías, y en mi caso en particular aliñarlas con situaciones cómicamente inocentes. Hace poco más de un año, viviendo en Bilbao, tuvo lugar una de esas escenas de cortejo altamente divertida que quedó marcada en el imaginario colectivo presente en aquel instante bajo el popular título «Hacer un Miguel». La historia tuvo lugar un sábado cualquiera en un pub de salsa de la ciudad, pero para conocer a Miguel hay que remontarse a mucho antes.

Una amiga, durante esa primavera, tuvo que acudir por motivo de su investigación de doctorado a un curso vinculado a Derechos Humanos y pueblos Indígenas que se estaba impartiendo en Bilbao. Por riquezas culturales que te aporta la vida, toda su clase estaba compuesta por gente de Latinoamérica que había acudido desde sus respectivos países para el curso. Entre sus compañerxs se encontraba Miguel.

Miguel era un chico muy majo que en cuanto estuvo asentado en la ciudad le preguntó a mi amiga por sitios para ir a bailar salsa, y mi amiga le puso en contacto conmigo. Yo me había movido mucho por los pubs de salsa de Bilbao, y si bien llevaba muchos meses despistada del ambiente, acepté organizar una salida para introducirle en el desconocido, pero existente, mundo salsero vasco. El plan era bastante sencillo, quedábamos a tomar unos pintxos y luego acudíamos a recorrernos la ciudad junto a un mapa mental sobre el que situar todos los sitios. Desde el primer momento Miguel resultó ser un tipo increíblemente divertido, gran bailarín y altamente interesante que lograba caer bien a todo el mundo; estaba haciendo un doctorado en París que le quitaba el sueño y le producía muchos suspiros, había vivido en Marruecos, tras su estancia en Bilbao marchaba a Ginebra a la sede de las Naciones Unidas para continuar con el encuentro sobre Derechos de lo pueblos indígenas,… Todo en él tenía un tinte académico pero altamente revolucionario que le hacía llenar los zuritos de conversaciones sin final. No obstante, pese a todo ese bagaje intelectual, lo más increíble de todo es que estaba sumergido en un entusiasmo por hacer cosas y planes (incluida la propuesta de irse en bici con una super ciclista vasca a dar un paseo mortal) que me sorprendía; yo, que andaba con lagunas de vida y también me apuntaba a un bombardeo, comencé a sospechar que quizás tras toda ese viveza y energía estaba escondido un profundo y camuflado desamor. Más tarde, con la amistad ya establecida y varias noches de baile a nuestras espaldas, confirmé mi suposición de que más que bailar o subir en bici lo que quizás buscaba era distraer de su mente la ausencia.

Una de esas noches de baile aconteció la historia que da origen a este relato.  Junto a unxs amigxs llegamos a uno de esos pubs y nos arrinconamos en una esquina a bailar entusiasmados a ritmo de salsa, merengue y bachata. Entre risas, bailes y algún que otro pisotón me percaté que un chico, muy apuesto, me estaba mirando más de lo común. Supuse, por la manera en que miraba, que se debía al baile y a que él no sabía bailar. Cuando alguien no coordina dos pasos mira con demasiada admiración al que simplemente sabe dar un par de giros, como en este caso éramos nosotrxs. De repente, pasado un rato y en pleno asentamiento de descanso, empezó a sonar un merengue y el chico se acercó y me propuso salir a bailar. Cabe matizar que en los pubs de salsa, de España porque en otros países como Costa Rica la dinámica es diferente, cuando hay cambio de canción se cambia también de pareja (a no ser que haya intenciones sexuales bastante intensas de por medio con esa pareja en concreto), es por eso muy común bailar con desconocidos con total naturalidad y tras terminar la canción saludarse y continuar con la siguiente persona. Creo explicado pues, que cuando me preguntó, bajo un pronunciado acento extranjero, si me apetecía salir a bailar tampoco le diera más importancia de la común y aceptara encantada.

Como había vaticinado en líneas anteriores el chico no dominaba el arte del baile, pero fue precisamente esa frescura de sentir el peligro de que te puedan pisar los pies lo que más me encantó de él, supongo que yo siempre fui de las que guardó asiento por vergüenza demasiado tiempo. Con una sonrisa encantadora y pidiendo disculpas de antemano entre gestos por cualquier posible percance de descontrol, el susodicho se acercó y muy sonrientes fuimos a bailar a la zona de olvidados que toda pista contiene. Resultó que pese a no dominar piruetas, el susodicho era capaz, sorprendentemente, de estar conduciendo una conversación, en una lengua que no era la suya, al tiempo que coordinaba verbos, palabras y unos divertidos pies al ritmo de uno, dos, uno dos… Durante la canción me contó que pese a su barba y pelo moreno era de Praga y que estaba visitando a un amigo durante esa semana. Descubrí que sabía un poco de español porque tenía familia portuguesa, que había estudiado en París literatura y que ahora vivía en Londres porque allí trabajaba como profesor. Cada cual tiene sus propias fantasías en esta vida, y yo crecí viendo Mujercitas, así que un amante que adora los libros y que ha vivido en ciudades como París, Londres o Praga resuenan en mi mente cual protagonista hollywodiense. Es pues que reconozco que tras terminar esa canción, suspiré internamente y pensé, cual adolescente crecida con Disney, que el karma me estaba recompensado con un príncipe azul a estas alturas de mi vida; el problema es que el chico me había nombrado París y ahí se lió todo.

Con la ilusión del que ha encontrado una remota coincidencia en el mundo me giré y mientras le decía un “¿en París?, espera un segundo” me volví en busca del otro estudiante parísino, que no era otro que Miguel. Entre gritos de “Migueeeel, Migueeel…” consigue traer hasta el príncipe azul a Miguel con la presentación oficial de “¡Él también ha estudiado en París, él también ha estudiado en París…!”. Ambos perplejos ante mi arrebato y mirándome con cierto asombro comenzaron a hablar en francés sin mayor entusiasmo que presentarse, minutos más tardes, y con Miguel presente en nuestro nuevo círculo, el príncipe azul me miró y me preguntó si me apetecía algo para beber a lo cual respondí de nuevo cargada de entusiasmo y pura naturalidad con un “No, muchísimas gracias, no tengo sed”. En realidad no suelo beber, y en ese momento supongo que no me apetecía nada y para colmo soy muy reacia a invitaciones de desconocidos, así que mi cerebro, que funciona al ritmo de pregunta- respuesta sin filtro, cometió su cometido sin mayor malicia. El príncipe azul se volvió a mirar a Miguel y mirándome de nuevo pronunció un suave “lo entiendo”. Con Miguel a mi lado me quedé observando cómo se marchaba primero a la barra, luego junto a sus amigos y apenas diez minutos más tarde a su reino lejano con una sonrisa de despedida desde la puerta. Mi amiga, que había estado percatándose de todo, se me acercó y tras una colleja en la nuca me dijo “A veces eres simple, increíblemente simple, ¿qué voy a hacer contigo?”. Ese día aprendí que nunca debes llamar a ningún Miguel, ni a ninguna tercera persona cuando estás iniciando una conversación con cierto toque de mágica intimidad,  y que pese a que no suelas beber aceptar un mero refresco siempre es una buena baza, y si eres de las que como yo no te gusta que te inviten y menos un chico en un pub, acéptala con la condición firmada ante notario de invitar tu después, pero sea como sea no seas tan educadamente rancia y pon de tu parte, porque el chico no tiene por qué ser adivino y menos en los tiempo que corren.

Lo bonito de esta historia es que pese a que el príncipe azul desapareciera, y yo siguiera acumulando algún que otro patoso flirteo en mi historial personal de cortejo, el verdadero y humano Miguel se convirtió en alguien muy famoso y querido entre lxs amigxs, por eso sé que se alegraran cuando sepan que esta tarde (mi tarde) volveré a verlo. Miguel resulta ser de Guatemala y vive encerrado para terminar de escribir su tesis doctoral en una casita de un pueblo llamado Santiago en el Lago Atitlan. El Lago Atitlan es uno de los lagos más hermosos del mundo, ahora mismo estoy en otro de sus pueblecitos escribiendo estas palabras observando el amanecer y doy fe de que es hermoso.

Por casualidad este fin de semana son fiestas en Santiago y Miguel me ha prometido escrito por mensaje de facebook que esta vez será él quien me lleve a bailar salsa. Entre mis peticiones se encuentran tomar un par de cervezas, hacer turismo por el lugar, visitar una casa donde guardan uno de los dioses maya, hablar mucho, estar atentos por si nuestra amiga en común Yessi rompe aguas y junto a Josué se convierten en mamá y papá,  y por supuesto, aprender a cocinar un típico desayuno guatemalteco, de esos que una tarde paseando por Bilbao me describió con el anhelo de quien por entonces tenía los frijoles, las tortillas de maíz y el plátano maduro frito muy muy lejano.

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4 thoughts on “Hacer un Miguel

  1. Vaya creo haber tenido un deja vu, sobre la explicación de los locales de salsa españoles 😛 moraleja: no tires piedras sobre tu propio tejado, y que estas no sean del tamaño de rocas gigantes jajaja
    De todas maneras se quedo una buena anécdota sin duda 😀 colleja más que merecida, bien por tu amiga jejeje

  2. Como tu más ferviente admiradora, te felicito una vez más plena de cariño y orgullo por esos relatos repletos de
    frescura y encanto. Pero a la vez te recuerdo, que en tu habitación, no cabe más polvo.Besos y besos.

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