Una vagina solitaria
Cuando estaba viajando, y ahora que he vuelto a casa, la gran pregunta en torno a esta experiencia no ha sido nunca en relación a mi misma con el viaje; el porqué de ese viaje; qué es lo que andaba queriendo encontrar; qué sitios había conocido o hacía dónde me dirigía; qué estaba viviendo, descubriendo o experimentado en mi misma con esta aventura; qué personas se habían cruzado en mi camino; qué proyectos había visitado; cuán diferente o parecido era lo que me rodeaba; si me hubiera quedado en algún lugar mágico; ni siquiera si encontré algún lugar mágico… la gran pregunta que eclipsó a todas las demás siempre fue «¿viajaste tu sola y no te ha pasado nada?»
Yo nunca me he considerado una chica fuerte o muy valiente; en realidad siempre me he identificado mucho más con cualquiera actriz secundaria que, sin quererlo y por propia necesidad, acaba espabilando. Yo crecí dentro de la categoría buena chica; de hecho, casi todo el mundo de mi pueblecito me asocia a esa buena chica de grandes mofletes; da igual que te hayas recorrido la Panamericana con mochila, hayas probado los porros, bebido alcohol, medites hacerte un tatuaje, un piercing o cortarte la cabellera; da igual que tus amigxs puedan ser bisexuales, hippies campestres, feroces activistas o defensorxs próximos a la revolución; para la gente que me vio crecer, y puede incluso que para mí misma, sigo siendo, y quizás siempre seré, esa buena chica de grandes mofletes que ahora tiene menos mofletes. En realidad ser buena chica o buen chico, es dentro de las categorías sociales de pueblecito algo asumible, no conlleva ningún trauma más allá de si aspiras a ligar o a ser dirigente, en ninguno de esos casos se te tomará muy en cuenta; por lo demás, eres y serás alguien libre para seguir tu vida sin ningún público aparente.
No crecí pues con la idea de aspirar a ser una gran luchadora; en mi mente asociaba fuerte a tener carácter, determinación, seguridad y sobre todo gran respeto social; y yo no destacaba por ninguna de esas cosas, yo era feliz siendo una buena chica que se juntaba con otras buenas chicas y otros buenos chicos para ver la vida pasar mientras el equipo protagonista estaba integrado por otrxs. Yo me sentía cómoda estando en segunda fila, me gustaba el papel que culturalmente se nos suele asociar a las mujeres, asumía mi personaje de cuidadora, con ciertos toques rebeldes, de una manera natural. Tenía mis achaques existenciales de inconformista quejica, y según mi abuelo iba para jueza, pero fueron, y siguen siendo, ante públicos minoritarios de gran confianza; es decir, los sermones no pasaban de la cocina de casa y en pijama. Me veía mucho más apta para cocinar, limpiar, organizar, ser enfermera, secretaria, maestra, periodista e incluso abogada o puede que artquitecta, pero me aterraba asumir una responsabilidad superior; no me veía preparada para intentar romper el molde y aspirar a un escalón superior soñando ser chef, doctora, jueza, presidenta o directora. Toda mi libertad alcanzada para ser capaz de viajar sola no se debió a haber sido una chica fuerte y no haber tenido miedo, yo tenía mucho miedo, siempre fui de las que temblaba por dentro pero lo disimulaba por fuera. Mi libertad no fue fruto de grandes dosis de empoderamiento y feminismo; se debió a haber sido una buena chica, una chica muy muy muy orgullosa.
Yo era orgullosa, pero no orgullosa de mi misma o de ser mujer que hubiera sido algo bueno, yo era orgullosa modo madre; en ese modo de que por no querer molestar, por no saber pedir, por no haber sido educada en priorizarse a una misma frente al resto, por no saber ceder un ápice del orgullo y decir algo más allá de «no te preocupes; en absoluto; todo bien; yo puedo sola» había acabado desarrollando un superpoder de aparente fuerza e inmortalidad que en su realidad no estaba sustentado más allá de muchas plegarias y agradecimientos divinos al universo por la suerte de no haberme pasado nada gravemente malo cada vez que hacía alguna de las mías en solitario.
Toda mi adolescencia, post adolescencia y gran parte de la madurez fui así de orgullosa, fui así de orgullosa y en estado civil en constante soltería, por lo que es de esperar que siempre que salía con amigxs acabara volviendo sola a casa pese a saber que al hacerlo lo hacía con el temor todo el camino a que pudiera salirme todo lo malo que culturalmente puede salirle a una chica sola a la una de la madrugada de vuelta a su casa por las calles de su solitario pueblo. Yo lo hacía y lo hacía a conciencia, es decir, con el coro mental de que seguro me pasaría algo malo para que luego todo el mundo dijera «es que a quien se le ocurre volver sola a esas horas». Yo volvía sola, con aquel coro mental y aún encima luego, para rematar la osadía, en casa inventaba mentiras piadosas para tranquilizar a todo el mundo del tipo: «no os he avisado para que no fuerais a por mi porque he vuelto con Menganito caminando, ¡estábamos aquí al lado!», o «nos hemos venido el escuadrón de la muerte (muchas amigas juntas) hasta aquí»,… y así mis padres, con mis grandes dotes actorales, vivían un poco más tranquilos mientras yo orgullosa de no haber molestado a nadie echaba la llave de casa por dentro, daba gracias al universo y pensaba «lo conseguí». Luego soltaba dos suspiros para soltar todo el aire contenido en el camino y ya me iba a dormir.
Con los años mi constante estado sentimental de soltera no cambió mucho, mi orgullo no se vio cuestionado y por el contrario mi inquietud por moverme, salir y vivir en libertad cual pajarito si fueron aumentando gracias a los libros y sobre todo al cine; por lo que poco a poco fui desarrollando tácticas de supervivencia para mis locas hazañas de vuelta a casa nocturnas un poco más sofisticadas, puesto que el escenario se ampliaba a grandes ciudades. Desarrollé estrategias tales como jamás de los jamases llevar zapatos no aptos para aumentar el paso; cruzarte de acera si veías a alguna silueta masculina por detrás, aunque fuera muy detrás; sacar las llaves del bolsillo y detenerte para fingir que ya habías llegado a tu portería si un grupo de chicos caminaba detrás tuyo hasta dejarlos pasar; siempre caminar por avenidas principales muy iluminadas, pese a tener que hacer rutas mucho más largas; ir por el carril de la izquierda para poder ver los coches de frente y que no pudieran seguirte en tu misma dirección a un costado; comprometerte con alguna amiga igual de loca que tú que cuando llegarais mutuamente a vuestros destinos mandar un mensaje del tipo»Sana y salva. Me voy a lavar la dentadura, buenas noooches. Un beso»; o aguantar de fiesta hasta que amaneciera puesto que para qué jugártela a las cinco si puedes volver a las siete y con luz. Eran tácticas tan interiorizadas que las asumía como mías propias, hasta que un día, hablando con otras chicas, me di cuenta que al parecer me habían copiado, porque muchas de ellas hacían cosas muy parecidas e incluso habían aplicado hazañas muchísimo más sofisticadas como tener un pequeño spray de gas pimienta para los ojos, una había acudido a un curso preventivo de defensa personal o como esta chica de este artículo, que se ponía la capucha del abrigo para disimularse, es decir, para disimular que era chica. Las mujeres, por temor a una agresión sexual, condicionamos nuestra toma de decisiones cada vez que salimos solas, y eso es algo terrible si nos paramos a pensarlo como sociedad.
Desde niña nos han dicho siempre que tengamos cuidado. Cuidado al volver a casa, cuidado al salir de noche, cuidado de con quien hablas, cuidado de como vistas… Daba igual si volvías sola o con tus amigas, porque entonces sería un «¿pero vais solas?» (o lo que es lo mismo) «¿no va ningún amigo? (¿no va ningún chico que os proteja?). Crecemos no solo temiendo al monstruo de las galletas, las lombrices en el estómago o al hombre del saco; las niñas crecemos siendo educadas en temer a los hombres. No temes encontrarte una chica a las tres de la mañana, no temes encontrarte a una señora por la misma acera, no temes si una señora se sienta a tu lado en el autobús,… no temes a las señoras temes a los señores, a los hombres, a los chicos.
Yo no era feminista, ese término era ajeno a mi vocabulario hasta hace apenas cuatro años; es pues, que sería más correcto decir que yo ni sabía que era ser feminista para plantearme el siquiera el serlo. Yo nunca me plantee con detenimiento que fuera tan necesario luchar por la igualdad de las mujeres; quizás nunca percibí esa necesidad con claridad y veía un mundo bastante equitativo; quizás era excesivamente pacífica para escuchar la palabra lucha y que no me diera cierto miedo; o quizás era un claro ejemplo de que la cultura y la cotidianidad te hacen amoldarte a una realidad de la que para salir necesitas que alguien te guíe puesto que tú no eres capaz de verlo bajo tu mirada de siempre. Empecé a incursionarme en el feminismo a raíz de vivir en Bilbao, vivía rodeada de grandes feministas (tanto chicas como chicos), y para guinda del pastel tuve una asignatura de feminismo (a la que asistían tanto chicas como chicos) así que por puro roce acabé cediendo y viendo la realidad con las gafas lilas, como mucha gente bromea al respecto cuando empiezas a percibir los micromachismos de la vida diaria.
Ese primer año que viví en Bilbao lo hice en un barrio muy periférico. Una noche, volviendo a casa con una buena amiga, y vecina, atravesamos caminando el parque bajo la idea de ahorrar distancia y porque «vamos juntas», eran las dos o tres de la noche. Mientras caminábamos en silencio y con paso ágil de repente vimos en la distancia a un hombre, inconscientemente nos paramos, como si quisiéramos hacernos invisibles, nos petrificamos durante unos segundos; estábamos en un parque muy grande sin ningún humano aparente más allá de ese chico-hombre-señor que no esperábamos encontrarnos. Nos quedamos ahí paradas intentado ver hacia dónde se dirigía y así proseguir camino esquivándolo casi cual rehén planeando una fuga, no nos había visto; y fue en esa espera que, al observarlo atentamente, nos dimos cuenta de que era un chico borrachísimo que caminaba de un lado a otro apunto de caerse. Nos miramos, sonreímos y suspiramos; ambas nos entendimos, ambas habíamos experimentado una sensación de peligro; fue en esas que mi amiga me dijo algo de lo que me acordé mucho durante el viaje. «Una vez una amiga me hizo un ejercicio que ahora te voy a hacer a ti. Empieza así. Cierra los ojos. Cierro los ojos e imagina qué es lo que más miedo te da. Imagínate por unos instantes que sería lo peor que podría pasarnos esta noche, lo peor que podría pasarte si estas sola caminando y de noche. ¿Qué sería ese miedo? ¿qué te incomodaran,.. se soprepasaran,.. te forzaran… te violaran,… e incluso que pudieran matarte? Cierra los ojos e intenta imaginar cómo sería para ti esa escena y esa situación. Respira, ábrelos. Eso que acabas de imaginar es tu mayor miedo, lo peor. La parte más difícil de este juego es que ahora debes preguntarte si estás dispuesta a perder toda tu libertad, tu libertad de cada día de tu vida, por ese miedo. Hazte esa pregunta, trabaja esa sensación de imaginarte esa experiencia tan horrible, y el día que estés dispuesta a vivirla como precio a no perder tu libertad, ese día dejarás de sentir miedo y sentirás que estás luchando. No es tu culpa si te topas con un agresor, el único culpable es el agresor. El gran problema de nuestra sociedad es que justificamos las agresiones como si las ejecutaran monstruos extraterrestres, pero no son monstruos extraterrestres son un porcentaje muy alto de nuestros propios chicos, hombres y señores. No educamos a los niños a respetar a las niñas, no educamos a los niñas a respetarse y valorarse a sí mismas, no educamos a los niños para que sean ellos también los que sepan detectar el machismo; no hacemos nada de eso si no que responsabilizamos a las niñas haciéndoles creer que si les pasa algo es porque no tuvieron cuidado. Como sociedad estamos suspendiendo en educación para la igualdad-equidad, por eso hay más monstruos extraterrestres de la cuenta, por eso los propios padres les dicen a sus hijas que tengan cuidado. Deberíamos de dejar de decir eso de «ten cuidado» y pasar a decir «se libre». Cada mujer que es agredida, violada o asesinada es una víctima cultural porque la sociedad no hace apenas nada para evitarlo, apenas nos proteje. Vivimos en una sociedad que no asume que cada día crea pequeños monstruos extraterrestres y perpetúa los ya existentes. Si nos pasa algo será el precio de nuestra libertad. Somos libres para volver caminando por unas calles de Bilbao, solo estamos caminando, no estamos haciendo ninguna locura, así que vayamos tranquilas de vuelta a casa que aún nos quedan las escaleras»; vivíamos en un lugar con muchas escaleras. Me acordé mucho de mi amiga durante el viaje, el primer día que cogí la mochila aquella madrugada volví a cerrar los ojos y hacer aquel juego de las preguntas.
Durante mis primeros días de viaje fue que conocí a Alu, la chica argentina que llevaba cerca de tres años de aventuras en solitario por Latinoamérica. Fue ella quien me instruyó, y fue a ella a quien le pregunté la gran pregunta «¿si viajo sola estoy haciendo una locura? ¿es tan tan peligroso plantearme ir sola a Guatemala, México o Colombia? ¿hacer la ruta de la Panamericana por Sudamérica?; dime la verdad porque tengo miedo y no quiero ser valiente. He conocido chicos y todos me dicen que es seguro, pero ellos son chicos Alu, yo quiero saber si tú, como mujer, me dices si es muy peligroso lo que pretendo hacer». Alu me dijo que no tuviera miedo y que siempre, por encima de todo, confiara en mi instinto. «Si algo te dice que no vayas por ahí, date la vuelta y vete, no lo pienses dos veces. Tu instinto es lo que te protegerá, así que tu labor es aprender a escuchar a tu instinto. Lo demás es no tener mala suerte y tomar algunas precauciones que te otorguen a ti seguridad. No te niegues esta bella experiencia por miedo (por miedo a los hombres)».
Entre las precauciones que aprendí fruto de su convivencia, y la de otras chicas a lo largo de mi viaje destacaron varias que inconscientemente aplicaba mucho y me hacían sentir más segura y tener mi propia autonomía. Cuando planificaba una ruta siempre evitaba a toda costa llegar después de que cayera el sol a una ciudad que no conocía, y eso suponía calcular las horas de viaje con anterioridad y margen de retraso, e incluso salir de madrugada si el viaje iba a ser muy largo. Si no había modo alguno de evitar llegar de noche, siempre procuraba hacerlo con reserva y dirección concreta donde ir a pasar al menos la primera noche. Otra norma no escrita era preguntar a señoras, y no a señores, cuando andabas muy perdida. Preguntaba a señoras en el bus, en el mercado o en cualquier sitio, las señoras me transmitían cariño, empatizaban con mi sensación de pérdida y confiaba instintivamente en ellas; también me encontré con señores maravillosos. Preguntar a señoras con puestos fijos cuando se trataba de la búsqueda de un banco o cajero automático; ir a un cajero siempre de día. Cuando tomaba algún taxi lo hacía con el móvil a mano, en él tenía una aplicación con GPS (sin necesitad de internet) que me permitía saber la ruta que tomaba el taxi acorde a mi ruta personal, mientras miraba para cerciorarme por dónde iba y así sentirme segura, más aún si era de noche, fingía vidas de película como: «vivo en el país… llegué hace siete meses… trabajo en un proyecto… e incluso reconozco (sin enorgullecerme) que he inventado novios ficticios que me esperaban en las direcciones a las que iba si me preguntaban «¿y estás tu sola?»» A veces, cuando viajaba con algún chico que coincidíamos en ruta durante unos días, tenía como una especie de sensación de alivio; era como si pudiera relajarme por uno días, daba igual dónde sentarme en el autobús o si ya era de noche y salíamos a tomar algo, daban igual muchas cosas. Una vez una chica me dijo: “cuando voy a cruzar una frontera siempre me visto para ser invisible, intento pasar lo más desapercibida posible. Estoy sola viviendo en un mundo que percibe una vagina solitaria, me visto modosa y procuro preguntar a señoras. Las conquistas sociales se hacen en colectivo, mi conquista es viajar y hacer ver que viajar siendo mujer y sola es posible, pero solo me atrevo a llevar escote, un vestido veraniego o pantalón corto cuando me topo con más chicas en el viaje. No me enorgullece reconocer eso pero me resulta agotador ser valiente». Me dejó pensando mucho tiempo.
Siempre que me han preguntado «¿viajaste tu sola y no te pasó nada? Una chica sola viajando, ¿y no te ha pasa nada?» he contestado lo mismo, que no, que no me había pasado nada malo; que tuve quizás mucha suerte, que Latinomérica es preciosa y su gente una delicia, y que no hay que ser una chica fuerte para viajar, simplemente hay que tener curiosidad y ganas de llevar una mochila a cuestas para descubrir el mundo. En realidad si me pasaron cosas, si me pasaron cosas malas e incómodas, pero a lo largo de mis veintisiete años me han pasado cosas malas e incómodas por ser una chica sola allí, aquí y en otros muchos lugares y jamás las cuento porque me cuesta contarlas; porque temo que la gente piense «a quién se le ocurre hacer lo que hiciste»; porque te temes a ti misma porque cuando tienes experiencias malas e incómodas a veces se te va la voz y tarda demasiado en que vuelva; o simplemente porque temo que perdure la idea de peligro frente a todas las experiencias buenas que rodean a un viaje; porque temo que la gente siga diciendo eso de cuidado. Algún día las contaré, porque el silencio también camufla la realidad, pero no es hoy.
Hace una semana dos chicas argentinas que estaban viajando de 21 y 22 años fueron asesinadas en Montañita, Ecuador, un pueblecito que casi todx mochilerx tiene en ruta. Yo no estuve en Montañita porque estaba tan cansada cuando llegué a Ecuador que me quedé mucho más tiempo en casa de una amiga en Quito recibiendo sus mimos, pero quizás hubiera ido. Hoy en el día de LAS MUJERES (no solo de las mujeres trabajadoras), en el día que se celebra la lucha de LAS MUJERES por alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades me acuerdo de esas chicas, quizás por propia empatía, porqué podría haber sido yo, porque aquel asesinato fue un escaparate para ver de cerca cuan cruel puede ser la cultura en la que vivimos juzgando a una chica que decide viajar sin un hombre. “Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, “viajaban solas”. Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban “solas”. ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser “solas”, algo les faltaba… Adivinen qué” escribió Mariana Sidoti como crítica a las noticias que salieron publicadas en referencia a sus muertes los primeros días. Las encontraron muertas y todas las preguntas que surgieron en la prensa nacional e internacional giraron en torno a ellas ¿qué hacían viajando? ¿por qué andaban «solas»? ¿si habían salido de fiesta? ¿qué ropa llevaban? ¿se habrían drogado? ¿se habían metido en un barrio peligroso? e incluso se lanzaron preguntas del tipo ¿cómo unos padres permiten que sus hijas viajen «solas»?… La prensa no hizo un retrato robot sobre el perfil de los posibles asesinos, no se hizo un interrogatorio exhaustivo para ver que tantas preguntas podrían hacerse sobre ellos; si sería un loco o unos locos, o si serían unos chicos normales que emplearon su poder y su fuerza en forzar a unas chicas, tocarlas sin su consentimiento, agredirlas y finalmente matarlas de una cuchillada dejándolas morir desangradas.No se preguntó qué tipo de sociedad somos para que crezcan monstruos extraterrestres
El día de LAS MUJERES conmemora a esas chicas, a esas chicas y todas esas mujeres que a lo largo de la historia han perdido su vida por ejercer algo tan sencillo como es ser pajaritos libres, por desafiar la cultura en la que vivimos, por luchar en alcanzar o rebatir derechos que hoy asumimos como normales. Es un día para recordar todas las luchas que las mujeres emprendieron y seguimos emprendiendo. Es un día para pararnos a pensar como sociedad y descubrir si somos libres o aún nos queda muchísimo por hacer, si vivimos en una sociedad equitativa o aún quedan inmensos caminos sobre los que trabajar para que las futuras niñas y niños viven en un mundo mucho más justo, mucho más justo para todos los géneros. El 8 de marzo no es una celebración exclusiva de las mujeres, es una celebración que se conmemora la lucha por alcanzar la Igualdad de Las Mujeres pero es necesario que en esta lucha también estén los hombres, toda la sociedad debería levantarse y reclamar la igualdad. Un profesor dijo una vez en clase a los chicos presentes, las luchas feministas es como si en los años setenta hubierais optado por estar al margen en una manifestación contra el racismo, no hace falta ser negrx para defender la igualdad de derechos entre blancxs y negrxs y darse cuenta que en toda opresión hay privilegiados y oprimidos. No hace falta ser mujer para salir a luchar y defender la igualdad y la equidad, el machismo nos afecta a todos, solo hay que ver las estadísticas mundiales y también las nacionales para alarmarse, y si no salís a defender el feminismo estaréis sentados y el que se sienta está otorgando el poder al opresor. Decidid en qué bando estáis porque solo hay dos.
Esas chicas son mi 8 de marzo de este año. Cuando me enteré de la noticia una parte de mi se alegró de estar en casa, no por mi, si no porque hubiera sido un drama familiar si ya de por sí vivían asustados. Yo hubiera seguido aventura, porque lo decidí aquella madrugada, porque no hay monstruos extraterrestres solo en Ecuador, México o Colombia; hay monstruos extraterrestres también aquí, pero todo el mundo hubiera interpretado mi viaje como un desafío a la locura. Aquella madrugada antes de partir con mi mochila decidí que solo quería ser una aventura más, igual que cualquier aventurero. Quería conocerme a mi misma en esa aventura, ser una chica libre que hace lo que se la repanpinfla por el propio impulso de sentir, descubrirse, disfrutar… no quería dejar de hacer cosas por ser chica, por no tener un chico o porque no encontrara a un gran grupo de chicas que me acompañara; hay viajes que a veces hay que hacer sola porque forma parte de la experiencia y el aprendizaje enfrentarse a una misma. No perpetuemos la sensación de que te estás jugando la vida si no vas acompañada de un hombre que te proteja, anhelé que la gente dejara de decirme que tuviera cuidado; porque todo el mundo, mi familia, los amigos y con cualquier persona que me topaba durante el viaje me decía que tuviera cuidado, con el mayor de los cariños me reforzaban a cada instante que era una vagina solitaria y tenía que tener miedo, que debía de tener miedo, miedo a los hombres, que debía protegerme de ellos porque no tenía otro a mi lado que me protegiera. Hice el viaje asumiendo que podría pasarme cualquier cosa, igual que siempre lo asumí cuando he vuelto sola a casa, o he salido de fiesta de noche; pero aprendí a asumirlo como un acto de mi lucha por la libertad, una libertad que no quiero perder y que como sociedad creo deberíamos cuidar entre todas y todos. He tenido suerte, pero si no la hubiera tenido, si no la hubiera tenido y me hubiera topado con un monstruo extraterrestres como esas dos chicas, no creo que debiera ser juzgada como culpable, ellas al igual que yo y otras muchas chicas y muchos chicos solo eramos mochileras.
Al terminar el viaje Pelo Zanahoria me dijo uno de los piropos más bonitos que jamás me han dicho. Recuerdo que recibí un mensaje al móvil que decía que le estaba hablando a su hermana de los días que habíamos viajado juntos por México y que la había dicho de mi que «Era una chica muy fuerte y muy libre», yo le contesté entre risas que en realidad no era tan fuerte, que en unas horas tenía que coger el avión y estaba temblando, pero que «Dankre» (muchas gracias en alemán suizo).
Celebremos todas y todos juntos las victorias alcanzadas, por ello Feliz Día de Las Mujeres, pero en el último brindis no nos olvidemos de ellas, de todas y de mañana.

Pe, fuente de sabiduría. No puedes expresarte de mejor manera. Sigue escribiendo, vagina solitaria, no dejes de hacerlo 😉
Pe te manda besitos!
Muxusss!
Qué bien has expresaco el miedo que tantas veces he sentido, las estrategias que he usado; Cómo trataba y sigo tratando de vencerlo por amor a la libertad…Comparto contigo que quien guarda silencio es complice del mantenimiento de esta sociedad machista. Es un gozo y me emociona leerte