Arreglagrietas
Cuando estudiaba en Bilbao había una clase que llevaba por título “Ética y Desarrollo”. El profesor que la impartía pertenecía a ese reducido cupo de personas en el mundo que si hubiera un ataque alienígena serían idóneas para dar un comunicado tranquilizador por televisión. Era una persona muy sabia, gran amante de los libros y también de las series de televisión, pero sobre todo era un maravilloso orador, capaz de llenar el aula hasta arriba con alumnos que incluso, como yo, ni siquiera estábamos matriculados en esa asignatura.
Un día en clase explicó una metáfora de la que muchas veces me acuerdo entre el caos del día a día. A modo de moraleja contaba que idear y construir un mundo mucho mejor y más justo era posible, el truco residía en «no pensar que el mundo ya estaba totalmente quebrado, sino abordarlo como si en realidad lo único que tuviera fuera millones de grietas». Ante esa idea su propuesta más sencilla para arreglar grietas, más o menos sólidamente, era que cada persona pudiéramos responsabilizarnos en trabajar y luchar por reformar los desperfectos de alguna de esas pequeñas aberturas del planeta que tenemos cercanas, echando un ojillo a las colindantes, porque en realidad todo está demasiado unido. «Dado que no tenemos superpoderes, sería demoledor, y posiblemente poco preciso en el enmasillado, pretender estar en el arreglo de todas las causas».
Txabi no bebe coca-cola, tiene una cruzada personal contra ella y la vulneración de los derechos humanos que conlleva su producción, así como, lo poco saludable que es cada uno de sus sorbitos enlace coca cola. Otra compañera de clase recuerdo que siempre miraba la etiqueta de la ropa para saber su origen, Bangladesh, India y Pakistán lideraban su lista negra, pero en general no compraba ropa de multinacionales (Zara, H&M, El Corte Ingles…) porque sus prendas procedían de allí: siempre iba buscando aquellas cosas elaboradas en España por pequeños diseñadorxs, prefería tener solo dos jerseys más carillos pero mucho más mullidos porque respetaban derechos y eso se sentía en el tacto y en la conciencia enlace trabajo esclavo. Otra amiga nunca volaba si no era altamente necesario, pese a estar tentada a ahorrarse sus siete horas de bus para volver a casa con algún que otro ofertón aéreo Bilbao-Barcelona, siempre prefería el autobús o el tren porque la huella ecológica era mucho menor y el paisaje por la ventanilla muy bonito enlace test huella ecológica. Otro compañero sociólogo trabajaba enmasillando la grieta del racismo por medio de una organización que trabajaba con inmigrantes africanxs, ante cualquier comentario, chiste o titular de prensa con tintes racistas él siempre aplicaba el divertido ejemplo de cambiar el sujeto por EXTREMEÑX, por ejemplo; «Los inmigrantes colapsan la salud pública – los EXTREMEÑXS colapsan la salud pública», decía que ayudaba a asimilar lo escandaloso y poco real que es generalizar ante titulares así; todo es siempre mucho más complejo, e incluso muy poco cercano a las estadísticas, de lo que lo son los titulares enlace inmigración y racismo.
Cuando estuve en prácticas en una cooperativa de lácteos, surgida entre productores y consumidores, la grieta a trabajar era la Soberanía Alimentaria; intentar proteger el mercado de alimentación local contra los productos excedentarios que se venden más baratos en el mercado internacional, ¿si tenemos alimentos en nuestros campos para qué traer naranjas de los campos de otro país? enlace crisis alimentaria. La respuesta, explicaban, siempre suele ser económica, sin tener en cuenta en ella el daño medioambiental y de insostenibilidad que se ocasiona. Para esta cooperativa los supermercados, las marcas blancas y los ofertones se percibían como el monstruo de las galletas, supongo que cuando a tus ovejas las sacas a pastar felices y elaboras el queso sin aditivos y pagando sueldos dignos a todas las partes implicadas, competir con Hacendado y sus condiciones de bajo costo se presentaba altamente imposible enlace Mercadona. No obstante, pese a la dificultad de vender un queso mucho más caro, pero también mas rico, en los lluviosos días de Euskadi, era mágico el percibir que sí había gente, cada día más gente, que venía buscando tu queso porque el sueño de recuperar las redes de alimentación de antaño, protegiendo a los productorxs, los ganaderxs, los panaderxs, los agricultorxs de la zona,… se iba haciendo más grande; por medio de pequeños grupos de consumo, las tiendas de barrio y los mercados de toda la vida en los que siempre se sabe el origen de cada uno de esos pequeños alimentos que llenan el carro, y en los que el buenos días y el cómo estás van antes del ticket de compra
La clase con aquel profesor estaba llena de esxs y otrxs muchxs soñadorxs “arreglagrietas”, y creo que con esa pequeña metáfora sólo quería tranquilizarlxs. La frustración de quien quiere cambiar el mundo y solo ve paredes demolidas es muy grande, pero a veces centrarse solo en arreglar minigrietas hace que la cosa sea mucho más llevadera, sobre todo en la convivencia, porque la convivencia con activistas «arreglagrietas» no es sencilla, nunca nada se ve bajo color de rosa. A veces es divertido ver con un humor los momentos de debilidad personal ante las grietas ajenas, porque ni siquiera una persona «arreglagrietas» es perfecta. Una amiga vegana, defensora de los animales y del consumo sostenible, convive sucumbida por el enamoramiento compartiendo frigorífico con un amigo amante de los chuletones. Otro amigo que está en la lista de espera para un móvil libre de coltán, el material extraído del conflicto del Congo y que está presente en la mayoría de móviles, sobrevive la espera de un par de meses que conlleva ese móvil con un Iphone4 prestado por su hermano enlace móviles coltán; mientras que la amiga, que nunca se depila, pasó por sus piernas la cuchilla el día que tenía una boda.
En la época de las tesinas y nuestros encierros de verano en la biblioteca una de mis compañeras de suspiros, cuya investigación giraba en torno a la Insosteniblidad medioambiental de las multinacionales de alimentación, mataba su frustración en los momentos de mayor agobio saliendo a la maquina expendedora del pasillo a comprarse 1cocacola + 1chocolatina Nestle + 1bolsa de patatas Lays + 1cigarro pese a jurar y perjurar entre movimientos de rodillas nerviosos que era el último. Yo en mi pequeño historial de grietas lideré una cruzada personal contra el champú, había leído que muchos de los grandes marcas utilizaban productos dañinos para el medio ambiente, así como, para el propio cabello, generando dependencia diaria de limpieza cuando no era tal la necesidad (podemos pasar sin lavarnos el pelo durante más de una semana en realidad). Así que bajo los tutoriales de google de algún locx extremista como decían mis padres, dejé de lavarme el pelo con champú y pasé a hacerlo con sólo una cucharada de bicarbonato y otra de vinagre. Duré cuatro meses y medio, y la conclusión algún día os la contaré con dibujos enlace No Champú.
Adoraba esa clase, y me encantaban mis compañerxs. Nadie era un superhéroe ni ninguna superheroína, salíamos a tomar zuritos cada cual cargando su cruzada y debatiendo hasta la caída de la persiana del bar lo desastre que era todo, incluidos nosotrxs mismos. Si bien no logré que nadie dejara de utilizar el champú todxs entendían mi locura y apoyaron y respetaron con cariño mis primeros meses de pelo grasiento camuflado en una disimulada trenza. Gracias a ellxs ahora soy mucho más consciente de mis pequeños actos como diminuto ser humano, valoro mucho más el ir a comprar al pequeño comercio, me gusta el mercado tradicional y comprar el pan en la panadería de toda la vida; y también doy sermones interminables sobre lo malo que es Mercadona o los grandes supermercados, pese a sucumbir alguna que otra vez a entrar con el carrito. Evito dejarle dinero a Amancio Ortega e Inditex, y si hay que comprar un libro es mucho mejor perderse en la búsqueda de alguna pequeña librería que aún lucha por sobrevivir que en los infinitos pasillos de la Fnac. Pero si un día se sucumbe no pasa nada, al día siguiente puede ser lunes y volver a empezar, las recaídas son normales, yo al menos me caigo mucho. No creo que el éxito resida en lo inquebrantable que seamos cada uno de nosotrxs con nuestrxs principios, quizás sea mucho más importante saber que todo esta lleno de grietas y conocer las nuestras y ser sensibles en el enmasillado de las de lxs demás sea la esencia de la reconstrucción, porque si un día hay que salir a luchar sabes que tienes un arsenal de amigxs que probablemente estarían dispuestos a dejar de lavarse el pelo con champú.
A Miguel lo asaltaran la otra noche saliendo del pub en el que habíamos estado bailando salsa, salimos juntos pero cogimos dos caminos diferentes para citarnos veinte minutos más tarde de nuevo en su casa. Yo fui por la izquierda con un amigo a comprarnos algo para matar el hambre de la medianoche, y Miguel por la derecha a acompañar a una amiga a su casa. Los asaltaron llegando al portal de ella, fueron unos chicos que habían estado bailoteando junto a nosotrxs en el pub durante toda la noche con varias cervezas de más. Miguel no llevaba ni cinco euros en el bolsillo, junto a su móvil neandertal de sms sin modo tecnológico de instalar whassap, pero decidieron que sus gafas de vista también podían ser valiosas. Al final entre empujones Miguel se defendió y acabó apaleando al asaltante mientras el amigo se disculpaba y los vecinxs acudían a ayudarle y acompañarle más tarde a casa.
Miguel entró por la puerta con el susto en el cuerpo, la nariz sangrando y la culpabilidad de pegar de quien no quiso pegar. No sabía que decirle, yo vivía feliz comiendo un yogurt en la mesa de la cocina contemplando el lago Atitlán cuando el entró. Recuerdo que le pregunté si le dolía mucho, ¿qué le habían robado?, ¿cómo estaba?, e incluso qué si quería un poco de yogurt. El sentado y echo mierda solo supo decirme, con el dolor de a quién le acaban de robar su inocencia «¿por qué hacen esto? es mi pueblo, yo quiero vivir aquí, es mi gente,… ¿por qué pasan estas cosas?». Ante eso, no sabía qué decirle; robos hay cada día en cualquier parte del mundo pensé, y estos en particular eran unos ladrones borrachos en busca de monedas y gafas, pero pese a ello no era consuelo, su miedo era mucho más profundo. En Guatemala la violencia se percibe mucho más, las armas circulan mucho más y la vida se siente mucho más frágil, uno es mucho más vulnerable. Fue entonces que solo fui capaz de decirle, al igual que aquel profesor aquella tarde, que era sólo una grieta; una de las grietas del pueblo de Guatemala, una grieta producida por años de guerra, desigualdad, miedo y mucho alcohol, pero que solo era eso, una grieta que como cualquier otra grieta en el mundo necesita enmasillado, mucho tiempo para secarse y unos vecinxs que salen para ayudarte y acompañarte a casa.

Un Mundo nuevo empieza siempre con una sonrisa, (eso me lo enseñaste tu) . Receta para las grietas: Pico, pala y un buen hormigón reforzado de amor, paciencia y tolerancia. Besos repletos de vitaminas.
Y un buen plato de Arroz de perejil ñan ñan ñan. Besitos mamá.
¡¡Sigue arreglando grietas!!
Con vos!