Espíritu de Gordo
Cuando terminé mis estudios uno de mis mejores amigos de la universidad marchó en busca de suerte a Berlín.
Pocos meses después de marcharse, a mediados de otoño, recibí una oferta de avión y una suculenta invitación para ir a verle. Ofrecía: 1. Sofá-cama durante una semana con chimenea de carboncillo /2. Tour por la ciudad por muchos sitios bohemios, baratos y llenos de encanto “de esos que te gustan a ti” / y 3. Una degustación exhaustiva de los mejores kebabs de la ciudad, ¡adoro el kebab! A cambio me exigía llevarle una lista detallada de suministros nacionales de comida y hacerle in situ un tarro gigante de alioli con la deliciosa receta de mi madre, incluso había encontrado una batidora para la ocasión. (Cabe con esto último interpretar que en esta amistad, e invitación, no había intereses carnales de por medio).
No pude negarme y de ese modo fue que, una mañana cualquiera de un otoño de hace ya unos años, me citara en un puesto de flores de los subterráneos de una de las paradas del metro de Berlín.
Esa fue la primera vez que volé sola pese a tener pánico a volar. La primera vez que tomé un avión sin nadie a mi lado al que resoplar, estrujar del brazo o mirar malhumorada. Por azares del destino me tocó un niño en el asiento de al lado y, como no quería que me viera resoplar, opté por sonreír petrificada durante las tres largas horas que duró ese vuelo. Luego me despisté entre autobuses y líneas de metro, pero gracias a mi cuardernillo lleno de anotaciones y garabatos llegué a aquel puesto de flores arrastrando mi abrigo sobre aquella maleta llena de comida.
Él salió de su clase de alemán un poco antes pero apareció cinco minutos más tarde de la hora prevista; llegó cinco minutos tarde a aquel puesto de margaritas florecidas en medio de un Berlín otoñal y fue suficiente para pensar que me había equivocado de lugar. Por suerte, lo vi bajar las escaleras de la estación, lo hizo con su abrigo oscuro y sus andares altamente identificables a mis ojos. Bajó casi corriendo, llegaba tarde y estábamos en Alemania.
Una semana más tarde haría ese mismo camino de vuelta al aeropuerto con la maleta mucho más vacía. Tenía razón mi amigo con eso de que “era un trayecto sencillo llegar hasta allí”, pero aquella primera vez, con la nebulosa de la emoción y la incertidumbre de lo desconocido, creí haber llegado hasta aquel encuentro sumergida bajo una sensación de intensa proeza junto a mi cuaderno.
La misma tarde de mi llegada salimos a dar un paseo por los alrededores de su casa en busca del primer y prometido kebab. Esta historia podría ser sobre aquel kebab o todos los que le siguieron; sobre el viaje, mi amigo, Berlín, la chimenea, el sofá, los museos, el frío, los parques, la ópera con carnet de estudiante, los mercadillos…;o quizás, simplemente, de lo hermoso que es el otoño, recuerdo mucho aquel otoño. Sin embargo, esta historia no trata sobre Berlín y aquel viaje, esta historia la empieza Jesús, un Jesús de carne y hueso.
Y a Jesús lo conocí justo ese día, aquella primera tarde que salimos a pasear por Berlín.
Para compartir aquel primer kebab nos citamos con varios de los amigos expatriados de mi amigo, jóvenes que al igual que él estaban viviendo en Berlín en busca de suerte o Erasmus. Jesús resultó ser uno de esos amigos, era de Madrid. Lo vimos llegar ante la espera de un semáforo y, con una sonrisa cargada de entusiasmo, se acercó y dándome un cariñoso abrazo de bienvenida me dijo: “¡Hola!, yo soy Jesús y soy ex-gordo”. Así, con esas palabras y con las risas de los allí presentes, fue que recuerdo conocer a Jesús.
A mí aquel cierre de enunciado me pilló totalmente de sorpresa. Yo solo esperaba un nombre y un par de besos, imagino que por eso aquel “soy ex gordo” en medio de un semáforo de Berlín, proveniente de alguien a quien acababa de conocer y totalmente desubicada me bloqueara por un instante. No supe muy bien cómo reaccionar, no sabía si omitir aquel “Hola soy ex-gordo” o darle su importancia, al fin y al cabo él se la daba. Me limité a devolverle el abrazo, mirarle con sorpresa y confesarle, tras una contenida carcajada: “¿De verdad eres ex-gordo? ¡No me lo puedo creer!, jamás había conocido a nadie que se presentara así. En cualquier caso, si se trata de presentarse y confesarse, debes saber que yo también soy ex-gorda”.
Después de aquella confesión -mutua- Jesús sacó su móvil y en plena calle de Berlín me enseñó una foto del Jesús gordo, y sí, como cualquier programa o serie de la MTV -un canal adolescente estadounidense-, Jesús cumplía la finalidad de dejarte con la boca abierta al ver la transformación.
Durante ese primer encuentro me explicó por qué era tan importante que supiera que él era ex-gordo reciente. “Toda persona ex-gorda, o con pánico a la gordura, tiene en su interior un espíritu de gordo que le habla. Y mi espíritu de gordo -post-dieta- y yo estamos teniendo conversaciones bastante intensas en esta ciudad, quizás podría enseñarte algunos de esos rincones gastronómicos que le susurran a mi espíritu». Fue así, por medio de su espíritu, junto al espíritu de gordo de mi amigo y de otra de sus amigas (que también lo tenían), que conocí una pastelería donde hacían unos cruasanes de mantequilla deliciosos, recorrí decenas de calles buscando los mejores kebabs, probé unas salchichas alemanas en un mercadillo que estaban increíbles o acabé comprando unas chocolatinas completamente irresistibles cinco minutos antes de entrar a la ópera (con descuento estudiante), para esconderlas en el bolso porque «opera con una onza de chocolate con avellanas es un orgasmo cultural».
Adoré a Jesús desde el primer momento, me reí a carcajadas con él, con su espíritu y con el espíritu de gordx de todoxs los allí presentes, casi todo el mundo tiene un espíritu de gordo, lo descubrí en ese viaje ¿por qué si no existiría la gula como pecado capital? Lo divertido es que Jesús no trataba a su espíritu como un pecado, para él el espíritu de gordo era una especie de pequeño alien interno que escuchaba, dialogaba, mimaba y a veces también rehusaba seguirle la corriente porque se empoderaba un poco de más; pero cuando lo limitaba, lo limitaba con cariño o pura desesperación divertida.
Jesús era altamente comprensivo y cariñoso con su cuerpo y eso me sorprendió. En un mundo que cada día prima la estética homogeneizada frente a la belleza diversa y natural, que todo parece ser una tentación que hay que evitar y castigar con la culpa, me sorprendió conocerle a él abordando de manera tan natural su ex-gordura, viendo el amor con que trataba a su cuerpo -en cualquiera de sus versiones-, lo que disfrutaba y saboreaba en nombre de su espíritu y el humor con que te presentaba sus debilidades: el espíritu de Jesús era muy goloso, así que cuando entraba en un restaurante lo primero que le obligaba a mirar era la carta de postres, “lo ves, ya he visto que hay tiramisú”.
A diferencia de Jesús, en mi caso, muy poca gente sabe que soy ex-gorda. Muy poca gente sabe que de niña y adolescente estaba gorda; en realidad muy poca gente que no sea de mi pueblecito sabe que soy ex-gorda, porque lo que viene a ser la gente de mi pueblecito lo tiene interiorizado. Da igual el tiempo que haya pasado desde que dejé de tener tantos mofletes porque cuando me vean siempre me compararan con esa chica y dirán algo del tipo: “Si no te había reconocido, es que estás tan cambiada, tan delgada ¡pero que guapa que estás!” hubo alguien que incluso añadió el “ahora”. Sé que me lo dicen con cariño, al fin y al cabo es un saludo coloquial de pueblecito de gente que te ha visto crecer y que te aprecia, de personas que te ven de tiempo en tiempo; y ante eso les sonrío cariñosamente con un “¡gracias, eso es que me miras con buenos ojos!”; pero a veces, sin quererlo, pienso ¿qué pasará si algún día engordo? ¿era antes tan fea?
A lo largo de mi vida he sido como un anuncio de Benetton pero en tallaje: fui niña delgada, niña rellenita, niña gorda, adolescente muy gorda, post-adolescente gorda, universitaria rolliza, postuniversitaria jaquetona, estudiante de master fortota, post-estudiante esmirriá, búsqueda de vida en los huesos, aventura con celulitis… Mi cuerpo ha pasado desde que soy mujer por una oscilación de aproximadamente casi 40 kilos, estando mis máximos en una talla 56 con 16 años y mis mínimos en una 36-38 con 25; pero para entender ese cambio habría que empezar por el principio, y para eso hay que remontarse a finales de los 90, cuando me incorporé a la edad con dos cifras.
Por aquella época yo era una niña feliz sin reparar en exceso que mi cuerpo empezaba a ser más voluminoso que la media, incluso fui elegida para protagonizar la obra teatral de Caperucita Roja en quinto de primaria en gran parte gracias a que se me daba bien pronunciar en voz alta (era bastante cotorra gritona) y porque estaba fortota. La obra se basaba en una adaptación libre, con aires muy cómicos, de una Caperucita Roja fuerte, independiente y con mucho carácter que maltrataba a un Lobito Feroz, escuchimizado y pequeño, para finalmente acabar enamorándose, casándose y comiendo perdices junto a la abuelita. Yo fui elegida para dar vida a Caperucita Roja y mi mejor amigo del colegio, el más bajito y delgado de clase -al que yo particularmente le sacaba una cabeza y media de altura en aquella época-, fue elegido para dar vida al Lobito Feroz. Nuestros cuerpos, fuera de la media estandarizada de clase, fueron un punto a favor para conseguir los papeles y mágicamente fueron recibidos con entusiasmados aplausos por el público infantil de otros colegios gracias a esa cómica obra teatral y nuestra estelar interpretación amorosa.
Por lo demás, lo más quisquilloso que recuerdo de aquellos años como niña gorda era que mi vecino me llamaba “Chinche preñao”, mi hermano “Cachalote” y un tío abuelo, que lo veía de uvas a peras, decía siempre a modo de saludo por la calle “¿pero qué gorda se está poniendo esta niña, no?. Siempre hablaba como si no estuviera presente, pese a lo que decía que ocupaba, me trataba como si no me viera; creo que en realidad prefería no estarlo y esconderme detrás de mi madre quien le contestaba con cariño “ya dará un estirón”.
Tuve suerte, ahora lo veo como una gran suerte, y a excepción de esos apodos, que en realidad siempre resultaron ser cariñosos por parte de mi hermano (también gordo y más pequeño que yo) y mi vecino, el resto de seres humanos de mi edad y de mi entorno nunca me hicieron recaer demasiado en mi peso; nunca ningún niñx recuerdo que me llamara gorda de manera despectiva en el colegio, tuve suerte y recuerdo a buenxs amigxs a lxs que mi madre conquistaba con bizcochos de chocolate y meriendas en casa para hacer deberes.
Yo estaba gorda pero a diferencia de a mis amigxs a mi no me gustaba el bizcocho de chocolate y tampoco era una gran comensal. Nunca me gustaron los bollicaos (cosa que si adoraba mi amigo el Lobito Feroz), no me gustaban los donuts, donetes, ni ningún dulce industrial; no merendaba bocadillos o asaltaba armarios a media tarde en busca de chucherías por casa, básicamente nunca hubieron chucherías en casa y la tableta de chocolate solo era una tentación nocturna a la que sucumbía mi padre antes de dormir, el resto de la casa eramos «de salao». Existen demasiadas ideas preconcebidas acerca de lxs niñxs gordxs como devoradores cual termitas, pero en realidad cada persona gorda es única y cada gordx tiene su propio metabolismo, su propio espíritu con el que dialogar y también su propio carácter; no todas las personas gordas son derrochadoras de chistes o fuentes infinitas de bondad.
Yo era gorda y en realidad me gustaban cuatro cosas, pero asumo que esas cuatro cosas me volvían loca. La primera era el arroz con perejil (receta familiar que prometo publicar para hacer felices a lxs más pequeñxs), la segunda el pan en todas sus versiones, la tercera el alioli de mi madre con patatas al horno, y en cuarto, pero no menos pasional lugar, entrarían las patatas de bolsa con un chorrito de limón exprimido cualquier día para el aperitivo o receta indispensable para cualquier momento de angustia como bálsamo de ansiedad. Por contrario mis criptonitas infantiles eran las verduras y la fruta, y tampoco veneraba la carne, el pescado o nada que se saliera del menú infantil estándar que incluía calamares a la romana, olivas rellenas, hamburguesa y pizza de jamón york y queso.
Reconozco que con ese reducido menú mi madre se las veía negras para hacerme comer equilibradamente, y yo por mi parte no ponía mucho de mi parte haciendo barquitos de pan en cualquier salsa casera: de aceitillo con ajo, de alioli, solo era capaz de comer ensalada si las disimulaba con un poco de salsa, los calamares con un poco de mayonesa e incluso probé a echarle un poca de queso a las verduras en un arrebato culinario, que resultó sabroso. Pero más allá de eso, más allá de ese reducido menú infantil que mi espíritu de niña gorda veneraba, nunca fui una termita roba almuerzos en el colegio, nunca era de las niñas que había que temer si te tocaba en la mesa de enfrente en una cena y nunca me di grandes atracones; más bien era de las que daba vueltas y vueltas a la cuchara sobre el fondo del plato si no me gustaba la comida; lo que venían a ser todos los días del año en los que no había arroz de perejil para comer.
Pese a lo pronosticado por mi madre, nunca di ese gran estirón y me estanqué en el 1.64 cm, por lo que mis kilos de más siguieron ahí e incluso aumentaron durante el instituto y la adolescencia. Fue entonces que la historia se complicó un poco. Hicimos el viaje de los pubertos catorce años, fuimos a hacer rafting, fuimos a recoger el traje de neopreno para hacer el rafting y haciendo la cola junto a mi mejor amigo el Lobito Feroz llegamos juntos al señor de los trajes. Fue entonces que el señor de los trajes, a un ritmo de pura producción en cadena, nos dio de la misma caja un traje de neopreno al Lobito Feroz y otro a mi; y así, dentro de un momento de puro pánico mirando a mi amigo y mirándome a mi misma, me arme de un valor infantil inexistente y le pregunté casi en susurro «disculpe, ¿no tienen tallas diferentes, una talla más grande?». y ahí, al otro lado de la barra de puestecito de trajes de neopreno, el señor de los trajes se topó con Caperucita y el Lobito juntos con cara de angustiosa espera, y mirándoles contesto un sencillo «es talla única. Id a cambiaros que empezamos en breve».
Me despedí de mi amigo en la puerta del vestuario de chicas y allí me encerré durante más de quince minutos en un intento de obrar un milagro, estirando aquel traje infernal que dio de sí lo que nunca había dado de sí. Salí de aquel cuarto cual metáforas embutidas podáis imaginar y sin respiración, y allí, al otro lado de la puerta, estaba el Lobito Feroz esperándome con un traje al que él le había improvisado dos nudos en los tirantes y dobladillo en los camales mientras se le quedaba suelto de las pantorrillas. No sé quién inventó las tallas únicas pero las tallas únicas son crueles.
Para colmo en el instituto apareció Educación Física, y con ella llegaron lo suspiros; no obstante la historia de cómo me estampé contra el potro, se merece otro escrito.
Si algo destacaría como malo de estar gorda fue que estuve gorda durante ese periodo, la adolescencia. Lo malo de ser gorda no fue nunca el hecho en sí mismo de estar gorda, ¿qué había de tan malo en ser gorda? yo era feliz; en mi caso nunca fueron lxs médicxs quienes me machacaron para que adelgazara, tenía buena salud, estaba fuerte y tenía mucha elasticidad porque hacía ballet desde pequeña, me sobraban kilos pero sin más importancia que esa misma. Lo malo de ser gorda, en mi caso, fue que mi cerebro durante aquellos años empezó a interiorizar silenciosamente la idea de que ser gorda no era algo tan bueno, que ser gorda no era algo bonito, no era algo deseado ni deseable, que era algo por lo que te tenías que sentir en cierta medida avergonzada y luchar día y noche por combatirlo. Y eso no me lo dijeron lxs médicxs, no me lo dijeron en casa, ni mis amigxs, nadie directamente me lo dijo pero lo aprendí, se respira en la sociedad ¿por qué si no la operación bikini, las promesas de año nuevo o las cucharadas robadas a postres ajenos que unx nunca se pide? Aprendí que ser gordo no era algo tan bueno en un periodo de la vida donde te importa mucho más lo que piensa la gente de lo que posiblemente nunca te importará.
Yo me enfrenté a la adolescencia con ese pequeño eslogan publicitario en mi cabeza, pese a vivir en una casita y en un pueblicito feliz, ese eslogan llegó y poco a poco mi cerebro lo asumió en silencio. Interiorice que físicamente no podía ser bonita y eso en cierta manera me restó mucha seguridad, me hizo mucho más introvertida e incluso desconfiada de cara a mi misma y también para los chicos, porque ¿quién va a desear algo que la sociedad se esfuerza tantísimo en combatir, en cambiar?
Con los años, y pasaron muchos años, logré aprender a adorar a las personas por sus encantos propios y por ente adorarme a mi misma tal cual soy, pero tuvieron que pasar muchos años y también conocer a mucha gente, a varias mujeres peludas, libres y maravillosa, para aceptar que hay belleza en un cuerpo gordo, que hay belleza en cualquier cuerpo al natural. Ahora, muchos años después y siendo ex-gorda siento una especial envidia y profunda admiración por las chicas gordas que caminan con seguridad, que las miras y denotan un encanto y una seducción maravillosas. Cuando las miro las envidio, me gustan sus cuerpos, quizás yo también tuve un cuerpo parecido a esos, pero ellas me parecen mucho más listas y hermosas de lo que yo lo fui en aquella época. Yo aprendí a priorizar mi cabeza para compensar mi físico, pero nunca opté por mirar con belleza a mi cuerpo, por quererlo tal y como era en ese instante, nunca le hice caso ni para bien ni para mal. Acepté como el propio patito feo de los cuentos, como muchas princesas Disney plagadas de milagros, o como cualquier telenovela o protagonista patosa de película Hollywodiense que algún día resplandecería como por arte de magia; que me convertiría en delgada, en bella, en cisne o princesa con vestido ajustado.
Yo por aquel entonces no tenía prisa, así que acepté la condena de la espera mientras seguía vistiéndome donde podía rehuyendo en cualquier caso que fuera un vestido ajustado.
Toda mi ropa se limitó siempre a tres tiendas: el almacén de ropa en el que trabajaba una tía (me sacaba ropa talla grande y venía algún viernes cargada con una gran bolsa a hacer el pase de modelos en el salón de mi casa); en Punto Roma (la única tienda, por aquel entonces, de centro comercial dedicada para señoras cuyo tallaje superaba con amplio margen la 42); y por último en el Corte Inglés en la sección de Tallas grandes, una sección que como era de esperar no estaba en la Planta Joven. En esas tiendas mi cuerpo podía desnudarse y preguntar sin complejos “disculpe una talla más, una 46, 48… o quizás una 56”. Allí me permitían entretenerme en probadores reales y hacerme sentir participe de la moda, aunque fuera de la moda señora. Las dependientas, casi siempre mujeres maduras cargadas de dulzura al verte, rescataban, entre perchas y estanterías llenas de faldas, camisas y trajes estampados con flores, aquellas prendas que “quizás esto sea más ponible para tu edad”, me lo decían mientras rebuscaban entre ropa que no había sido diseñada para vestir una figura adolescente que iba a clase, al cine, a pasar la tarde en el parque o a salir a los primeros pubs pubertos.
Nunca fui con mis amigas de compras para mi, para comprarme mi ropa, yo tenía que ir a esas tiendas, y para eso siempre lo hacía con mi madre y casi en secreto. Hubo alguna que otra vez que mis amigas organizaron la famosa tarde de compras de chicas. Ahora nos parece cómico toda la expectación que nos provocaba, e incluso reprochable para según qué principios de consumo, pero para nosotras, en aquella época, era todo un acto de libertad y diversión, teníamos que tomar incluso el tren para ir a la ciudad de al lado en plena época puberta.
Fui un par de veces a esas salidas, pero no tantas como se organizaron, me las ingeniaba para ir solo cuando se incluía cine en los planes. En las tiendas, y había muchas tiendas, mi sección siempre se limitaba a zapatos, tenía un adaptable 38 aunque en realidad odio comprar zapatos. Por lo demás pasaba el rato acompañándolas: ir al probador, sentarme en el de enfrente, ser el jurado, cambiar y descambiar tallas, e incluso, si había mucha gente, era la encargada de adelantarme a hacer cola para pagar mientras se vestían. El imperio de la moda me delegaba a ejercer de madre postiza. Luego todas juntas íbamos a merendar; a merendar una hamburguesa que yo físicamente no me merecía.
Lo malo de ser gorda en la adolescencia es que poco a poco fui desarrollando el don de la invisilibidad, no fue algo que hiciera de manera consciente, yo me consideraba feliz, pero echando la vista atrás he descubierto que hay muchos recuerdos que no tengo porque no los viví. Siempre me las ingeniaba para ser social pero al mismo tiempo siempre desaparecía en las cosas sociales, en las cosas que a mi me resultaban incómodas, y en esa época había demasiadas cosas incómodas.
Fue por ese mismo periodo que muchxs de mis amigxs empezaron a recibir los primeros toques en sus recién adquiridos móviles nokia 33-30, empezaron a salir a sus primeras fiestas, empezaron a organizar días en la playa en bikini, a beber el famoso Peché, a estrenar los vestidos comprados en Zara, Bershka, Stradivarius…, a organizar nuevas excursiones de rafting con trajes de neopreno, coreografías de final de curso con tops y faldas, e incluso tuvieron sus primeras vomitonas y también sus primeros corazones rotos mientras yo, e imagino que otro gran grupo de secundarios adolescentes recluidos en otras vidas, optábamos, casi de manera inconsciente, a inventarnos excusas y asumir la adolescencia desde la barrera, proyectando una vida que aún estaba por llegar.
De mayor me he dado cuenta de que hay mucha gente, mucha gente, que pasa su adolescencia proyectando sin apenas jugar.
Hace un par de nocheviejas (siendo ya ex-gorda), acompañando a un amigo que tenía que saludar a otros amigos, entramos en la fiesta improvisada que el grupo de los chicos guapos y famosos del pueblo de mi generación había organizado en un almacén. Fue gracioso, de adolescente hubiera sido todo un honor ser invitada a ese selecto club -cual película puberta hollywodiense-. Conocía de vista y casi por nombre a todos los allí presentes; al fin y al cabo eran los chicos guapos y famosos del pueblo. Mientras mi amigo saludaba a varios de ellos yo me quedé sola, y fue en esas que uno de los chicos se me acercó y me preguntó “¿y tú de dónde eres? Yo le contesté sorprendida, “yo soy de aquí, del pueblo”, a lo que replicó “imposible, tú no eres del pueblo, te habría visto alguna vez”. Fue entonces que llamó a otros amigos para cerciorarse de su hipótesis, y allí, en medio de un corro cual inquisición, varios de los chicos guapos y famosos del pueblo me hicieron un examen exhaustivo de preguntas sobre sociedad, colegio y adolescencia. La conclusión tras divagar largo rato fue clara: yo con muestra del DNI certifiqué que era del pueblo, pero ellos “nunca me habían visto”.
Cuando gastaba una talla 56, a los 16 años, mi madre ante la negativa por mi parte de ir a la dietista y su falta de voluntad de castigarme de por vida a una ensalada, me llevó a la doctora-pediatra de toda mi vida y le dijo “es que no come para como está” así que me hicieron análisis, me derivaron al endocrino y un señor detrás de su mesa me dijo “tu metabolismo trabaja diferente, cuando tú te comes un trozo de pizza es como si te comieras tres trozos, ¡y eso es un gran problema para controlar tu peso!, tienes que tener cuidado porque la harina en tu cuerpo te engorda mucho” y ya no me dijo nada más, o al menos no recuerdo nada más que la moraleja de “no comas pizza y olvídate del pan por siempre jamás”. Desde entonces me cuesta disfrutar de la pizza y casi que perdió la magia hacer barquitos en las salsas. Años más tarde mi madre me volvió a llevar al médico, esta vez vestía una talla 36-38 y tenía cara de pajarito según mi abuelo; después de ver los análisis esta vez el doctor me recetó -por escrito- una dieta alta en grasas con recomendación de desayunar huevos fritos, bacon y sopar mucho pan en la yema y en cualquier aceitillo que encontrara por la mesa.
Se podría resumir todo esto diciendo que a lo largo de mi vida he tenido oscilaciones muy intensas con el peso y la comida, que mi espíritu de gorda y yo no hemos encontrado una convivencia armónica y que pese a ser una persona con bastante capacidad para el raciocinio, a la hora de la comida tengo mis lagunas y a veces se me va el hambre, así, de repente.
El como perdí tanto peso después de cumplir los diecisiete años no tiene ningún mérito, de hecho no es digno de ninguna alabanza. Nunca me planteé seriamente el hecho de perder todo ese peso, nunca hice una dieta a conciencia y eso estuvo mal. Empecé a perder peso y se prolongó durante muchos años, pero aún así fue de mala manera: llegó mi último año de instituto; había exámenes; se me fue el amor por la comida; padecí el mal del vaso de leche con tres galletas para cenar; empecé a dar calentamientos de cabeza a mis padres porque nunca tenía hambre, empecé a contar calorías; crecí; me hice independiente; desaparecía el apetito con cada momento de incertidumbre, ¡todo era una incertidumbre!; decidí irme a vivir fuera; empecé a viajar; viví en Bilbao, viví en un Mordor lejano de Bilbao en un sexto sin ascensor… Todo eso, y que dejé de comer sobre el mantel de casa, y eso tuvo sus cosas buenas pero también sus malas.
Nunca hice una dieta pero debería haberla hecho si mi intención era perder peso: debería haber aprendido a comer saludablemente, a disfrutar de la comida, a conocer mi cuerpo, a conocer mi cabeza y dialogar con mi espíritu, a aceptar y saber por qué tenía tendencia, cual Bridget Jones delante de la tarrina de helado, a recurrir a la bolsa de patatas fritas cuando estaba nerviosa. Sólo una vez mi madre me llevó a una dietista y empaticé tan poco con la sensación de ansiedad que sentí en la consulta que supliqué por no volver. No quise volver tras esa primera consulta a la dietista, y en su contra interiorice la idea cultural de que si era gorda era porque comía mucho, y esa idea es muy peligrosa porque la idea que subyace es que para no estar gorda no había qué comer.
De adulta y ya viviendo fuera, sin pasado de testigo, y con un tallaje acorde al imperio Inditex nadie nunca se ha imaginado que fuera niña y adolescente gorda, solo cuando muestro mi barriga llena de hermosas y artísticas estrías o alguna foto que aún hoy decora mi habitación se ha descubierto la noticia, que sigue siendo a diferencia de Jesús, información privilegiada. En esas fotos, pertenecientes a la era del carrete, se me ve con unos carrillos, unos muslacos enormes y una sonrisa de oreja a oreja ante la que todo el mundo aclama un «Ohh, ¿esa eres tú? ¡qué cambiada estás!», pero en realidad cuando me miro no me veo tan cambiada, no me veo diferente, sigo siendo esa misma chica, lo que pasa es que vestía a modo señora, y yo en esas fotos tengo dieciséis años cargados de pubertad.
La palabra gorda es solo una palabra, es un mero adjetivo descriptivo, es como decir baja, alta, blanca, negra, delgada, pelirroja… El problema de las palabras no son las palabras en sí mismas, sino la connotación social que se les otorga y en nuestra sociedad actual yo no era gorda, yo era gordita, fuerte o hermosa porque gorda era demasiado grosero y feo para que pudiera serlo. Yo nací morena y jamás tuve complejos de ser morena, lo acepté como algo natural. Igual que mis ojos morenos, mi metro sesenta y cuatro o mis lunares. Una vez tomando unos zuritos en Bilbao, una chica que justo me habían presentado minutos antes empezó a gritar “¡pero qué orejas, qué orejas tan bonitas! ¿te han dicho alguna vez que tienes unas orejas preciosas?, son preciosas!” NUNCA JAMÁS había mirado mis orejas, pero según esa chica podría haber sido anunciante de orejas.
Meses más tarde, en un taller de sexología, me pidieron que escribiera en un papel tres partes de mi cuerpo que me gustaran mucho, que adorara, que considerara que eran bonitas, que fueran mías y que en cierta manera les tuviera un cariño muy especial. Garabateé “¿mis orejas?” A veces no somos conscientes de que aprendemos a tratar nuestro cuerpo, a quererlo o despreciarlo, con la mirada de otros.
Yo crecí creyendo que cuando perdiera peso cambiaría todo, o al menos muchas cosas; que cuando fuera a la universidad…, que cuando trabajara…, que cuando viajara…, que cuando viviera fuera…, que cuando pudiera entrar en Zara y meterme unos pantalones cualquiera…, que cuando… ¡tantas cosas llegarían cuando!.., pero en realidad cuando llegaron muchas de esas cosas no sentí nada.
Da igual que ya no esté gorda porque todo el mundo sigue opinando. Mi familia siempre aceptó mejor el ser gorda que el ser delgada. Vengo de una familia rolliza, de una familia que adora cocinar y también comer, de esas que siempre que se reúnen tienen que sacar el “tablero” porque de tantos platos que hay no caben en una mesa convencional; de esas que cuando tocas a la casa el frigo está lleno y huele a pimientos asados, a media tarde a bizcocho de chocolate y la olla lleva ya tres horas haciendo el “chuc chuc chuc” para que lentamente vaya cogiendo el punto el caldo hasta la hora de comer. En mi familia no hubo nunca problemas por ser gorda, el problema en realidad ha sido ser poco comiente, ser quisquillosa con la comida o no estar dispuesta a comer hasta la saciedad; ser incapaz de seguir el ritmo familiar es un deshonor. Fue a partir de entonces que ya no fui bienvenida y me convertí en la “amarga comidas” con mis “no quiero más” y mis “¿por qué hay necesidad de tantos platos?” así que pasé a ser juzgada como “escuchimizá con cara de enferma” y condenada por unanimidad a estar renegada de por vida a la esquina de la mesa en los festines familiares.
Por su parte mi hermano ha pasado de decirme “Cachalote” a “Pollito o ardilla voladora”, según el día. Me bautizó así el día que al verme en bikini, por primera vez en mi vida hace tres veranos, me dijo que podía lanzarme a volar con toda la piel colgando que tenía. No sé si me tocó un hermano idiota al azar, pero es mi hermano y tengo que quererlo y reírme cuando abre la boca.
A todo eso se le suma que mi cuerpo ahora delgado sigue siendo imperfecto bajo el canon de belleza occidental, y yo sigo siendo consciente de millones de imperfecciones. Cuando entro en una farmacia lo tengo todo: tengo durezas en los pies, tengo varices, unos muslos y un culo desproporcionados que están decorados con grandes hoyuelos de celulitis, una barriga llena de estrías, una 85 de sujetador que cubre unos pechos que lejos de estar firmes y perfectos están también llenos de estrías y fofos de subir y bajar tantas tallas. Me muerdo las uñas, en época de estrés se me cae un poco la melena y necesito tomar vitaminas; mi dentadura no es blanca, uniforme y radiante (para guinda aún tengo dos dientes de leche a la espera de que venga el Ratoncito Pérez) y de reírme tengo arrugas marcadas que seguro se acrecentarán y convivirán en armonía, o quizás sin armonía, con esas temidas patas de gallo. Estoy segura que si fuera hombre tendría pene pequeño, barriga cervercera, sería muy peludo en el cuerpo pero seguramente también calvo en la cabeza. Quizás sea cosa de las farmacias, de la publicidad, de los medios de comunicación, de esas revistas en las peluquerías, de las películas, de las series, de los carteles de cualquier callejuela… todo ese pequeño mundo perfecto a veces me hace sentir un poco adefesio, y eso me asusta, porque no creo que nadie pueda ser tan adefesio. Con lo desastre que soy para cuidarme tanta presión me doblega, me hace sentir agotada y solo acaba de empezar. Apenas tengo mis primeras canas y ya estoy escuchando el “¿cuándo te vas a tintar?
Cual balanza, toda esa presión me insta a desarrollar casi de manera inconsciente una aceptación feliz por ser esa pequeña monstruita sin arreglar, estéticamente disfrazada y con el pelo desperdigado muchos días de mi vida, y curiosamente me gusta, he tardado 27 años en gustarme. Me miro en el espejo y me gusta todo ese desastre armónico, al que sonrío y digo «no serás perfecta pero eres muuuy bonita. Me miro, me echo una sonrisa irresistible y me cuco el ojo (esto último aún no domino con elegancia la técnica). Antes la condena social era estar gorda, pero ahora ya me empiezo a sentir vieja, como si envejecer fuera algo horrible, como si estar gorda fuera algo horrible, ¡a veces es como si quisieran hacernos sentir horribles por demasiados frentes! Es entonces que cierro los ojos y pienso en mis orejas.
Durante este largo viaje por Latinoamérica me reconcilié mucho con mi cuerpo, empecé a hacerle carantoñas. Este cuerpecito imperfecto me ayudó a cargar una mochila sobre mis hombros, pese haber sido un cuerpecito nefasto en Educación Física recorrió infinidad de lugares, conquistó cimas y descendió cañones, ¡a su paso, con suspiros, plegarias y casi Milagros! pero lo hizo y me sentí la reina del mambo. Lo mimé come se merecía, mis estrías tomaron el sol en bikini; mis muslos durmieron la siesta espatarrados sin más complejo que el de los dos primeros minutos; empecé a escuchar a mi espíritu de gorda…, a mi pobre espíritu lo había tenido tanto tiempo castigado bajo la idea de “pecado” que no sabía ni desear, no sabía disfrutar sin sentirse culpable o temeroso. Fue así que comí como jamás había comido, mi espíritu en este viaje ha sido mimado hasta malcriarse, siempre pensaba ¿cuando será la próxima vez que pueda volver a comer esta cosa tan deliciosas y bajo esa idea dejé de imaginar calorías, michelines o lorzas y me dejé llevar por el paladar. No engordé mucho, pero como era de esperar esos pocos kilos se fueron al culo y los muslos y no a mis flácidas tetas, pero aún así empecé a mostrar mi hermoso pandero orgullosa bajo el grito de guerra cual Shin Chan -un dibujo animado japonés- «este culito no entra en un pantalón de Zara pero mirar que bonito es mi culito».
Me pesé en todos lo países, cada vez vez que llegaba a un país cruzaba la frontera con la intención de pesarme, era mi identidad de bienvenida para saber al marcharme cuán rica estaba la comida de ese lugar (y saber también cuan descontrolada estaba, hay miedos que no cambian). Algunas veces, muy pocas, logré encontrar un peso en las farmacias, pero otras muchas el milagro se produjo por puro azar del universo, en algún mercado me topaba con un señor y una báscula de baño en el suelo que te decía tu peso con una aguja poco precisa a cambio de un par de monedas. Hubo lugares en los que no encontré básculas, pregunté, expliqué el propósito pero entre perplejidad nadie entendía porqué quería pesar mi cuerpo, quizás la mochila pero ¿mi cuerpo? Culturalmente la gente no se pesaba y ahí fue que pensé ¡qué curiosa es la vida y qué hermosos los cuerpos!
Saboreé tantos platos y salieron tantos “umhhhh deliciosos” de mi boca durante este viaje que fue por ello que decidí ampliar esta Maleta de pulgas con una sección dedicada a recetas, a platos culinarios que me habían encantado. Porque la comida es una muestra de la cultura, y es hermoso llegar a un nuevo lugar y descubrir sus platos, su variedad, sus costumbres, sus rituales… Hay pocas muestras de amor tan universales como que alguien te reciba en su casa con una mesa llena de comida para darte la bienvenida o darte los buenos días con un dulce desayuno.
La idea de esta nueva sección bajo el título Recetas salió de ahí, de todo lo que comí y saboreé durante esta aventura, y de que en mi vuelo de vuelta, desde Buenos Aires, volví a volar sola y esta vez fueron catorce horas de soledad y turbulencias. En ese vuelo me tocó al lado de un chico argentino muy simpático; un chico argentino que cada vez que se me escapaba algún suspiro de más por algún movimiento extraño del avión -extraño según mi criterio personal- me ofrecía Lacasitos de su bolsa gigante de Lacasitos que llevaba para el viaje. Fue en una de esas fuertes turbulencias que tuvo aquel viaje que me preguntó “no te gusta volar ¿eh?» le confesé sin disimulo alguno, “no, ¿se me nota mucho?, ¿te estoy molestando con los suspiros?, de verdad que lo siento un montón, pero odio volar, ¡lo odio de verdad!» el chico se empezó a reír y me ofreció Lacasitos. No paró de ofrecerme Lacasitos durante las catorce horas de vuelo bajo el eslogan “los Lacasitos relajan”.
Durante ese vuelo, y comiendo Lacasitos relajantes, fue que escuché como un acto de distracción el audiolibro de “Como agua para chocolate”, lo ofrecía como distracción junto a decenas de películas aquel largo vuelo de vuelta a casa. Le tengo mucho cariño a ese libro, es un libro de una autora mexicana que por casualidad leí cuando era adolescente, y de ahí, del amor con que relata Tita cada receta y de los recuerdos que se asocian a cada plato fue que surgió la idea de este nuevo apartado de recetas que poco a poco irá aumentando como la masa de un buen bizcocho. ¡Espero que os guste mucho, que cocinéis, saboreéis, invitéis a gente a soborear con vosotrxs y miméis vuestros cuerpos con estas recetas que a mi tanto me gustaron!
Si he escrito este pequeño relato, en realidad muy personal, es también porque mi vecino que me llamaba Chinche Preñao, es ahora papá, y su hija es igual de Chinche Preñao que yo con su edad, imagino que es el karma que a veces es así de gracioso. Su hija es igual de Chinche Preñao pero mucho más adorable que yo en aquella época, es una dulzura de niña cotorra que no para de hablar y de hablar y de hacerte reír con su mágico encanto de niña de once años. Hace poco estando juntas y meditando qué merendar alguien la miró y dijo, “madre mía lo que va a sufrir esta niña, porque con lo gordita que está y lo buenaza que es lo va a pasar muy mal”. Me dolió esa frase, porque no es justo que en los tiempos que corren pronostiquemos que una niña lo vaya a pasar mal por ser gorda, lo podrá pasar mal por mil cosas que la vida nos depare a todxs pero ¿por qué debería pasarlo mal por ser gorda? ¿qué hay de malo o de feo en estar gorda? Ella estaba feliz cual perdiz cotorra riéndose sin parar mientras jugaba, no aparentaba tener problemas, tiene un cuerpo precioso que no denota complejos, y ojalá esta sociedad sea más justa que lo fue la mía y le permita comprarse ropa en más tiendas y aprendamos a mirar a su cuerpo, y al de cada unx de nosotrxs, con la belleza y la inocencia de esos ojos de once años.
Después de conocer a Jesús un poco más creo que entendí mucho mejor aquel primer “Hola soy Jesús y soy ex-gordo”. En un primer momento me desconcertó que dijera algo así en su hoja de presentación, que lo expusiera de ese modo, nada más conocernos, como si fuera su característica más determinante en ese momento de su vida; pero al mismo tiempo la manera en que lo hacía, con ese toque casi cómico hacía que le restara valor, nombraba con excesiva naturalidad algo que a él le había supuesto un peso. No se presentó como Jesús y sus apellidos -familia de-, Jesús estudiante de algo, Jesús amigo de alguien, Jesús amante de algo, Jesús nacido en algún lugar,… Él era Jesús y lo más importante que debía saber, a primera instancia, en ese momento de su vida era conocer que Jesús había sido gordo. Me lo dijo en medio de la calle, nada más conocernos aquella tarde otoñal en Berlín, y desde entonces me ha hecho preguntarme en muchas ocasiones con qué frase debería acompañar mi nombre, sí quizás yo también debería haber dicho en alguna ocasión un sencillo “¡Hola, soy ex-gorda!”; ex-gorda o el sinfín de cosas que también soy, que cada persona es, fue, o teme ser. Esas cosas que todas las personas guardamos en nuestro baúl y que inconscientemente, de alguna u otra manera nos pesan a nuestra secreta manera.

Ya pensaba que te habías olvidado de tu maleta de pulgas y estaba preocupada. He disfrutado con tu «espíritu de gordos». Sólo veo una receta ¿es que no sé buscar las demás? Espero las recetas de tu madre: arroz con perejil, al-i-oli , bizcocho de chocolate… Besos para «tu familia.
Laura! Escribes fenomenal, además de tener unas orejas bonitas 😉 Te conozco del Master de tu autoproclamada época «fortota», pero a la vez no te conozco de verdad. Ha sido un verdadero placer leerte, igual como comerme un mascarpone con miel , y agradezco tu sinceridad en cada palabra que escribes. Por eso dejo este comentario y te deseo lo mejor de la vida para ti, tus orejas y todas las curvas de tu maravilloso ser!!! Un abrazo bien fuerte!!
Me he tomado el tiempo para leerte, después de un día un poco largo de trabajo, porque quería saber qué cosas nuevas compartirías y mira: me he encontrado contigo y me alegra que hayas dado un pasito hacia la aceptación personal. Besos enormes
Saber que alguien ha leído este escrito (tan tan largo) después de un largo día de trabajo me da mucha alegría, muchas gracias!!!
Solo tengo que decir que has estado y estas estupenda.
Me ha gustado mucho como has escrito y como te has espresado.
Si todos nos expresaramos y supiéramos hacerlo como tu sabes , te aseguro , porque ya por mi edad puedo decirlo;que la persona más de todo que pueda haber ,nunca se ha sentido bien del todo.Todas y digo todas, tenemos y hemos tenido complejos, miedos e inseguridades que no se ajustan a la realidad.
Dentro de años lo veras.
Pero esto forma parte de nuestra evolución e inteligencia.
Vivan los cuerpecitos, todos los cuerpecitos!!! Cuando se amplíie (poco a poco) el apartado de recetas queda pendiente esa loca idea de organizar una fiesta gastronómica con multirecetas del viaje!! Besitoss