Bragas

Bragas

Hace diez días desempolvé mi mochila azul para emprender un viaje. Mi plan inicial era volar a Roma y pasar gran parte del verano allí. Entre mi vuelo de ida y vuelta había una distancia de 50 días y una oferta veraniega de avión de por medio. El porqué de Roma se merece otro cuento. En este solo diré que ese era el destino elegido hasta que una semana antes de partir me cancelaron el vuelo de ida y me quedé solo con un billete de vuelta.

Se trataba de una cancelación sencilla, no debía suponer mucho alboroto, pues el mensaje decía que “ese vuelo queda suspendido, elija cualquier otra fecha de su gusto sin coste añadido para usted o solicite el reembolso”. Cabía pues la opción de haberme ido esa misma semana en cualquier otro vuelo de la compañía, y haberlos los había, pero no sé qué fue: si las hormonas en retroceso; las miles de tareas que siempre tengo y que quería acabar; la vida misma plagada de dudas; mi pánico a volar que siempre busca excusas y señales divinas; mi culpabilidad por el capricho de irme de viaje viviendo en un planeta que no se puede permitir tanta contaminación, ni tanto viaje, ni tanto consumo, ni tanto capricho… y entre tanto alboroto mental, al final colapsé y solicité el reembolso del avión de ida (un 50% menos de culpabilidad) y me quedé con un billete de vuelta desde Roma a casa para el 13 de agosto. Con ese vuelo en la mano pensé “si todos los caminos llevan a Roma, solo tienes que coger la mochila y empezar un camino” y con esa loca e impulsiva idea partí una semana después.

Emprendí el viaje hace diez días con mi mochila azul y sin Pepo, que se quedó escondido en un armario de casa y no apareció hasta una hora después de mi partida. Inicié el viaje esta vez más sola y con una mochila cargada de ropa interior. Esto último me pareció divertido. Mientras hacía el equipaje el día anterior asumí que tenía demasiadas bragas, con demasiados lavados y con nula esencia de sexapil o para imprevisto médico, y dado que tendrían que haber ido a una vida mejor hace mucho tiempo me dije “pues las echo todas y voy despidiéndome de cada una de ellas por Europa al más puro estilo Marie Kondo”: uso, agradecimiento, despedida.

Mi primera parada con intención de dejar un par de bragas fue Prades, un pueblecito francés muy cerca de Perpignan. Allí vive una amiga, Rut, con su pareja y su hija pequeña. Llegué a su casa bajo la premisa de que iba a verles porque quería mi Foto Polaroid de ese año. Rut hace dos fotos polaroid siempre que la visitas, una para ella que luego cuelga con un imán en su nevera y otra que te regala a ti para tu propio recuerdo.  Yo ya tenía dos fotos de dos veranos consecutivos que el destino nos ha juntado. Su pequeña es la que marca el tiempo en esas fotografías, y esta vez baje del tren queriendo mi tercera sesión aprovechándome que en la primera foto la tomaba como el bebé que era y ahora ya sabía correr y podría decir “patata” como una encantadora cotorra francesa.

Al no pretender nada más que verles me acoplé en sus vidas y la cotidianidad cobró más fuerza que una agenda turística. Mi intención de pasar 3 días casi se prolonga el doble, la rutina cobró un encanto demás. Quizás una parte de mi evitaba abandonar ese halo de protección, pues sabía que en el momento que partiera de esa casa ya todo lo demás hasta Roma sería viaje en solitario y, como cualquier aventura que se inicia, llevaba consigo las dudas acopladas a mi almohada. Cuando se coge ritmo todo pesa menos, pero al principio, al principio la mochila puede pesar mucho.

Entre las paredes de esa casa todo era idílico, hasta las tormentas de veranos tenían un encanto especial como parar querer quedarte infinitamente. Sentía estar viviendo en el soñado pueblecito de la Bella y la Bestia fusionado con el de Las Chicas Gilmore. Los vecinos parecían extras cambiando todo el rato de escenario. Saludabas a la misma persona todos los días haciendo actividades varias: en el mercado; tomando algo; sacando al perro… y con cada saludo Rut me presentaba, me explicaba la historia de esa amistad y me otorgaba el honor de poder volver a saludarla una hora más tarde cuando nos la volviéramos a topar en cualquier callejón precioso de aquel pueblo.  Lo divertido de Rut es que, igual que tiene historias para presentarte a sus vecinxs, tiene historias para todo, pues todo en su vida tiene su propia descripción histórica otorgándole valor a lo que le rodea. Y haciéndote sentir parte de su vida al explicártelo. Nada está ahí por casualidad.

Hubo una tarde que nos la pasamos en su jardín arreglando macetas, un plan que si se solapaba poco más tarde con un Aperitive con cerveza de Bretaña y un rico queso artesano dándole el toque idílico francés de las películas yo ya estaba más que feliz con mi aventura. Me recorrí cada rincón de su casa buscando macetas para sacar al jardín y abonar. En general Rut tiene unas plantas preciosas, tiene mano como diría mi madre, pero tiene tantísimas plantas que como todo lo que no se puede atender plenamente a veces se marchita. Tenía alguna planta escondida que había sobrepasado incluso a la UCI, y yo sin piedad las saqué al jardín y le dije “Rut, estas plantas de aquí creo que están muertas, muy muertas. Quizás deberías despedirte de ellas como yo de mis bragas a lo Marie Kondo y aprovechamos los maceteros”. Hasta aquí todo bien, lo malo es que ella entonces me contaba la historia de cada una de esas plantas y pasaba a la categoría imposible de tirar. Yo le decía que en los capítulos de Marie Kondo la gente también llora cuando se despide de sus pertenencias y que quizás había llegado el momento de llorar y asumir que la planta estaba en el más allá y tirarla. Rut, como los niños, me decía “vale” y, fingiendo que la apartaba para tirarla en el jardín, poco más tarde la abonaba, la regaba y la escondía en su hospital de plantas para seguirla cuidando por si se obraba el milagro. Una de esas plantas que estaba en el más allá era de su madre. Su madre murió hace dos años y Rut se llevó esa planta a su casa de Francia, pero con el clima y el cambio de espacio no fue bien y desde mi punto de vista la planta murió, aunque Rut la sigue abonando con esmero y quizás se obre el milagro y yo me equivoque.

Mientras hacíamos la cena una de esas noches, en un armario vi unos tarros vacíos, de esos tarros de cristal en los que se vende miel, y como poco más tarde iban a ir a reciclar le pregunté si esos tarros también los ponía en la caja para reciclar. Rut contestó “No, es que esos tarros eran de mi madre. No los quiero tirar”. Y lógicamente no los tiré.

Aparte de una casa recién comprada en proceso de convertirse en un paraíso, un jardín, tarros de miel vacíos y más de 60 plantas y esquejes en agua desperdigados por la casa, Rut también tiene una hija, una perra, dos gatas, dos conejas, un pequeño huerto, 25 alumnxs y una pareja. Y quitando la hija, la pareja y Oli, la perra, que fueron buscadas, el resto el universo se encargó de dárselo y ella que todo lo puede lo recibió con los brazos abiertos. Lo curioso de todo eso es que su pareja no quería nada de eso, quitando a la hija, claro, y le han venido con el pack de querer a Rut. La quiere tanto que con mucho humor y cariño las asume, sacando también a las 12 de la noche a Oli; sacando y guardando también los conejos; limpiando tomateras… Y aunque es más que probable que en su día le dijera “Rut, perro no. Rut, huerto este año no…” nunca se lo echa en cara y está ahí como un buen Sancho Panza. Porque Rut es pasional, es pura determinación y vive bajo unos niveles de agobio que quizás un día se agoten, pero hasta ese día ella desde fuera da la sensación de que todo lo puede abarcar.

Yo, que peco como ella de querer abordar de más, mucho de más, visto desde fuera le decía “Rut, hazme caso con lo de Marie Kondo.  Tienes que desprenderte de cosas porque allá donde miras ves tareas y eso te está aniquilando por dentro. Porque el día tiene 24 horas y tú quieres abarcar tres jornadas. El tiempo para vivir lento no existe, se crea”. Lo malo de las personas que somos así, es que muchas veces agotamos también a quienes nos rodean porque ser Sancho Panza también es duro, porque Sancho nunca tiene la motivación del Quijote, no es su sueño, pero le acompaña por cariño. A Sancho no hay tiempo para preguntarle qué es lo que él o ella quiere para ser protagonista de su propia historia. Los Quijotes eclipsamos de tareas y podemos fagocitar sin querer la agenda de los Sancho Panza que nos rodean, y eso también es triste. Sin ellos somos poca cosa, pero estar con ellos también implica mucho cuidado y freno, pisar el freno de nuestro propio instinto soñador y potenciar más el pragmatismo.

Es pues, que el último día de mi visita lo conseguí e hicimos un Marie Kondo: tiramos tarros, macetas y dejamos la casa un poco más minimalista para mitigar su frustración al desorden. Si hay poco, poco hay que ordenar. El resto lo tenían ambos bajo control, bajo el control loco de la vida en la que nada es perfecto pero si lo es cuando se impregna de rutina. Cuando alguien te hospeda en su casa a las 30 horas aparece la magia, la verdad que se esconde bajo una controlada bienvenida. Es por eso que aparecieron los tarros escondidos en el armario, las macetas muertas, las lavadoras, las noches sin dormir porque la pequeña lloraba o las discusiones corrientes por cómo gestionar esa u otra cosa. Y da igual cuan ordenado esté o no un cuarto cuando llega una visita, lo importante son todas las historias que se recogen en ella. El despertador suena cada día, la rutina se impregna de emociones y el mejor momento del día es poder disfrutar del Aperitive a las 19:30h con un rico queso.

Rut junto a su peque y Oli me dejaron el último día en la estación de tren y les vi decirme adiós con mucho cariño desde la ventanilla. Llevaba la Foto Polaroid conmigo y la promesa de “Nos vemos pronto”.  Lo divertido es que a la mañana siguiente, desde Aviñón, le escribí un mensaje a Rut y le dije: “ahora sí, he tirado mis primeras bragas”. Estando en casa de Rut se pusieron lavadoras y me daba tanta pena que fui lavando las que gasté esos días. Desprenderse no es fácil y necesita su tiempo. A veces uno extra.

9 thoughts on “Bragas

  1. Yo ya tengo una edad y me cuesta mucho tirar, así que » cuando me vaya» no sé qué harán con tantas cosas los que queden . En serio Laura , disfruto mucho con tus relatos, no dejes de escribir

  2. Yo ya tengo una edad y me cuesta mucho tirar, así que » cuando me vaya» no sé qué harán con tantas cosas los que queden . En serio Laura , disfruto mucho con tus relatos, no dejes de escribir

  3. Laura eres única. Me encanta tu decisión para plantearte tus viajes. Ojalá hubiera sido yo capaz de hacer algo así en mi vida. Besos

  4. Me encanta la fluidez con la que escribes, esa manera sencilla y, a la ves, honda de contar, esa sinceridad… Has vuelto a coger la maleta y con ella la escritura. ¿Por qué no te planteas darle continuidad?

    Disfruta de ese viaje y no dejes de seguir contando. Un abrazo

  5. Laura, hoy entró tu mami a la oficina, y como siempre 😁, una ola de alegría invadió a los allí presentes, es un sol🌞 Nos preguntamos por los hij@s, cuando vienen, cómo están, dónde paran…esas cosas q nos decimos las madres q os tenemos lejos.
    Me ha comentado q habías escrito en tu blog y q andabas de aventura. Enseguida me envió el enlace y mamma míaaa 👏👏👏me encanta cómo escribes y enganchadísima en tu blog, estoy ansiosa de leer tu próximo relato.
    Un besazo dónde estés.
    A la vuelta…🍻🍻♥️💃🇪🇸

  6. Nos ha gustado mucho tu manera de expresar como los humanos nos aferramos a las cosas sin darnos cuenta que cuanto más ligera tenemos nuestra mochila más libre nos sentimos y más liviana y sencilla se hace nuestra vida..

    Bravo Laura sigue escribiendo…
    Un abrazo muy fuerte de los dos.

  7. Me ha llenado de orgullo y satisfacción tener noticias suyas por medio de sus relatos y siento que Pepo ya no la acompañe en sus viajes. La edad o el índice de COVID entre los ursidos maduros.
    Pues yo desde Enero me compré un pequeño estudio en el otro extremo del departamento 66. En Osseja a pocos kilómetros de la frontera, en la Francia vaciada. Cuando retratas Prades para mí es como Nueva York, un pueblo en el que el reloj de la Iglesia suena y avanza, pero las mentalidades están paradas.
    Me fui de Alicante, me prejubile y busqué un refugio en un pueblo marinero cerca de Sitges. Tiempos duros estos, ya para los pobres prejubilados ni el consistorio municipal nos dedica unas malas obras que criticar.
    Ahora estoy en mi pueblo en Córdoba. Estaré hasta finales de Agosto, los 41 grados a la sombra y el resplandor de las casas encaladas me han obligado a cambiar las gafas de sol por las de soldar
    Un fuerte abrazo para sus padres y hermanos de los que guardo gratos recuerdos del periplo chino.
    La dejo. Empieza mi serial turco favorito, que habrá sido de Crystal y Lucecita.

    Manuel Del Pozo

  8. Laura vino, y sin quererlo, o tal vez queriéndonos muchísimo, destejó telarañas con cariño y a lo loco, abrió almas y ventanas y desempolvó estantes y partes de mí misma que estaban ya casi sin verse. Vació macetas que sin quererlo se habían convertido en purgatorio y no en disfrute…y tiró tarros llenos de polvo que nunca me pertenecieron y que no merecen llenarse otra vez más, sino quizá solo descansar. Conectó con Naia, a buen entendedor, pocas palabras, y mira que a las dos les gusta hablar…ya tiemblo de oírlas los años que vienen…y su ausencia se hace notar en cada esquina de la casa. Cuando mi Sancho Panza y yo cenamos, miramos hacia la cocina y decimos… qué paz. Qué carga inútil llevan nuestras espaldas a veces 🙂 ayer hubo tormenta y me acordé de Laula y de sus bragas, de lo feliz que estoy al verla ligera. que cargar con las bragas del pasado hace que no te pruebes bragas en el presente. Y mira que hay de bonitas! Y este texto, con verdades como templos, porque son tus ojos que lo cuentan, es otro regalo de valor incalculable que nos has dejado. Porque has creado espacio para continuar llenandonos. Te queremos!

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