RELATO

Galletas

Galletas

Hace seis veranos, por estas fechas, estaba desayunando en casa de mis abuelos, en un pueblecito de la Mancha, cuando  se produjo una escena que ha pasado a ocupar uno de los recuerdos más cariñosos que tengo de mi abuelo. Justo habían operado a mi abuela de la cadera y durante un par de días mi abuelo y yo nos quedamos como enfermeros jefes a cargo de cuidarla. Si somos sinceros con el cuento, tendría que admitir que yo fui la peor enfermera del mundo, y que si bien mi abuela tenía la cadera rota, yo por mi parte me refugié en su casa con una rotura en el corazón, así que mi abuelo en realidad tenía a dos enfermas a las que atender aunque yo nunca reconociera mi fractura y tampoco tuviera parte médico.

Por las mañanas, mi abuelo, le preparaba las tostadas a mi abuela junto a su café con leche y se lo llevaba a la habitación. Cuando mi abuela ya había desayunado, entonces nos tocaba el turno a nosotros. Mi abuelo siempre ha ostentado el cargo de tostador de pan, era el Maestro Tostador. Asumía la tarea de tostar el pan como un alto honor, y dándoselas de experto, siempre hacía mucha más cantidad de pan que comensales había, como si todo el mundo fuera a repetir hasta saciar el hambre del día con sus maravillosas tostadas. «Nadie prepara las tostadas como tú, Paco», siempre le decía mi abuela con el primer bocado. Siempre ha vivido con su mayor admiradora. Su dominio no residía tanto en la maquina de tostar el pan, porque con los años pasaron por sus manos muchos y diferentes tostadores eléctricos, si no con el amado oficio de preparar las tostadas con mucho esmero. Mi abuelo se convirtió en tostador de pan el día que se jubiló, y como se jubiló con 65 años y murió con 89 imaginaros cuan experto era.

Para vergüenza de todos diré que yo prefería desayunar galletas, así que aquella mañana del cuento yo tenía un gran tazón de leche para destruir mis galletas en él. Mi abuelo, sentado enfrente mío en la mesa de la cocina, tenía su café con leche y sacarina, sus dos tostadas con aceite y un sin fin de migajas a su alrededor. Porque si pienso en mi abuelo desayunando sería mentir si omitiera que no tendría millones de migajas a su alrededor, y es más que posible también que, si lleváramos cinco minutos desayunando, ya tuviera una mancha en la pechera aquella mañana. Porque sí, mi abuelo era un maestro tostando pan y también un experto frotando manchas después de cada comida para evitar que mi abuela lo fusilara, porque si veinte sweaters se ponía recién planchados, veinte sweaters que manchaba con la primera comida. Era el señor más vistoso del mundo, con la melena  canosa más bonita del mundo, pero toda esa galantería siempre se veía mancillada con su maldición de mancharse la pechera.

Yo aquel verano estaba bastante esmirriá, como decía mi abuelo, que vendría a ser todo lo contrario a como debería haber estado según su criterio que era jaquetona. Estaba esmirriá, cual palillo sin hambre a ninguna hora, porque a diferencia de otros males, el del corazón pocas pastillas tiene que lo curen  y a veces por llevarse se lleva hasta el apetito. Es pues, que ahí estaba yo, dándole vueltas a mi tazón de leche inmenso mientras sacaba unas pocas galletes de mi caja de hojalata para intentar sobrevivir a ese nuevo día, cuando de repente mi abuelo cogió la caja y me sacó veinticinco galletas de golpe y me las puso a mi lado. Yo entre risas le dije: «pero abuelito, no me puedo comer veinticinco galletas», y él recogió la caja de las galletas como si por un oído le entrara y por el otro le saliera. Para sorpresa mía la escondió. Sé que la escondió porque yo fingí comerme las veinticinco, pero en realidad guardé diecinueve, y cuando quise reponerlas no encontraba la caja, no estaba en el sitio de siempre, en su sitio. Al día siguiente no sacó la caja, seguía escondida, y junto a mi tazón tenía ya preparadas las veinticinco galletas. Para su pena, dudo mucho que en aquellos días aumentara ningún gramo, necesité mucho tiempo después, pero su intento me pareció el gesto más dulce del mundo.

Mi abuelo tenía el poder de a cada cuál saber conquistar el corazón a su manera. Tenía rutinas cargadas de esos pequeños detalles silenciosos, pero tremendamente cariñosos, que le hacían sentir a toda persona a su alrededor querida. Al fin y al cabo,  pocas cosas son más bonitas que alguien te haga sentir importante, cuidada dentro de su mundo. Siempre lo hacía desde la más absoluta discreción. Mi abuelo no esperaba nada a cambio, no demandaba afecto o atención pública. Él lo hacía sin darle importancia, como si eso fuera natural, como si fuera la cosa más normal del mundo darle la primera cucharada a probar a otra persona cuando en un restaurante se pedía un flan. Porque daba igual cuan lejos estuviera sentada de él, a la hora del postre, él me haría llegar su flan para que lo probara e hiciera veredicto aunque eso supusiera mandar un plato de mano en mano hasta el otro extremo de la mesa donde yo estuviera sentada. Siempre me daba la primera cucharada de flan y la almendra de la Tarta al whisky, me encanta la almendra de la Tarta al whisky, pero el flan, el flan me gusta pero en realidad no me vuelve loca, aunque eso jamás se lo dije a mi abuelo porque en realidad me encantaban sus cucharadas.

De todos modos dudo mucho que mi abuelo hubiera dejado de darme la primera cucharada de flan aunque le hubiera dicho «abuelito, no quiero más flan», porque con mi abuelo no había negociación que valiera si él creía que era lo correcto, mi abuelo hacía suyo el dogma de «tú si que quieres pero no lo sabes». Tenía determinación en sus propósitos. Si él pensaba que te tenía que llenar la bolsa de agua caliente porque se había enfriado, él la cogería en la oscuridad de la noche, la rellenaría de nuevo y te la escondería en la cama sin que te enteraras. Si él sabía que a ti te gustaba algo mucho te lo prepararía sin preguntar. Como me gustaban las fresas, siempre que fuera a visitarles y había fresas en el mercado mi abuelo me las compraba. En el postre ponía las fresas con un platillo con azúcar para mojar y me decía «mira lo que te he comprado», y si yo le decía por un casual, «ahora no abuelito, estoy llena. Luego más tarde me las comeré» él me pasaba el plato de las fresas, como si por un oído le entrara y por otro le saliera, porque en realidad «tú si que quieres, pero no lo sabes» y acababa comiendo fresas y mojando en el azucarillo.

Luego fue él quien se puso enfermo y entonces fue mi abuela la que se desvivía en cuidarlo y yo, por mi parte, la que le quitaba las galletas para desayunar para que no le subiera el azúcar. Lo bueno de aprender del mejor es que te vuelves igual de cabezota que él y aprendes a cuidar sin negociación que valga.

Una vez me contaron que cuando una persona moría por un infarto durmiendo era señal de que en su otra vida había sido una muy buena persona. Era un regalo para irse de este mundo sin sufrir. Mi abuelo murió hace año y medio una noche de madrugada mientras dormía, no sé si hay otra vida anterior, tampoco sé si en tal caso, él fue una buenísima persona, yo solo sé que como abuelo, en ésta, si se mereció una partida así.

Hace dos noches llegué a Florencia. Ya había estado hace años en la cuidad pero en realidad no me acordaba de nada. El cerebro es asombroso y el mío muchas veces tiene amnesia total. Me volví a sorprender con la catedral, con sus calles, sus preciosos palacios… Caminé como si fuera la primera vez que pisaba esos adoquines. Sin embargo, llegué a un sitio y de repente lo vi, reconocí el sitio donde había estado con mi abuelo diez años antes. Lo vi de nuevo  comiendo un gelatto de coco mientras un mimo le gastaba una broma y le hacía reír a él y a todos a su alrededor.

Bragas

Bragas

Hace diez días desempolvé mi mochila azul para emprender un viaje. Mi plan inicial era volar a Roma y pasar gran parte del verano allí. Entre mi vuelo de ida y vuelta había una distancia de 50 días y una oferta veraniega de avión de por medio. El porqué de Roma se merece otro cuento. En este solo diré que ese era el destino elegido hasta que una semana antes de partir me cancelaron el vuelo de ida y me quedé solo con un billete de vuelta.

Se trataba de una cancelación sencilla, no debía suponer mucho alboroto, pues el mensaje decía que “ese vuelo queda suspendido, elija cualquier otra fecha de su gusto sin coste añadido para usted o solicite el reembolso”. Cabía pues la opción de haberme ido esa misma semana en cualquier otro vuelo de la compañía, y haberlos los había, pero no sé qué fue: si las hormonas en retroceso; las miles de tareas que siempre tengo y que quería acabar; la vida misma plagada de dudas; mi pánico a volar que siempre busca excusas y señales divinas; mi culpabilidad por el capricho de irme de viaje viviendo en un planeta que no se puede permitir tanta contaminación, ni tanto viaje, ni tanto consumo, ni tanto capricho… y entre tanto alboroto mental, al final colapsé y solicité el reembolso del avión de ida (un 50% menos de culpabilidad) y me quedé con un billete de vuelta desde Roma a casa para el 13 de agosto. Con ese vuelo en la mano pensé “si todos los caminos llevan a Roma, solo tienes que coger la mochila y empezar un camino” y con esa loca e impulsiva idea partí una semana después.

Emprendí el viaje hace diez días con mi mochila azul y sin Pepo, que se quedó escondido en un armario de casa y no apareció hasta una hora después de mi partida. Inicié el viaje esta vez más sola y con una mochila cargada de ropa interior. Esto último me pareció divertido. Mientras hacía el equipaje el día anterior asumí que tenía demasiadas bragas, con demasiados lavados y con nula esencia de sexapil o para imprevisto médico, y dado que tendrían que haber ido a una vida mejor hace mucho tiempo me dije “pues las echo todas y voy despidiéndome de cada una de ellas por Europa al más puro estilo Marie Kondo”: uso, agradecimiento, despedida.

Mi primera parada con intención de dejar un par de bragas fue Prades, un pueblecito francés muy cerca de Perpignan. Allí vive una amiga, Rut, con su pareja y su hija pequeña. Llegué a su casa bajo la premisa de que iba a verles porque quería mi Foto Polaroid de ese año. Rut hace dos fotos polaroid siempre que la visitas, una para ella que luego cuelga con un imán en su nevera y otra que te regala a ti para tu propio recuerdo.  Yo ya tenía dos fotos de dos veranos consecutivos que el destino nos ha juntado. Su pequeña es la que marca el tiempo en esas fotografías, y esta vez baje del tren queriendo mi tercera sesión aprovechándome que en la primera foto la tomaba como el bebé que era y ahora ya sabía correr y podría decir “patata” como una encantadora cotorra francesa.

Al no pretender nada más que verles me acoplé en sus vidas y la cotidianidad cobró más fuerza que una agenda turística. Mi intención de pasar 3 días casi se prolonga el doble, la rutina cobró un encanto demás. Quizás una parte de mi evitaba abandonar ese halo de protección, pues sabía que en el momento que partiera de esa casa ya todo lo demás hasta Roma sería viaje en solitario y, como cualquier aventura que se inicia, llevaba consigo las dudas acopladas a mi almohada. Cuando se coge ritmo todo pesa menos, pero al principio, al principio la mochila puede pesar mucho.

Entre las paredes de esa casa todo era idílico, hasta las tormentas de veranos tenían un encanto especial como parar querer quedarte infinitamente. Sentía estar viviendo en el soñado pueblecito de la Bella y la Bestia fusionado con el de Las Chicas Gilmore. Los vecinos parecían extras cambiando todo el rato de escenario. Saludabas a la misma persona todos los días haciendo actividades varias: en el mercado; tomando algo; sacando al perro… y con cada saludo Rut me presentaba, me explicaba la historia de esa amistad y me otorgaba el honor de poder volver a saludarla una hora más tarde cuando nos la volviéramos a topar en cualquier callejón precioso de aquel pueblo.  Lo divertido de Rut es que, igual que tiene historias para presentarte a sus vecinxs, tiene historias para todo, pues todo en su vida tiene su propia descripción histórica otorgándole valor a lo que le rodea. Y haciéndote sentir parte de su vida al explicártelo. Nada está ahí por casualidad.

Hubo una tarde que nos la pasamos en su jardín arreglando macetas, un plan que si se solapaba poco más tarde con un Aperitive con cerveza de Bretaña y un rico queso artesano dándole el toque idílico francés de las películas yo ya estaba más que feliz con mi aventura. Me recorrí cada rincón de su casa buscando macetas para sacar al jardín y abonar. En general Rut tiene unas plantas preciosas, tiene mano como diría mi madre, pero tiene tantísimas plantas que como todo lo que no se puede atender plenamente a veces se marchita. Tenía alguna planta escondida que había sobrepasado incluso a la UCI, y yo sin piedad las saqué al jardín y le dije “Rut, estas plantas de aquí creo que están muertas, muy muertas. Quizás deberías despedirte de ellas como yo de mis bragas a lo Marie Kondo y aprovechamos los maceteros”. Hasta aquí todo bien, lo malo es que ella entonces me contaba la historia de cada una de esas plantas y pasaba a la categoría imposible de tirar. Yo le decía que en los capítulos de Marie Kondo la gente también llora cuando se despide de sus pertenencias y que quizás había llegado el momento de llorar y asumir que la planta estaba en el más allá y tirarla. Rut, como los niños, me decía “vale” y, fingiendo que la apartaba para tirarla en el jardín, poco más tarde la abonaba, la regaba y la escondía en su hospital de plantas para seguirla cuidando por si se obraba el milagro. Una de esas plantas que estaba en el más allá era de su madre. Su madre murió hace dos años y Rut se llevó esa planta a su casa de Francia, pero con el clima y el cambio de espacio no fue bien y desde mi punto de vista la planta murió, aunque Rut la sigue abonando con esmero y quizás se obre el milagro y yo me equivoque.

Mientras hacíamos la cena una de esas noches, en un armario vi unos tarros vacíos, de esos tarros de cristal en los que se vende miel, y como poco más tarde iban a ir a reciclar le pregunté si esos tarros también los ponía en la caja para reciclar. Rut contestó “No, es que esos tarros eran de mi madre. No los quiero tirar”. Y lógicamente no los tiré.

Aparte de una casa recién comprada en proceso de convertirse en un paraíso, un jardín, tarros de miel vacíos y más de 60 plantas y esquejes en agua desperdigados por la casa, Rut también tiene una hija, una perra, dos gatas, dos conejas, un pequeño huerto, 25 alumnxs y una pareja. Y quitando la hija, la pareja y Oli, la perra, que fueron buscadas, el resto el universo se encargó de dárselo y ella que todo lo puede lo recibió con los brazos abiertos. Lo curioso de todo eso es que su pareja no quería nada de eso, quitando a la hija, claro, y le han venido con el pack de querer a Rut. La quiere tanto que con mucho humor y cariño las asume, sacando también a las 12 de la noche a Oli; sacando y guardando también los conejos; limpiando tomateras… Y aunque es más que probable que en su día le dijera “Rut, perro no. Rut, huerto este año no…” nunca se lo echa en cara y está ahí como un buen Sancho Panza. Porque Rut es pasional, es pura determinación y vive bajo unos niveles de agobio que quizás un día se agoten, pero hasta ese día ella desde fuera da la sensación de que todo lo puede abarcar.

Yo, que peco como ella de querer abordar de más, mucho de más, visto desde fuera le decía “Rut, hazme caso con lo de Marie Kondo.  Tienes que desprenderte de cosas porque allá donde miras ves tareas y eso te está aniquilando por dentro. Porque el día tiene 24 horas y tú quieres abarcar tres jornadas. El tiempo para vivir lento no existe, se crea”. Lo malo de las personas que somos así, es que muchas veces agotamos también a quienes nos rodean porque ser Sancho Panza también es duro, porque Sancho nunca tiene la motivación del Quijote, no es su sueño, pero le acompaña por cariño. A Sancho no hay tiempo para preguntarle qué es lo que él o ella quiere para ser protagonista de su propia historia. Los Quijotes eclipsamos de tareas y podemos fagocitar sin querer la agenda de los Sancho Panza que nos rodean, y eso también es triste. Sin ellos somos poca cosa, pero estar con ellos también implica mucho cuidado y freno, pisar el freno de nuestro propio instinto soñador y potenciar más el pragmatismo.

Es pues, que el último día de mi visita lo conseguí e hicimos un Marie Kondo: tiramos tarros, macetas y dejamos la casa un poco más minimalista para mitigar su frustración al desorden. Si hay poco, poco hay que ordenar. El resto lo tenían ambos bajo control, bajo el control loco de la vida en la que nada es perfecto pero si lo es cuando se impregna de rutina. Cuando alguien te hospeda en su casa a las 30 horas aparece la magia, la verdad que se esconde bajo una controlada bienvenida. Es por eso que aparecieron los tarros escondidos en el armario, las macetas muertas, las lavadoras, las noches sin dormir porque la pequeña lloraba o las discusiones corrientes por cómo gestionar esa u otra cosa. Y da igual cuan ordenado esté o no un cuarto cuando llega una visita, lo importante son todas las historias que se recogen en ella. El despertador suena cada día, la rutina se impregna de emociones y el mejor momento del día es poder disfrutar del Aperitive a las 19:30h con un rico queso.

Rut junto a su peque y Oli me dejaron el último día en la estación de tren y les vi decirme adiós con mucho cariño desde la ventanilla. Llevaba la Foto Polaroid conmigo y la promesa de “Nos vemos pronto”.  Lo divertido es que a la mañana siguiente, desde Aviñón, le escribí un mensaje a Rut y le dije: “ahora sí, he tirado mis primeras bragas”. Estando en casa de Rut se pusieron lavadoras y me daba tanta pena que fui lavando las que gasté esos días. Desprenderse no es fácil y necesita su tiempo. A veces uno extra.

Melena

Melena

Tengo o más bien tenía melena. Hace un mes me corté el pelo estilo Pixie sin siquiera saber lo que era eso. Básicamente tenía melena, una melena muy larga. Y quería donarla. Así que me armé de valor, fui a la peluquería y pensé eso tan peligroso de “ya que…”, y ya que iba a donar el pelo mejor cortar a lo chico y aprovechábamos al máximo.

Digo a lo chico porque cuando me lo corté no sabía decir cómo me lo había cortado sin citar penes de por medio. Yo no quería entrar en ese encorsetamiento de chicas y chicos, pero telefónicamente hablando no sabía muy bien cómo explicarme. “Si, me lo he cortado corto… corto… muuy corto… ¿por el hombro? Nooo, por la nuca… ¡Ahh, estilo años 20!..Noo” y al final confesaba cual culpable en interrogatorio, “A lo chico, me lo he cortado a lo chico”. Fue en una de esas descriptivas explicaciones en las que descubrí que mi corte en realidad respondía al estilo Pixie, algo muy de moda hace unos años, y que si no sabes cómo es pues lo buscas en Google y seguro te sale nuestra representante Úrsula Corberó.

El plan para llegar hasta un corte Pixie fue sencillo: tres años sin cortarme el pelo, un confinamiento intenso y una dejadez generalizada. Así como si tal cosa llegas a 44 cm. Creo que hubiera llegado a unos pocos más si no fuera porque el sábado anterior a la masacre me duché y tuvo lugar el Gran Enredo. Salí de la ducha con el pelo como si fuera a mi a la que le hubiera dado la corriente y no al niño de Jurassic Park. Rompí un peine en mi odisea y a los dos minutos viendo que aquello me superaba salí del aseo con ataque de angustia y supliqué ayuda o tijeretazo sin compasión. Cinco minutos más tarde estaba sentado sobre la tapadera del wáter y mi hermano, cual santo bendito de paciencia, se dispuso con un peine a intentar poner orden a aquel alboroto. Lo consiguió después de cincuenta minutos de reloj, muchos estirones (pero menos de los que me merecía), y la promesa de que no pasaba de esa semana sin cortarme el pelo. Y no pasó.

Una vez una amiga me contó que el corte de pelo radical simboliza un nuevo comienzo, el dejar el pasado atrás para iniciar algo nuevo con mucho ímpetu. Me lo dijo muy convencida después de raparse. Yo, en cambio, miro mi pelo y solo pienso en que lo he hecho por donarlo y que esa mata de pelo tenía muchas historias detrás que me gustaban.

De mi pelo podría confesar que hasta que no llegué a la universidad pocas veces lo llevé suelto, por no decir que no creo que sumen los dedos de las dos manos, y estaría contando incluso la Comunión. Creo que me gustaba tanto mi pelo, o quizás era lo único que me gustaba de mí, que lo llevaba recogido como quien guarda un secreto, pensando que el día que me lo dejara suelto pasaría como en esas películas americanas de cambio radical. Tengamos en cuenta que mi infancia tuvo mucho videoclub de “Nunca me han besado”, “Princesa por Sorpresa”, “Miss Agente Especial. “Alguien como tú, “Grease”… Sin olvidar “Tienes un email”, “Mientras Dormías” o “French Kiss”, donde las protagonistas siempre eran más de verborrea divertida que de peluquería.

Luego, con los años, ya empecé a llevarlo suelto porque se me empezó a caer. Digamos que si estoy nerviosa, que si tengo estrés, que si es otoño, que si bla bla bla pues el pelo se me cae y si tienes melena pues el pelo se te cae y lo hace con luces de neón. Al desenredarte el lavabo parece el esquilado de una oveja, con pelos en la ropa, en la almohada y en cada sitio que pasas. Y encima lo triste no es que se caiga el pelo, es que tú recoges cada uno de ellos con suspiros y con pánico de lo que se avecina. Cuando me pasa voy al dermatólogo, me manda un champú, pastillas, me dice que no me preocupe mucho y la cosa se estabiliza. La cuestión es que mi madre de pequeña tenía melena, mucha melena, y ahora de mayor pues ya no tiene melena. Mi padre nunca ha tenido melena, mi hermano hace chistes con acabar en Turquía y en mi casa todo momento de estrés se resuelve con la frase “Mi pelo, mi pelo vale más” y con esa frase respiras profundo y le quitas hierro al asunto en cuestión porque sabes que en verdad como aquello vaya a más te estresas y se te cae. Es pues que, quizás por el temor a la maldición, un día pensé “suéltate la melena mientras puedas”. Y con esas empecé a dejármelo suelto. Y suelto en modo salvaje, muy salvaje. Lavar, desenredar y listo.

Un año los Reyes Magos me dejaron en casa de mi vecina una súper plancha del pelo para domarlo. Reconozco que me hizo ilusión porque pensé: “tengo que probarla”. Luego la probé, lo intenté, me superó y jamás la volví a probar. Diez años después sigue nueva en mi cajón.

Dos días antes de irme a la India, cinco días antes de mis veintitrés, fui a la peluquería y cumplí el sueño de mi peluquera: me corté mucho la melena. La cuestión es que como nunca me secaba el pelo, nunca me tintaba, nunca me planchaba, nunca me hacía nada, pues digamos que el pelo se mantenía relativamente sano, o al menos eso me decía ella cuando me hacía repaso cuando iba cada año bisiesto. Y no es que no fuera porque fuera cara, porque mi peluquera era mi vecina y desde los 4 años era mi peluquera oficial. Y como era mi peluquera, pero también mi vecina-familia, Filomena jamás me cobró y no había nada que discutir. También me daba todos los años aguinaldo y tampoco eso se discutía. Con los años la operaron de un cáncer de garganta y ya nunca más hablo “con sonido” por lo que se podría pensar que ya se podría discutir con ella y aspirar a ganar, pero en realidad ella siguió hablando y el resto aprendimos a leer los labios.

La peluquería de Filomena, era una de esas peluquerías que hoy serían vintage, de esas de estilo Bar Paco de palillo, barra y servilletas en el suelo de toda la vida. Era un local pequeñajo, con un gran secador para las permanentes, un fregadero que su marido Paco, albañil, le había hecho en sus ratos libres y en el que siempre te ponía agua tirando a fría porque activaba mejor la circulación. Dos sillones junto a una mesilla cargada de revistas del corazón, siempre ocupados por alguna señora esperando o visitando, porque a una peluquera también se pasa a saludar. El sillón de peinar estaba custodiado por un mueblecillo con cajones y ruedas cargado de rulos, peines y pinzas  que me encantaba ordenar mientras esperaba, supongo que en mi versión de cuatro años descubrí esos rulos y a los veinte tantos aún seguía jugando con ellos. Aunque el mejor sitio era sin lugar a dudas el armario empotrado que había en un rincón repleto de mejunjes dónde Filomena se escondía a hacer sus tintes cual pintor hace sus mezclas.

La peluquería estaba justo en el mismo parque de mi pueblito, por lo que cuando estabas allí la puerta no paraba de abrirse: alguien que pasaba a saludar; algún nietx buscando la merienda de su abuela a media permanente;  algún pequeñajx buscando alguno de los gatos que reinaban en la peluquería; el hombre de la lotería que pasaba a dejar un número para viernes; etc. Y si eran las 5 de la tarde seguramente la puerta la abriría Joaquina, la madre de Filomena, que bajaba de su casa con café recién hecho en tacitas con unas pastas para las clientas. Clientas que por aquella época ya jamás bajaban de los 70 años a excepción de mi madre y yo.

A mí la madre de Filomena me daba respeto y cariño a partes iguales. No sabía leer y tenía una agenda de teléfonos en una libreta donde cada persona era un dibujo que ella identificaba con esa persona. Me parecía hermoso percibir esa vulnerabilidad en un mundo rodeado de letras y al mismo tiempo sorprendía ver lo resolutiva y el carácter agrio pero dulce y luchador que desprendía en ese cuerpo de señora no muy grande. Joaquina entraba y salía de la peluquería decenas de veces al día, no paraba un minuto de hacer recados y siempre le decía a Filomena “pero córtale la melana, córtale más” cuando me tenía entre sus tijeras, y yo, cual miedosa, suplicaba que no, que no le hiciera caso. Me amenazó con eso hasta bien mayor, y también bien mayor supe que era broma.

Necesitó que me fuera a la India para cumplir su deseo. Entré por la puerta y mientras me quitaba la última tira de la cortinilla que colgaba de la puerta y que arrastraba conmigo le dije: “Vengo a que me cortes la melena”. Aun así, no me lo cortó tanto pues pedí dejármelo lo suficientemente largo para una mini cola, práctica para la aventura.

Aterricé en Calculta con mi mini cola y dos meses más tarde me había crecido tanto que en Varanasi yo misma me corté el pelo un poco más con unas tijeras para papel, en el espejo de un pequeño pasillo de un hostal desconchado de la ciudad. Descubrí que peluquería es una profesión, que yo hice lo que pude, que utilizar tijeras de papel quizás no fue lo mejor y que Filomena era una artista.

Cortaba el pelo de manera magistral, a navaja y con arte, pero lo mejor era que siempre apoyaba tus locuras. Era una firme defensora de eso de que “el pelo crece”.  Y eso en una peluquera es de valorar. Cuando vivía en Bilbao fui con una amiga a la peluquería y le fui infiel por primera vez en mi vida a Filomena. Entramos ambas buscando un cambio radical  pero yo me lo corte por encima del hombro y ella acabó cortándose las puntas. La peluquera no nos vio muy convencidas en nuestras demandas, y a diferencia de lo que Filomena hubiera hecho, ella nos convenció de ser prudentes porque “el pelo crece, pero hasta entonces os acordáis de la peluquera”.

Después de ese corte acumulé pelo durante otro año y medio y cuando volví de viajar por Latinoamérica me lo volví a cortar pero esta vez con flequillo, derrochando locura.

Este último corte me duró bastante porque Filomena se puso mala y cerró la peluquería. Quizás debería haberla cerrado mucho antes, pero supongo que ser clase trabajadora lleva consigo estas historias de trabajadora de más. Y ella siguió rociando laca y diciéndole a sus señoras que se apuntaran en su pizarra para pedir cita hasta que ya no pudo más.

Cerrada la peluquería ya solo quedaba ir a su casa a verla. Yo le decía que cuando se pusiera buena pues que me tenía que cortar el pelo, que ya lo llevaba muy largo de nuevo y ella era mi peluquera oficial. Ella me contestaba que sí. También le decía que me llamara una tarde que se encontrara mejor y así mi  madre y yo íbamos a por ella y pasábamos la tarde en el campo, que allí arreglando macetas en plena primavera seguro que sería agradable. La seducía diciéndole que si estaba cansada le ponía un sillón como a las señoras, que tampoco la iba a tener explotada. Y ella siempre me decía que sí, que un día de estos.

Recuerdo un sábado de junio por la tarde que estaba sola por casa y pensé en ir a verla y llevarle un poco de limón granizado. Llamé a Paco, su marido, mi vecino-familia también y fui a verles. Yo me tomé mi vaso de limón y ella, que hacía un tiempo que salía poco de la cama, me dijo que más tarde. Hablamos, o quizás yo hablé y ella sonreía más que hablaba, y de nuevo le insistí en que se tenía que poner buena para cortarme el pelo. Le reconocí que le había sido infiel en Bilbao, pero le confesé que nadie como ella para cortármelo. Ella se rió y se quedó en la cama con su limón derretido y su pajita para ir tomando sorbos poco a poco más tarde. Me fui sobre las ocho y media y recuerdo que le dije la frase “me tengo que marchar, que tengo que recoger una pizza que he quedado con un amigo” y eso último con tono y sonrisa. Ese amigo acabaría siendo un “amigo con derecho a roce”. Yo no suelo contar estas cosas, pero supongo que sabía que ella no se lo diría a nadie y le haría gracia. Al fin y al cabo era mi vecina-familia.

Ese julio acabé de camping con unas amigas en Almería y no sé cómo les hablé de Filomena y de mi promesa inconsciente de no cortarme el pelo hasta que me lo cortara ella. Les conté eso, que tomaba pastillas de quimioterapia, que en el marco de la ventana de su concina Paco, su marido, fue marcando como mi hermano fue pegando sus estirones, que durante mi infancia casi todos los lunes iba a comer a su casa junto a mi hermano y otra vecina paella que nos hacía aposta… Porque si hay que decir siete cosas de Filomena son: era una de las mejores cortadoras de pelo del mundo; hablaba mucho pese a estar oficialmente muda; siempre tenía la puerta de su casa abierta; en mi comunión fue la reina de la pista; le gustaba acostarse a las tantas; no había nadie que bailara mejor la de “El gallo sube” versionada por Los del Rio y jamás de los jamases se sentaba a comer. Les conté eso y supongo que acepté que quizás Filomena ya nunca más me cortaría el pelo. Pocos días después mi corazonada se hizo cierta y yo tardé seis meses más en pisar otra peluquería.

Aquella vez no pude donarlo porque lo llevaba escalonado y no tan largo, así que pensé “a la próxima”. Y así entre historias, pelos y peluquerías tres años más tarde he acabado con un corte estilo Pixie y una coleta de 44 cm en un sobre para mandarlo por correo.

Me divierte decir que cumplí con todos los pasos que conlleva un cambio radical, pero sin determinación alguna. Primero me hice una carpeta de cortes a lo chico en Pinterest. Luego de esa carpeta elegí a la modelo que salía más monísima. La noche antes le enseñé mi elección a mi hermano y  a mi madre y ambos dieron su aprobación. Al día siguiente la aprobación la dio mi nuevo peluquero al que le pregunté “¿tú crees que algo así me quedaría bien? y él, que es muy majo, me dijo: “Te va a quedar genial, con esa cara que tú tienes”. Y así entre todos mintiendo un poquito, me lo corté.

La realidad es que, tras ver el resultado, cuando salí de allí eché por la calle menos transitada hacia mi casa y creo que desde entonces sigo escondida. Y no se trata de que me queda mal o bien, si no de que no me reconozco a mí misma. Mi hermano dice que el pelo es de moderna y que me queda muy bien, pero que tengo que tener actitud y vestir de moderna, claro. A eso le digo que me falta ropa y sobre todo actitud. Me faltan unos labios rojos, unos aros, unos buenos ojos maquillados, un nuevo armario y una conversación intelectual con una copa de vino en la mano en la puerta de un garito. Luego está la versión de mi amigo Pacheco que dice que me parezco a Demi Moore en Ghost, y yo miro en Google eso y se me parte el alma porque no soy muy fan de Ghost pese a que me gusten las manualidades. Y luego está la versión de mis compañeros de clase que, no sé si porque son de la rama de informática  irradian sinceridad a raudales, me recibieron con frases tan demoledoras al saludarme como:  “¿qué te ha pasado?”, “¡cuantísimo te lo has cortado!” o “bueno, ya crecerá” en mi primer día post-Pixie, para que asimilara lo que había hecho.

La parte positiva es que ya no me tengo que desenredar el pelo, y que alguien tendrá una peluca que espero no se le enrede mucho. Lo mío es más cuestión de labios rojos y de actitud, y seguro que si a mí me cuesta reconocerme por un simple corte ni que decir si necesitas de la peluca.  Lo bueno es que en ambos casos el pelo crece, crece aunque a veces parezca lento.

Esquilamiento

Dibujo texto esquilamiento. Mujer sin depilar

Esquilamiento

El cambio de estación hacia el verano lleva consigo, en mi caso al menos lo tenía fuertemente interiorizado, el tener que llevar a cabo el esquilamiento oficial de mis pelos de cara al público.

Había un chiste que decía que era fácil reconocer el estado sentimental de una mujer pidiéndole en pleno enero, y de sorpresa, que dejara vislumbrar sus hermosas piernas al descubierto. ¿Pelos o no pelos?, he ahí que residía la respuesta para descubrir ante quién se desnudaba. A mi seguro me hubieran pillado infraganti y hubiera sido de respuesta peluda y de interpretación soltera. Una mona al completo -de noviembre a mayo-, y una monita a roales -de mayo a octubre- para guardar las apariencias.

El bigote, por su propio exhibicionismo, siempre tuvo su propia autonomía dentro de mi agenda. Es pues que bajo la persistencia de mi madre siempre hice las rigurosas visitas a la esteticista para quitármelo, por eso de que no se puede ocultar dentro de mi cara blanca un vello tan negro, y porque día tras día, cuando un suave sombreado iluminaba mi rostro, mi madre empezaba a pregonar: “A la mujer bigotuda desde lejos se le saluda”, recordándome mis obligaciones con la feminidad. El resto del cuerpo vivía más camuflado y, por ende, podía optar por no mostrarlo más de lo estrictamente necesario y limitar mi batalla campal a quitar pelos solo en aquellos momentos en los que no quedaba otra.

Por pura vergüenza puberta ante mi propia desnudez solía emprender esa batalla campal de esquilamiento en la intimidad del aseo de casa. Entre mis armas de exterminio hubieron cremas, cuchillas, una maquina depilatoria que una prima pidió a los Reyes Magos en mi nombre (la cual para mi propio miedo llevaba una pieza para el congelador que anestesiaba la piel), tarros de cera que vendían en el supermercado: versión para el baño maría, para el microondas, para pieles sensibles, con roll-on especial incorporado… Y así, pese a las aparentes diferencias entre unas y otras,  no creo que jamás superara la destreza de hacerlo como quien está esparciendo cemento ni quitar las bandas con la consistencia de quien intenta arrancar un chicle. 

Se concluye pues, que se diera la paradoja que la primera vez que fui a una esteticista a depilarme el cuerpo entero fuera con veinte años, y que todo el tiempo predecesor tirara de aquella improvisación casera, que si bien con ella nunca alcancé unas piernas perfectas, quizás una pero jamás las dos, sí me permitía la calificación de apta para distancias largas en los momentos necesarios. A esa edad, a la de veinte años, en la estación de trenes de mi pueblito rumbo a la universidad, fue que conocí a la chica que exterminaría por primera vez mis pelos de manera profesional. Esa chica, al igual que yo, cogía el tren cada mañana para ir a clase, en su caso para su formación de esteticista. Si jamás había enseñado mis preciosos piernas, muslos, inglés, ni axilas a ninguna esteticista, ni a ninguna persona en general por pura vergüenza, el universo quiso que acabara en bragas y sujetador, y eligiendo diseño de inglés, en el examen final de esta chica bajo su mirada y también la de todo su profesorado.

No querría dar la impresión, con esta confesión, que desde joven siempre me la repanpinfló bastante ser peluda y que disfrutaba siendo una pequeña mona. En realidad no disfrutaba, simplemente sucedía, como a veces tengo la sensación de que pasaban muchas cosas en aquella época. Las piernas de los anuncios me parecían bellísimas, admirables y dignas de lucir si las hubiera tenido, pero jamás sentí tenerlas. Ya si bien porque mis piernas eran dos veces el tamaño promedio, o bien porque siempre se me llenaban de granitos y estaban tan blancas y tan imperfectas, y tan poco firmes y tersas que no veía el momento de lucirlas. No se trató pues de que quisiera dejar mis piernas a su más pura naturaleza como un acto reivindicativo de lucha feminista por conquistar la libertad de mi cuerpo, como una opción de aceptación, o porque me la repanpinflara la vida en general.Más bien fue porque simplemente tenía la sensación de que en mi caso era una batalla totalmente perdida aspirar a tener esas piernas. Los pelos siempre volvían a salir y jamás de los jamases tuve unas piernas de anuncio que quisiera mostrar al público.

Lo malo de ser peluda camuflada es que la escasez de convencimiento ante lo que hacía me embriagaba de un alto grado de vergüenza si me pillaban. Es pues que si bien sobrellevé mi osadía con bastante discreción con ayuda de la cuchilla en los mementos clave, no niego que siempre existió el miedo oculto a que me pillaran. He ahí el pánico de por vida a la temible maldición de que me rompiera una pierna, o esa pesadilla freudiana de soñar estar desnuda en alguna clase, o en la calle, y con el apuro inmenso de no saber cómo cubrir mi peluda desnudez.

Lo curioso, no obstante, es que si te pillaban y hacías muestras de arrepentimiento y culpabilidad, todo el mundo te disculpaba. En realidad el ser humano solo es cruel contra los pelos entre bambalinas. Recuerdo que alguna vez fui a alguna tienda y al ver que las cortinillas de los probadores no eran hasta el suelo una parte de mi insistía en subirse los calcetines para ver si mágicamente los convertía en ligeros. Había otras veces que al vislumbrar mis piernas desnudas cubiertas por un oscuro pelaje y mi madre, una amiga o la dependienta insistían encarecidamente en echarme un vistazo para ver cómo me quedaba la falda, yo optaba por ese socorrido invento de combinar estilosamente el pantalón bajado hasta las rodillas por debajo de esa preciosa falda a comprar. Por sorpresa, ante eso, ante ese conjunto esperpéntico, nadie decía nada. Nadie dice que te quites los pantalones para ver cómo te queda la falda en realidad, nadie dice que así es imposible saber como te queda, nadie dice nada porque todo el mundo sabe que estás monita.

Tengo una amiga que siempre que quedaba con su ex-pareja, quien le rompió el corazón y era su gran punto de debilidad, explicaba a los cuatro vientos su estrategía cuando le decíamos “cuidado y no caigas, que cuando lo ves siempre te sube la bilirrubina y luego vienen los “Padre, Señor mío””. Después de caer y acabar con todos los clinex del súper en más de una ocasión, optó por ir sin depilar cada vez que quedaba con él. “Saber que soy un cuerpoespín es lo único que me mantiene serena” decía riéndose. Yo la entendía.  Siempre había optado por ser monita esquilada previo aviso, y ahora soy consciente de que eso lo viví como una limitación constante en el fluir del día a día. En cierta manera crecí con la idea cultural de que estar monita era algo muy malo que por ende tenías que ocultar, es pues, que jamás de los jamases me sentí segura para omitirlo. Nunca fui capaz de improvisar una locura acorde a las películas y gritar un “bañémonos en bragas en la piscina”, sin previo aviso era peluda, y si te avergüenzas de ser peluda te quedas en la mesa jugando a las cartas.

Hace unas semanas mi abuela tenía que ir al médico, así que el día antes mi abuela por la tarde le dijo a mi abuelo “Paco, esta tarde me tienes que depilar que mañana tenemos médico”. Me parece divertido como a ciertas edades el tener médico ya es plural, y como 60 años de matrimonio te otorgan la mágica confianza de poder depilar a la persona con la que compartes tu vida teniendo como único aliciente el quedar bien ante el médico. Esa tarde mi abuelo embadurnó a mi abuela de crema depilatoria y entre risas y equilibrios la depiló en el baño porque ella apenas se puede agachar.

Recuerdo que cuando me fui a estudiar a Bilbao, nada más llegar, a mediados de octubre y en un día de sol espléndido y antinatural para esas fechas, una compañera de clase se quitó la sudadera y se quedó en tirantes mientras estábamos en el césped dormitando la siesta. Fue en un amago de señalar algo que me di cuenta que iba sin depilar, y en esas fue que pensé «Ay madre, que no se ha dado cuenta de la pelambrera que lleva, que apuro cuando ella misma se percate esta noche al llegar a casa». Meses más tarde, descubrí, para mi propia sorpresa e ignorancia -porque jamás me lo había replanteado si quiera en mi cabezota- de que tenía pelambrera en las axilas, e imagino también en el resto del cuerpo, por propia voluntad, y que no le daba importancia ninguna a tenerla o a quitársela una vez al año si le apetecía. Para desilusión del chiste, pocos meses más tarde conocí a su novio, un chico majísimo, que cuando le pregunté -ya con meses de confianza- que qué pensaba sinceramente me contestó riéndose: «Son pelos, y son sus pelos. Yo también tengo pelos. Es vello, nada más que vello corporal, no altera su cuerpo. Podría decir que en cierta manera es una de las cosas que adoro de ella, no su pelo en sí mismo, eso me da igual, si no esa manera que tiene de respetarse, de hacer con su cuerpo lo que siente y desea, sin miedo al que puedan decir, sin miedo a lo que yo pudiera pensar la primera vez que nos desnudamos. Esa seguridad, esa falta de importancia a moldearse, esa naturalidad con la que se enfrenta a muchas cosas es una de las partes que me enamoran más de ella». Añadiré que conozco tres chicas que no se depilan con mucha asiduidad -o nunca- y las tres tienen pareja y son bellezones. Siempre las tengo muy en mente porque a veces se tiene la idea de que NO depilación es ausencia de higiene, o falta o incapacidad de ser atractivas, y justo estas amigas representan de la manera más sencilla y natural posible una ruptura ante esa idea, porque son igual de atractivas, encantadoras y limpias que el resto de amigas que conozco pero con el aliciente de tener pelos rubios, morenos o pelirrojos en partes de sus cuerpos.      

Cuando marché a vivir a Costa Rica, con clima caribeño en constante verano o de verano con lluvia, se produjo la paradoja del calor y la vestimenta. Llevaba una maleta llena de vestidos acordes a mi puesto de becaria en un centro de carácter institucional, y esos vestidos de tirantes aptos para el calor y la burocracia requerían de unas piernas y unas axilas perfectas, de una depilación perfecta, una depilación que cumpliera su cometido de no llamar la atención por su ausencia. Fue en esos meses, lejos de un contexto tan libre como el que viví en Bilbao, que sentí una nostalgia profunda de esas personas que de una manera u otra le restaban presión a la perfección de los cuerpos.

Al viajar con la mochila y con una cuchilla como única fuente de exterminio fue que empecé a cuestionarme los pelos seriamente. Algunas veces tenía las piernas llenas de picaduras y depilarme con cuchilla era como acribillar mis piernas, era una masacre en pro de la feminidad que sentía cruel. Así que a veces, dada la gravedad de mis picaduras como fuente de excusa principal, optaba por dejarme cierta pelambrera y mágicamente he de decir que no sentía tanta vergüenza. Por primera vez sentí que si nadie me conocía en realidad nadie podía juzgarme. Pensaba en las ilustraciones de Rocio Salazar y me reía de mis propios pelos sin darles mucha más importancia. 

Fue al volver a casa, y sentir de nuevo la presión de pueblito, de público conocido y de cotidianidad que me replantee seriamente que hacer con mis pelos. Medité solo dos opciones, o ir a terapia a trabajar el querer a mi cuerpo tal y como era con pelos incluidos y dejar de depilarme, o hacerme el láser y olvidar mis pelos por siempre jamás.

Para desilusión de mi misma opté por el láser, y digo desilusión porque ojalá hubiera sido más valiente y pudiera escribir que tengo una pelambrera de la que me siento orgullosa y voy a comuniones de mi pueblito con falda y pelos, pero me conozco y sé que no lo haría. Sé que me restaría seguridad porque a veces me siento sola en la locura y a veces necesitas ser invisible para ser feliz, porque no estoy hecha para llevar pancartas ni liderar batallas todo el día. Me hice el láser y la esteticista aún se ríe de mi cara de pena y de mis reflexiones filosóficas cuando me pasaba el aparato. Porque es cierto que ya no tengo pelos, pero una parte de mi los echa de menos, jamás tendré pelos y eran mis pelos y de una u otra manera los quería y el pensar que jamás saldrán me produce tristeza.

Si hay algo de lo que me alegro es que me negué rotundamente a depilarme mis velludos brazos, había oferta, pero me negué sin dudarlo. Adoro cuando se me eriza la piel, adoro cuando puedo decir “tengo los pelillos de punta”. A veces pienso que ojalá hubiera querido el resto de mis pelos de esa manera, con esa misma seguridad para que nada hubiera impedido avergonzarme de ellos, a veces pienso esas cosas pero solo se las cuento a la esteticista. Le hablo de eso mientras busco artículos para respondernos ¿cuándo empezó la mujer a depilarse? Mientras me pasaba el láser descubrimos que fue a principios del siglo XX, sobre el 1915, y que antes a esa fecha ella se hubiera quedado en el paro porque todas eran monitas. También le cuento que lxs indígenas tienen poco vello corporal, y que una vez alguien me contó que una indígena mexicana vio a “su señora» española depilarse y esta le dije entre lágrimas “No lo haga señora, ¿porque se quita el vello? ¡Con lo bonito que lo tiene!”. Imagino que la chica indígena envidiaba el vello por que era de blancxs, y la señora quería quitarse el vello para sentirse bella pero no indígena, lo cual es paradójico. Todas querían algo que no tenían basado en un esteriotipo cultural que a ambas obligaba a mirarse en el espejo contrario. La sesión de láser dura una hora, da mucho tiempo para hablar. es pues que también hablamos del capítulo de la serie Girls en el que la protagonista sale sin depilar su hermosa melena vaginal y es eso, su hermosa melena vaginal, lo que le sirve para que un amante la recuerde. Ya nadie tiene melena vaginal me confirmó la esteticista.

Dibujo texto esquilamiento. Mujer sin depilar

El monstruo de las galletas

Dibujo de un pequeño monstruo con antifaz intentando capturar galletas.

El monstruo de las galletas

En el país de Nunca Jamás lo más temido son los piratas y el cocodrilo que se acerca con el susurrante tic-tac. En algunos armarios, por el contrario, el protagonista más temido es un tímido monstruo que habita allí escondido, aunque hay otros monstruos que prefieren esconderse en la cocina para así devorar galletas.

Por mi parte, siempre sospeché que había una gran serpiente debajo de mi cama, y conozco a más de uno que el hombre del saco fue su mayor perdición. Lxs más glotones probablemente habrán crecido con temor a tener un criadero de lombrices por zampar chocolate, y otrxs con tener montones de chicles pegados en el estómago. Hay quien, incluso, seguro ponía los ojos como platos en cuanto se apagaba la luz, y daba igual tener súper poderes o espadas mágicas, porque en la oscuridad nos achatábamos muchos.

Supongo que cada cultura tendrá sus pequeños y temibles monstruos, y es con, y únicamente, esos con los que todo niño y toda niña debería crecer. Porque el país de Nunca Jamás puede ser un lugar añorado cuando somos grandes pero no deberíamos consentir que para ningún niño sea un lugar desconocido.

Dedicado a los niños de la estación de trenes de Howrah, en Calcuta, que no conocían el deslumbrante mundo de Nunca Jamás y que me hubiera encantado decirles como Campanilla eso de “gira en la segunda estrella a la derecha».


Pd, esas fueron las palabras con las que hace unos años puse punto final, como dedicatoria, a un largo trabajo que llevaba por título: La Infancia olvidada de la India. El trabajo infantil: contextualización, análisis y políticas de lucha. Hoy es el Día Universal del Niñx y, de alguna u otra manera, se hace importante rescatarlas. A esa dedicatoria sumaría ahora a Bismark y a otrxs muchxs más pequeñajxs, de allí, de aquí y de muchos sitios, que rebosan en mi mochila y en mi baúl con percepción de pequeñxs adultxs, con suspiros y miradas de adultxs, pero con los pies demasiado pequeños para cargar algo más allá que sus diminutos cuerpos.

Dibujo de un pequeño monstruo con antifaz intentando capturar galletas.

Taxi

Taxi

Una noche, durante el viaje, salí en busca de cervezas, mojitos o una simple limonada con un chico que también andaba de aventura arrastrando la mochila por aquel entonces. Llevábamos casi una semana viajando juntos y ya nos conocíamos hasta las manías del desayuno. Esa noche, antes de salir, estando en la puerta del hostal que ambos compartíamos, echó la mano en el bolsillo y cerciorándose de lo que llevaba en su interior me dijo: «¡Perfecto!, llevamos un poco de dinero para tomar algo y bolsillos vacíos. Ni móvil, ni reloj, ni nada. ¡Vamos a la calle!», a lo que añadió «con la buena noche que hace luego podemos volver andando, no hace falta tomar un taxi. Aunque volvamos caminando, no llevamos nada de valor para que un extraterrestre nos pueda robar». Lo dijo justo antes de empezar a chanclear feliz por la acera mientras nos deleitábamos mirando las fachadas de aquella pequeña ciudad que tanto me enamoró. Hacía una noche preciosa y el plan era más que sugerente dado que no nos alejaríamos muchas cuadras del hostal, pero pese a esa brillante idea yo le miré y en silencio, como si fuera un temor secreto que no le fuera a reconocer, me repliqué para mí misma: «mi miedo para no volver andando de noche no es nunca que me roben un poco de dinero». Lo pensé pero no se lo dije, me limité a seguir su paso.

Cuando escribí Una vagina solitaria, acerca de mi experiencia viajando sola siendo mujer, omití hablar en profundidad de si había tenido alguna experiencia incómoda durante el viaje por el simple hecho de ser chica, omití hablar de si había sentido miedo alguna vez. Consideré que no era oportuno escribir sobre eso en aquel texto, tenía recelo de no saber hacerlo con la seriedad y la precisión que se merece, y sobre todo tenía mucho pánico de perpetuar la idea del miedo, o quizás más aún tenía pavor que se me culpabilizara a mi por hacer locuras, sobre todo si lo leía mi familia.

No sé compartir los miedos, solo soy capaz de compartirlos con la almohada, aunque sea la almohada extraña, dura, mullida o deforme de un desconocido hostal. De manera verbal no sé mostrar el miedo, no sé abordarlo con el respecto que se merece, siempre lo traslado a una anécdota quitándole toda su importancia, como si el miedo no fuera importante, como si la que fuera una extraterrestre fuera yo y nada me afectara. Pero si me paro a pensarlo, si se trata de hacer el ejercicio de pararse y reconocer, debo confesar que es algo que estuvo ahí. De alguna u otra forma siempre estuvo ahí. El miedo tuvo su propio hueco de historias, como también lo ha tenido en otros viajes y a lo largo de mi vida en general, momentos incómodos que lleguen a ocupar un espacio muy grande en tu mochila, o incluso pasan a quedar resguardados en tu propio baúl, como algo muy íntimo de ti misma. En mi caso creí que nunca los contaría, mucho menos por aquí.

En abril hubo una activista y columnista colombiana, Catalina Ruiz-Navarro, que publicó en su cuenta de Twitter una frase bajo el hastag #MiPrimerAcoso. La idea era animar con ese título a las chicas a que contaran su primer acoso, una manera de movilizar para hacer ver que casi todas las mujeres podían describir al menos un acoso. Casi todas las mujeres del mundo podemos describir un momento de acoso desde temprana edad, y eso es algo que cuando te paras a pensarlo resulta aterrador.

Esa noche durante el viaje, y da igual el país o lugar que fuera, en este caso es lo de menos, salí con ese chico a tomar algo. A su vez ese chico había quedado con una chica española, residente en el lugar, que habíamos conocido el día anterior, así que fuimos a reunirnos con ella a un divertido lugar de bailar salsa. Estuvimos allí un rato y luego, pasada la medianoche, acabamos en un conocido pub tomando una cerveza. Allí estábamos los tres charlando, hasta que fui a la barra y al volver vi que mi amigo y la chica se empezaban a besar y a quererse mucho. Imagino que quizás querían besarse y quererse mucho desde tiempo antes, pero yo no había ido a la barra a por cervezas antes.

Me quedé por allí disimulando un rato con las cervezas en la mano. Volví a la barra, fui al baño, miré el techo, a la gente bailando, e incluso bailoteé una canción con un muchacho que simpáticamente me invitó a bailar. Pero aguanté poco más, el ambiente estaba pesado y era una hora en la que muchos chicos empezaban a acercarse de más, sobre todo a las chicas extranjeras que se perciben en un imaginario local como “estandartes de libertad sexual”.

Yo aquella noche no tenía ganas de tocar, ni de que me tocaran. Es pues que me acerqué a mi amigo y a la chica, que por cierto era muy simpática, y les dije: «Me marcho a dormir ya, estoy muy cansada y prefiero madrugar. Nos vemos mañana ¿vale?, pasadlo muy bien». Mi amigo me preguntó si quería que me acompañara él al hostal, pero le dije que: «¡En absoluto!» Que cogía un taxi y volvía yo sola sin problema. Que estaba viajando sola y sabía lo que hacía. Que el hostal estaba muy cerca. Que no era una princesa que andaba buscando siervos, que yo era una mochilera libre y bla, bla, bla… . Y así, tras un discurso basado en la cabezonería y no en mi propio deseo o mis propios miedos, me despedí y salí del pub haciéndome la valiente sin sentirme en realidad convencida y segura de que volver sola de noche en aquella ciudad que desconocía fuera una buena idea. Pero dado que mi amigo no insistió dos veces, yo no tuve valor ni siquiera una vez de insinuar o reconocer que en realidad tenía bastante miedo, y a ambos los vi tan entusiasmados en volver a los mimos, opté por seguir mi teatrillo y convencerme a mi misma que dejarles allí y volverme era lo que debía de hacer pese a tener dolor de panza en cuanto me vi en la puerta del pub yo sola en plena noche.

Mi plan en ese momento fue tomar un taxi, había varios merodeando por la zona, pero en el último momento no me atreví a subir. Sabía que el hostal estaba unas cinco calles de allí, y dado que había ambiente por la calle porque era hora punta y varios pubs estaban en la zona, decidí devolverme caminando creyendo que llegaría en un par de minutos.  Era de noche e inconscientemente tuve la sensación de sentirme más segura en la calle rodeada de gente que subiéndome en un taxi yo sola. Se escuchan muchas historias escalofriantes sobre taxis no seguros en muchas ciudades latinoamericanas, y todas parecieron resonar en mi cabeza en aquel momento.

Empecé a caminar a paso decidido queriendo ser invisible entre los grupos de amigxs que allí se concurrían, me aterraba la idea que alguien me dijera algo. Tenía miedo a esa posible escena, aunque hubiera sido un piropo, aunque hubiera sido la frase más bonita del mundo, bajo ese contexto hubiera sido aterrador. Hubiera percibido que esa persona se sentía en poder para abordarme de manera pública, y puede que incluso en corrillo, pasando a ser a través de un supuesto piropo yo un objeto al que subastar entre los amigos. Hay muchas teorías que dicen que deberíamos replantearnos el concepto cultural de piropo, porque no hay algo hermoso en el noventa y cinco por ciento de los piropos, (quizás podríamos discutir el otro cinco). Lo que suele haber detrás de la mayoría de los piropos es en realidad acoso callejero, un acoso verbal que deja a tu cuerpo en un estado de máxima vulnerabilidad que más allá de agradarte en realidad te arrastra a acelerar el paso y no echar la vista atrás. Aquella noche no recuerdo que nadie me dijera nada, solo me recuerdo a mi misma con paso acelerado con pánico a que alguien lo dijera.

Apenas dos calles más adelante, y sin saber si era mejor o peor, desapareció todo el mundo. Y fue entonces, cuando me percaté seriamente que mi misión era llegar al hostal lo antes posible.

Llegados a un punto empecé a dudar cuál era el camino correcto, todo se asemejaba y no había memorizada ningún punto concreto de referencia. Eché por una de las callejuelas dudando seriamente de por qué callé era que estaba el hostal. Seguí por la que creí era la correcta imaginando encontrar el hostal a la vuelta de la segunda esquina pero, cuando logré llegar al final y doblé, solo me topé con una calle mucho más oscura aún y llena de casas bajas sin ningún hostal, ni vida a la vista a aquellas horas. Oficialmente sentí que estaba totalmente perdida.

Fue entonces, en mi nebulosa de pensar «la he cagado pero bien» que me percaté que no llevaba ni móvil, ni tampoco ninguna documentación encima, solo el poco dinero que me había sobrado aquella noche guardado en el sujetador. Ese había sido el plan, salir sin nada. Esa noche hacía un calor increíble en aquella ciudad Latinoamericana, así que mi amigo había salido con unas chanclas, una camiseta de tirantes y un pantalón corto en cuyo bolsillo quedaba custodiado el poco dinero que llevaba encima y que resultaba ser su valor más preciado. Yo, a diferencia de él, mi vestimenta de aquel día no tenía bolsillos, así que mi dinero había quedado requisado en aquel sujetador debajo de un vestido de tirantes; con unas sandalias y una pulsera de caucho en la muñeca como únicos complementos. Me había dejado el móvil, y cualquier documentación junto a la suya en las mochilas guardadas en la habitación. Ese había sido el plan, salir sin nada para estar más seguros. Me di cuenta en ese instante y no me sentí segura.

Respiré hondo y asumí una realidad evidente, no sabía donde estaba el hostal. Supuestamente debía estar allí y no estaba, y ni siquiera parecía estar cerca, ninguna pista a reconocer me mostraba siquiera que fuera en ese mismo barrio. Opté entonces por retroceder todo el camino andado y volver a la zona del pub, donde al menos había luz y gente, y desde allí buscar a mi amigo y la chica y reconocerles, sin vergüenza alguna mi miedo, y pedirles por favor tomar un taxi juntos.

Con esa misión en la cabeza fue que mi cuerpo emprendió el paso a toda velocidad pero, de repente, en el silencio más profundo, resonó el sonido de un coche y por mi espalda apareció, doblando la esquina de aquella callejuela a oscuras, las luces que lo anunciaban. Recuerdo que no sabía qué hacer, si acelerar el paso o petrificarme contra la pared en la oscuridad creyendo que si le pedía al universo ser invisible nadie me vería. Me sentí por un instante como en una pesadilla. A veces he tenido un sueño recurrente en el que voy caminando de noche, cerca de mi casa, y cuando estoy apunto de llegar un grupo de zombies o algo poco identificable empieza a perseguirme y yo empiezo a correr pero llega un momento en el que entre la ansiedad del sueño y la sensación de que no puedo avanzar decido pararme y me digo a mi misma «no puedo más, que me cojan»; y ahí, rendida ante el pánico me despierto. Fue que sentí eso mismo, pero esta vez opté por seguir caminando a todo velocidad, prácticamente empecé a correr. Aquel coche con las luces destartaladas pasó totalmente de largo.

Me apoyé contra la pared nada más doblar la esquina y agradecí al universo que ese coche no se parara ni siquiera a preguntarme el porqué de tantas prisas. Acaricié mi estómago completamente encogido, tomé dos bocanadas de aire y continué con paso rápido varias calles de vuelta, y fue en una de esas, que sin saber de dónde, apareció un taxi que se paró a mi lado. Bajó la ventanilla manualmente y me dijo «¿está sola? ¿dónde va usted sola por estas calles a estas horas? ¡Súbase que la llevo donde vaya!“

Me subí en el asiento del copiloto sin pensármelo dos veces. Le di las gracias y le dije el nombre del hostal, a lo que replicó aquel señor «está acá no más, yo la llevo». Recuerdo que me puse el cinturón con sorpresa del taxista, me abracé al cinturón cual rosario. Imagino que necesitaba sentir una sensación de seguridad. El señor empezó a conducir por las callejuelas y a mi ese viaje, que supuestamente debía ser solo de dos calles, se me hizo eterno. Empecé a impacientarme, empecé a mirar por la ventanilla las callejuelas oscuras y nada me sonaba, empecé a sentir cada uno de los segundos de viaje en ese silencioso taxi como interminables, y cuando todos los miedo florecieron y creí convencida en aquel silencio que no íbamos al hostal, de repente llegamos a la puerta.

Lo reconocí por el cartel colgado de las rejas cerradas a cal y canto. Ni siquiera el hostal me parecía el mismo, de noche todo toma otro color. Le confirmé al señor que allí era pero, cuando fui a abrir la puerta del taxi para bajarme, la puerta no se abrió. Lo volví a intentar y no se abrió, y en un tercer intento la puerta siguió sin abrirse. Miré al señor y le dije con la voz que me quedaba en el cuerpo después de aquella noche: «Disculpe, no puedo abrir la puerta ¿Está puesto algún seguro?». A lo que el señor contestó: «a veces se atasca. Vuelva a intentarlo. Dele bien fuerte». Lo volví a intentar bien fuerte. Lo intenté flojo, presionando sobre la puerta, empujando a la vez que presionaba sobre la cerradura, pero después de varios intentos seguía sin haber forma. Fue entonces que se me ocurrió bajar la ventanilla para abrir desde fuera, pero el señor que a todo esto contemplaba la escena con total silencio puntualizó: «No, la ventanilla está rota y no baja, está bloqueada». De manera inconsciente probé a darle a la manivela de todas formas por si fuera algo más de maña que de rotura y se obrara un milagro como se esperaba de la puerta. No hubo manera alguna, la ventanilla estaba completamente fija.

Un agobio empezó a recorrer mi cuerpo. Contemplé mis propias piernas al descubierto hundidas sobre aquel mullido asiento y sin saber cómo me asusté aún más. Me sentía vulnerable con aquel vestido, sentía como una especie de vergüenza o culpa de mi misma, como si fuera responsable de que aquello acabara mal, (y ahí, con ese frágil pensamiento, es donde te das cuenta escribiendo estas palabras de todos los miedos y culpas con los que has crecido). Con la respiración sobre mi pecho a punto de estallar, es pues que le dije con cierto tono de desesperación poco disimulada. «Disculpe, ¿podría salirse usted y salgo por su asiento del coche?» a lo que el señor contestó: «No hace falta. Solo es un golpecito de nada, vuelva a intentarlo. Se tiene que abrir. Eso es porque no le está dando bien y está atascada. Siempre se abre. No sé por qué hoy cuesta tanto». Respiré hondo y después de intentar abrir la puerta varias veces más, sin éxito alguno de nuevo, el señor tuvo la genial idea de decir: «Disculpe, voy a intentar abrirla yo. Es que le tiene que dar desde aquí.» Así pues, con total sorpresa, el señor se cruzó por encima de mi cuerpo y empezó a intentar abrir la puerta por él mismo tumbado a medio cuerpo sobre mi. Aquella escena se convirtió en tremendamente incómoda.

Sentí que necesitaba salir de allí y respirar en aquel instante o me moriría. Así que le dije «disculpe, llevamos aquí más de cinco minutos y necesito salir. De veras, bájese y salgo por su puerta, pero necesito salir, ya arreglará la puerta en otro momento». Se lo dije mientras hacía el amago para que el hombre se apartara de mi y volviera a su asiento, cuando lo hizo dijo: «Dele ahora a la clavija bien fuerte». Lo intenté pero después de intentarlo y volver a intentarlo seguía sin ser posible abrir la maldita puerta así que le volví a pedir «Bájese usted y yo salgo por su asiento, o me cruzo a los de detrás y salgo por cualquier de las puerta, o por el mismísimo maletero, pero necesito salir ya». Esta vez se lo dije mientras me desabrochaba el cinturón desesperada y me volteaba con la intención de salir de allí como fuera. El señor parando mis movimiento con las manos volvió a decir «pero si la puerta abre siempre. Está usted nerviosa, tranquilícese. Vuelva a intentarlo pero presionando de abajo» y después de presionar desde abajo yo misma y la puerta no sea abría, el señor se volvió a poner sobre mi cuerpo para intentar abrir la puerta por el mismo.

Fue entonces que ya solo tenía ganas locas de gritar, me sentía tan agobiada que solo quería que alguien me sacara de aquel coche, pero a su vez era incapaz de gritar, no me salía ni siquiera la voz. Creo que incluso una parte de mi se sentía ridícula por pensar en gritar, como si quizás visto desde fuera todo aquello fuera normal, puede que hasta ridículo, como si no tuviera derecho a tener miedo o sentirme incómoda. Y fue en esas, después de varios intentos de él mismo el señor sentenció: «inténtelo pero dele bien fuerte en la esquina» y ahí que lo volví a hacer y mágicamente se abrió la puerta.

Recuerdo que salí a toda velocidad como quien sale del agua después de aguantar la respiración. Me dirigí hacia el hostal sin volverme o despedirme siquiera, y fue entonces que el señor del taxi me dijo desde su ventanilla «el dinero, no me ha pagado» a lo que le contesté balbuceando con la seriedad y el poco valor que me quedaban en el cuerpo «solo eran dos calles. Arregle usted el taxi antes de cobrar por su trabajo». Se lo dije mientras tocaba fuertemente el portón para que alguien me abriera. Me metí en el hostal temblando.

Una vez dentro corrí al baño a ver si allí se me pasaba el susto, necesitaba estar sola. A veces los baños tienen esa mágica intimidad. Minutos más tarde en el baño contiguo escuché que entraba alguien, resultaron ser mi amigo con la chica que entre carcajadas entraban dispuestos a ducharse y darse mucho amor. Los baños estaban completamente comunicados por los techos, así que salí de allí queriendo volver a ser invisible y me fui a la habitación compartida en busca de mi litera. Lo hice con la congoja en el cuerpo y pensando que ser mochilera solitaria requiere tener más cabeza que la mía. Minutos después llegó a la habitación mi amigo y la chica para dormir juntos en su litera, y a ese otro pensamiento le sumé el de que en los días que tienes ganas de que la tierra te trague es una mierda compartir habitación.

Esta historia no está basada en sí misma en el acoso sexual de manera directa, nadie me echó un piropo por la calle, nadie en el pub se sobrepasó explícitamente, incluso no podría decir que aquel señor me acosara con intención, posiblemente aquel señor no tenía más maldad que la de abrir la maldita puerta, ¿por qué si ni no llevarme hasta la puerta del hostal? pero pasé un rato tan horrible que ni siquiera fui capaz de volverme para despedirme o pagarle. No puedo decir que me pasara nada, pero más allá de algo, en todo momento estuvo el miedo, pasé mucho miedo.

Me sentí terriblemente incómoda cual cervatillo antes de ser cazado en el pub, dude entre coger un taxi o no porque había escuchada multitud de historias horribles sobre taxis y taxistas, me sentí totalmente insegura caminando porque no había luz, porque no había nadie, porque temí encontrarme no a un extraterrestre, temía encontrarme simplemente con un grupo de muchachos que bajo su percepción sólo vieran a una chica como carne.

Si al igual que aquella periodista hubiera querido hablar solo de mi primer acoso de carácter sexual, tendría que haberme remontado a mucho atrás. Y en realidad no sabría decir cual es el primero, pero podría citar muchos. La vez que me tocaron tres veces el culo, con pellizco incluido, mientras estaba viendo un espectáculo de pie en una plaza de Marrakech me quedé petrificada. Recuerdo que me volví cada una de esas tres veces totalmente asustada, y cada una de esas tres veces me topé con hombres todos ellos con las manos en los bolsillos disimulando que ninguno había sido, se protegían. En la propia guía de viajes ponía que era común que a las chicas las acosaran de ese modo en aquella plaza. En una guía ponía eso y nadie había hecho nada al respecto. En India, me apretujó un pecho un chico que pasó como paquete en una moto, la moto descendió la velocidad y una vez me puso la mano encima salió a toda prisa. No fue un loco, eran dos locos coordinados en una misma moto. Varias veces en India me siguieron por la calle, o se me pegaron carne con carne, con su paquete en mi culo con la disculpa de que estaba el autobús a reventar. En un viaje en autobús, ya sentadas y de larga duración, estuvieron grabándones a una amiga y a mi con dos móviles pese a decirles a los dos hombres que por favor parasen. En un banco de un parque de Bilbao una tarde de primavera compartiendo banco con un señor mayor me dijo como carta de presentación «¿no querrá tener sexo conmigo?» mientras se acercaba a mi sitio con la intención de poner la mano sobre mi muslo. Me limité a levantarme completamente sorprendida y asustada con la única intención de desaparecer. Cuando iba en tren a la universidad también hubieron, en esos cuatro años de viajes, varias ocasiones en las que algún chico, hombre o señor se sentó a mi lado con ganas imperiosas de ligar hasta el punto de ser muy muy incómodo. E incluso durante este último viaje, una noche acabé tirada entre matorrales escondiéndome al margen de una carretera, y en un trayecto en furgoneta compartida un chico se me sentó al lado pese a tener otros muchos huecos y cuando empezó el viaje, y ya todo estaba lleno, comenzó a rozar su pierna con mi pierna de manera disimulada mientras escuchaba música por sus cascos. Acabé con las piernas engarrotadas a un lado, sin tampoco ser capaz de decir nada más allá de suplicar desesperada al universo salir de allí. Todo esto es una manera de acosar, y forma parte de la cotidianidad de muchas mujeres alrededor del mundo.

Solo planteo con este texto que quizás, al igual que esta periodista colombiana, sería interesante preguntar en un instituto cercano a nuestro entorno cuántas chicas son capaces de contar una situación de acoso similar, creo que nos sorprenderíamos. Cómo quizás se sorprendan mis padres o mi familia al leer esto. Y quizás más allá de sorprendernos, deberíamos preguntarnos quienes son los acosadores, porque más allá de chicos y hombres maravillosos, más allá de ellos, que hay millones, hay una educación común que no plantea esto desde su base. Hay una educación carente de debate en igualdad, y que de manera directa potencia que parte de esos chicos y hombres maravillosos a veces también sean los que hacen cosas, en grupo y con la excusa del alcohol, que desde la perspectiva de una chica son escalofriantes.

En la actualidad una gran parte de los hombres interpreta que si no tienes novio, que si no está otro chico presente a tu lado al que rendir cuentas, pasas a ser candidata de todos, y por tanto ya no es necesario preguntarte si te apetece siquiera hablar, solo hay que ingeniárselas para atacar el primero. Atacar hasta que te frenen. Y lo malo de esa idea, es que para frenar te han tenido que atacar antes y eso es terriblemente incómodo. Te han tenido que insinuar de manera violenta sin tu querer nada.

La cultura del ataque no se basa en una educación de la seducción y la exposición del deseo desde el respeto de las partes implicadas. No se basa en la percepción de la otra parte como un igual con el que entablar un juego en similares condiciones. Se basa en una perspectiva de poder. Para atacar uno mira hacia abajo, de lo contrario no atacarías, como mucho te limitarías a defenderte. En la cultura del ataque el chico ataca sabiendo que lo peor que le puede pasar, su mayor riesgo, es recibir un bofetón o un estufido. Y si vas sola, si no hay otra figura masculina que culturalmente respalde un puñetazo, un bofetón es casi insignificante como factor de riesgo.

En las sombras de la noche hay muchos chicos que se empoderan. Muchas veces incluso se empoderan en grupo, un piropo,tocar un vientre al descubierto se basa en eso mismo, y eso no es fruto del alcohol si no de la mirada con la que han sido educados en ver a la mujer, no perciben a la chica como persona sino como carne. El alcohol solo le otorga valor al acto mismo de atacar, pero la idea del ataque, la sensación de sentirse con poder sobre la otra parte para actuar sin percibir que hay una persona dentro de ese cuerpo, eso viene desde la educación. A través de nuestra propia cultura no se recrimina a los chicos como agresores, sino a las chicas como incitadoras al ataque. Hace unos días leí una frase viral que decía algo así como: «ya hemos culpado a las mujeres por llevar escote, lo próximo será obligar a las personas de raza negra a pintarse de blancxs por si se topan con un/a racista». Me hizo gracia por lo corta y ejemplificativa que es, me sirve para no escribir un párrafo más.

Cuando vivía en Costa Rica, un gran amigo que conocí allí era gay. Trabajaba en un establecimiento con una divertida terraza con barandilla, y cada vez que pasaba por allí un chico, que le resultaba atractivo a él, lo miraba descaradisimamente en cuanto se daba la vuelta. Yo siempre le decía «un día te vas a llevar un ostión». El me cucaba el ojo y me decía: «Querida, muchos hombres heterosexuales hacen eso constantemente con vosotras, a ti te lo hacen en muchos pubs cuando salimos juntos. Déjame que me vengue yo por ti y que sientan lo incómodo que es aunque sea por un instante. Para él no es tan incómodo, él sabría defenderse. Mírame, a puñetazos con lo enclenque que soy el saldría ganando». No creo cuanto justifica eso, pero me hizo pensar, sobre todo porque en este caso el tenía tanto miedo como yo a salir de noche solo. Si algo hemos compartido los gays y las mujeres a lo largo de la historia es saber describir ese miedo a la noche, a temer toparnos con algún extraterrestre que nos destruya la vida. Alguna vez he escuchado a algunos chicos decir que no entrarían a un pub gay por si «los violan», como si los gays fueran violadores. Yo no creo que por entrar a un pub gay te vayan a acosar todos los gays de su interior, pero si creo que muchos hombres heteros deberían entrar en un pub gay para saber como muchas chicas podemos llegar a sentirnos tratadas muchas veces por algunos hombres en un pub cualquiera; muchas veces te sientes carne, te sientes sola. Sientes que estás en desventaja de poder, que no sabrías defenderte frente al resto porque eres minoría.

Con la excusa de estar sola, ya se te puede poner la mano en la parte baja de la espalda y pegar su cara a tu oído para ofrecerte algo de beber, se te puede rozar la pierna si estás sentada en una silla continua. Si vas sola nadie te pregunta si te apetece que te abracen incómodamente si has aceptado meramente bailar un merengue con la idea de divertirse. Si vas sola se te puede hablar aunque tu no quieres mantener ninguna conversación. La cultura del ataque interpreta que no hay que «pedir permiso» previo para todo eso. Y eso si vas de pardola risueña como yo es peligroso, porque a veces una sonrisa se confunde con muchas más cosas que lo que es meramente una sonrisa. Y lo malo de ser una pardola risueña es que por mucho que hayas vivido situaciones en los que alguien se merecía un ostión como «Dios manda», tu eres tan sumamente pardola y en vez de darle ese ostión, te limitas a decir frases del tipo «tengo novio, no quiero nada», te haces la loca y aparentas que no has sentido nada mientras te apartas y activas tu cerebro en modo pánico, o directamente huyes en silencio e incluso con la cabeza gacha a paso rápido. Saber frenar también debería ser una asignatura.

La educación actual está fuertemente basada en los roles de género. A los hombres se les ha otorgado a lo largo de la historia el rol de la caza, y en ningún documental el león pide permiso a la gacela. Y a las mujeres, pese a criticar tanto esto, tampoco hemos sido educadas en asumir el deseo como algo natural a mostrar, sin culpa o vergüenza, es pues que muchas seguimos esperando a que sea el príncipe azul quien se acerque y pase el mal trago de decirte algo, y eso, inconscientemente, es perpetuar la cultura del ataque si no hemos dado ni siquiera una pista por nuestra parte. Queda mucho trabajo aún por hacer, si nos tratáramos como terrícolas, como simples personas, y no comopor roles de género, tal vez sería más fácil visualizar que el ligar solo es un juego de seducción entre dos personas, y la única norma y límite debe ser el respeto y la valentía para exponerse ante otro ser humano.

En realidad le mentí a mi amigo con eso de que “estaba viajando sola y sabía lo que me hacía”, creo que nunca he tenido muy claro lo que se hace, simplemente sabía que de noche caminar sola no era buena idea, pero ya era de noche y ya estaba sola, así que a partir de ahí fue pura improvisación. Esa noche aprendí la lección que lo importante no es ser valiente, si no luchar por hacer las cosas seguras y sin necesidad de valentía.

En México con la nueva oleada de los móviles inteligentes sacaron una aplicación de móvil para pedir taxi seguro. Posiblemente haya sido uno de los mayores inventos recientes para empoderar a mujeres, gays y cualquier persona en realidad que se sintiera insegura y que así puedan salir y entrar a la hora que quieran con total autonomía. Por medio de una aplicación de móvil, que dice dónde está el taxi en todo momento, que te permite no estar esperando solx en la calle, que notifica quien es el conductor y las valoraciones seguras del mismo, entre otras cosas, se ha logrado que salir de noche sea un actor seguro. La arquitectura urbana es crucial en esta lucha. Si las calles están iluminadas, si las calles son transitables con seguridad, si se diseña pensando en la importancia de la ocupación del espacio público como herramienta de seguridad y de empoderamiento, de manera directa se le está arrebatando al acto de volver a casa solx el compenente de valentía.

Recuerdo que con la nueva oleada de Cazapokemons este verano en mi pueblecito era increíblemente seguro salir de noche. A la una de la mañana podías pasearte tranquilamente por cualquier punto con una tarrina de helado y te sentías segurx; incluso podías irte a parajes más alejados, como una ermita que hay en la sierra que siempre corre el aire en las calurosas noches de verano, y no tenías ninguna sensación de estar haciendo una locura porque sabías que había tropas de pubertxs cazando Pokemons en todo el pueblo con los que seguro te toparías. Creo que al igual que yo, el señor de la heladería, vio como algo positivo que llegaran los Pokemons al pueblo este verano.

Comehierba, Gacelita o León

Comehierba, Gacelita o León

Hace varios escritos os comenté que tenía una amiga sexóloga, casi todo el mundo que me conoce de cerca sabe que tengo una amiga sexóloga. No sé por qué lo hago, pero la nombro centenares de veces. Sé que está mal, es como alardear todo el rato, una y otra vez, de que tengo una amiga, de que más allá de que tenga una amiga, ésta es sexóloga, y encima da la sensación de que es una pedante porque siempre que la nombro lo hago al más puro estilo de cita académica. Pero es que no puedo evitarlo, ¡yo tengo una amiga sexóloga que me trastocó la cabeza por su sabiduría! ¿Cuántxs tenéis una amiga sexóloga? Imagino que pocxs, porque nunca nadie me dice yo también.

Desde el primer momento fue divertido tener una amiga aspirante a sexóloga, de aquello hace ya tres años, y ella en esas fechas estaba terminando sus estudios. Nunca había conocido a ninguna persona que se dedicara a la sexología, es pues que no es de extrañar que me fascinara tanto averiguar qué temario en concreto estudiaba una aspirante a sexóloga en clase.

Yo, por aquel entonces, soñaba con ser una femme fatale del cine clásico y que los hombres enloquecieran por prenderme el cigarro. Pero la realidad era que no fumaba y tenía asumido que si lo intentaba, con la primera calada, me podría a toser al más puro estilo “me muero” y perdería todo el glamour, o la poca dignidad que me quedaba Se podría decir pues, que pese a ser aspirante soñadora a mito erótico, mis ancestros de buena chica limitaban bastante el camino, así que al conocer a Pat, así se llama mi amiga sexóloga, pensé: “ésta es la mía para convertirme en una Leona”. Nada más lejos de la realidad.

Si alguien espera ir al sexólogx y que le dé respuestas, no debe de ir a Pat (e imagino por ente tampoco a ningún sexologx), porque Pat no da respuestas, Pat te lía la cabeza. Ella todo lo acaba mirándote a los ojos y diciéndote “¿y tú qué es lo que quieres? ¿qué sientes? ¿qué es lo que deseas?…”y de ahí no pasa, nunca pasa. Pat se queda en silencio, a ella no le incomoda el silencio, ella se pone a mojar colines en el tarro de Nutella y te echa una sonrisa que no sabes si es por la Nutella o porque sabe que  a ti los silencios si te incomodan; porque con el silencio se escuchan más los crujidos de los cimientos que a modo de la peor partida de Tetrix sustentan toda la vida poco estabilizada que arrastras.

Yo, fruto de la confianza que otorga la amistad y que estuviera sentada en mi cocina y con mi Nutella, me ponía en modo defensiva y le decía: “Pat, a mí no me vengas con esas. No me mires tan fijamente, y no me preguntes como si estuviera en un psicólogo. Yo lo único que quiero es ser Leona Pat, al menos una vez en mi vida, por un día. Quiero que me enseñes, cual cursillo, a salir ahí fuera y que me respeten, que a mí los hombres no me respetan Pat, que no me ven, que yo me he pasado la vida haciendo apuntes, bizcochos de chocolate y ofreciendo Cola Cao cuando tienen un mal día. Que me crié viendo películas de Sandra Bullock y Meg Ryan, soy una hija pródiga de películas de los noventa»

A Pat le decía esto y se reía a carcajadas, mientras entre colines con Nutella balbuceaba “sabes que eres muy graciosa Amatxu”. (Amatxu significa mamá en euskera, y ese es el apodo con el que cariñosamente Pat siempre me llama porque me dice que mis lentejas y los Cola Cao que preparo son de amatxu). Yo, llegados a ese punto y en ese contexto, explotaba cual pataleta infantil y le decía: “Pero tú te estás escuchando, ¿soy graciosa? ¿Amatxu? Pat que yo no quiero ser graciosa, que yo no quiero ser amatxu, que yo quiero ser Leona, que las buenas, las graciosas y las amatxus siempre acaban comiendo ositos de chocolate en el sofá. Yo quiero que me deseen, quiero percibir que los hombres me perciben atractiva, que soy capaz de generar algún pensamiento pecamiso, al menos uno, que yo creo que castro a los hombres Pat, que ellos también me ven como su amatxu y solo quieren que haga lentejas, los apuntes, termine trabajos, consiga un favor de vida o muerte y luego, cual amatxu, me dan dos besos, un abrazo con palmadita y salen a cazar Leonas. Pat tengo que sacar las uñas, sé que me las muerdo, pero tú me entiendes.”

Pat, después de escuchar mi pasional discurso, cogía la palabra para decir aquello de: «Por favor, quítame este tarro de Nutella que no puedo parar. No entiendo cómo puedes tener el tarro en la cocina y no acabártelo. ¡Cómo puede estar tan buena!…no tengo cabeza con el chocolate. Seguro que esto no es sano». Tras esa confesión de amante profunda del chocolate, luego Pat intentaba ponerse seria por respeto a tu aparente problemática, y mirando el tarro entre la duda de mojar o no su último colín decía: “Pero que tú eres muy atractiva, yo no sé qué es lo que quieres cambiar amatxu. Todo el mundo es deseante y deseado”. Después de volver a escuchar aquel amatxu, yo le quitaba el tarro de Nutella como castigo cruel y le decía “eres una pésima sexóloga, la peor sexóloga del mundo, del Mundo Mundial» (y con el cierre del tarro de Nutella en su cara, y esa última frase de mis labios, dejaba clara mi vena de niña lectora de Manolito Gafotas).

Como por esa vía no lograba convencer a Pat opté por cambiar de estrategia. Así fue que me inventé una teoría para que ella viera el mundo desde mis ojos y que entendiera mejor que era aquello de aspirar a ser una Leona, de por qué creía que había gente que no era deseada y en que eslabón de la cadena alimenticia me encontraba yo, así todo sería más fácil. De ese modo nació la teoría de los Comehierbas, Gacelitas, Leones y Leonas.

Como ya adelanté en pasados escritos adoro confeccionar teorías, es un hobby que tengo desde pequeña. Imagino que es fruto de haberme pasado muchas más horas observando a la humanidad ligar, devorarse y consolarse, que jugando yo misma en el terreno. Mis dotes frente al cortejo -en directo- siempre han dejado mucho que desear. La realidad, como ya ha quedado confesada, es que pese a tanta sabiduría teoríca, todo ese conocimiento más que proveerme lujuriosos resultados solo ha servido para amenizar cenas con amigxs plagadas de absurdas y profundas reflexiones. He sido conocida por ilustrar teorías bajo títulos como Tener Sonrisa Panadera, Ser un Carrito Mercadona, Pertencer a la casta de Comehierbas, Tener anhelos de Empotrador, Ese es un Husky y tú quieres un perro Labrador, incluso también empleo en mi lenguaje coloquial algunas teorías prestadas como ¡Cuidado que por ahí va un Niño de las palomas! o como sigas así vas a Hacer un Miguel. Aunque aparentemente se trate de una jerga hacia los hombres, en realidad todas y cada una de esas teorías siempre han sido de empleo común, han sido comprobadas empíricamente por todos los géneros y orientaciones sexuales. Fue fruto de todas ellas que nació Comehierbas, Gacelitas y Leones o Leonas. y con ella fue con la que acudí a Pat buscando respuestas.

Una noche de pijama y ositos de chocolate, a modo de cuenta cuentos, le narré: “Erase una vez, en un lugar muy lejano, había un reino cuyos habitantes estaban divididos en dos grandes grupos. El primer grupo estaba compuesto por aquellos habitantes, chicos y chicas, que eran participes del arte del cortejo. Esos habitantes salían de fiesta, conocían gente, ligaban algunas veces, tonteaban otras muchas, se devoraban, se reproducían o no, se distanciaban, se volvían a devorar… y así, una y otra vez empezaban y terminaban hasta que un día morían cual animales en el ciclo de la vida.

En el otro grupo, el sistema era diferente. En ese grupo sus habitantes vivían a expensas de los otros en expectativas de ligar, estos no ligaban nunca. Así pues se limitaban a observar, respirar, comer palomitas, aplaudir historias ajenas, consolar a los primeros cuando sus historias salían mal o se devoraban de más, comer alioli sin preocupación, ver porno según gustos, trabajar, cantar, hacer chistes, suspirar, adaptarse… Sus habitantes, en este segundo grupo, hacían mil cosas, pero entre toda esa gran lista de cosas del día a día nunca se encontraban las actividades de ligar, ni de devorar ni ser devorado, y mucho menos expectativas reales de reproducción. Un día la Reina del reino mandó a llamar a sus consejeros y consejeras para que le ayudaran a entender el problema, quería descubrir qué estaba pasando en su mundo ¿por qué había gente que ligaba tanto y gente que no ligaba nada -pese a que muchos de este segundo grupo quizás lo deseaban-?

«Pat, imagina que es a ti a quien llama la reina, ese reino no se diferencia mucho de este mundo. Ahí fuera, (señalé hacia la ventana con mi tazón lleno de ositos de chocolate destripados en la leche caliente) hay un gran grupo de seres humanos llenos de expectativas y listones muy altos dentro de una realidad en la que no ligan. Y el problema no es que no liguen, el problema es que quizás querrían ligar y no pueden porque con las reglas que imperan en la actualidad, y el discurso tan contradictorio, muchas de esas personas se ven incapaces. Pat necesito tu sabiduría para entender eso y cambiarlo, debemos intentar hacer de este mundo un lugar más orgásmico y feliz para todos, para todos los que lo deseen”.

Fue así que le expliqué con gran detenimiento, papel y libreta incluidos, la gran teoría del ligue sobre la que se asientan las figuras de los Leones y las Leonas. A modo pizarra le desarrollé a Pat el gran análisis antropológico que durante años había hecho para poder mostrarle ahora a ella mis resultados. Es pues que le anuncié, esta vez ya de pie sobre la cama, mi tesis final: “En el mundo, y particularmente en el mundo occidental de donde extraigo la muestra de este profundo y tan poco científico estudio, se concluye que hay tres tipos de personas, -solo y únicamente tres tipos-, que se clasifican en Comehierbas, Gacelitas y Leones o Leonas. Estos tres grupos configuran la pirámide social del cortejo humano. Tú estás en uno y yo en otro completamente opuesto. Punto y final”.

Después de aquel enunciado, me recoloqué el pijama, volví a meterme bajo las mantas con miedo de no aplastar la bolsa de agua caliente, y seguí ahogando ositos de chocolate para explicarle con más precisión y calma, entre osito y osito, como funcionaba aquella pirámide social y qué seríamos cada una:

“Queda expuesto pues, que cada una de estos tres grupos está supeditada al anterior en conocimientos y destrezas conforme al ligue. Es pues que en la base estarían los habitantes Comehierbas, luego Gacelitas y finalmente en la cima pequeña y puntiaguda vivirían los Leones y Leonas.

Si la teoría fuera evolucionista, que sería lo justo para todxs, esa cima se podría alcanzar por edad, experiencia y sabiduría, con un amplio margen de tiempo para el aprendizaje. Todas y todos saldríamos de la meta en igualdad de conocimientos siendo en unanimidad unos inseguros pubertos Comehierbas. Sin embargo la naturaleza, que siempre es más cruel que justa, y no diseñó esas castas para tu bienestar emocional sino el de la especie en su conjunto, ideó que ese ritmo evolutivo sería demasiado lento para el cortejo y lo mejor era asignar roles distintos desde pubertos para que todo fuera más ágil y divertido, sobretodo divertido. Es pues que cual abejas, cada ser humano desde joven se sitúa en una casta con la suerte o la desdicha de aspirar a ser abeja reina, abeja obrera o abeja deambulante que no sabe quién es ni qué quiere.

La asignación a esa casta no es por azar, si no por el periodo de pubertad y por la infinidad de motivos que la rodean a partir de entonces. Tiene que ver mucho con la infancia, las experiencias en la adolescencia, el baúl con los miedo de cada uno, el carácter, la cultura, la educación recibida, las situaciones del propio azar,… y de ese modo es que fruto de todas esas variantes e infinidad de muchas más, las personas se configuran; ese ser humano, insignificante y maravillosa en partes iguales, pasa a llevar en la frente el cartel de Comehierba, Gacelita o Leon y leona con todo lo que ello supone.

Esta asignación puberta lleva sujeta una opción de evolución voluntaria, oseasé que puedes haber sido Comehierba y morir Comehierba, e incluso ser leoncito y morir siendo un León meneludo y desdentado sin haber vivido la experiencia de ser un Comehierba jamás; o puedes ser Comehierba y pasar a Gacelita y acabar siendo el rey León. Se puede ir subiendo en ascendente, pocos son los casos de descensión, pero como cabe esperar esa ascensión es muy difícil. Y ahí es donde entras tu Pat, yo quiero que me enseñes a ascender».

Véase a continuación una descripción detallada de cada una de las categorías:

El león y la leona. Son los reyes y las reinas del mambo, los reyes y las reinas de la jungla, el desierto, la playa o la montaña. Están en la cima de la pirámide y por tanto son un grupo reducido. Una persona no tiene cinco amigos Leones o cinco amigas Leonas, uno conoce de vista a alguno y sobre todo los siente; a los Leones y a las Leonas se les siente. Tu cuerpo los percibe. Da igual tu estado sentimental, la edad, el contexto, tu identidad sexual o demás; cuando un León o una Leona entra en un lugar el resto de seres humanos lo intuyen, lo intuyen en todos los aspectos.

Los Leones y las Leonas no son guapxs, resultan tremendamente atractivxs. La belleza es tan relativa y depende tanto de ideas ajenas a uno mismo como es la propia cultura que pierde valor el ser guapo o feo. La belleza es un estado de ánimo, te perciben como tú te percibas. Se diría pues que los Leones y las Leonas son personas muy seguras de sí mismas que desafían con su encanto, naturalidad y sexapil el control de los demás resultando tremendemente atractivxs. Si quieren cazar cazan. En realidad casi todo el mundo sueño con ser cazado alguna vez por un León o una Leona, aunque sea en una fantasía.

Los Leones y las Leonas ligan e interactúan con facilidad, se les dan bien las relaciones públicas, no porque sean dicharacherxs sino porque con la presencia coaccionan la seguridad de la otra persona así que dominan la situación e incluso pueden provocar temblores, sudores, demencia senil momentánea e incluso balbuceos. Los y las Leonas son seductores natos, jamás ceden el control si no es para jugar.

Seguro que conocéis a alguna persona que tiene esa facilidad, que llega a una fiesta y conquista, enamora y activa los deseos de las otras personas, incluidos los tuyos propios ya sea por tu propio deseo o por la propia admiración que genera ese encanto que posiblemente tu no tengas si estás leyendo este texto.

La gacelita, ¡ese aspirante a León o Leona! Las gacelitas son carne de cañón de Tinder. Están en medio de la pirámide, devoran Comehierbas, se devoran entre Gacelas, y son la carne de los Leones y las Leonas. Las Gacelitas viven a rachas, tienen rachas que se ven desbordados y rachas del más puro celibato.

Las Gacelitas tienden a vivir etapas de frustración porque viven a la sombra de los Leones y las Leonas y aspiran o sueñan ser como ellos, pero no lo son. Juegan con Leones pero el León los devora. Si el León deja de escribir por whassap, de llamar o de prestar atención, la Gecelita sufre. Si la Leona, aparece y desaparece, va pero no viene, el Gacelita sufre. Mientras que el León vive feliz cual perdiz porque se deja llevar y vive el momento sin complicarse, la Gacelita se sienta en el diván y se cuestiona: ¿Por qué no me escribe? ¿Habré dicho o hecho algo?  ¿Pero si el otro día….? ¿Habrá sido adsorbida por un ovni? ¿Por qué todo me pasa a mí?…

Comehierba. Este grupo es el que más me gusta, he sido una gran Comehierbas. El Comehierba es la persona pringada de turno, aquella que tiene un historial sentimental en números rojos y que cuando sale de fiesta con los amigxs ni se molesta en preguntarse qué ropa interior ponerse. Sus aspiraciones son totalmente nulas, incluso con alcohol.

Los Comehierbas paracen vivir en standby. Viven a un ritmo mucho más lento. Observan, miran, desean, se callan, se ilusionan, se pegan un ostión, se frustran, se deprimen, de enamoran en silencio, se consuelan a través del arte que generan otros artistas Comehierbas como ellxs…; es decir, ven películas, escuchan música, escriben, leen, se relacionan en mundos emocionalmente solitarios y canalizan por otras vías frikies sus mentes forjadas en el romanticismo puritano.

Viven felices cual adolescentes pubertos perennes sintiéndose raros y evitando en todo momento preguntas del tipo ¿cuándo te vas a echar un novio o una novia? o conversaciones sexuales de alto grado, o meras experiencias locas que por el contrario sí comparten las gacelas a través de vivencias de alcohol, Tinder o desenfreno y que los Comehierbas evitan a modo de ir a fregar los platos, o jugando con el móvil. Lo divertido de los Comehierbas es que básicamente la gente ni siquiera les incomoda mucho, no les preguntan tanto, saben que un Comehierbas no liga ni queriendo.

El problema de los Comehierbas no es que sean feos o guapas, el problema es que son personas con altas dosis de idealización, emocionalmente muy serias y posiblemente con una seguridad en si mismos para ligar que brilla por su ausencia. Posiblemente se criaron viendo Titanic o Braveheart y luego la realidad actual entre Leones, Tinder y un mundo cada día más sexualizado marcan un ritmo excesivo para ellos. Los ritmos de un Comehierbas son lentos cual caracoles, pero sus caparazones protegen alta dosis de sensibilidad a las que a veces los Leones y las Leonas no están preparados a respetar.

Tras conocer la teoría, y habiéndonos devorados ya todos los ositos comidos y por comer, fue que Pat intentó hacer su análisis entre bostezos, era ya muy tarde. “A ver Amatxu, yo creo que el gran problema en sí mismo no es pertenecer a una casta ¡me encanta lo de Gacelita! El gran problema es no asumir lo que realmente una persona es, cuál es la esencia de una misma, qué quiere ser, a qué aspira, cómo se ve a sí misma siendo feliz. ¿Por qué no te gusta ser Comehierba o Gacelita? ¿Qué tiene de malo el que seas más exigente y te cueste ligar más? ¿No hay ningún pecado porque en tu historial de seducción en vez de veinte personas haya cinco, o dos, o cien, o ninguna? Cada persona puede ser muchas cosas y no siempre la misma. Por eso las preguntas siempre son: ¿Qué es lo que tú quieres? ¿Qué es lo que sientes? ¿Qué es lo que tú deseas? Mi consejo es que seas y hagas aquello que tú desees, no aspires a ser Leona si no te sale de dentro ser Leona, no te avergüences de tus lentejas o de tus deliciosos Cola Cao. Juega  a ser leona cuando quieras, prueba ser Leona cualquier día, igual que a ser Gacelita o Comehierba, pero no te acomplejes si pasas más tiempo como Comehierbas que como Leona. No hay más truco que ese”. Mientras abrazaba la almohada para dormitar le dije “Pat, te odio, nunca me das respuestas, siempre preguntas, siempre preguntas. Sigo sin saber cómo ser leona…” Y elle riéndose en la oscuridad de la noche dijo eso de “Buenos noches Amatxu”. Poco más tarde para no hacerme sufrir y tener dulces sueños añadió: “Sí sabes ser leona, todo el mundo sabe ser León o Leona. Solo tienes que perder el miedo a intentarlo, a desear, a dejarte llevar. Solo hay que jugar, disfrutar con el juego sin sentir presiones. Todo es cuestión de confiar, dejarse llevar y de encontrar a alguien que sepa respetar tus ritmos al igual que tu los de esa otra persona. No hay más truco Leoncita”.

Sigo sin ser la reina del ligue, sigo siendo patética ligando, mi esencia es Comehierba con tintes de Gacelita algunos días y de pensamientos de Leona solo los días que estoy ovulando. Antes tenía la presión de no ser Leona, tenía la  presión de no tener un cuerpo perfecto, de tener que ser una gran diosa del ligue, de aspirar a ser una novia perfecta, de ser una diosa en la cama –el porno pone un listón irreal y muy alto que no deja espacio para lo real, para ese instante, para preguntarse qué es lo que quieres hacer, que es lo que realmente tú deseas hacer, sentir o probar con esa otra persona. No hay espacio para la imaginación porque hay un imaginario cultural del porno con una presión hacia el orgasmo o la penetración que lo empañan todo demasiado-. Antes pensaba que yo era la rara por sentirme presionada por todo eso, pero viajando descubrí muchas cosas de mi misma que me sorprendieron a partir del instante que dejé de exigirme y empezó a reinar el caos de mis deseos.

Una noche mis compañeras de piso en Costa Rica organizaron una fiesta muy loca en mi casa, justo acababa de mudarme y no conocía a nadie. Recuerdo que ese día no me encontraba bien, y tenía ganas inmensas de meterme en la cama a contar ovejitas, pero me daba apuro irme a dormir en mi propia casa en fiesta, así que hice el amago de socializar en una casa llena de desconocidos. Recuerdo que iba medio en pijama, medio vestida en un intento de pasar desapercibida y fue en esas que llegué a la cocina en busca de una cerveza que en realidad no me apetecía.

La cocina estaba llena de gente charrando sin parar y yo, por el contrario, sin muchas ganas de comunicarme. En un comportamiento al más puro estilo Comehierbas invisible me dirigí hacia el frigo en busca de una cerveza con la que arrancarme a socializar, con la que romper la barrera de huida, cuando de repente vi el tetrabrick de leche. Cambié de planes y pensé, “¿quién me conoce? Nadie ¿Qué deseo? Un Cola Cao ¿Dónde estás? En tu casa”. Así que tras esa profunda reflexión cogí la leche, abrí mi armario con mi preciado tarro de Cola Cao allí resguardado y me hice con calentamiento de microondas incluido un tazón de Cola Cao en plena fiesta. Resultó que mi taza de Cola Cao dio mucho que hablar al chico que tenía al lado del microondas, y luego éste me presentó a sus amigos y todos juntos probaron el Cola Coa importado en mi maleta desde España. Gracias a mi instinto Comehiervas en pijama pasé una noche muy divertida y aguanté feliz hasta que a las cinco de la mañana dije oficialmente que me iba a dormir.

Durante el viaje muchos chicos me percibieron como Leona. Los hombres me percibían Leona y eso a mí me hacía mucha gracia. Era una chica sola, que viajaba sola, sin necesitar a un chico a mi lado; así que cuando llegaba a algún hostal, subía a un bus, paseaba por la ciudad o me sentaba sola a comer en una mesa y garabateaba de mientras ideas en un cuaderno la gente, y los chicos, me miraban con cierta curiosidad y mucha sorpresa. Aquella chica cargada con su mochila azul resultaba atractiva por ir sola, porque era capaz de viajar sola por Latinoamérica con la única compañía de si misma y teniendo como meta el sentir aquella aventura. Fue entonces, con sus preguntas y sus miradas de curiosidad en incluso admiración, que aprendí a mirar a los ojos sin bajar la cabeza, aprendí a desarrollar una picardía de supervivencia que me hacía detonar una seguridad que creo ya perdí de vuelta en casa.

Recuerdo que una noche en Nicaragua estuve trabajando en un hostal haciendo pizzas para ganarme la cena gratis. Uno de mis compañeros de pizzas era un argentino muy Leoncito destripador, coqueteaba con todas y cada una de las chicas que iban a pedir. En realidad creo que lo empleaba como una técnica de distracción, porque entre tonteo y tonteo con la clientela nunca metía presión en cocina pese a ir con retraso. Después de terminar de trabajar y con rumbo hacia mi habitación me siguió sin yo percatarme. Estábamos en un hostal en medio de una isla al más puro estilo selva y yo caminaba con la linterna rumbo a mi choza. Recuerdo que en esas se me acercó por detrás, me tocó el brazo y después de que yo me pegara un susto de muerte porque no lo había oído acercarse me dijo “¿Dónde vas? No te vayas aún. vente a mi habitación, te voy a descubrir cosas que ningún hombre te ha descubierto nunca. Te voy a hacer sentir una mujer” Yo empecé a reírme y le dije, “¡Ay Leoncito, eres un poco fanfarrón ¿no?! Me voy a dormir que estoy cansada y en realidad no me siente atraída por ti, pero te diré que no voy a ser más o menos mujer por estar en tus brazos, pero gracias por la invitación, es muy halagador”. Le dije aquello y aquel chico me miró cual Leona que tenía que dejar escapar con cara de sorpresa. A mí me hizo mucha gracia aquello porque jamás nunca me habían seguido, ni mucho menos propuesto algo de manera tan directa en medio de la noche selvática. Cinco minutos más tarde volví a la zona de pizzas porque me había dejado el móvil y él ya estaba con otra chica besándose rumbo a su habitación. Yo me fui a la mía sintiéndome toda una Leoncita, pero no porque me hubieran deseado si no porque había dicho aquello que deseaba sin mirar al suelo o petrificarme demasiado. Lo que deseaba no era acostarme con aquel chico.

Durante el viaje recibí el email de un amigo que empezaba así «Si alguna vez quieres seducir a algún tío durante el viaje no le hables de Pepo, en serio… corres el riesgo de que no vuelva a tener una erección jamás y se le baje toda la lívido a los talones». Pepo es mi peluche, del que algún día os hablaré más detenidatemente. Aquella noche, en aquella habitación me estaba esperando Pepo. Pepo siempre viaja en la mochila, solo a veces si el día ha sido muy duro le cedo el privilegio de ocupar espacio en mi cama y compartir almohada. Me acordé de mi amigo y pensé que quizás debería de haberle dicho que tenía un peluche en la mochila al chico argentino, pero preferí callarme y que por esa noche me viera Leoncita. No creo que sea de Leona dormir con un peluche, pero no se puede ser Leona las 24 horas del día.

Espíritu de Gordo

Dibujo espíritu de gordo. Niña encadenada a una sombra gorda que se representa su pasado. Obesidad

Espíritu de Gordo

Cuando terminé mis estudios uno de mis mejores amigos de la universidad marchó en busca de suerte a Berlín.

Pocos meses después de marcharse, a mediados de otoño, recibí una oferta de avión y una suculenta invitación para ir a verle. Ofrecía: 1. Sofá-cama durante una semana con chimenea de carboncillo /2. Tour por la ciudad por muchos sitios bohemios, baratos y llenos de encanto “de esos que te gustan a ti” / y 3. Una degustación exhaustiva de los mejores kebabs de la ciudad, ¡adoro el kebab! A cambio me exigía llevarle una lista detallada de suministros nacionales de comida y hacerle in situ un tarro gigante de alioli con la deliciosa receta de mi madre, incluso había encontrado una batidora para la ocasión. (Cabe con esto último interpretar que en esta amistad, e invitación, no había intereses carnales de por medio).

No pude negarme y de ese modo fue que, una mañana cualquiera de un otoño de hace ya unos años, me citara en un puesto de flores de los subterráneos de una de las paradas del metro de Berlín.

Esa fue la primera vez que volé sola pese a tener pánico a volar. La primera vez que tomé un avión sin nadie a mi lado al que resoplar, estrujar del brazo o mirar malhumorada. Por azares del destino me tocó un niño en el asiento de al lado y, como no quería que me viera resoplar, opté por sonreír petrificada durante las tres largas horas que duró ese vuelo. Luego me despisté entre autobuses y líneas de metro, pero gracias a mi cuardernillo lleno de anotaciones y garabatos llegué a aquel puesto de flores arrastrando mi abrigo sobre aquella maleta llena de comida.

Él salió de su clase de alemán un poco antes pero apareció cinco minutos más tarde de la hora prevista; llegó cinco minutos tarde a aquel puesto de margaritas florecidas en medio de un Berlín otoñal y fue suficiente para pensar que me había equivocado de lugar. Por suerte, lo vi bajar las escaleras de la estación, lo hizo con su abrigo oscuro y sus andares altamente identificables a mis ojos. Bajó casi corriendo, llegaba tarde y estábamos en Alemania.

Una semana más tarde haría ese mismo camino de vuelta al aeropuerto con la maleta mucho más vacía. Tenía razón mi amigo con eso de que “era un trayecto sencillo llegar hasta allí”, pero aquella primera vez, con la nebulosa de la emoción y la incertidumbre de lo desconocido, creí haber llegado hasta aquel encuentro sumergida bajo una sensación de intensa proeza junto a mi cuaderno.

La misma tarde de mi llegada salimos a dar un paseo por los alrededores de su casa en busca del primer y prometido kebab. Esta historia podría ser sobre aquel kebab o todos los que le siguieron; sobre el viaje, mi amigo, Berlín, la chimenea, el sofá, los museos, el frío, los parques, la ópera con carnet de estudiante, los mercadillos…;o quizás, simplemente, de lo hermoso que es el otoño, recuerdo mucho aquel otoño. Sin embargo, esta historia no trata sobre Berlín y aquel viaje, esta historia la empieza Jesús, un Jesús de carne y hueso. 

Y a Jesús lo conocí justo ese día, aquella primera tarde que salimos a pasear por Berlín.

Para compartir aquel primer kebab nos citamos con varios de los amigos expatriados de mi amigo, jóvenes que al igual que él estaban viviendo en Berlín en busca de suerte o Erasmus. Jesús resultó ser uno de esos amigos, era de Madrid. Lo vimos llegar ante la espera de un semáforo y, con una sonrisa cargada de entusiasmo, se acercó y dándome un cariñoso abrazo de bienvenida me dijo: “¡Hola!, yo soy Jesús y soy ex-gordo”. Así, con esas palabras y con las risas de los allí presentes, fue que recuerdo conocer a Jesús.

A mí aquel cierre de enunciado me pilló totalmente de sorpresa. Yo solo esperaba un nombre y un par de besos, imagino que por eso aquel “soy ex gordo” en medio de un semáforo de Berlín, proveniente de alguien a quien acababa de conocer y totalmente desubicada me bloqueara por un instante. No supe muy bien cómo reaccionar, no sabía si omitir aquel “Hola soy ex-gordo” o darle su importancia, al fin y al cabo él se la daba. Me limité a devolverle el abrazo, mirarle con sorpresa y confesarle, tras una contenida carcajada: “¿De verdad eres ex-gordo? ¡No me lo puedo creer!, jamás había conocido a nadie que se presentara así. En cualquier caso, si se trata de presentarse y confesarse, debes saber que yo también soy ex-gorda”.

Después de aquella confesión -mutua- Jesús sacó su móvil y en plena calle de Berlín me enseñó una foto del Jesús gordo, y sí, como cualquier programa o serie de la MTV -un canal adolescente estadounidense-, Jesús cumplía la finalidad de dejarte con la boca abierta al ver la transformación.

Durante ese primer encuentro me explicó por qué era tan importante que supiera que él era ex-gordo reciente. “Toda persona ex-gorda, o con pánico a la gordura, tiene en su interior un espíritu de gordo que le habla. Y mi espíritu de gordo -post-dieta- y yo estamos teniendo conversaciones bastante intensas en esta ciudad, quizás podría enseñarte algunos de esos rincones gastronómicos que le susurran a mi espíritu». Fue así, por medio de su espíritu, junto al espíritu de gordo de mi amigo y de otra de sus amigas (que también lo tenían), que conocí una pastelería donde hacían unos cruasanes de mantequilla deliciosos, recorrí decenas de calles buscando los mejores kebabs, probé unas salchichas alemanas en un mercadillo que estaban increíbles o acabé comprando unas chocolatinas completamente irresistibles cinco minutos antes de entrar a la ópera (con descuento estudiante), para esconderlas en el bolso porque «opera con una onza de chocolate con avellanas es un orgasmo cultural».

Adoré a Jesús desde el primer momento, me reí a carcajadas con él, con su espíritu y con el espíritu de gordx de todoxs los allí presentes, casi todo el mundo tiene un espíritu de gordo, lo descubrí en ese viaje ¿por qué si no existiría la gula como pecado capital? Lo divertido es que Jesús no trataba a su espíritu como un pecado, para él el espíritu de gordo era una especie de pequeño alien interno que escuchaba, dialogaba, mimaba y a veces también rehusaba seguirle la corriente porque se empoderaba un poco de más; pero cuando lo limitaba, lo limitaba con cariño o pura desesperación divertida.

Jesús era altamente comprensivo y cariñoso con su cuerpo y eso me sorprendió. En un mundo que cada día prima la estética homogeneizada frente a la belleza diversa y natural, que todo parece ser una tentación que hay que evitar y castigar con la culpa, me sorprendió conocerle a él abordando de manera tan natural su ex-gordura, viendo el amor con que trataba a su cuerpo -en cualquiera de sus versiones-, lo que disfrutaba y saboreaba en nombre de su espíritu y el humor con que te presentaba sus debilidades: el espíritu de Jesús era muy goloso, así que cuando entraba en un restaurante lo primero que le obligaba a mirar era la carta de postres, “lo ves, ya he visto que hay tiramisú”.

A diferencia de Jesús, en mi caso, muy poca gente sabe que soy ex-gorda. Muy poca gente sabe que de niña y adolescente estaba gorda; en realidad muy poca gente que no sea de mi pueblecito sabe que soy ex-gorda, porque lo que viene a ser la gente de mi pueblecito lo tiene interiorizado. Da igual el tiempo que haya pasado desde que dejé de tener tantos mofletes porque cuando me vean siempre me compararan con esa chica y dirán algo del tipo: “Si no te había reconocido, es que estás tan cambiada, tan delgada ¡pero que guapa que estás!” hubo alguien que incluso añadió el “ahora”. Sé que me lo dicen con cariño, al fin y al cabo es un saludo coloquial de pueblecito de gente que te ha visto crecer y que te aprecia, de personas que te ven de tiempo en tiempo; y ante eso les sonrío cariñosamente con un “¡gracias, eso es que me miras con buenos ojos!”; pero a veces, sin quererlo, pienso ¿qué pasará si algún día engordo? ¿era antes tan fea? 

A lo largo de mi vida he sido como un anuncio de Benetton pero en tallaje: fui niña delgada, niña rellenita, niña gorda, adolescente muy gorda, post-adolescente gorda, universitaria rolliza, postuniversitaria jaquetona, estudiante de master fortota, post-estudiante esmirriá, búsqueda de vida en los huesos, aventura con celulitis… Mi cuerpo ha pasado desde que soy mujer por una oscilación de aproximadamente casi 40 kilos, estando mis máximos en una talla 56 con 16 años y mis mínimos en una 36-38 con 25; pero para entender ese cambio habría que empezar por el principio, y para eso hay que remontarse a finales de los 90, cuando me incorporé a la edad con dos cifras.

Por aquella época yo era una niña feliz sin reparar en exceso que mi cuerpo empezaba a ser más voluminoso que la media, incluso fui elegida para protagonizar la obra teatral de Caperucita Roja en quinto de primaria en gran parte gracias a que se me daba bien pronunciar en voz alta (era bastante cotorra gritona) y porque estaba fortota. La obra se basaba en una adaptación libre, con aires muy cómicos, de una Caperucita Roja fuerte, independiente y con mucho carácter que maltrataba a un Lobito Feroz, escuchimizado y pequeño, para finalmente acabar enamorándose, casándose y comiendo perdices junto a la abuelita. Yo fui elegida para dar vida a Caperucita Roja y mi mejor amigo del colegio, el más bajito y delgado de clase -al que yo particularmente le sacaba una cabeza y media de altura en aquella época-, fue elegido para dar vida al Lobito Feroz. Nuestros cuerpos, fuera de la media estandarizada de clase, fueron un punto a favor para conseguir los papeles y mágicamente fueron recibidos con entusiasmados aplausos por el público infantil de otros colegios gracias a esa cómica obra teatral y nuestra estelar interpretación amorosa.

Por lo demás, lo más quisquilloso que recuerdo de aquellos años como niña gorda era que mi vecino me llamaba “Chinche preñao”, mi hermano “Cachalote” y un tío abuelo, que lo veía de uvas a peras, decía siempre a modo de saludo por la calle “¿pero qué gorda se está poniendo esta niña, no?. Siempre hablaba como si no estuviera presente, pese a lo que decía que ocupaba, me trataba como si no me viera; creo que en realidad prefería no estarlo y esconderme detrás de mi madre quien le contestaba con cariño “ya dará un estirón”.

Tuve suerte, ahora lo veo como una gran suerte, y a excepción de esos apodos, que en realidad siempre resultaron ser cariñosos por parte de mi hermano (también gordo y más pequeño que yo) y mi vecino, el resto de seres humanos de mi edad y de mi entorno nunca me hicieron recaer demasiado en mi peso; nunca ningún niñx recuerdo que me llamara gorda de manera despectiva en el colegio, tuve suerte y recuerdo a buenxs amigxs a lxs que mi madre conquistaba con bizcochos de chocolate y meriendas en casa para hacer deberes.

Yo estaba gorda pero a diferencia de a mis amigxs a mi no me gustaba el bizcocho de chocolate y tampoco era una gran comensal. Nunca me gustaron los bollicaos (cosa que si adoraba mi amigo el Lobito Feroz), no me gustaban los donuts, donetes, ni ningún dulce industrial; no merendaba bocadillos o asaltaba armarios a media tarde en busca de chucherías por casa, básicamente nunca hubieron chucherías en casa y la tableta de chocolate solo era una tentación nocturna a la que sucumbía mi padre antes de dormir, el resto de la casa eramos «de salao». Existen demasiadas ideas preconcebidas acerca de lxs niñxs gordxs como devoradores cual termitas, pero en realidad cada persona gorda es única y cada gordx tiene su propio metabolismo, su propio espíritu con el que dialogar y también su propio carácter; no todas las personas gordas son derrochadoras de chistes o fuentes infinitas de bondad.

Yo era gorda y en realidad me gustaban cuatro cosas, pero asumo que esas cuatro cosas me volvían loca. La primera era el arroz con perejil (receta familiar que prometo publicar para hacer felices a lxs más pequeñxs), la segunda el pan en todas sus versiones, la tercera el alioli de mi madre con patatas al horno, y en cuarto, pero no menos pasional lugar, entrarían las patatas de bolsa con un chorrito de limón exprimido cualquier día para el aperitivo o receta indispensable para cualquier momento de angustia como bálsamo de ansiedad. Por contrario mis criptonitas infantiles eran las verduras y la fruta, y tampoco veneraba la carne, el pescado o nada que se saliera del menú infantil estándar que incluía calamares a la romana, olivas rellenas, hamburguesa y pizza de jamón york y queso.

Reconozco que con ese reducido menú mi madre se las veía negras para hacerme comer equilibradamente, y yo por mi parte no ponía mucho de mi parte haciendo barquitos de pan en cualquier salsa casera: de aceitillo con ajo, de alioli, solo era capaz de comer ensalada si las disimulaba con un poco de salsa, los calamares con un poco de mayonesa e incluso probé a echarle un poca de queso a las verduras en un arrebato culinario, que resultó sabroso. Pero más allá de eso, más allá de ese reducido menú infantil que mi espíritu de niña gorda veneraba, nunca fui una termita roba almuerzos en el colegio, nunca era de las niñas que había que temer si te tocaba en la mesa de enfrente en una cena y nunca me di grandes atracones; más bien era de las que daba vueltas y vueltas a la cuchara sobre el fondo del plato si no me gustaba la comida; lo que venían a ser todos los días del año en los que no había arroz de perejil para comer.

Pese a lo pronosticado por mi madre, nunca di ese gran estirón y me estanqué en el 1.64 cm, por lo que mis kilos de más siguieron ahí e incluso aumentaron durante el instituto y la adolescencia. Fue entonces que la historia se complicó un poco. Hicimos el viaje de los pubertos catorce años, fuimos a hacer rafting, fuimos a recoger el traje de neopreno para hacer el rafting y haciendo la cola junto a mi mejor amigo el Lobito Feroz llegamos juntos al señor de los trajes. Fue entonces que el señor de los trajes, a un ritmo de pura producción en cadena, nos dio de la misma caja un traje de neopreno al Lobito Feroz y otro a mi; y así, dentro de un momento de puro pánico mirando a mi amigo y mirándome a mi misma, me arme de un valor infantil inexistente y le pregunté casi en susurro «disculpe, ¿no tienen tallas diferentes, una talla más grande?». y ahí, al otro lado de la barra de puestecito de trajes de neopreno, el señor de los trajes se topó con Caperucita y el Lobito juntos con cara de angustiosa espera, y mirándoles contesto un sencillo «es talla única. Id a cambiaros que empezamos en breve».

Me despedí de mi amigo en la puerta del vestuario de chicas y allí me encerré durante más de quince minutos en un intento de obrar un milagro, estirando aquel traje infernal que dio de sí lo que nunca había dado de sí. Salí de aquel cuarto cual metáforas embutidas podáis imaginar y sin respiración, y allí, al otro lado de la puerta, estaba el Lobito Feroz esperándome con un traje al que él le había improvisado dos nudos en los tirantes y dobladillo en los camales mientras se le quedaba suelto de las pantorrillas. No sé quién inventó las tallas únicas pero las tallas únicas son crueles.

Para colmo en el instituto apareció Educación Física, y con ella llegaron lo suspiros; no obstante la historia de cómo me estampé contra el potro, se merece otro escrito.

Si algo destacaría como malo de estar gorda fue que estuve gorda durante ese periodo, la adolescencia. Lo malo de ser gorda no fue nunca el hecho en sí mismo de estar gorda, ¿qué había de tan malo en ser gorda? yo era feliz; en mi caso nunca fueron lxs médicxs quienes me machacaron para que adelgazara, tenía buena salud, estaba fuerte y tenía mucha elasticidad porque hacía ballet desde pequeña, me sobraban kilos pero sin más importancia que esa misma. Lo malo de ser gorda, en mi caso, fue que mi cerebro durante aquellos años empezó a interiorizar silenciosamente la idea de que ser gorda no era algo tan bueno, que ser gorda no era algo bonito, no era algo deseado ni deseable, que era algo por lo que te tenías que sentir en cierta medida avergonzada y luchar día y noche por combatirlo. Y eso no me lo dijeron lxs médicxs, no me lo dijeron en casa, ni mis amigxs, nadie directamente me lo dijo pero lo aprendí, se respira en la sociedad ¿por qué si no la operación bikini, las promesas de año nuevo o las cucharadas robadas a postres ajenos que unx nunca se pide? Aprendí que ser gordo no era algo tan bueno en un periodo de la vida donde te importa mucho más lo que piensa la gente de lo que posiblemente nunca te importará.

Yo me enfrenté a la adolescencia con ese pequeño eslogan publicitario en mi cabeza, pese a vivir en una casita y en un pueblicito feliz, ese eslogan llegó y poco a poco mi cerebro lo asumió en silencio. Interiorice que físicamente no podía ser bonita y eso en cierta manera me restó mucha seguridad, me hizo mucho más introvertida e incluso desconfiada de cara a mi misma y también para los chicos, porque ¿quién va a desear algo que la sociedad se esfuerza tantísimo en combatir, en cambiar?

Con los años, y pasaron muchos años, logré aprender a adorar a las personas por sus encantos propios y por ente adorarme a mi misma tal cual soy, pero tuvieron que pasar muchos años y también conocer a mucha gente, a varias mujeres peludas, libres y maravillosa, para aceptar que hay belleza en un cuerpo gordo, que hay belleza en cualquier cuerpo al natural. Ahora, muchos años después y siendo ex-gorda siento una especial envidia y profunda admiración por las chicas gordas que caminan con seguridad, que las miras y denotan un encanto y una seducción maravillosas. Cuando las miro las envidio, me gustan sus cuerpos, quizás yo también tuve un cuerpo parecido a esos, pero ellas me parecen mucho más listas y hermosas de lo que yo lo fui en aquella época. Yo aprendí a priorizar mi cabeza para compensar mi físico, pero nunca opté por mirar con belleza a mi cuerpo, por quererlo tal y como era en ese instante, nunca le hice caso ni para bien ni para mal. Acepté como el propio patito feo de los cuentos, como muchas princesas Disney plagadas de milagros, o como cualquier telenovela o protagonista patosa de película Hollywodiense que algún día resplandecería como por arte de magia; que me convertiría en delgada, en bella, en cisne o princesa con vestido ajustado.

Yo por aquel entonces no tenía prisa, así que acepté la condena de la espera mientras seguía vistiéndome donde podía rehuyendo en cualquier caso que fuera un vestido ajustado.

Toda mi ropa se limitó siempre a tres tiendas: el almacén de ropa en el que trabajaba una tía (me sacaba ropa talla grande y venía algún viernes cargada con una gran bolsa a hacer el pase de modelos en el salón de mi casa); en Punto Roma (la única tienda, por aquel entonces, de centro comercial dedicada para señoras cuyo tallaje superaba con amplio margen la 42); y por último en el Corte Inglés en la sección de Tallas grandes, una sección que como era de esperar no estaba en la Planta Joven. En esas tiendas mi cuerpo podía desnudarse y preguntar sin complejos “disculpe una talla más, una 46, 48… o quizás una 56”. Allí me permitían entretenerme en probadores reales y hacerme sentir participe de la moda, aunque fuera de la moda señora. Las dependientas, casi siempre mujeres maduras cargadas de dulzura al verte, rescataban, entre perchas y estanterías llenas de faldas, camisas y trajes estampados con flores, aquellas prendas que “quizás esto sea más ponible para tu edad”, me lo decían mientras rebuscaban entre ropa que no había sido diseñada para vestir una figura adolescente que iba a clase, al cine, a pasar la tarde en el parque o a salir a los primeros pubs pubertos.

Nunca fui con mis amigas de compras para mi, para comprarme mi ropa, yo tenía que ir a esas tiendas, y para eso siempre lo hacía con mi madre y casi en secreto. Hubo alguna que otra vez que mis amigas organizaron la famosa tarde de compras de chicas. Ahora nos parece cómico toda la expectación que nos provocaba, e incluso reprochable para según qué principios de consumo, pero para nosotras, en aquella época, era todo un acto de libertad y diversión, teníamos que tomar incluso el tren para ir a la ciudad de al lado en plena época puberta.

Fui un par de veces a esas salidas, pero no tantas como se organizaron, me las ingeniaba para ir solo cuando se incluía cine en los planes. En las tiendas, y había muchas tiendas, mi sección siempre se limitaba a zapatos, tenía un adaptable 38 aunque en realidad odio comprar zapatos. Por lo demás pasaba el rato acompañándolas: ir al probador, sentarme en el de enfrente, ser el jurado, cambiar y descambiar tallas, e incluso, si había mucha gente, era la encargada de adelantarme a hacer cola para pagar mientras se vestían. El imperio de la moda me delegaba a  ejercer de madre postiza. Luego todas juntas íbamos a merendar; a merendar una hamburguesa que yo físicamente no me merecía.

Lo malo de ser gorda en la adolescencia es que poco a poco fui desarrollando el don de la invisilibidad, no fue algo que hiciera de manera consciente, yo me consideraba feliz, pero echando la vista atrás he descubierto que hay muchos recuerdos que no tengo porque no los viví. Siempre me las ingeniaba para ser social pero al mismo tiempo siempre desaparecía en las cosas sociales, en las cosas que a mi me resultaban incómodas, y en esa época había demasiadas cosas incómodas.

Fue por ese mismo periodo que muchxs de mis amigxs empezaron a recibir los primeros toques en sus recién adquiridos móviles nokia 33-30, empezaron a salir a sus primeras fiestas, empezaron a organizar días en la playa en bikini, a beber el famoso Peché, a estrenar los vestidos comprados en Zara, Bershka, Stradivarius…, a organizar nuevas excursiones de rafting con trajes de neopreno, coreografías de final de curso con tops y faldas, e incluso tuvieron sus primeras vomitonas y también sus primeros corazones rotos mientras yo, e imagino que otro gran grupo de secundarios adolescentes recluidos en otras vidas, optábamos, casi de manera inconsciente, a inventarnos excusas y asumir la adolescencia desde la barrera, proyectando una vida que aún estaba por llegar.

De mayor me he dado cuenta de que hay mucha gente, mucha gente, que pasa su adolescencia proyectando sin apenas jugar.

Hace un par de nocheviejas (siendo ya ex-gorda), acompañando a un amigo que tenía que saludar a otros amigos, entramos en la fiesta improvisada que el grupo de los chicos guapos y famosos del pueblo de mi generación había organizado en un almacén. Fue gracioso, de adolescente hubiera sido todo un honor ser invitada a ese selecto club -cual película puberta hollywodiense-. Conocía de vista y casi por nombre a todos los allí presentes; al fin y al cabo eran los chicos guapos y famosos del pueblo. Mientras mi amigo saludaba a varios de ellos yo me quedé sola, y fue en esas que uno de los chicos se me acercó y me preguntó “¿y tú de dónde eres? Yo le contesté sorprendida, “yo soy de aquí, del pueblo”, a lo que replicó “imposible, tú no eres del pueblo, te habría visto alguna vez”. Fue entonces que llamó a otros amigos para cerciorarse de su hipótesis, y allí, en medio de un corro cual inquisición, varios de los chicos guapos y famosos del pueblo me hicieron un examen exhaustivo de preguntas sobre sociedad, colegio y adolescencia. La conclusión tras divagar largo rato fue clara: yo con muestra del DNI certifiqué que era del pueblo, pero ellos “nunca me habían visto”.

Cuando gastaba una talla 56, a los 16 años, mi madre ante la negativa por mi parte de ir a la dietista y su falta de voluntad de castigarme de por vida a una ensalada, me llevó a la doctora-pediatra de toda mi vida y le dijo “es que no come para como está” así que me hicieron análisis, me derivaron al endocrino y un señor detrás de su mesa me dijo “tu metabolismo trabaja diferente, cuando tú te comes un trozo de pizza es como si te comieras tres trozos, ¡y eso es un gran problema para controlar tu peso!, tienes que tener cuidado porque la harina en tu cuerpo te engorda mucho” y ya no me dijo nada más, o al menos no recuerdo nada más que la moraleja de “no comas pizza y olvídate del pan por siempre jamás”. Desde entonces me cuesta disfrutar de la pizza y casi que perdió la magia hacer barquitos en las salsas. Años más tarde mi madre me volvió a llevar al médico, esta vez vestía una talla 36-38 y tenía cara de pajarito según mi abuelo; después de ver los análisis esta vez el doctor me recetó -por escrito- una dieta alta en grasas con recomendación de desayunar huevos fritos, bacon y sopar mucho pan en la yema y en cualquier aceitillo que encontrara por la mesa.

Se podría resumir todo esto diciendo que a lo largo de mi vida he tenido oscilaciones muy intensas con el peso y la comida, que mi espíritu de gorda y yo no hemos encontrado una convivencia armónica y que pese a ser una persona con bastante capacidad para el raciocinio, a la hora de la comida tengo mis lagunas y a veces se me va el hambre, así, de repente.

El como perdí tanto peso después de cumplir los diecisiete años no tiene ningún mérito, de hecho no es digno de ninguna alabanza. Nunca me planteé seriamente el hecho de perder todo ese peso, nunca hice una dieta a conciencia y eso estuvo mal. Empecé a perder peso y se prolongó durante muchos años, pero aún así fue de mala manera: llegó mi último año de instituto; había exámenes; se me fue el amor por la comida; padecí el mal del vaso de leche con tres galletas para cenar; empecé a dar calentamientos de cabeza a mis padres porque nunca tenía hambre, empecé a contar calorías; crecí; me hice independiente; desaparecía el apetito con cada momento de incertidumbre, ¡todo era una incertidumbre!; decidí irme a vivir fuera; empecé a viajar; viví en Bilbao, viví en un Mordor lejano de Bilbao en un sexto sin ascensor… Todo eso, y que dejé de comer sobre el mantel de casa, y eso tuvo sus cosas buenas pero también sus malas.

Nunca hice una dieta pero debería haberla hecho si mi intención era perder peso: debería haber aprendido a comer saludablemente, a disfrutar de la comida, a conocer mi cuerpo, a conocer mi cabeza y dialogar con mi espíritu, a aceptar y saber por qué tenía tendencia, cual Bridget Jones delante de la tarrina de helado, a recurrir a la bolsa de patatas fritas cuando estaba nerviosa. Sólo una vez mi madre me llevó a una dietista y empaticé tan poco con la sensación de ansiedad que sentí en la consulta que supliqué por no volver. No quise volver tras esa primera consulta a la dietista, y en su contra interiorice la idea cultural de que si era gorda era porque comía mucho, y esa idea es muy peligrosa porque la idea que subyace es que para no estar gorda no había qué comer.

De adulta y ya viviendo fuera, sin pasado de testigo, y con un tallaje acorde al imperio Inditex nadie nunca se ha imaginado que fuera niña y adolescente gorda, solo cuando muestro mi barriga llena de hermosas y artísticas estrías o alguna foto que aún hoy decora mi habitación se ha descubierto la noticia, que sigue siendo a diferencia de Jesús, información privilegiada. En esas fotos, pertenecientes a la era del carrete, se me ve con unos carrillos, unos muslacos enormes y una sonrisa de oreja a oreja ante la que todo el mundo aclama un «Ohh, ¿esa eres tú? ¡qué cambiada estás!», pero en realidad cuando me miro no me veo tan cambiada, no me veo diferente, sigo siendo esa misma chica, lo que pasa es que vestía a modo señora, y yo en esas fotos tengo dieciséis años cargados de pubertad.

La palabra gorda es solo una palabra, es un mero adjetivo descriptivo, es como decir baja, alta, blanca, negra, delgada, pelirroja… El problema de las palabras no son las palabras en sí mismas, sino la connotación social que se les otorga y en nuestra sociedad actual yo no era gorda, yo era gordita, fuerte o hermosa porque gorda era demasiado grosero y feo para que pudiera serlo. Yo nací morena y jamás tuve complejos de ser morena, lo acepté como algo natural. Igual que mis ojos morenos, mi metro sesenta y cuatro o mis lunares. Una vez tomando unos zuritos en Bilbao, una chica que justo me habían presentado minutos antes empezó a gritar “¡pero qué orejas, qué orejas tan bonitas! ¿te han dicho alguna vez que tienes unas orejas preciosas?, son preciosas!” NUNCA JAMÁS había mirado mis orejas, pero según esa chica podría haber sido anunciante de orejas.

Meses más tarde, en un taller de sexología, me pidieron que escribiera en un papel tres partes de mi cuerpo que me gustaran mucho, que adorara, que considerara que eran bonitas, que fueran mías y que en cierta manera les tuviera un cariño muy especial. Garabateé “¿mis orejas?” A veces no somos conscientes de que aprendemos a tratar nuestro cuerpo, a quererlo o despreciarlo, con la mirada de otros.

Yo crecí creyendo que cuando perdiera peso cambiaría todo, o al menos muchas cosas; que cuando fuera a la universidad…, que cuando trabajara…, que cuando viajara…, que cuando viviera fuera…, que cuando pudiera entrar en Zara y meterme unos pantalones cualquiera…, que cuando… ¡tantas cosas llegarían cuando!.., pero en realidad cuando llegaron muchas de esas cosas no sentí nada.

Da igual que ya no esté gorda porque todo el mundo sigue opinando. Mi familia siempre aceptó mejor el ser gorda que el ser delgada. Vengo de una familia rolliza, de una familia que adora cocinar y también comer, de esas que siempre que se reúnen tienen que sacar el “tablero” porque de tantos platos que hay no caben en una mesa convencional; de esas que cuando tocas a la casa el frigo está lleno y huele a pimientos asados, a media tarde a bizcocho de chocolate y la olla lleva ya tres horas haciendo el “chuc chuc chuc” para que lentamente vaya cogiendo el punto el caldo hasta la hora de comer. En mi familia no hubo nunca problemas por ser gorda, el problema en realidad ha sido ser poco comiente, ser quisquillosa con la comida o no estar dispuesta a comer hasta la saciedad; ser incapaz de seguir el ritmo familiar es un deshonor. Fue a partir de entonces que ya no fui bienvenida y me convertí en la “amarga comidas” con mis “no quiero más” y mis “¿por qué hay necesidad de tantos platos?” así que pasé a ser juzgada como “escuchimizá con cara de enferma” y condenada por unanimidad a estar renegada de por vida a la esquina de la mesa en los festines familiares.

Por su parte mi hermano ha pasado de decirme  “Cachalote” a “Pollito o ardilla voladora”, según el día. Me bautizó así el día que al verme en bikini, por primera vez en mi vida hace tres veranos, me dijo que podía lanzarme a volar con toda la piel colgando que tenía. No sé si me tocó un hermano idiota al azar, pero es mi hermano y tengo que quererlo y reírme cuando abre la boca.

A todo eso se le suma que mi cuerpo ahora delgado sigue siendo imperfecto bajo el canon de belleza occidental, y yo sigo siendo consciente de millones de imperfecciones. Cuando entro en una farmacia lo tengo todo: tengo durezas en los pies, tengo varices, unos muslos y un culo desproporcionados que están decorados con grandes hoyuelos de celulitis, una barriga llena de estrías, una 85 de sujetador que cubre unos pechos que lejos de estar firmes y perfectos están también llenos de estrías y fofos de subir y bajar tantas tallas. Me muerdo las uñas, en época de estrés se me cae un poco la melena y necesito tomar vitaminas; mi dentadura no es blanca, uniforme y radiante (para guinda aún tengo dos dientes de leche a la espera de que venga el Ratoncito Pérez) y de reírme tengo arrugas marcadas que seguro se acrecentarán y convivirán en armonía, o quizás sin armonía, con esas temidas patas de gallo. Estoy segura que si fuera hombre tendría pene pequeño, barriga cervercera, sería muy peludo en el cuerpo pero seguramente también calvo en la cabeza. Quizás sea cosa de las farmacias, de la publicidad, de los medios de comunicación, de esas revistas en las peluquerías, de las películas, de las series, de los carteles de cualquier callejuela… todo ese pequeño mundo perfecto a veces me hace sentir un poco adefesio, y eso me asusta, porque no creo que nadie pueda ser tan adefesio. Con lo desastre que soy para cuidarme tanta presión me doblega, me hace sentir agotada y solo acaba de empezar. Apenas tengo mis primeras canas y ya estoy escuchando el “¿cuándo te vas a tintar?

Cual balanza, toda esa presión me insta a desarrollar casi de manera inconsciente una aceptación feliz por ser esa pequeña monstruita sin arreglar, estéticamente disfrazada y con el pelo desperdigado muchos días de mi vida, y curiosamente me gusta, he tardado 27 años en gustarme. Me miro en el espejo y me gusta todo ese desastre armónico, al que sonrío y digo «no serás perfecta pero eres muuuy bonita. Me miro, me echo una sonrisa irresistible y me cuco el ojo (esto último aún no domino con elegancia la técnica). Antes la condena social era estar gorda, pero ahora ya me empiezo a sentir vieja, como si envejecer fuera algo horrible, como si estar gorda fuera algo horrible, ¡a veces es como si quisieran hacernos sentir horribles por demasiados frentes! Es entonces que cierro los ojos y pienso en mis orejas.

Durante este largo viaje por Latinoamérica me reconcilié mucho con mi cuerpo, empecé a hacerle carantoñas. Este cuerpecito imperfecto me ayudó a cargar una mochila sobre mis hombros, pese haber sido un cuerpecito nefasto en Educación Física recorrió infinidad de lugares, conquistó cimas y descendió cañones, ¡a su paso, con suspiros, plegarias y casi Milagros!  pero lo hizo y me sentí la reina del mambo. Lo mimé come se merecía, mis estrías tomaron el sol en bikini; mis muslos durmieron la siesta espatarrados sin más complejo que el de los dos primeros minutos; empecé a escuchar a mi espíritu de gorda…, a mi pobre espíritu lo había tenido tanto tiempo castigado bajo la idea de “pecado” que no sabía ni desear, no sabía disfrutar sin sentirse culpable o temeroso. Fue así que comí como jamás había comido, mi espíritu en este viaje ha sido mimado hasta malcriarse, siempre pensaba ¿cuando será la próxima vez que pueda volver a comer esta cosa tan deliciosas y bajo esa idea dejé de imaginar calorías, michelines o lorzas y me dejé llevar por el paladar. No engordé mucho, pero como era de esperar esos pocos kilos se fueron al culo y los muslos y no a mis flácidas tetas, pero aún así empecé a mostrar mi hermoso pandero orgullosa bajo el grito de guerra cual Shin Chan -un dibujo animado japonés- «este culito no entra en un pantalón de Zara pero mirar que bonito es mi culito».

Me pesé en todos lo países, cada vez vez que llegaba a un país cruzaba la frontera con la intención de pesarme, era mi identidad de bienvenida para saber al marcharme cuán rica estaba la comida de ese lugar (y saber también cuan descontrolada estaba, hay miedos que no cambian). Algunas veces, muy pocas, logré encontrar un peso en las farmacias, pero otras muchas el milagro se produjo por puro azar del universo, en algún mercado me topaba con un señor y una báscula de baño en el suelo que te decía tu peso con una aguja poco precisa a cambio de un par de monedas. Hubo lugares en los que no encontré básculas, pregunté, expliqué el propósito pero entre perplejidad nadie entendía porqué quería pesar mi cuerpo, quizás la mochila pero ¿mi cuerpo? Culturalmente la gente no se pesaba y ahí fue que pensé ¡qué curiosa es la vida y qué hermosos los cuerpos!

Saboreé tantos platos y salieron tantos “umhhhh deliciosos” de mi boca durante este viaje que fue por ello que decidí ampliar esta Maleta de pulgas con una sección dedicada a recetas, a platos culinarios que me habían encantado. Porque la comida es una muestra de la cultura, y es hermoso llegar a un nuevo lugar y descubrir sus platos, su variedad, sus costumbres, sus rituales… Hay pocas muestras de amor tan universales como que alguien te reciba en su casa con una mesa llena de comida para darte la bienvenida o darte los buenos días con un dulce desayuno.

La idea de esta nueva sección bajo el título Recetas salió de ahí, de todo lo que comí y saboreé durante esta aventura, y de que en mi vuelo de vuelta, desde Buenos Aires, volví a volar sola y esta vez fueron catorce horas de soledad y turbulencias. En ese vuelo me tocó al lado de un chico argentino muy simpático; un chico argentino que cada vez que se me escapaba algún suspiro de más por algún movimiento extraño del avión -extraño según mi criterio personal- me ofrecía Lacasitos de su bolsa gigante de Lacasitos que llevaba para el viaje. Fue en una de esas fuertes turbulencias que tuvo aquel viaje que me preguntó “no te gusta volar ¿eh?» le confesé sin disimulo alguno, “no, ¿se me nota mucho?, ¿te estoy molestando con los suspiros?, de verdad que lo siento un montón, pero odio volar, ¡lo odio de verdad!» el chico se empezó a reír y me ofreció Lacasitos. No paró de ofrecerme Lacasitos durante las catorce horas de vuelo bajo el eslogan “los Lacasitos relajan”.

Durante ese vuelo, y comiendo Lacasitos relajantes, fue que escuché como un acto de distracción el audiolibro de “Como agua para chocolate”, lo ofrecía como distracción junto a decenas de películas aquel largo vuelo de vuelta a casa. Le tengo mucho cariño a ese libro, es un libro de una autora mexicana que por casualidad leí cuando era adolescente, y de ahí, del amor con que relata Tita cada receta y de los recuerdos que se asocian a cada plato fue que surgió la idea de este nuevo apartado de recetas que poco a poco irá aumentando como la masa de un buen bizcocho. ¡Espero que os guste mucho, que cocinéis, saboreéis, invitéis a gente a soborear con vosotrxs y miméis vuestros cuerpos con estas recetas que a mi tanto me gustaron!

Si he escrito este pequeño relato, en realidad muy personal, es también porque mi vecino que me llamaba Chinche Preñao, es ahora papá, y su hija es igual de Chinche Preñao que yo con su edad, imagino que es el karma que a veces es así de gracioso. Su hija es igual de Chinche Preñao pero mucho más adorable que yo en aquella época, es una dulzura de niña cotorra que no para de hablar y de hablar y de hacerte reír con su mágico encanto de niña de once años. Hace poco estando juntas y meditando qué merendar alguien la miró y dijo, “madre mía lo que va a sufrir esta niña, porque con lo gordita que está y lo buenaza que es lo va a pasar muy mal”. Me dolió esa frase, porque no es justo que en los tiempos que corren pronostiquemos que una niña lo vaya a pasar mal por ser gorda, lo podrá pasar mal por mil cosas que la vida nos depare a todxs pero ¿por qué debería pasarlo mal por ser gorda? ¿qué hay de malo o de feo en estar gorda? Ella estaba feliz cual perdiz cotorra riéndose sin parar mientras jugaba, no aparentaba tener problemas, tiene un cuerpo precioso que no denota complejos, y ojalá esta sociedad sea más justa que lo fue la mía y le permita comprarse ropa en más tiendas y aprendamos a mirar a su cuerpo, y al de cada unx de nosotrxs, con la belleza y la inocencia de esos ojos de once años.

Después de conocer a Jesús un poco más creo que entendí mucho mejor aquel primer “Hola soy Jesús y soy ex-gordo”. En un primer momento me desconcertó que dijera algo así en su hoja de presentación, que lo expusiera de ese modo, nada más conocernos, como si fuera su característica más determinante en ese momento de su vida; pero al mismo tiempo la manera en que lo hacía, con ese toque casi cómico hacía que le restara valor, nombraba con excesiva naturalidad algo que a él le había supuesto un peso. No se presentó como Jesús y sus apellidos -familia de-, Jesús estudiante de algo, Jesús amigo de alguien, Jesús amante de algo, Jesús nacido en algún lugar,… Él era Jesús y lo más importante que debía saber, a primera instancia, en ese momento de su vida era conocer que Jesús había sido gordo. Me lo dijo en medio de la calle, nada más conocernos aquella tarde otoñal en Berlín, y desde entonces me ha hecho preguntarme en muchas ocasiones con qué frase debería acompañar mi nombre, sí quizás yo también debería haber dicho en alguna ocasión un sencillo “¡Hola, soy ex-gorda!”; ex-gorda o el sinfín de cosas que también soy, que cada persona es, fue, o teme ser. Esas cosas que todas las personas guardamos en nuestro baúl y que inconscientemente, de alguna u otra manera nos pesan a nuestra secreta manera.

 

Dibujo espíritu de gordo. Niña encadenada a una sombra gorda que se representa su pasado. Obesidad

Una vagina solitaria

Dibujo chicas mochileras desnudas con un mapa de Latinoamerica. Feminismo

Una vagina solitaria

Cuando estaba viajando, y ahora que he vuelto a casa, la gran pregunta en torno a esta experiencia no ha sido nunca en relación a mi misma con el viaje; el porqué de ese viaje; qué es lo que andaba queriendo encontrar; qué sitios había conocido o hacía dónde me dirigía; qué estaba viviendo, descubriendo o experimentado en mi misma con esta aventura; qué personas se habían cruzado en mi camino; qué proyectos había visitado; cuán diferente o parecido era lo que me rodeaba; si me hubiera quedado en algún lugar mágico; ni siquiera si encontré algún lugar mágico… la gran pregunta que eclipsó a todas las demás siempre fue «¿viajaste tu sola y no te ha pasado nada?»

Yo nunca me he considerado una chica fuerte o muy valiente; en realidad siempre me he identificado mucho más con cualquiera actriz secundaria que, sin quererlo y por propia necesidad, acaba espabilando. Yo crecí dentro de la categoría buena chica; de hecho, casi todo el mundo de mi pueblecito me asocia a esa buena chica de grandes mofletes; da igual que te hayas recorrido la Panamericana con mochila, hayas probado los porros, bebido alcohol, medites hacerte un tatuaje, un piercing o cortarte la cabellera; da igual que tus amigxs puedan ser bisexuales, hippies campestres, feroces activistas o defensorxs próximos a la revolución; para la gente que me vio crecer, y puede incluso que para mí misma, sigo siendo, y quizás siempre seré, esa buena chica de grandes mofletes que ahora tiene menos mofletes. En realidad ser buena chica o buen chico, es dentro de las categorías sociales de pueblecito algo asumible, no conlleva ningún trauma más allá de si aspiras a ligar o a ser dirigente, en ninguno de esos casos se te tomará muy en cuenta; por lo demás, eres y serás alguien libre para seguir tu vida sin ningún público aparente.

No crecí pues con la idea de aspirar a ser una gran luchadora; en mi mente asociaba fuerte a tener carácter, determinación, seguridad y sobre todo gran respeto social; y yo no destacaba por ninguna de esas cosas, yo era feliz siendo una buena chica que se juntaba con otras buenas chicas y otros buenos chicos para ver la vida pasar mientras el equipo protagonista estaba integrado por otrxs. Yo me sentía cómoda estando en segunda fila, me gustaba el papel que culturalmente se nos suele asociar a las mujeres, asumía mi personaje de cuidadora, con ciertos toques rebeldes, de una manera natural. Tenía mis achaques existenciales de inconformista quejica, y según mi abuelo iba para jueza, pero fueron, y siguen siendo, ante públicos minoritarios de gran confianza; es decir, los sermones no pasaban de la cocina de casa y en pijama. Me veía mucho más apta para cocinar, limpiar, organizar, ser enfermera, secretaria, maestra, periodista e incluso abogada o puede que artquitecta, pero me aterraba asumir una responsabilidad superior; no me veía preparada para intentar romper el molde y aspirar a un escalón superior soñando ser chef, doctora, jueza, presidenta o directora. Toda mi libertad alcanzada para ser capaz de viajar sola no se debió a haber sido una chica fuerte y no haber tenido miedo, yo tenía mucho miedo, siempre fui de las que temblaba por dentro pero lo disimulaba por fuera. Mi libertad no fue fruto de grandes dosis de empoderamiento y feminismo; se debió a haber sido una buena chica, una chica muy muy muy orgullosa.

Yo era orgullosa, pero no orgullosa de mi misma o de ser mujer que hubiera sido algo bueno, yo era orgullosa modo madre; en ese modo de que por no querer molestar, por no saber pedir, por no haber sido educada en priorizarse a una misma frente al resto, por no saber ceder un ápice del orgullo y decir algo más allá de «no te preocupes; en absoluto; todo bien; yo puedo sola» había acabado desarrollando un superpoder de aparente fuerza e inmortalidad que en su realidad no estaba sustentado más allá de muchas plegarias y agradecimientos divinos al universo por la suerte de no haberme pasado nada gravemente malo cada vez que hacía alguna de las mías en solitario.

Toda mi adolescencia, post adolescencia y gran parte de la madurez fui así de orgullosa, fui así de orgullosa y en estado civil en constante soltería, por lo que es de esperar que siempre que salía con amigxs acabara volviendo sola a casa pese a saber que al hacerlo lo hacía con el temor todo el camino a que pudiera salirme todo lo malo que culturalmente puede salirle a una chica sola a la una de la madrugada de vuelta a su casa por las calles de su solitario pueblo. Yo lo hacía y lo hacía a conciencia, es decir, con el coro mental de que seguro me pasaría algo malo para que luego todo el mundo dijera «es que a quien se le ocurre volver sola a esas horas». Yo volvía sola, con aquel coro mental y aún encima luego, para rematar la osadía, en casa inventaba mentiras piadosas para tranquilizar a todo el mundo del tipo: «no os he avisado para que no fuerais a por mi porque he vuelto con Menganito caminando, ¡estábamos aquí al lado!», o «nos hemos venido el escuadrón de la muerte (muchas amigas juntas) hasta aquí»,… y así mis padres, con mis grandes dotes actorales, vivían un poco más tranquilos mientras yo orgullosa de no haber molestado a nadie echaba la llave de casa por dentro, daba gracias al universo y pensaba «lo conseguí». Luego soltaba dos suspiros para soltar todo el aire contenido en el camino y ya me iba a dormir.

Con los años mi constante estado sentimental de soltera no cambió mucho, mi orgullo no se vio cuestionado y por el contrario mi inquietud por moverme, salir y vivir en libertad cual pajarito si fueron aumentando gracias a los libros y sobre todo al cine; por lo que poco a poco fui desarrollando tácticas de supervivencia para mis locas hazañas de vuelta a casa nocturnas un poco más sofisticadas, puesto que el escenario se ampliaba a grandes ciudades. Desarrollé estrategias tales como jamás de los jamases llevar zapatos no aptos para aumentar el paso; cruzarte de acera si veías a alguna silueta masculina por detrás, aunque fuera muy detrás; sacar las llaves del bolsillo y detenerte para fingir que ya habías llegado a tu portería si un grupo de chicos caminaba detrás tuyo hasta dejarlos pasar; siempre caminar por avenidas principales muy iluminadas, pese a tener que hacer rutas mucho más largas; ir por el carril de la izquierda para poder ver los coches de frente y que no pudieran seguirte en tu misma dirección a un costado; comprometerte con alguna amiga igual de loca que tú que cuando llegarais mutuamente a vuestros destinos mandar un mensaje del tipo»Sana y salva. Me voy a lavar la dentadura, buenas noooches. Un beso»; o aguantar de fiesta hasta que amaneciera puesto que para qué jugártela a las cinco si puedes volver a las siete y con luz. Eran tácticas tan interiorizadas que las asumía como mías propias, hasta que un día, hablando con otras chicas, me di cuenta que al parecer me habían copiado, porque muchas de ellas hacían cosas muy parecidas e incluso habían aplicado hazañas muchísimo más sofisticadas como tener un pequeño spray de gas pimienta para los ojos, una había acudido a un curso preventivo de defensa personal o como esta chica de este artículo, que se ponía la capucha del abrigo para disimularse, es decir, para disimular que era chica. Las mujeres, por temor a una agresión sexual, condicionamos nuestra toma de decisiones cada vez que salimos solas, y eso es algo terrible si nos paramos a pensarlo como sociedad.

Desde niña nos han dicho siempre que tengamos cuidado. Cuidado al volver a casa, cuidado al salir de noche, cuidado de con quien hablas, cuidado de como vistas… Daba igual si volvías sola o con tus amigas, porque entonces sería un «¿pero vais solas?» (o lo que es lo mismo) «¿no va ningún amigo? (¿no va ningún chico que os proteja?). Crecemos no solo temiendo al monstruo de las galletas, las lombrices en el estómago o al hombre del saco; las niñas crecemos siendo educadas en temer a los hombres. No temes encontrarte una chica a las tres de la mañana, no temes encontrarte a una señora por la misma acera, no temes si una señora se sienta a tu lado en el autobús,… no temes a las señoras temes a los señores, a los hombres, a los chicos.

Yo no era feminista, ese término era ajeno a mi vocabulario hasta hace apenas cuatro años; es pues, que sería más correcto decir que yo ni sabía que era ser feminista para plantearme el siquiera el serlo. Yo nunca me plantee con detenimiento que fuera tan necesario luchar por la igualdad de las mujeres; quizás nunca percibí esa necesidad con claridad y veía un mundo bastante equitativo; quizás era excesivamente pacífica para escuchar la palabra lucha y que no me diera cierto miedo;  o quizás era un claro ejemplo de que la cultura y la cotidianidad te hacen amoldarte a una realidad de la que para salir necesitas que alguien te guíe puesto que tú no eres capaz de verlo bajo tu mirada de siempre. Empecé a incursionarme en el feminismo a raíz de vivir en Bilbao, vivía rodeada de grandes feministas (tanto chicas como chicos), y para guinda del pastel tuve una asignatura de feminismo (a la que asistían tanto chicas como chicos) así que por puro roce acabé cediendo y viendo la realidad con las gafas lilas, como mucha gente bromea al respecto cuando empiezas a percibir los micromachismos de la vida diaria.

Ese primer año que viví en Bilbao lo hice en un barrio muy periférico. Una noche, volviendo a casa con una buena amiga, y vecina, atravesamos caminando el parque bajo la idea de ahorrar distancia y porque «vamos juntas», eran las dos o tres de la noche. Mientras caminábamos en silencio y con paso ágil de repente vimos en la distancia a un hombre, inconscientemente nos paramos, como si quisiéramos hacernos invisibles, nos petrificamos durante unos segundos; estábamos en un parque muy grande sin ningún humano aparente más allá de ese chico-hombre-señor que no esperábamos encontrarnos. Nos quedamos ahí paradas intentado ver hacia dónde se dirigía y así proseguir camino esquivándolo casi cual rehén planeando una fuga, no nos había visto; y fue en esa espera que, al observarlo atentamente, nos dimos cuenta de que era un chico borrachísimo que caminaba de un lado a otro apunto de caerse. Nos miramos, sonreímos y suspiramos; ambas nos entendimos, ambas habíamos experimentado una sensación de peligro; fue en esas que mi amiga me dijo algo de lo que me acordé mucho durante el viaje. «Una vez una amiga me hizo un ejercicio que ahora te voy a hacer a ti. Empieza así. Cierra los ojos. Cierro los ojos e imagina qué es lo que más miedo te da. Imagínate por unos instantes que sería lo peor que podría pasarnos esta noche, lo peor que podría pasarte si estas sola caminando y de noche. ¿Qué sería ese miedo? ¿qué te incomodaran,.. se soprepasaran,.. te forzaran… te violaran,… e incluso que pudieran matarte? Cierra los ojos e intenta imaginar cómo sería para ti esa escena y esa situación. Respira, ábrelos. Eso que acabas de imaginar es tu mayor miedo, lo peor. La parte más difícil de este juego es que ahora debes preguntarte si estás dispuesta a perder toda tu libertad, tu libertad de cada día de tu vida, por ese miedo. Hazte esa pregunta, trabaja esa sensación de imaginarte esa experiencia tan horrible, y el día que estés dispuesta a vivirla como precio a no perder tu libertad, ese día dejarás de sentir miedo y sentirás que estás luchando. No es tu culpa si te topas con un agresor, el único culpable es el agresor. El gran problema de nuestra sociedad es que justificamos las agresiones como si las ejecutaran monstruos extraterrestres, pero no son monstruos extraterrestres son un porcentaje muy alto de nuestros propios chicos, hombres y señores. No educamos a los niños a respetar a las niñas, no educamos a los niñas a respetarse y valorarse a sí mismas, no educamos a los niños para que sean ellos también los que sepan detectar el machismo; no hacemos nada de eso si no que responsabilizamos a las niñas haciéndoles creer que si les pasa algo es porque no tuvieron cuidado. Como sociedad estamos suspendiendo en educación para la igualdad-equidad, por eso hay más monstruos extraterrestres de la cuenta, por eso los propios padres les dicen a sus hijas que tengan cuidado. Deberíamos de dejar de decir eso de «ten cuidado» y pasar a decir «se libre». Cada mujer que es agredida, violada o asesinada es una víctima cultural porque la sociedad no hace apenas nada para evitarlo, apenas nos proteje. Vivimos en una sociedad que no asume que cada día crea pequeños monstruos extraterrestres y perpetúa los ya existentes. Si nos pasa algo será el precio de nuestra libertad. Somos libres para volver caminando por unas calles de Bilbao, solo estamos caminando, no estamos haciendo ninguna locura, así que vayamos tranquilas de vuelta a casa que aún nos quedan las escaleras»; vivíamos en un lugar con muchas escaleras. Me acordé mucho de mi amiga durante el viaje, el primer día que cogí la mochila aquella madrugada volví a cerrar los ojos y hacer aquel juego de las preguntas.

Durante mis primeros días de viaje fue que conocí a Alu, la chica argentina que llevaba cerca de tres años de aventuras en solitario por Latinoamérica. Fue ella quien me instruyó, y fue a ella a quien le pregunté la gran pregunta «¿si viajo sola estoy haciendo una locura? ¿es tan tan peligroso plantearme ir sola a Guatemala, México o Colombia? ¿hacer la ruta de la Panamericana por Sudamérica?; dime la verdad porque tengo miedo y no quiero ser valiente. He conocido chicos y todos me dicen que es seguro, pero ellos son chicos Alu, yo quiero saber si tú, como mujer, me dices si es muy peligroso lo que pretendo hacer». Alu me dijo que no tuviera miedo y que siempre, por encima de todo, confiara en mi instinto. «Si algo te dice que no vayas por ahí, date la vuelta y vete, no lo pienses dos veces. Tu instinto es lo que te protegerá, así que tu labor es aprender a escuchar a tu instinto. Lo demás es no tener mala suerte y tomar algunas precauciones que te otorguen a ti seguridad. No te niegues esta bella experiencia por miedo (por miedo a los hombres)».

Entre las precauciones que aprendí fruto de su convivencia, y la de otras chicas a lo largo de mi viaje destacaron varias que inconscientemente aplicaba mucho y me hacían sentir más segura y tener mi propia autonomía. Cuando planificaba una ruta siempre evitaba a toda costa llegar después de que cayera el sol a una ciudad que no conocía, y eso suponía calcular las horas de viaje con anterioridad y margen de retraso, e incluso salir de madrugada si el viaje iba a ser muy largo. Si no había modo alguno de evitar llegar de noche, siempre procuraba hacerlo con reserva y dirección concreta donde ir a pasar al menos la primera noche. Otra norma no escrita era preguntar a señoras, y no a señores, cuando andabas muy perdida. Preguntaba a señoras en el bus, en el mercado o en cualquier sitio, las señoras me transmitían cariño, empatizaban con mi sensación de pérdida y confiaba instintivamente en ellas; también me encontré con señores maravillosos. Preguntar a señoras con puestos fijos cuando se trataba de la búsqueda de un banco o cajero automático; ir a un cajero siempre de día. Cuando tomaba algún taxi lo hacía con el móvil a mano, en él tenía una aplicación con GPS (sin necesitad de internet) que me permitía saber la ruta que tomaba el taxi acorde a mi ruta personal, mientras miraba para cerciorarme por dónde iba y así sentirme segura, más aún si era de noche, fingía vidas de película como: «vivo en el país… llegué hace siete meses… trabajo en un proyecto… e incluso reconozco (sin enorgullecerme) que he inventado novios ficticios que me esperaban en las direcciones a las que iba si me preguntaban «¿y estás tu sola?»» A veces, cuando viajaba con algún chico que coincidíamos en ruta durante unos días, tenía como una especie de sensación de alivio; era como si pudiera relajarme por uno días, daba igual dónde sentarme en el autobús o si ya era de noche y salíamos a tomar algo, daban igual muchas cosas. Una vez una chica me dijo: “cuando voy a cruzar una frontera siempre me visto para ser invisible, intento pasar lo más desapercibida posible. Estoy sola viviendo en un mundo que percibe una vagina solitaria, me visto modosa y procuro preguntar a señoras. Las conquistas sociales se hacen en colectivo, mi conquista es viajar y hacer ver que viajar siendo mujer y sola es posible, pero solo me atrevo a llevar escote, un vestido veraniego o pantalón corto cuando me topo con más chicas en el viaje. No me enorgullece reconocer eso pero me resulta agotador ser valiente». Me dejó pensando mucho tiempo.

Siempre que me han preguntado «¿viajaste tu sola y no te pasó nada? Una chica sola viajando, ¿y no te ha pasa nada?» he contestado lo mismo, que no, que no me había pasado nada malo; que tuve quizás mucha suerte, que Latinomérica es preciosa y su gente una delicia, y que no hay que ser una chica fuerte para viajar, simplemente hay que tener curiosidad y ganas de llevar una mochila a cuestas para descubrir el mundo. En realidad si me pasaron cosas, si me pasaron cosas malas e incómodas, pero a lo largo de mis veintisiete años me han pasado cosas malas e incómodas por ser una chica sola allí, aquí y en otros muchos lugares y jamás las cuento porque me cuesta contarlas; porque temo que la gente piense «a quién se le ocurre hacer lo que hiciste»; porque te temes a ti misma porque cuando tienes experiencias malas e incómodas a veces se te va la voz y tarda demasiado en que vuelva; o simplemente porque temo que perdure la idea de peligro frente a todas las experiencias buenas que rodean a un viaje; porque temo que la gente siga diciendo eso de cuidado. Algún día las contaré, porque el silencio también camufla la realidad, pero no es hoy.

Hace una semana dos chicas argentinas que estaban viajando de 21 y 22 años fueron asesinadas en Montañita, Ecuador, un pueblecito que casi todx mochilerx tiene en ruta. Yo no estuve en Montañita porque estaba tan cansada cuando llegué a Ecuador que me quedé mucho más tiempo en casa de una amiga en Quito recibiendo sus mimos, pero quizás hubiera ido. Hoy en el día de LAS MUJERES (no solo de las mujeres trabajadoras), en el día que se celebra la lucha de LAS MUJERES por alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades me acuerdo de esas chicas, quizás por propia empatía, porqué podría haber sido yo, porque aquel asesinato fue un escaparate para ver de cerca cuan cruel puede ser la cultura en la que vivimos juzgando a una chica que decide viajar sin un hombre. “Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, “viajaban solas”. Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban “solas”. ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser “solas”, algo les faltaba… Adivinen qué” escribió Mariana Sidoti como crítica a las noticias que salieron publicadas en referencia a sus muertes los primeros días. Las encontraron muertas y todas las preguntas que surgieron en la prensa nacional e internacional giraron en torno a ellas ¿qué hacían viajando? ¿por qué andaban «solas»? ¿si habían salido de fiesta? ¿qué ropa llevaban? ¿se habrían drogado? ¿se habían metido en un barrio peligroso? e incluso se lanzaron preguntas del tipo ¿cómo unos padres permiten que sus hijas viajen «solas»?… La prensa no hizo un retrato robot sobre el perfil de los posibles asesinos, no se hizo un interrogatorio exhaustivo para ver que tantas preguntas podrían hacerse sobre ellos; si sería un loco o unos locos, o si serían unos chicos normales que emplearon su poder y su fuerza en forzar a unas chicas, tocarlas sin su consentimiento, agredirlas y finalmente matarlas de una cuchillada dejándolas morir desangradas.No se preguntó qué tipo de sociedad somos para que crezcan monstruos extraterrestres

El día de LAS MUJERES conmemora a esas chicas, a esas chicas y todas esas mujeres que a lo largo de la historia han perdido su vida por ejercer algo tan sencillo como es ser pajaritos libres, por desafiar la cultura en la que vivimos, por luchar en alcanzar o rebatir derechos que hoy asumimos como normales. Es un día para recordar todas las luchas que las mujeres emprendieron y seguimos emprendiendo. Es un día para pararnos a pensar como sociedad y descubrir si somos libres o aún nos queda muchísimo por hacer, si vivimos en una sociedad equitativa o aún quedan inmensos caminos sobre los que trabajar para que las futuras niñas y niños viven en un mundo mucho más justo, mucho más justo para todos los géneros. El 8 de marzo no es una celebración exclusiva de las mujeres, es una celebración que se conmemora la lucha por alcanzar la Igualdad de Las Mujeres pero es necesario que en esta lucha también estén los hombres, toda la sociedad debería levantarse y reclamar la igualdad. Un profesor dijo una vez en clase a los chicos presentes, las luchas feministas es como si en los años setenta hubierais optado por estar al margen en una manifestación contra el racismo, no hace falta ser negrx para defender la igualdad de derechos entre blancxs y negrxs y darse cuenta que en toda opresión hay privilegiados y oprimidos. No hace falta ser mujer para salir a luchar y defender la igualdad y la equidad, el machismo nos afecta a todos, solo hay que ver las estadísticas mundiales y también las nacionales para alarmarse, y si no salís a defender el feminismo estaréis sentados y el que se sienta está otorgando el poder al opresor. Decidid en qué bando estáis porque solo hay dos.

Esas chicas son mi 8 de marzo de este año. Cuando me enteré de la noticia una parte de mi se alegró de estar en casa, no por mi, si no porque hubiera sido un drama familiar si ya de por sí vivían asustados. Yo hubiera seguido aventura, porque lo decidí aquella madrugada, porque no hay monstruos extraterrestres solo en Ecuador, México o Colombia; hay monstruos extraterrestres también aquí, pero todo el mundo hubiera interpretado mi viaje como un desafío a la locura. Aquella madrugada antes de partir con mi mochila decidí que solo quería ser una aventura más, igual que cualquier aventurero. Quería conocerme a mi misma en esa aventura, ser una chica libre que hace lo que se la repanpinfla por el propio impulso de sentir, descubrirse, disfrutar… no quería dejar de hacer cosas por ser chica, por no tener un chico o porque no encontrara a un gran grupo de chicas que me acompañara; hay viajes que a veces hay que hacer sola porque forma parte de la experiencia y el aprendizaje enfrentarse a una misma. No perpetuemos la sensación de que te estás jugando la vida si no vas acompañada de un hombre que te proteja, anhelé que la gente dejara de decirme que tuviera cuidado; porque todo el mundo, mi familia, los amigos y con cualquier persona que me topaba durante el viaje me decía que tuviera cuidado, con el mayor de los cariños me reforzaban a cada instante que era una vagina solitaria y tenía que tener miedo, que debía de tener miedo, miedo a los hombres, que debía protegerme de ellos porque no tenía otro a mi lado que me protegiera. Hice el viaje asumiendo que podría pasarme cualquier cosa, igual que siempre lo asumí cuando he vuelto sola a casa, o he salido de fiesta de noche; pero aprendí a asumirlo como un acto de mi lucha por la libertad, una libertad que no quiero perder y que como sociedad creo deberíamos cuidar entre todas y todos. He tenido suerte, pero si no la hubiera tenido, si no la hubiera tenido y me hubiera topado con un monstruo extraterrestres como esas dos chicas, no creo que debiera ser juzgada como culpable, ellas al igual que yo y otras muchas chicas y muchos chicos solo eramos mochileras.

Al terminar el viaje Pelo Zanahoria me dijo uno de los piropos más bonitos que jamás me han dicho. Recuerdo que recibí un mensaje al móvil que decía que le estaba hablando a su hermana de los días que habíamos viajado juntos por México y que la había dicho de mi que «Era una chica muy fuerte y muy libre», yo le contesté entre risas que en realidad no era tan fuerte, que en unas horas tenía que coger el avión y estaba temblando, pero que «Dankre» (muchas gracias en alemán suizo).

Celebremos todas y todos juntos las victorias alcanzadas, por ello Feliz Día de Las Mujeres, pero en el último brindis no nos olvidemos de ellas, de todas y de mañana.

Dibujo chicas mochileras desnudas con un mapa de Latinoamerica. Feminismo

Hamacas

Dibujo trabajo infantil. Niño vendiendo hamacas por las calles de noche.

Hamacas

Estando en Nicaragua, un día fuimos a la farmacia; Ánder estaba cubierto de picaduras de mosquito. En la farmacia, llena de gente y ubicada dentro del portón de una grandísima y hermosa casa colonial de la ciudad de Granada, había una báscula que por 5 céntimos no solo te decía tu peso, sino que además te daba seis números de la suerte para la lotería y una divertida profecía de futuro; la mía en particular me vaticinó “Pronto conocerás un gran amor”. Ante tal augurio, Ánder, mi compañero de aventuras en esas semanas, subrayó que en tal caso, si a él también le salía el mismo mágico pronóstico, quizás era una señal del mismísimo universo para que fuera yo la persona «gratamente afortunada» de echarle la crema que acaba de comprar por las decenas de picaduras que tenía en la espalda esa noche; me lo dijo mientras me guiñaba el ojo en modo terriblemente seductor subiéndose a la báscula y enseñándome el tubillo de crema. Minutos más tarde, cuando la báscula le notificó que él también había engordado gratamente por los inmensos y sabrosos desayunos nicaragüenses, ni siquiera se esperó entre suspiros malhumorados a leer sobre la pantalla de la báscula cuál era su profecía de futuro; y por ente, la nuestra para aquella noche.

Sumidos en ese nuevo contratiempo calórico salimos de la farmacia con la firme promesa de cenar una ensalada el resto de nuestra vida y abandonar las tentaciones gastronómicas de Nicaragua para todo el viaje. Como cabe sopesar, no mucho más tarde, cuando paseábamos por la ciudad, esa firme promesa quedó suplantada, sin mucho cavilar, por la increíble oferta de cenar 2×1 en una encantadora terraza de un restaurante Steak House con carne, mucha salsa, patatas, y arroz. En realidad, nuestra dieta viajera giraba en torno a cocinar en el hostel y menús diarios con arroz, huevo, pollo, plátano frito, y la súplica de sin frijoles; la comida local siempre es lo más barato, incluidos los deliciosos jugos de frutas; pero ese día, ante la tentativa y lo sugerente del lugar, sucumbimos al capricho ampliando nuestro ajustado presupuesto a los 7 euros que nos ofrecía esa bonita y acogedora terraza.

Granada es una ciudad preciosa, sobre todo si se es turista. Ofrece una avenida repleta de encanto con casas de colores en cuyo interior habitan hostales, tiendas, cafés y modernos restaurante como ese, en los que poder degustar comida internacional y ofertas de HappyHour (cócteles y bebidas más baratas) para un capricho mochilero, pero excesivamente caros para un público del lugar, es posible. La ciudad tiene un malecón que bordea la ribera del inmenso lago Cocibolca; y la Catedral, grande e inmaculada frente a la plaza central, sobresale entre las casas coloniales que configuran el resto de la ciudad. Esa plaza se presenta como el lugar de encuentro entre transeúntes foránexs y locales, es el sitio de las citas. Allí, rodeados de hermosos hoteles y cafés con vistas al lugar esperan las carrozas de caballos a sus pasajerxs; lxs artesanxs a sus compradorxs; lxs guías a sus desperdigadxs turistas; el señor con el carrito de helados a lxs más pequeñxs; y lxs pubertxs a sus inocentes flirteos en las escaleras del palco central. Todo en esa plaza parece estar regido por una armoniosa composición que invita a sentarse sobre uno de sus bancos y esperar a que el bochorno sobre la ciudad desaparezca. No obstante, sobrevolando esa hermosa postal, en apenas dos calles a la izquierda y también a la derecha, existe una Granada igual de colonial pero con muchos más huecos entra paredes y escayolas, con los tejados de uralita y sin tantas capas de pintura dejando entrever la humilde vida cotidiana que tiene la ciudad al otro lado del turismo.

Yo no soy muy carnívora, nunca me ha gustado mucho la carne; y aunque cada vez consumo menos por diferentes motivos, no me considero vegetariana, ni aspirante por el momento a ello, porque siempre que me lo propongo ceno hamburguesa. Esa noche, en aquella hermosa terraza de aquel restaurante Steak House al que Ánder y yo acudimos a cenar, nos pedimos la oferta que incluía un gran filete con papas y arroz. La oferta del 2×1 solo era con filete, papas y arroz; y aunque jamás me haya comido un filete, porque no me gusta el filete, la oferta solo era con filete. Durante la cena, mientras discutíamos románticamente sobre por qué jamás me había comido un filete y como aquella ordenanza al camarero podía interpretarse como un gran acto de amor hacia al carnívoro Ánder, o una limitación propia de la oferta del 2×1, de repente se acercó un niño vendiéndonos hamacas.

Ánder había reiterado en numerosas ocasiones que quería volver a casa con una hamaca muy grande para colgarla en el salón y tumbarse con su perro las tardes de lluvia en Bilbao, pero dado que en cualquier tienda el precio que había preguntado rondaba los 50-70 euros, aquella hamaca que el niño se nos acercó vendiendo por 6 euros se presentaba sospechosamente mala y barata. Le sonreímos y con un «no, muchas gracias» le dimos a entender que no queríamos nada y que no se molestara en ponerse a extender la hamaca delante de nosotros. Una educada declinación ante la que el niño nos respondió con una sorprendente rebaja final de «100 córdobas» (3 euros) sin ni siquiera sospechar que nuestra negativa no pudiera deberse al precio.

Para entender este cuento quizás es importante aclarar que tengo la norma personal, intransigible y muy meditada, de que nunca doy dinero a un niño o a una niña. Da igual lo que vendan o pidan, nunca les doy dinero aunque vayan descalzos, semi-desnudos o quizás ande yo muy necesitada de la cosa tan suculenta que vendan, como puede ser Agua. Asumo que, dicho de este modo, puedo resultar cruel, pero es algo que me aconsejaron nada más llegar a Calcuta y que mientras viví allí reafirmé como algo que no quería hacer. El pensamiento que origina esta determinación es sencillo, y posiblemente excesivamente sencillo para la magnitud del problema. La idea es que si un niño o una niña es más provechoso para la sociedad y la familia vendiendo chicles por las calles de Calcuta, o hamacas en Nicaragua, que en un aula de colegio puesto que esto último supone un gasto y lo primero ingresos familiares para subsistir, ese niño o niña será casi imposible que acuda a un colegio. Por mucho que su papa y su mamá quieran a esxs pequeñxs, y no dudo un segundo que los quieran mucho; en un escenario de supervivencia que un hijo o una hija tenga la oportunidad de interactuar con un extranjero es un medio muy rentable económicamente para sacar adelante al resto de hijos e hijas; y eso supone una limitación en la lucha y demanda de políticas públicas de escolarización por parte de muchos proyectos. El problema surge cuando esos pequeños dejan de poseer ese frágil encanto que otorga la infancia y se conviertan en adolescentes, es entonces que cual cantor Joselito la gallina de los huevos de oro muere, y estos adolescentes se sumergen en una nueva realidad sin escolarización ni recursos. Hay muchos matices y debates en torno a este principio moral resumidamente expuesto, pero para esta historia solo contaré que para mí, hasta ese día, dar dinero a un niño o una niña no estaba contemplado, y mucho menos por una hamaca que no necesitaba.

El niño de la hamaca, pese a nuestra reiterada negativa, siguió insistiendo «solo 100 córdobas, por favor» (3 euros). Fue una súplica sin fuerzas, siquiera para sonar insistente, tenía pinta de estar agotado. Volvimos a contestar un contundente «no, de veras. No queremos nada» pero el niño no se movió, solo fue capaz de devolvernos la mirada de agotamiento y mirar a su alrededor en busca de alguna otra mesa a la que trasladar esos cansados pies. Eran las diez de la noche pasadas y aquel mocoso, de no más de diez años cargado de hamacas, buscaba con sus ojos a unos turistas que aquella noche parecían no haber salido de sus hospedajes; y los pocos allí habidos, al igual que nosotros, no parecían tener intención de adquirir hamacas mientras cenaban filetes y bebían jarras de cerveza. Fue entonces que le dije, «no queremos hamacas y es muy tarde. Creo que deberías marchar ya a casa, tienes carilla de mucho sueño». Cuando era pequeña mi padre siempre me decía «llevas un letrero en la frente que pone que tienes sueño». Mi padre me lo decía y a mi aquello me hacía siempre rabiar. Yo, habida en orgullo, me negaba a irme a la cama pronto pese a estar dormitando, y mucho menos creerme, «con lo mayor que yo era», que tenía un letrero en la frente. «No tengo ningún cartel, me estás mintieeeendo, no tengo nada» le recriminaba a mi padre mientras me tocaba disimuladamente la frente y buscaba mi reflejo en algún portafotos para cerciorarme de que no tenía tal mágico mensaje. «¿Mamá, a que no tengo nada en la frente? Yo no tengo sueño» me defendía contundente entre bostezos. De mayor le he gastado a mis primos pequeños, y no tan pequeños, muchas veces esa broma, pero con aquel niño no fui capaz de añadir «tienes un cartel en la frente con el letrero…».

Bismark, así descubrimos que se llamaba el niño de la hamaca, ante la recomendación de marcharse a casa comentó «ahora es cuando hay gente, tengo que vender hamacas» lo hizo dejando su bolsa llena de tesoros momentáneamente en el suelo para volver a recolocarse la hamaca que llevaba de muestra en el hombro. «¿Crees que venderás alguna?, ¿vendes muchas hamacas?» le pregunté con curiosidad ansiando escuchar la misma respuesta que una vez un chico paquistaní, amigo de una amiga, me dijo al formularle la misma pregunta y revelarme, para el mayor de mis asombros, que al cabo de una noche podía vender unas veinte rosas y era en cierta manera un buen negocio. Nunca había visto a nadie comprar rosas por las calles de Bilbao, y tampoco esperaba que nadie comprara esas hamacas aquella noche; sin embargo, como sopesaba, el negocio de las hamacas esta vez no parecía tan próspero. «No lo sé» ejemplificó con los hombros, «depende del día. A veces una hamaca, dos, tres hamacas… Una vez un hombre que no hablaba español me compró una y me pago 500 córdobas (15 euros). Mi amigo nunca ha vendido ninguna por 500 córdobas». «¡Wowww!» puntualizó Ánder, «debes ser un gran vendedor de hamacas» y el niño sonrió. Yo no sé si el niño era o no un gran vendedor, pero sola la idea de pasarse toda la noche arrastrando hamacas con lo agotado que parecía era de por sí desolador. «¿Tienes hambre?, le pregunté. Nosotros no queremos hamacas pero si tienes hambre podemos compartir la cena, hemos pedido carne con papas y arroz, si te gusta estás invitado». Le miré a Ánder y a él y volví a hacer la invitación real, «en realidad me harías un gran favor si te quedaras a cenar, necesito ayuda con el filete. Si fuera una hamburguesa con papas sería otro cantar, pero yo y los filetes no nos llevamos muy bien», Ánder empezó a reírse y el niño me miró sorprendido por la invitación, y quizás por lo que decía, y en un alarde de duda por sentirse nuevo en ese escenario dijo «¿si?», «¡Claro!» contestó Ánder, y el niño de las hamacas se sentó tímidamente con nosotros en aquella mesa bajo la noche de Granada con la dificultad que otorga que los pies no te lleguen al suelo.

Segundos más tarde el camarero se acercó confundido ante nuestro nuevo invitado. Sin dar ocasión a que pudiera hablar, no sé qué hubiera dicho, le comunicamos «disculpe, ¿podría traer un cubierto más?» a lo que contestó amablemente «por supuesto». Nos trajeron dos enormes platos, con grandes filetes incluidos, y entre los tres nos pusimos a repartir equitativamente la cena, ante mi petición expresa, una vez más desde que era pequeña, de que mi plato se escaqueara de filete. Bismark se zampó vivazmente el filete, pero antes Ánder tuvo que cortárselo; el dominio del cuchillo y el tenedor le delató la edad que tenía.

No cuento esa cena para que nadie aplauda. Adelanto también que cuando terminamos de cenar le compré una hamaca y que le pagué con todo lo que me quedaba en el bolsillo de la falda; poco menos que lo que aquel señor que no hablaba español le pagó una vez por otra hamaca. Tengo mis dudas y debates profundos con la almohada por saber si eso estuvo bien o muy mal, no lo apruebo por lo que representa pero tampoco supe, y sigo sin saber, que otra cosa hacer. Ese niño no se merecía mi caridad, no se merecía mi filete o la calderilla que ese día por suerte encontró en mi falda. Su vulneración como niño o niña es un problema mucho más grave y profundo que el estado y los estados del mundo nunca posicionan en primer lugar. No me gusta la caridad; quizás suene extremo, idealista y cruel, pero no me gusta la caridad. La caridad merma y disimula la justicia, sitúa a unos por encima y a otros por debajo, de ahí el concepto propio de la compasión, y eso me llena de rabia porque yo no quiero mirar para abajo, yo quiero mirar al frente y que esa otra persona me devuelva la mirada; una mirada diferente, distinta y orgullosa de si misma y de sus raíces. Quizás pueda ser una mirada llena de tristeza, como triste puede ser la mía en cualquier momento de la vida, nunca se sabe, pero quiero que sea una mirada que no se vea arrebatada de dignidad. Lo que ese niño y otros millones de niños y niñas viven no es justo, y contra lo injusto se pueden hacer muchas cosas; pero contra la pobreza parece que socialmente solo queda la caridad.

Durante esa cena interrogamos a Bismark, fue el precio a pagar por el filete imagino. Bismark era de un pueblo a hora y media de Granada, un pueblo en el que había una fábrica de hamacas y que daba de comer a Bismark y a las decenas de niños y personas de muy escasos recursos que recurrían a ese emprendedor negocio turístico para sobrevivir. Bismark tenía un hermano mayor que se había casado y varios hermanos más pequeños; fue su hermano mayor el que le introdujo en el negocio de las hamacas. Bismark venía a Granada con cinco hamacas, número arriba o número abajo, y hasta que no las vendía no volvía a su pueblo pues no podía pagar el autobús de hora y media de vuelta, lo que suponía vivir en Granada varios días en modo subsistencia hasta lograr vender todas las hamacas. Cuando estaba en Granada, él y otro amigo un poco más mayor se compinchaban en el día a día; comían lo que pillaban e iban a dormir a una gasolinera que estaba a las afueras, «es más seguro dormir allí». La gasolinera cerraba a media noche, hora a la que solían llegar; y en la parte trasera de la misma, entre una farola y un árbol, colocaban una de sus hamacas y allí dormían a la calurosa intemperie hasta el día siguiente. Lo malo es que la gasolinera estaba a las afueras, así que para ir hasta allí tenían que vender, al menos uno de los dos, una hamaca al día, para coger el bus mas tardío o un taxi en según qué ocasiones. Si no vendían una hamaca suponía tener que quedarse a dormir en el centro de Granada; y aunque si bien era una ciudad preciosa de día, a la noche aquella plaza idílica cobraba inseguridad para cualquiera, incluidos esos dos mocosos. Cuando vendía las cinco hamacas volvía a casa con su madre, a su padre nunca lo citó,  y le daba el dinero ganado; gran parte del mismo lo invertía en ir a la fábrica a conseguir otras cinco hamacas.

De camino a nuestro hostal le dije a Ánder, sabes por qué le he dicho que se quedara a cenar a ese niño, «¿por qué? sorpréndeme petarda»; Ánder siempre me llama Petarda, es su modo cariñoso de saludarte. «Porque hace cinco horas dijiste que estabas gordo, Ánder. Porque en bañador tu metro ochenta y cinco queda eclipsado por un michelín, por eso mismo. Porque si el niño no hubiera estado te hubieras tenido que comer mi filete y el tuyo, lo sabes ¿verdad? Imagina lo que hubiera supuesto eso para tu bañador».  «Y comprarle la hamaca, ¿a qué se ha debido? replicó. «Esa es más simple Ánder, ¿tú no querías una hamaca? Ha sido mi manera de hacerte un bonito regalo, sé que te morías por tener esa hamaca, no te hagas el chico duro ahora…»; y así seguimos con nuestro absurdo humor sin admitir ninguno de los dos que nos había tocado la patata aquel niño. «¿Crees que es verdad todo lo que ha contado? me preguntó Ánder, «no lo sé» y guardé silencio caminando por aquella solitaria calle; «pero aunque algo fuera mentira, en su base es todo verdad. Al fin y al cabo es un niño que vende hamacas y mañana se levantará en el mismo escenario que hoy para seguir vendiendo hamacas».

Cruzamos de nuevo la plaza, esta vez con paso mucho más ligero que por la mañana, ya no reinaba esa tranquilidad matutina. Una vez estuvimos en una calle más iluminada le confesé, «hace unos años estuve en India. Por azares del destino, y sin saber muy bien cómo, acabé involucrándome en un proyecto donde conocí de cerca a muchos niños de la calle como Bismark. Jugamos, bailamos, hicimos sumas e incluso un día fuimos al cine, pero nunca hablé más de lo esencial con ninguno de ellos; siempre quise conversar con ellos como lo he hecho con Bismark, pero solo podíamos comunicarnos con ellos por gestos y breves palabras en hindi e inglés, eran conversaciones muy básicas. Siempre me pregunté mil cosas sobre sus vidas; cómo habían llegado hasta allí; qué enlace tenían con sus familias; si tenían miedo… Nunca supe casi nada. Creo que en realidad le he invitado a cenar porque necesitaba que al menos él me explicara; no ha sido por el niño ha sido por mi propia necesidad».

Ya casi estábamos llegando al hostal cuando le dije, «¿vas a querer la Hamaca, verdad? Es tuya, yo no quiero una hamaca».  Ánder sonriendo me dijo «Petarda, pero si esa hamaca es tan mala que si me tumbo me caigo». «¿Y qué hago yo ahora con una hamaca Ánder? le reproché; «no puedo cargar por mucho tiempo con una hamaca en la mochila, ¡con lo que me pesa mi mochila!, no seas grosero y acepta mi regalo, quédate con la hamaca». Ánder empezó a reírse y mientras entraba por la puerta del hostal me dijo «Anda y vamos a dormir petarda, que mañana hay que madrugar para ir a la casa del árbol y ya es muy tarde. Y mira esta espalda (dijo volteándose e imitando a un superhéroe) aún le tienes que echar crema por todas las picaduras y hacerlo con mucho amor». No recuerdo si al final cedí o no a echarle la crema aunque fuera a regañadientas, pero sí que antes de dormirnos dijo «Ya encontraremos algún futuro para tu hamaca, por el momento nos la iremos turnando en la mochila». Tenía razón, al final la hamaca encontró dueños, pero eso es otro cuento.

Dibujo trabajo infantil. Niño vendiendo hamacas por las calles de noche.

Calendario de supervivencia

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Calendario de supervivencia

Cumplí mis veintitrés años en India. Cumplí mis veintitrés años en una habitación desconchada de India, y creo que eso es algo importante dentro de mi baúl.

No sé por qué me decanté por India. Fue una decisión que no estuvo regida por ningún racionamiento pasional. No sé muy bien cómo se originó todo ni qué es lo que realmente andaba buscando en ese superpoblado país asiático para que una mañana de septiembre, sin la aprobación pero sí con mucho cariño, mis padres me acompañaran a la estación de trenes de mi pueblo y, cargada con mi recién estrenada mochila azulemprendiera aventura hacia esa lejana tierra de saris y turbantes. Lo hice convenciendo a todxs los que allí dejaba que estaba todo bajo control, que era la decisión más sensata de mi vida. Dos trenes y tres vuelos más tarde, llegué a una escalofriante y nocturna habitación en Calcuta sin más plan organizado que el de improvisar los 89 días restantes que me quedaban hasta mi vuelo de vuelta.

Todo empezó apenas tres meses antes, una noche lluviosa de julio, de las habituales en Edimburgo. Por aquel entonces estaba allí estudiando. Metida en la cama empecé a buscar varios voluntariados por diferentes rincones del mundo, encabezando mi lista cualquier país de África Subsahariana u Oriente Medio. Desde pequeña siempre me había fascinado la cultura árabe pese a la mala imagen que muchas veces se le publicita; siempre había soñado con vivir en algún lugar lejano y remoto, sumergida en una cultura ajena a la mía; siempre había adorado Memorias de África. Esa noche, con el sonido de la lluvia golpeando en la ventana, divagué más de la cuenta en la opción de intentarlo. Empecé a buscar y buscar pero nada me convencía; en realidad soy muy crítica con el concepto mismo de voluntariado, y los proyectos que me parecían más interesantes exigían perfiles muy profesionales, estancias mínimas de seis meses (cosa que ahora entiendo y que por aquel entonces me parecía excesivo) e idiomas que a día de hoy siguen sin ocupar espacio en mi currículum. Asumí pues, que para hacer realmente lo que yo quería me faltaba aún mucha formación; es por tanto, que tomé la decisión de que estudiaría mucho a mi vuelta, pero que antes me limitaría a ir a algún rincón para vivirlo con una mochila.

Con un pequeño colchón de ahorros bajo el brazo concebí la aventura. De pequeña mi tía nos había abierto una cuenta en el banco a mi hermano, a mis primos y a mi. Por nuestros cumpleaños, navidades, santos y feria (como celebran en la Mancha), nos ingresaba dinero a modo de regalo. Fue así como, cuando cumplí los 18 años, junto a otra loca sorpresa, recibí una cartilla con todo el dinero acumulado por tantos años. El regalo llevaba implícito el consejo “para hacer lo que tú quieras, que ya eres grande” y ciertas sugerencias como pagarme el carnet del coche, comprarme una moto o un coche de tercera o cuarta mano… Yo, que aún sigo siendo chica renfe y de bono de autobús, guardé esa cartilla hasta encontrar algún plan más acorde a lo que sería mi regalo. Aquel billete de avión supuso la mejor inversión que se me ocurrió.

Ideé que el plan fuera sencillo, solo quería viajar y conocer proyectos vinculados al área social; me interesaba mucho ese aspecto y las diferentes maneras de trabajar y de crear alternativas. Quería visitar proyectos, observar, aprender y viajar, ¡viajar! No tenía pretensiones de ser una heroína e ir a salvar el mundo por el simple hecho de elegir como lugar de destino un país como India, respeto demasiado el mundo para creer eso, y mucho menos yo que ni siquiera soy capaz de ordenar el mío propio o conseguir que sobrevivan mis reiteradas y moribundas plantas de albahaca (¡siempre mueren!). No me iba a las misiones, como algunas personas llegaron a decirme. Solo quería ir a un lugar lejano y enfrentarme a mí misma en esa aventura, sin mayor justificación egoísta y primitiva que esa, quería sentir y conocerme. Por azares del destino, y por un foro de viajes y voluntariados que encontré esa noche, ese lugar resultó ser finalmente Calcuta.

Dicen que a India se la ama o se la odia. Yo la odié y la amé por partes iguales, pero reconozco que me costó mucho llegar a amarla porque jamás imaginé que podría odiarla como la odié. Desde pequeña había viajado mucho. Mi tía, esa misma tía, trabaja en una agencia de viajes; y eso ha tenido importantes repercusiones familiares en las vacaciones de verano. Sin embargo, India me desbordó. Imagino que convencer a todo el mundo de que todo estaba bajo control y que no era una locura no fue la mejor estrategia del mundo. Aparenté ser más fuerte de lo puramente humana que soy y, una vez me quedé sola en aquel vagón saliendo de casa, me di cuenta que sí estaba asustada. Todo lo que se vaticinaba era desconocido, y lo desconocido puede dar mucho miedo.

A mis padres les preparé un papel con el teléfono de la embajada y el teléfono del consulado de España en India que encontré merodeando por Internet antes de partir. Los apunté junto al móvil de los padres de las cuatro chicas del foro de viajes, que también viajaban en las mismas fechas que yo, y que tenía previsto conocer cuando llegara a Calcuta. Preparé los números en un bonito documento de ordenador impreso junto a un post-it y una carita sonriente bajo el título “Para tranquilizaros durante estos tres meses”. Cuando les dije a mis padres la noche antes de mi partida que había preparado ese documento y que dónde querían que lo guardara, lo cogieron y mirando el post-it me dijeron: “¿Tú crees que el número de la embajada nos tranquiliza? Si estás una semana sin dar señales de vida, ¿qué hacemos?, ¿llamamos a la embajada y les preguntamos por tí? Disculpe, nuestra hija, que ha decidido como última locura irse sola a viajar por India, no llama y no sabemos dónde está ni dónde duerme porque ni ella lo tiene previsto”.

Es cierto que no podía facilitarles ni siquiera el nombre de un hostal para la primera noche; no había ninguna reserva ni ningún contacto al otro lado. Solo sabía que Sudder Street era la calle donde todos lxs mochilerxs iban a hospedarse en Calcuta, así que el plan, que sí había plan, era que las tres chicas del foro que llegaban a primera hora de la mañana (Inés, Silvia y Elena) fueran a esa calle a buscar alojamiento y a la tarde, cuando llegáramos Cristina y yo (a la cual tenía previsto conocer en el avión a Nueva Delhi), acudiríamos juntas al sitio que nos dijeran las primeras por medio de un mensaje de móvil. “¿Veis? En realidad todo está controlado, pero es un control distinto, diferente”. Mi madre me miró y me dijo por primera vez lo que sin saber repetiría muchas más veces telefónicamente durante este último año: “Mira lo que te digo, mira si te querré, que solo te deseo que nunca tengas una hija como tú. ¿Qué necesidad hay de irse por ahí? ¿Por qué no puedes ser normal? Normal, como todo el mundo”. “Nadie es normal mamá, todo el mundo explota el globo de la normalidad en algún momento”, respondí metiendo las pastillas contra la malaria y la receta casera de suero en la bolsa de medicamentos. Desde entonces, cada vez que me he metido en algún jaleo voluntariamente, sea el que sea, siempre resoplo y empiezo a susurrar imitando a mi madre “¡pero qué necesidad tenía yo, que necesidad!”. Me gusta decirlo.

Como estaba previsto según el plan, Cristina y yo nos conocimos en la cola de embarque rumbo a India. Resultó ser un amor de chica y mi compañera de habitación, aún sin saberlo, durante muchas noches venideras. Cuando llegamos juntas a Nueva Delhi nos comunicaron que nuestro avión a Calcuta tenía un importante retraso por el monzón y tuvimos que esperar toda la tarde. Contemplamos llover y llover sobre la ciudad a través de la inmensa cristalera del aeropuerto. Hubiera sido una espera preciosa. En realidad era una imagen bonita, no me gusta volar y no siento empatía por los aeropuertos, pero tengo un cariñoso recuerdo de aquella imagen en la que todo el aeropuerto parecía estar sumido en el silencio que otorgaba aquella espesa lluvia cayendo sobre Nueva Delhi mientras atardecía. Pasaron muchas horas hasta que anunciaron nuestro avión, y en esa espera, en cada una de aquellas horas que pasé sentada en aquel sillón, fui lentamente sumergiéndome en un progresivo ataque de pánico provocado por la idea de volar de nuevo y de tener que llegar a la desconocida Calcuta sin luz del sol.

Aterrizamos en Calcuta entrada la noche. Salimos del aeropuerto arrastrando agotadas unas mochilas cargadas de subsistencias occidentales (siempre me reía de aquella pesada mochila cuando al día siguiente, a dos calles de nuestro hostal, encontramos un supermercado repleto de Coca Cola, Colgate, Pantene y Kellogs). Conforme al plan, al llegar a Calcuta recibimos un mensaje de móvil que decía “Hostal María. Sudder Street” y una loca historia sobre un taxi y un hombre manco que nunca llegué a entender pero que nos sugestionó todo el trayecto. Cogimos un taxi a la salida del aeropuerto y, treinta y cinco minutos más tarde, después de recorrer las silenciosas y tenues calles de aquella misteriosa ciudad habitada por cuerpos dormidos en las aceras, llegamos a la puerta de lo que el señor del taxi nos indicó como Hostal María.

Atravesamos el portón y tras él un pequeño jardín, frondoso y descuidado a partes iguales. Todo estaba oscuro y en silencio, Calcuta parecía dormir desde hacía mucho. Llegamos hasta la puerta principal y allí, al otro lado de unas rejas correderas y roídas, dormía un señor pequeño y delgaducho sobre una silla. Durante todos los días que viví en Calcuta ese hombre siguió durmiendo en aquella silla, siempre fue él quien nos abría y nos devolvía una sonrisa asintiendo con la cabeza al escuchar nuestras buenas noches. Ese primer día nos abrió adormilado plagado de una fragilidad y una dulzura fruto de la vejez y la desubicación del sueño. Arrastrando los pies, y la vida misma sobre ellos, nos condujo sobre un pasillo sumergido en penumbra y humedad. A pocos metros nos indicó una habitación. Cristina abrió la puerta.

Al otro lado estaban tiradas sobre los colchones peleándose entre risas por colocar las mosquiteras Inés, Silvia y Elena. Por fin nos poníamos caras y voces después de muchos mensajes escritos coordinando llegadas, vacunas, visados, medicamentos y listados de supervivencia para la mochila que en esos momentos aún cargábamos sobre nuestros hombros. Sin embargo, pese a toda esa emoción, de esa noche apenas recuerdo ese ansiado momento. Recuerdo sentarme agotada en el filo de la cama de Elena y escucharlas relatar un largo rato, entre risas, sobre su viaje y la historia del taxista y el señor manco, que como ya adelanté, no recuerdo o creo que ni logré escuchar. Yo, por mi parte, solo quería desaparecer; estaba tan cansada y perdida que mientras todas reían emocionadas solo quería llorar como un bebé y que alguien me teletransportara a mi cama, a mi casa, y me sorprendiera con un tazón de leche con muchas galletas. Todo aquello me sobrepasaba; la humedad, el cansancio, la habitación, las mosquiteras, el baño con el retrete en el suelo… Todo era excesivo para una bienvenida; y sin embargo, ellas parecían sentirse como peces en el agua. Siempre cuentan a carcajadas, recordando aquella noche, que por mucho que intentaba sonreír o ser amable, mi abstracción mental era tan fuerte que me tenían que hablar siete veces para que reaccionara; que era una zombie con ojos espantados a la que no sabían qué decirle.

Poco más tarde, entre bostezos, nos acompañaron a oscuras hasta nuestra habitación. Era la última habitación que les quedaba libre; les habían comentado que al día siguiente intentarían mudarnos a una un poco mejor. Bajamos las escaleras temerosas de no ver por dónde pisábamos, y allí, al frontal de las escaleras y a dos puertas del baño comunitario, encontramos la entrada del que sería nuestro hogar aquella noche. Cristina volvió a ser la encargada de abrir la puerta, ésta vez cerrada con un enorme candado.

Al otro lado, iluminadas con una tenue bombilla en el techo, nos encontramos con nuestras ansiadas camas, cubiertas por unas viejas sábanas llenas de grandes agujeros que dejaban trasver los colchones. No había nada más, solo las camas y una pequeña mesita en una esquina; pero pese a esa sencillez todo parecía estar a punto de desmoronarse, incluidas nosotras y el ventilador que decoraba el techo. Cada una de las paredes era un océano disconforme de manchas de humedad que no tardarían en desconcharse; una obra artística autoría del monzón, unida a los cientos de garabatos, firmas y grandes declaraciones que otrxs viajerxs, hospedados entre esas cuatro paredes, habían decidido plasmar. Un arte improvisado que confería a ese pequeño rincón del mundo el sello de haber sido testigo de mucha vida humana.

Fue entonces, observando y leyendo todos aquellos mensajes escritos en lenguas diferente que me di cuenta de que en la pared, justo encima de mi cabecero, estaba escrito en español y con letras muy muy grandes la frase: “No es tan horrible como parece”. Imaginé que fue un acto poético el de aquella pintada, que quizás la persona que lo escribió sintió esa misma sensación de profunda nostalgia la primera noche que se vio allí dentro; agradecí mucho que dejara su sello. Metida en la cama, entre las sábanas traídas de casa, le pregunté a Cristina “¿estás dormida?”. Se lo pregunté horas después del “Buenas noches”. Contestó, “No”. Cristina tampoco podía dormir.

Nunca había dibujado un calendario de supervivencia. Nunca había improvisado un calendario para poder ir tachándole días con la única meta de sentir que estaba siendo capaz de sobrevivirlos.

A lo largo de mi vida he hecho dos calendarios de esos. El primero fue allí, en aquel hostal; garabateé en mi cuaderno un pequeño calendario con los meses de Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre. Durante muchas noches, antes de meterme en la cama, taché en mi libreta y conté cuántos días faltaban hasta llegar a 89. Sin pretenderlo, un día dejé de tachar. Imagino que “todo dejó  de ser tan horrible como parecía”, pero hasta eso aún quedaron muchas historias…

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Seguro médico

Dibujo chica cartel con Gracias. Agradecimiento. Seguro médico. Una maleta de pulgas

Seguro médico

Estoy cansada, mi cuerpo está muy cansado. Creo que necesita que lo pare y lo mime un poco, que lo mime con cariño. Lleva varias semanas pidiéndomelo con pequeños susurros, pero yo entre caricias que solo buscan distraerlo solo he sabido suplicarle y decirle :»queda muy poco, llegamos a Buenos Aires y luego casa; pero no me falles cuerpecito, aún no». Nunca lo había escuchado mucho, siempre viví bajo un aire de cierta inmortalidad, con retiros febriles ante hundimientos catastróficos con una periodicidad casi de años bisiestos. Pero cuando viajas en solitario, en soledad con tu cuerpo, sin seguro médico y tan lejos de toda persona que con cariño te pondría paños de agua fría si los necesitaras a media noche, de repente, en medio de la inmensidad del camino, asumes lo sumamente vulnerable que estás y empiezas a escucharlo con mayor atención.

Soy consciente de que viajar sin seguro médico no es algo que sea aconsejable hacer, no ha sido una decisión de la que me enorgullezca, mi familia ha supuesto, hasta estas letras, que lo tenía. Cuando terminé de trabajar en Costa Rica también terminó toda mi protección como ciudadana del mundo. Busqué varios seguros con la idea de viajar solo un par de meses, pero el presupuesto superaba con creces mis ahorros y la decisión quedaba una y otra vez postergada ante el sueño de encontrar una gran oferta. Un seguro médico de carácter internacional para seis meses podía rondar los 800-1200 euros. Pensé en acortar el viaje a un par de semanas, hubiera sido lo sensato quizás, pero una vez en ruta, de repente, el seguro empezó a perder importancia y por el contrario Latinoamérica se fue abriendo paso.

Una noche, a poco más de un mes de empezar el viaje, al comentar mi incertidumbre de estar viajando sin seguro médico obtuve, en voz y carcajadas de un guatemalteco, la respuesta que en cierta medida fue la impulsora de que mi aventura continuara: «mira a tu alrededor, ¿tu piensas que alguna de las personas de este pueblo tiene un seguro de sanidad? Todas estas personas jamás podrían permitirse un seguro, y tampoco tienen una sanidad pública que no implique kilómetros de carretera, horas de cola y plegarias de por medio si tuvieran que adquirir un medicamento. Si te pasa algo, serás una más, la propia gente te cuidará, somos humanos, lo harían con medicamentos o medicinas del campo, pero te cuidarían; es gente buena y también muy sabia, no estarías sola, tranquilízate por eso». Retuve su consejo y proseguí aventura, lo hice más tranquila, pero con la plegaria inconsciente de no ponerme enferma, al menos no muy enferma.

Durante estos más de seis meses no me he puesto muy enferma, mi cuerpo ha respondido muy bien para lo poco que lo he mimado. He tenido un poco de fiebre dos tardes, algunos mocos de más; mi estómago se hinchó durante unas semanas e hizo ruidos extraños haciéndome sospechar que tenía una anaconda dentro. Me salió una erupción de granitos en el culo por alguna alergia alimenticia; un día me dio mal de altura y creí que mi cabeza estaba a punto de estallar; una noche una manada de mosquitos me devoraron sin contemplaciones y mi cuerpo se llenó de sarpullidos,… Todo vino, e igual que vino se fue. Pero confieso que en cada uno de esos traspiés he dado gracias con un suspiro al Universo, al Dios o Diosa clip y a la Pachamama por no haberme dejado caer con todas sus consecuencias. Nunca había sido tan agradecida espiritualmente, pero tampoco me había sentido nunca tan sumamente frágil y vulnerable como lo he hecho en este viaje a diez mil kilómetros de casa.

Cuando estaba en Guatemala me sorprendió sobremanera el fervor religioso, Latinoamérica en general es muy religiosa, pero Guatemala me dejó sumida en una sensación de perplejidad. Para mí, crecida en un entorno mucho más agnóstico, todo lo que me rodeaba me resultaba en cierta manera escandaloso por el grado pasional. En varios pueblecitos se podía ver todo lleno de carteles con mensajes moralizadores; en algunas casas las emisoras religiosas, a todo volumen, eran desde primera hora de la mañana el sonido de acompañamiento musical; al igual que en los coches, comercios o taxis. Podías encontrarte algún efusivo predicador en el mercado o paseando por la calle; del mismo modo que en plena oscuridad de la tarde, cuando todo parecía conducir a resguardarse en el hogar, muchos locales estaban llenos de feligreses cantando o adorando a alguna señora que se encontraba inmersa en algún exorcismo.

Guatemala no tiene religión oficial, la Constitución Política de 1985 declaró que el país era un estado laico. Gran parte de su población es indígena y rural, un pueblo que está muy vinculado a sus orígenes mayas que de por sí tenían una espiritualidad propia y de contacto muy fuerte con la naturaleza. Es por eso que bajo el contexto de ser un país que enamora de manera muy directa a los ojos por lo resguardada y protegida que aún se percibe su cultura a través de costumbres, vestimentas, idiomas y comida, es tan llamativa la manera tan ferviente en que la religión evangelista, católica o protestante ha encontrado cabida en la población en los últimos años.

Me gustan las religiones, otorgan a las sociedades gran parte de su esencia. Como si de pequeños cuentos o fábulas se trataran han dado respuesta a las inquietudes del ser humano desde siglos atrás de maneras muy diferentes pero similares en lo esencial. Me gusta la paz que se respira en los templos sagrados, tienen una halo de silencio, misterio y magia que me fascina. Durante este viaje, cada vez que me sentía cansada y necesitaba situarme en una ciudad buscaba una iglesia, entraba en su interior, me sentaba en el último banco y, en el silencio del lugar, pensaba adónde ir mientras consultaba el mapa. Era el lugar donde sabía que nadie me molestaría, me sentía segura y podía en cierta manera descansar y tomar aire lejos del caos que muchas veces presenta el exterior. Me gustan las religiones, las respeto mucho, pero me aterra cuando el ser humano necesita de ellas para sobrevivir.

El ser agnóstico o ateo es un cuestionamiento que parece que solo las sociedades del bienestar se pueden permitir; solo cuando tienes un estado que te protege y te garantiza una educación pública para tus hijos, una sanidad pública, una paga de desempleo, de discapacidad, de jubilación…; cuando tienes un Estado fuerte es mucho más sencillo cuestionarse la presencia de un dios y asumir el devenir de uno mismo bajo su propio control. Cuando no existe eso, cuando cada día supone una lucha por la mera subsistencia, el dolor de estómago debe ser tan intenso que si bien Dios no existiera lo haría quizás el alcohol. Es aterrador vivir en la cuerda floja, levantarte cada día y rezar por no ponerte mala, porque si lo haces, si tuvieras una pequeña caída y necesitaras una escayola o una pequeña operación para devolver tu huesecillo a su sitio, en muchos lugares del mundo no tienes una sanidad pública a la que acudir si no es con un presupuesto previo.

Adoro Latinoamérica, vibra y rebosa vida. Durante un año ha sido mi hogar y me ha cuidado y mimado hasta límites que jamás pensé que fuera posible. Su gente es maravillosa, el ser humano es hermoso; lo descubres cuando te ves sola en un autobús y una señora se te acerca a colmarte el oído de consejos, te ofrece comida o te devuelve una sonrisa inmensa con cada una de tus preguntas. Estoy tremendamente agradecida a cada una de las personas que me he topado en el camino, a lxs amigxs que he conocido y a lxs que ya tenía y me han vuelto a mimar con cariño. He compartido sábanas limpias, devorado desayunos y puesto lavadoras en muchas casas; he recibido bienvenidas que te obligan a pegar saltos de alegría y despedidas con abrazos que acaban en palmadita porque si duran unos segundos más acabarían en lágrimas. Mucha gente me ha cuidado, me ha cuidado en los días en los que yo irradiaba felicidad y en los que era un pequeño ovillo sin fuerzas, lleno de suspiros. A todas ellas les estoy infinitamente agradecida, y siento un profundo sentimiento de cariño hacia ellas, les quiero porque me han cuidado tanto que no he necesitado un seguro médico, porque sé que si hubiera estado enferma alguna de ellas habría aparecido, ¡solo habría tenido que pedirle al universo y allí habrían estado!, pero pese a todo ese cariño me siento cansada.

Anhelo volver a casa para dejar de rezar. Anhelo que me duela la panza y poder ir al médicx de cabecera. Anhelo esa sensación de seguridad, de que por muchos imprevistos que la vida te otorgue, aunque un elefante se balanceara sobre tu tela de araña, siempre hay una pequeña madeja que te ofrece el Estado.  Me gusta esa sensación, me gusta la idea de pensar que si tuviera un hijx podría ir a un colegio público y sería un buen colegio. Anhelo salir a pasear al caer la noche, disfrutar de pasear por una ciudad en el silencio que otorga la luna y las pisadas de los pies sin temor más allá de una muy mala suerte. Echo de menos dejar de ser una heroína, dejar de ser esa chica que viaja sola y a la que todo el mundo se sorprende porque no le haya pasado aún nada, solo quiero ser una más; una chica libre que hace lo que se la repanpinfla sin sentir que te estás jugando la vida si no vas acompañada de un hombre que te proteja. Anhelo esa sociedad en la que la gente es religiosa por placer, por su propio deseo interno, pero no por un miedo innato al mero hecho de sobrevivir. Y esa sociedad no es mejor que ninguna de Latinoamérica, no hay gente más sabia, ni más desarrollada, simplemente está llena de personas que han tenido la fortuna de nacer en un país con un Estado más fuerte repleto de clase media

Guatemala no es un país pobre; de hecho, es la primera economía de América Central pese a salir de un conflicto reciente. El problema de Guatemala es que es un país en el que no existe la clase media; un mínimo porcentaje, constituido por unas cuantas familias muy ricas, concentran toda la riqueza nacional, mientras que el resto se limita  a sobrevivir. Cerca de un 53% de la población total vive por debajo de los límites de pobreza —dos dólares diarios, según el estándar establecido por Naciones Unidas-, y es sobre ese contexto sobre el que se sitúa su inestabilidad política, y sin política no hay derechos sociales y sin derechos sociales gran parte de su población apenas puede salir a luchar porque se limita a sobrevivir, que ya es mucho.

Cada pueblo tiene una política y se nota al cruzar una frontera, sé en qué país tendría atención médica de urgencia y en que país necesitaría la tarjeta de crédito para cualquier urgencia. Los pueblos eligen a sus gobernantes, pero a veces lxs gobernantes no protegen a sus pueblos y sin saber por qué los pueblos se conforman. Desde España muchas veces los titulares entorno a los gobiernos de Latinoamérica se circunden al más puro estilo Star Wars, entre el Bien y el Mal, pero en realidad todo es mucho más complejo de lo que parece y nadie es tan bueno ni tan malo, ni siquiera Maduro.

Llego a casa mañana, mi vuelo sale en apenas unas horas. Llego a casa después de un año, después de más de seis meses de camino y lo hago con el pasaporte lleno de sellos y los pies llenos de durezas. Ha sido un viaje increible, nunca me imaginé haciendo este viaje, fue una improvisación que ha salido mágicamente bien. Hay miles de historias que contar y quizás tendré que seguir haciendolo por aquí, ya veremos. Mañana me espera mi familia en el aeropuerto para llevarme de vuelta a casa ¡y encerrarme con llave! Les echo de menos, tengo muchas ganas de volver a casa, de volver y ver a muchxs de los que leeis este blog y abrazaros. MI cuerpo llega anhelando mi cama, anhelando pasar una tarde en el sofá y ver películas sin parar, de pegarse un buen baño y echarse mucha crema sobre la piel agrietada por el sol. Es curioso preguntar a cualquier aventurerx que echa de menos, ¡las listas son divertidas!  Yo no sé qué echo más de menos, está tan cerca la vuelta que ya perdió la magia la lista de deseos, todo está demasiado al alcance.s eNo sé si soy la misma con el pelo un poco más largo o si he cambiado mucho, solo sé que soy afortunada porque pertenezco a esa clase social en la que puedo comprarme un billete a casa y volver en navidad, hay muchxs por aquí que están esperando si la lotería les compra el billete o si siguen con el plan inicial de organizar nochebuena con el jamón, el queso y el turrón recibido de casa. Vuelvo a casa teniendo una casa, una familia, una cama y un carrito de la compra con opción a llenarlo; vuelvo anunciando por el whassap familiar ¡qué soy comunista!, quizás mañana cambie, no lo sé. Vuelvo y me están esperando y eso es lo más hermoso. Pero desde la distancia, si tengo que cerrar con algunas palabras esta aventura es con un agradecimiento especial a todxs aquellos que ayer votaron con miras a proteger lo social; yo no pude hacerlo (si eres viajera internacional no hay modo humano de poder votar según la ley electoral en las elecciones nacionales de tu país). A las personas que votaron a la derecha también las quiero, llevo regalitos y alfajores en la mochila para todos los colores; pero más allá de eso, de veras que mil gracias, porque si algo he aprendido en el viaje es a valorar lo público por encima de lo privado. ¡Nos vemos en casa, hay alfajores para todxs!

Dibujo chica cartel con Gracias. Agradecimiento. Seguro médico. Una maleta de pulgas

Desamor. Hacer una Robertada

Dibujo texto Hacer una robertada. Una profesora pregunta ante sus alumnos a quién no le han roto el corazón.

Desamor. Hacer una Robertada

Una de mis mejores amigas es, entre muchas increíbles cosas, sexóloga. La conocí en Bilbao por azares del destino. Éramos compañeras de clase, vecinas y ambas amábamos cantar a gritos, y sin entonación alguna, las canciones de Juan Luis Guerra cuando algún día subíamos en su coche -el huevito-. En realidad, no fue hasta un año más tarde, cuando acabó el curso y todo el mundo emigró, que de repente nos hicimos muy muy amigas. Creo que nuestra amistad nació una tarde de septiembre tras la presentación de una tesina y una alocada sobremesa de pacharán, un licor típico del norte de España. Esa tarde, de involuntario encuentro en la cocina, estuvo plagada de grandes confesiones y un final apoteósico de mi misma tirada en el suelo de mi habitación cual cucaracha inmóvil patas arriba. No obstante, sea cual fuera el origen exacto de nuestra bonita amistad, lo que es importante que sepan es que algún día seremos dictadoras de un país increíblemente feliz, y eso es un propósito que creo que cabe adelantar por escrito.

Es divertido tener una amiga sexóloga, más aún si es ella y se rige por una directriz basada en el deseo, la magia y el surrealismo que le caracterizan a ella, y a cualquiera que se le acerque un poco. A su lado la locura cobra vida, todo es absolutamente posible, y ese espíritu es contagioso, incluso en una mente tan racional como lo era la mía por aquel entonces. Con ella podías pasarte el día hablando de su trabajo y resultaba fascinante, porque su trabajo no era ser asesora porno, si no abordar el sexo, el deseo, el amor y también el desamor desde cientos de miradas distintas. Cuando digo distintas es porque para ella nada está cerrado, nada está bien o está mal, todo depende de cada cual y eso es un abanico muy amplio. Todo depende de lo que tú deseas, y saber lo que uno desea siempre es lo más difícil.

Una de las cosas que más anhelo de ella en la distancia es debatir las decenas de teorías sobre el cortejo que mi cabeza va forjando cada día. Vivir nómada entre hostels y autobuses te permite vivir y observar un horizonte treméndamente nuevo, un mundo que cambia con cada frontera y con tus propias hormonas. Para ella todo es mucho más mágico y puro de lo cínica que es mi mente, así que aunque posiblemente no coincidiríamos y se echaría a reír de muchas de mis locas teorías, lo que echo de menos es poder destriparlas junto a sus infinitos puntos de vista e intentar convencernos la una la otra hasta bien entrada la noche, o quizás el desayuno.

Pat, así se llama esta amiga, siempre ha defendido, entre colines de nutella sentada en la cocina, una perspectiva ante el enamoramiento que yo al principio rechazaba pero que he acabado entendiendo. Según ella lo que enamora al ser humano es la vulnerabilidad, el mostrar y conocer lo más intimo de unx mismx, el tener acceso a ese baúl repleto de listas de películas favoritas y de cientos de pequeñas cosas sin aparente importancia que cada cual resguarda como un tesoro. Al fin y al cabo es nuestro pequeño, desastroso y mágico baúl, contenedor de lo más puro e inocente de unx mismx.  Como si fuera un pequeño diario está lleno de intensos y detallados recuerdos; momentos de amor, ira, desilusión, alegría, y también entre todos esos huecos hay muchos muchos miedos. Todo el mundo tiene un pequeño gran baúl, aunque no lo veamos e incluso nos cueste creerlo.

De repente un día llega alguien a quien, ni saber cómo ni por qué, le dejamos acceso a ese bául. Le dejamos que poco a poco entre a merodear en su interior, que entrevea todo lo que hemos ido resguardando silenciosa y meticulosamente en él. Toda nuestra debilidad poco a poco queda al descubierto, dejamos entrever toda nuestra desnudez, nos mostramos tal cual somos, repletos de cariñosas y humanas imperfecciones que nos llenan de encanto y también de suspiros; y así, cual milagro, nos enamoramos. El enamoramiento no es otra cosa que compartir y trastear baúles.

Lo interesante de esa perspectiva, otro colín de nutella, es que si bien lo que enamora es la vulnerabilidad, mostrar ese baúl no es fácil e ahí el gran problema de lxs enamoradxs. Ese pequeño baúl contiene toda tu debilidad, en el están guardadas todas las ganas de llamar a esa persona, todas las ilusiones, todo el orgullo, todo los impulsos reprimidos, los rollos de papel (en todos los sentidos), las cientos o incluso miles de suposiciones que el cerebro divaga sin tu consentimiento, y por supuesto, todos tus miedos, arrepentimientos y finales alternativos que tus hormonas, y también esa idealización romántica cultural, han decido construir en tu cabeza. Todo eso está dentro de ese baúl, y como si fuera un caos que no sabemos controlar, que nadie nos ha enseñado a controlar, de repente, al vernos plagados de toda esa inseguridad decidimos tapar el baúl a cal y canto y protegerlo con muchos candados para que nadie vea lo frágiles y humanos que somos. Nos limitamos a sobrevivir y retrocedemos a nuestro estado de tranquila seguridad.

Nadie quiere que le rechacen, que le rompan el corazón, porque si bien una gripe se pasa en una semana, los corazones rotos necesitan de mucho más reposo y chocolates calientes. Dicen que cuando unx se enamora las partes del cerebro que se activan están muy relacionadas al área de recompensa, dependencia y adicción, muy similares a las partes que se activan en una persona adicta a la cocaína. Es pues, que si alguien sufre un desamor muy intenso el mono es similarmente doloroso y sobrellevarlo no es fácil. Hay quien al caer se levanta muy rápido porque por experiencias anteriores sabe cómo actuar, sabe lo que sentirá y que debe hacer para seguir adelante, se conoce a si mismx de tal manera que sabe que solo será un bache pasajero pese a la tristeza. Pero hay quien al caer su baúl está mucho menos equipado de experiencias y las heridas parecen enquistarse mucho más profundo.

http://https://www.youtube.com/watch?v=nW5f8LegIqU

En este vídeo Helen Fisher, una antropóloga, bióloga y famosa investigadora del comportamiento humano, hace un estudio vinculado al Amor Romántico desde un punto de vista científico.

Pat me contó esa metáfora en aquella cocina de Bilbao, y por azares del destino yo he vuelto a contarla durante este viaje en varias ocasiones. Si algo es universal es el amor, y más universal que el amor es el miedo al amor y los corazones rotos; y de eso, hay mucho en muchas de las mochilas que me ido topando en esta loca aventura. La pregunta que sigue a este cuento es siempre la misma, ¿cómo puede un ser humano conocer el amor si no se entrega a él? Si no se abre ese baúl, ¿cómo se puede crear un vínculo con otro ser humano? Es totalmente sensato protegerse, tener miedo, dudar e incluso coger la mochila e irse; pero más allá de ahí, quizás también deberíamos sentirnos orgullosos de ese sentimiento y no mitigarlo tanto, después de todo el amor surge de la vulnerabilidad, de la vulnerabilidad de ser fuerte. Estar dispuestxs a arriesgarnos y no esconder nuestra fragilidad nos convierte en alguien fuerte, alguien de quien nos deberíamos sentir muy orgullosxs.

Durante ese segundo, largo y muy lluvioso invierno que pasamos en esa cocina, una noche de manta, crema de calabacín y bolsa de agua caliente ideamos una teoría al respecto de los miedos que bautizamos bajo el nombre de Robertada, en honor a su inspirador, el maravilloso Roberto Benigni. Para quienes no conozcan a Roberto, cabe presentarlo como un actor y director de cine italiano de mediana edad, que pese al imaginario de dandy italiano él, en particular, se vio extinto de ese gen nacional. Roberto no entra bajo los cánones de belleza marcados por Martini o Calvin Klein, más bien entraría en la categoría de tirillas; no es alto, es medio calvo y nada en su físico resulta exuberante; pero pese a ese conjunto tan cotidiano y tan real que parece no merecer halagos, tiene magia, posee un modo de percibir el mundo que lo confieren en alguien muy atractivo. No sé como será Roberto en su día a día desayunando, pero para nosotras Roberto y sus películas La Vida es Bella o El Tigra y la nieve se convirtieron en un referente para nuestra futura dictadura, porque Roberto era capaz de hacer una locura y quedarse tan pancho, y eso, para nosotras, era una señal de que «el gran maestro Roberto» debía guiarnos en nuestro día a día cual dios o diosa clip.

Escena de la película La vida es Bella. Roberto Benigni es su máxima esencia (1997)

Hacer una Robertada es expresar tus emociones sin miedo, sin avergonzarte de ellas. No hace falta subirse a una mesa y decir «el ombligo», aunque siempre ayuda tener esa imagen de Roberto en la cabeza. Hacer una Robertada es decir todo aquello que uno piensa y siente, expresar esa vulnerabilidad sin vergüenzas, hacerlo desde el mayor de los respetos hacia unx mismx y hacia esa otra persona. No hay nada más puro y ancestral que las emociones, sentir es puramente humano y expresarlo es todo un acto de valentía. Para envalentonarse el truco está en hacerlo imaginándose que Roberto estará al otro lado cual entrenador, que estará ahí para darte una dulce palmadita después de decir aquello que te pesa tanto. Hay quien compone una canción, hace un grafity en un puente, escribe un largo email, o quien se limita a tres palabras en un mensaje. Hay quien es capaz de decir todo lo que siente con un largo café, o quien se esconde detrás de una corta llamada. Cada persona capta, interpreta y siente las cosas a su manera, en un modo curiosamente distinto a los demás; cada persona tiene su código pero, sea cual sea el código de cada unx, seguro que pensar en Roberto puede ayudar.

https://vimeo.com/20435732

Escena de la película El tigre y la Nieve del maestro Roberto Benigni (2005). En esta escena Roberto motiva a sus alumnos a enamorarse.

Las Robertadas no siempre tienen finales felices, en realidad el final es lo menos importante, lo verdaderamente importante de una Robertada es que sirva para seguir adelante, y eso implica que muchas veces una Robertada nos sirva para cerrar. El enamoramiento contiene dos únicos finales, el seguir o el detenerse, y a veces se detiene. Pat siempre explica las rupturas por medio de la regla de los tres no «no ahora, no así o no contigo», y eso, en cualquier de los tres casos, implica tener que cerrar el baúl y seguir camino. A veces somos nosotrxs mismxs quienes aplicamos esa regla, y a veces es esa otra persona la que se adelanta. A veces los cierres llegan con un abrazo, y a veces casi que con un portazo. A veces esa persona te quiere mucho, pero no entiende lo que tú necesitas; puede que te quiera muchísimo, que no pueda vivir sin ti , pero que no sepa leer el pensamiento; o puede incluso que esté muy enamorada de ti, pero que no obstante, no esté dispuestx a renunciar a su libertad; o tal vez seas tú quien no esté dispuertx a renunciar a la suya. A veces ni siquiera dio tiempo para que empezara y ya se acabó; a veces el tiempo roba la magia; a veces hay terceras personas; a veces esa persona no te quiera tanto y no tiene el valor para decírtelo, y eso implica que a veces tengas que ser tú quien sin querer tengas que cerrar el baúl para seguir adelante. A veces esa otra persona no respeta tu baúl, no es capaz de percibir lo fragil y humana que es esa pequeña caja del rincón de la habitación que tu poco a poco le estas enseñando, a veces hay personas que solo se acercan, trastean un poco y sin saber cómo ni por qué desaparecen entre silencios. Hay millones de finales diferentes, como millones de historias y seres humanos, y a veces muchos de esos finales necesitan de una Robertada.

Dicen que un corazón roto se mide por todo aquello que necesitó que le explicaran y nunca nadie le explicó. Probablemente nadie sepa y entienda todo en su totalidad, pero para cerrar muchas veces es necesario que unx mismx exprese lo que siente, de ahí la Robertada. Una Robertada no tiene fechas, conocí una Robertada que llegó doce años más tarde. Una Robertada, en esos casos, no es una declaración de amor, tampoco es una lista de reproches, simplemente es un dulce modo de defenderse y respetarse a unx mismx como único medio de cerrar y seguir camino sin piedras que pesen en la mochila. Una Robertada es decir con el corazón en la mano todo lo bueno y también todo lo malo, todo el dolor que muchas veces conllevan los cierres, todo el dolor que quizás sentiste si no respetaron tu baúl, todo el dolor que otorga la ausencia o el miedo a dar muchos pasos,… y también todo el cariño que conlleva que estés dispuesto a hacer una Robertada por esa otra persona.

Una Robertada es algo muy dulce, termina con tu nombre y una salida silenciosa, una salida cargando con cuidado tu baúl; al fin y acabo es lo más valioso que tienes, eres tú, lo más valioso de ti está ahí dentro. Y aunque quizás sueñes con que te sigan, con recibir una contestación, no lo hagas con ese fin, porque probablemente nadie saldrá tras de ti o puede quizás que no sea capaz de interpretar tu mensaje.

http://https://www.youtube.com/watch?v=O_d39aUXa2o

Isabel Coixet, en su película Cosas que nunca te dije, retrata una preciosa y triste Robertada. En ella la protagonista le manda un video a su expareja explicándole como se siente días después de que él le comunicara que la dejaba por otra chica.

Una vez un amigo me dijo que se sabía todas los olores de los kleenex del supermercado, me pareció una metáfora lindísima para explicarme que estaba hecho una mierda. En Costa Rica una noche de sábado una amiga acabó con una botella de tequila coreando entre tristezas la maravillosa discografía de Chavela Vargas; y en Guatemala me topé con otro lindo corazón roto que por medio de cocinar pizza apaciguó la tristeza. Aquella noche de cocina elaboramos una lista de las mejores películas sobre el desamor, fue otra manera de contribuir a la causa, si de algo sirve el cine es para hacernos sentir que nuestra desdicha es plenamente humana. En el resto de ámbitos apenas nunca se habla de amor, parece un tema renegado para el arte, es el único que logra atender cual doctor/a a todos los pacientes de amor (en todos sus grados, facetas y diversidades).  El resto de áreas, incluidas las puramente humanas y cotidianas como son tomar un café, evitan abordar el amor, limitándolo a chistes, cotilleos o impulsivos planes de fiesta para evitar la tristeza. El amor o la tristeza no es un tema para el que se nos haya educado a hablar, es un tema para la mitología, los libros o las historias ajenas, pero no para compartirlas, de ahí quizás el tabú sexual y emocional que arrastra consigo. Nadie se ausencia del trabajo una semana porque tiene desamor; la gente tiene gripe, malaria o virus estomacales, pero no un corazón roto. Desde el aspecto intelectual, se suele abordar el mismo desde una mirada posmoderna ligada a la crítica de las expectativas del amor romántico. Se pone en reflexión la monogamia, la fidelidad, entre en juego el poliamor, la libertad dentro de las parejas, los tríos, el sexo pasa a ser mucho más carnal que emocional, el feminismo cuestiona los roles…y todo se pone en debate para zarandearlo, mientras, en silencio, el cerebro y las hormonas hacen de las suyas para rebatirnos en una constante lucha por saber qué es lo que realmente deseamos o anhelamos para nosotrxs mismxs.

http://https://www.youtube.com/watch?v=OanOkaXRvoM

Quizás en el mundo solo hay un sitio donde el desamor tenga un hueco en la sociedad, y ese lugar es México. Tequila, cantinas y rancheras para un corazón roto. La gran Chavela Vargas, de origen costarricense pero afincada en México, es siempre una buena opción para abrir la botella.

Una relación nunca será perfecta como nos contaron, posiblemente será muchísimo más imperfecta. El cine, los libros, las canciones o las relaciones ajenas nos pueden servir como modelos para alimentar nuestra fantasía, nuestra imaginación, pero no deberían ser las guías de nuestras vidas, pues la historia que nosotrxs creemos será única e irrepetible, al igual que ese instante y al igual que nosotrsx mismxs. No hay un modo de enamorarse, de quererse, sino infinitos de ellos, al igual que hay infinitas formas de que lleguen a su fin. El miedo y las vergüenzas nos impiden muchas veces hacer aquello que realmente deseamos, ellos junto con el deber son los principales enemigos del deseo, y el deseo es la esencia del ser. Cita de Pat en uno de sus muchos email sobre el enamoramiento.

Solo hay que coger una mochila y emprender viaje para toparse con millones de locas historias que te hacen entender que Pat tenía razón, «el ser humano está totalmente chiflado bajo el ojo ajeno pero grandiosamente feliz para aquel o aquella que se deja llevar por si misma».El amor es un caos que quizás requiere de mucha más curiosidad por descubrir y descubrirnos, que de raciocinio por intentar entenderlo.

http://http://www.youtube.com/watch?v=zgcJwRzj6hA

Roberto dejándose llevar por el deseo.

Con mucho cariño para todos los corazones, alegres y rotos, que me han contado sus historias. Por todos esos tazones de ositos de chocolate, chupitos de tequila o noches de películas que he compartido incluso desde la distancia.

Os comparto la improvisada lista de película que surgió aquella noche en Guatemala. Sería divertido ampliarla con muchas más sugerencias, cuantas más mejor, el desamor puede durar más de 25 películas. Se admiten comedias.

  1. La desaparición de Eleanor Rigby
  2. Cosas que nunca te dije
  3. Blue Valentine
  4. 500 días juntos
  5. Todas las canciones hablan de mi
  6. Her
  7. The romantics
  8. Obvius Child
  9. Alabama Monroe (2014)
  10. La vida de Adele
  11. 10.000 kilometros
  12. Declaración de guerra
  13. Revolutionary Road
  14. An education
  15. La vida de los peces
  16. Begin again
  17. Olvídate de mi
  18. Los amantes del círculo polar
  19. El último beso (versión italiana)
  20. Annie hall
  21. Take This Waltz
  22. El Amor: Primera Parte” (2005) de Alejandro Fadel
  23. Te doy mis ojos
  24. Mademoiselle Chambon (Stéphane Brize 2009)
  25. Antes del anochecer (ver antes Antes del Amanecer y Antes del atardecer)
Dibujo texto Hacer una robertada. Una profesora pregunta ante sus alumnos a quién no le han roto el corazón.

La Bestia

La Bestia

Hay un pequeño pueblo, en el este de México, en el que habita un grupo de mujeres que cada día, desde hace veinte años, pasan las horas entre fogones escuchando el sonido de las vías del tren a la espera de la llegada de La Bestia. Ese grupo de mujeres, con delantal y rollizos brazos, se hacen llamar Las Patronas.

La Bestia a la que esperan es un tren de mercancías que cada día recorre México, desde el sur en su frontera con Guatemala, hasta el norte bordeando con Estados Unidos. Lo particular de ese tren de mercancías es que, en sus soportes, entre los huecos que quedan entre vagón y vagón, sobre la azotea de los contenedores que resguardan cargamentos de maíz, cemento o minerales, cientos y cientos de inmigrantes, en su mayoría centroamérican@s, cada día, y durante décadas, se suben a sus lomos con la esperanza de cruzar invisibles todo México y poder llegar así hasta la frontera con la tierra prometida.

Es a orillas de esa vía, en un pequeño tramo de esos 5.000 kilómetros de recorrido, que existe, perdido entre una arboleda y desértica tierra, ese pequeño pueblo en el que habitan Las Patronas. Ese grupo de señoras que con cada amago de sonido en las vías, con cada pitido en la lejanía, salen cargadas con bolsas de comida, agua y ropa para lanzarlas a un tren que pasa sin detener su paso y que viaja cargado de caras escondidas que solo se hacen visibles a los gritos de “¡comida, comida…!”

Llegué a Las Patronas gracias a Mariana y su inquebrantable perseverancia en hacerme feliz cuando la visité en Ciudad de México, por lo cual le estaré siempre muy agradecida. Yo había escuchado hablar de Las Patronas hace muchos años por medio de un documental. Soy muy mala memorizando cosas, pero el nombre de La Bestia y las terribles historias que en él se contaban se me grabaron en la mente. Fue durante mi estancia en México, tomando una noche una Coronita con Mariana en el DF, que de nuevo La Bestia cobró vida. Mariana, conocedora de todo lo que se cuece en México sobre ámbito social, conocía de cerca a La Bestia y más concretamente el trabajo de Las Patronas, y cuando tras nombrarlas le pregunté si sería posible ir a visitar el proyecto, ella contestó un dulce “vamos a intentarlo”.

Llamó y llamó buscando encontrar un contacto durante días; y finalmente, casi por obra del universo, localizó un número telefónico y al otro lado del teléfono respondió Norma, la cara más pública de Las Patronas. Al día siguiente, tras variar todos mis planes de ruta, y tras seis horas de autobús y media hora de solitario taxi cruzando polvorientos caminos, llegué a las afueras de una colorida casa situada al costado de esas famosas vías.

En el interior del patio de la casa encontré a tres señoras sentadas bajo el ritmo que otorga la tarde y el calor. Tenían un ojo puesto en una telenovela que emitían por la tele en ese momento. Supuse, sin presentaciones, que ellas eran integrantes de Las Patronas. En ese momento apenas me preguntaron nada, simplemente se miraron y entre un código interno que parecía decir algo así como: “La española que venía hoy. ¿la atiendes tú?”, una de ellas me indicó que metiera la mochila en una habitación contigua y me sentara allí con ellas. Lo hice sin saber muy bien qué debía esperar; ante lo cual opté por no esperar nada y limitarme a observar, entre ello, la telenovela.

Pasado un tiempo prudencial, y ante mi propio desconcierto de sentirme perdida ante aquel silencioso y somnoliento escenario, no pude evitar preguntar lo que supongo que todas las personas preguntan cuando llegan a esa casa: “disculpen, ¿cuándo pasará el tren?». Una de Las Patronas, mientras fregaba la taza del café, y como si de una respuesta automática se tratara me dijo sin hacerme mucho caso. “Tranquila, al tren se le espera. Nunca se sabe cuándo pasa, a La Bestia sólo se le espera”. Es pues que sentadas en aquel patio continuamos esperando. Esperamos hasta incluso llegada la noche, pero ese día el tren nunca pasó.

La bestia no tiene horario, al fin y al cabo es un tren de mercancías que sale cuando todo su cargamento está listo. Hay veces que pasa por la mañana, otras veces por la tarde, o puede que ese día haga retumbar las paredes por la noche. Tal vez pase una o quién sabe si varias veces en un mismo día, puede incluso que vayan inmigrantes encima de sus impenetrables vagones de mercancías, o puede que no asome ninguna cabeza. Todo es un misterio alrededor de La Bestia, solo la llamada de una de las personas que trabaja en un albergue de acogida para inmigrantes, situado a tres horas de allí, parece apaciguar esa incertidumbre diaria. Esa llamada les informa de cuando el tren ha pasado por allí y cuánta gente iba subida, más o menos, sobre sus lomos. Gracias a ese contacto telefónica pueden organizarse y calcular cuanta comida preparar para cuando horas más tarde el tren pase por allí. Un cálculo que muchas veces se desborda con la realidad.

Las Patronas se pasan las horas en esa casa esperando que suene ese teléfono fijo situado en una de las habitaciones continuas al patio. Esperando esa llamada están todos los días del año; da igual si es festivo o no, si es domingo, navidad o un día de mucha lluvia, siempre una de ellas estará de guardia en aquella casa para avisar al resto si suena el teléfono. Allí pasan el día preparando ollas con arroz y frijoles, empacando la comida en bolsas de plástico, rellenando botellas de agua, organizando víveres, bolsas con ropa, o clasificando panes salados entre los bollos dulces que les dona una panadería de la ciudad cercana. Allí estarán hasta las diez u once de la noche, hora límite para salir a las vías del tren. A partir de entonces el tren aumenta la velocidad y en plena noche es demasiado arriesgado lanzar nada; peligroso para ellas por intentar dárselas y para l@s inmigrantes por intentar cogerlas.

Al cerrar la noche Las Patronas lo recogen todo y, como si de la clausura de un taller se tratara bajan la persiana y salen de vuelta hacia sus casas. Lo hacen a pie, arrastrando por el camino de tierra unos pies que por el ritmo y la oscuridad de la noche parecen estar sumidos en un profundo agotamiento. Un cansancio que pese al mismo, no les deja dormir más allá de las cuatro de la madrugada cuando vuelve a empezar el día.

Las Patronas se van turnando con jornadas de un día completo de responsabilidad. El resto de señoras, doce en total, si pueden, se acercan en horas de apoyo, pero sin obligación. De ese modo pueden compaginar su involucración en Las Patronas con atender a sus familias, algo que no pueden desatender. En su mayoría son mujeres de mediana edad, que si bien cada una tiene su historia particular y su encanto, todas ellas están impregnadas por esa perseverancia y dureza que solo parecen tener las mujeres de antes, incluida mi propia madre. Son de esas mujeres que cuando las observas limpiar las cacerolas tienen un brío y una energía de la cual tú te ves desposeída; esas mujeres que han nacido con una resignación que admiras con cariño pero que rezas por no haber heredado; que son capaces de sostenerlo todo: la familia, las casas, los maridos, las terribles historias de l@s inmigrantes, e incluso los dolientes constipados, que las tambalean pero nunca las derrumban. Pertenecen a ese grupo de mujeres que son capaces de levantarse a las 4 de la mañana para prepararles el almuerzo al hijo, cuidar a los niet@s, prepararle la ropa al marido, dejar la casa lista y luego llegar dispuestas a preparar ollas de arroz y empacar comida hasta las once de la noche mientras dormitan exhaustas si se permiten a sí mismas sentarse apenas diez minutos a ver la telenovela. 

Cuando llegaba la noche y Las Patronas marchaban a sus hogares aquella casa no quedaba vacía. En esas fechas vivían allí tres chicos, los tres eran inmigrantes que iban rumbo a Estados Unidos pero que por el destino, el universo, o quizás la propia vida sin más magia que ella misma, habían acabado en esa improvisado hogar. Una casa que servía como centro de acogida y de parada para recuperarse de esa dura travesía, y también como hospedaje para los voluntarios que llegábamos por allí. Fue con ellos tres con los que cenaba y convivía cuando todo el mundo marchaba y llegada la solitaria noche.

Entre los vasos de leche de antes dormir, fue que descubrí como habían llegado hasta allí. A Nelson, un hombre nicaragüense, una noche, mientras dormía a la intemperie en una camino solitario rumbo a Estados Unidos, le picó un bicho en el brazo y casi lo pierde de la infección. A raíz de un cura que lo atendió con fuertes fiebres fue que llegó a contactar con Las Patronas. De Jimmy, un chico hondureño que era tremendamente amable, nunca supe la causa exacta de su presencia en la casa; y del muchacho guatemalteco, tampoco. De este último ni siquiera llegué a saber su nombre porque apenas hablaba, según me contaron el resto, lo asaltaron en el tren y lo tiraron en marcha. Al caer se clavó un hierro en el pie y por ese motivo andaba cojeando silenciosamente por aquel patio. Por su mirada perdida y sus profundos silencios supuse que el susto y el miedo a seguir, o quizás de abandonar y volver a casa con las manos vacías, le atormentaban mucho más que ese hinchado pie.

Los cuatro éramos los guardianes del lugar cada noche, cuando Las Patronas se marchaban nos apropiábamos del envejecido sofá y con el cariño de ser ellos los lugareños me ofrecían aquel vaso de leche mientras veíamos en la tele alguna serie o película, esta vez, del género de acción.

Una de esas noches, entre paso y paso de canal, nos quedamos viendo las noticias, y justo entonces pusieron un reportaje de la guerra de Siria en el que se veían unas imágenes de muchas familias refugiadas andando por vías del tren cruzando por Alemania. Fue entonces que Nelson dijo “allí también emigran por las vías”. Nadie añadió nada más, pero pensé que tanto se asemejaba el mundo aunque nos parezca lejano.

Durante los cuatro días que pasé en Las Patronas vi pasar La Bestia cuatro veces, la primera de ellas fue a la tarde siguiente de mi llegada. Estábamos allí sentad@s y de pronto alguien vaticinó que venía. Yo apenas escuché nada, pero tod@s lo afirmaron tras tres segundos de silencio, tiempo suficiente para que todas las personas allí presentes entraron en acción.

Nelson y Jimmy dejaron sus actividades de carpintería barnizando la mesa del patio, y junto a Las Patronas allí presentes ese día, salimos rumbo a las vías con las cajas preparadas con bolsas de arroz, frijoles, panecillos, mantas, chaquetas,…; todo ello junto a una destartalada carretilla llena de botellas de agua que simbolizaba uno de los grandes inventos de esas curiosas mujeres. Las botellas, que se encargaban de recoger a modo de reciclaje por los pueblos de alrededor, las lavaban y rellenaban de nuevo en la pila de la casa. Una vez listas, las ataban de a tres por la zona del tapón con un largo cordel para que fuera más sencillo lanzarlas y que la otra persona pudiera cogerlas (véase en el dibujo).

Esa tarde salimos corriendo de la casa rumbo a las vías y allí nos situamos esperando que llegara el tren, que aún no alcanzaba a ser visto en el horizonte. Fue entonces, cuando toda la acción del momento llegó a la espera, que me quedé completamente bloqueada. Siempre me han dado respeto los trenes, pero ese en particular me sumergió en ese instante en el más puro terror. Sabía por las historias que contaban Las Patronas que si te ponías muy alejada con las bolsas enganchadas podías ocasionar que el o la inmigrante perdiera el equilibrio y se cayera del tren; lo cual podía acabar con su vida o provocar una amputación, como había casos. Por otro lado, temía acercarme demasiado y que por algún tirón con alguna de las bolsas fuera yo la que perdiera el equilibrio y el tren me absorbiera; al fin y al cabo era un tren de mercancías que no tenía intención de detener su paso. Fue en ese instante de pánico que miré a Nelson y acercándome le dije, casi a modo de susurro, como si fuera un secreto profundo que sabes que no puedes ocultar porque estas temblando. “Tengo mucho miedo Nelson. Estoy aterrada, no soy capaz de hacer esto”. Él, con una gran sonrisa, me cogió una bolsa y susurró uno de esos “tranquila” que llegan a tiempo. “Colócate justo aquí, y pon el brazo firme hacia arriba, como yo lo estoy poniendo, ¿lo ves? Lo más importante de todo es que tengas las piernas abiertas para que tengas apoyo y no pierdas el equilibrio, eso es lo más importante”. Le imité bajo su supervisión y tras dar su aprobación añadió: “Estate tranquila, si no puedes entregar las bolsas yo estoy cerca y te ayudo a dos manos con tu caja, tranquila”.

Estuvimos allí esperando varios minutos, pero el tren no llegaba. Poco más tarde una de Las Patronas más alejada empezó a gritar “se ha parado en la curva, se ha parado en la curva…”. Nelson me miró y me dijo: “coge tu caja y corramos. Está parado en la curva, vamos a la camioneta”. Fuimos corriendo a la casa y cargamos todo en la camioneta. Norma es la única de Las Patronas que sabe conducir, se sacó el carnet hace diez años, fue un acto que la condenó a ser la chófer de los cientos de recados diarios, pero que a su vez empoderó el proyecto y a todas ellas como mujeres. Gracias a que Norma estaba aquella tarde fue que pudimos dirigirnos hacia la curva de la vía en la que estaba el tren. Fue ella quien tomó el timón de la situación y arrancó mientras el resto nos subíamos haciendo equilibrios entre todas las cajas. En mi imaginario, Las Patronas eran todas señoras enmarcadas bajo el patrón de amas de casa campestres ataviadas con delantales y zapatillas de tela; y de repente ahí estaban, saltándose todas las normas habidas y por haber en circulación mientras derrapaban sentadas en la repisa de la parte de atrás de la camioneta por aquellos caminos polvorientos.

Llegamos con bocinazos incluidos para llamar la atención. Paró al costado del tren y conformé alguien se percató de que eran ellas, las famosas señoras que dan comida a La Bestia, decenas de inmigrantes empezaron a salir de entre los vagones y a bajar de los lomos de los contenedores para coger bolsas de comida y ropa de abrigo. Mi tarea improvisada en aquel instante fue dar las botellas de agua desde la camioneta. Estaba petrificada, todo era a contrarreloj, en cualquier momento podía emprender de nuevo vieja aquel tren y a su vez todo el mundo acudía por aquellas bolsas de comida, agua y ropa dando gracias infinitas cada vez que les llegaba algo, era una sensación que hubiera sobrecogido a cualquiera. En uno de esos instantes un muchacho se acercó y nos dijo “vayan al final del tren, hay niñ@s, hay niñ@s. Lleven comida al final del tren”. Una de Las Patronas me dio bolsas para que acompañara corriendo al muchacho. Fuimos bordeando las vías intentado llegar hasta el final, pero antes de llegar el tren lanzó un estruendoso pitido dando señal de que se ponía en marcha, solo había sido una parada de cambio de vía. El muchacho se subió al espació existente entre los dos contenedores más cercanos, haciéndose un hueco entre las muchas personas que allí estaban. Subido arriba me dijo: “Démelo. No se preocupe, yo se las hago llegar por encima del tren”. Se las di, y rápidamente corrí para resguardarme a un costado de las vías La Bestia emprendió de nuevo su marcha. Al final del último bajón, entre el hueco del último contenedor, vi sentados a una familia con varios niñ@s.

De las otras tres veces que vi pasar La Bestia nunca más paró en esa curva, el resto de veces siempre pasó normal, sin detenerse. Fue entonces que descubrí que una de Las Patronas siempre se ponía alejada, al principio de la vía, se ponía allí con una bolsa. Era una bolsa de comida especial para los conductores. Así bajaban un poco la velocidad.

De esas otras tres veces que pasó La Bestia creo que solo llegué a lanzar una bolsa, Nelson asumió toda mi carga. Yo me quedaba petrificada, por lo que disimulaba acercándole las bolsas de comida a él por detrás para que fuera el quien a dos manos las hiciera llegar. Aprendí con creces que soy más frágil, miedosa y humana de lo que me creía.

En esos siguientes trenes no hubo tanta gente, apenas treinta o cuarenta personas, a diferencia de las centenas que se registraban años anteriores. Hasta hace apenas un año ese tren era considerado la mejor ruta entre el submundo de información de los ilegales; si bien estaba plagado de historias de terror capaces de hacer temblar al más o la más valiente, subirse a ese tren era el mecanismo más rápido para cruzar el inmenso México y evitar los puestos de control de inmigración de la policía.

Dada la gran llegada de indocumentados a la frontera con Estados Unidos, Estados Unidos se quejó a México y le exigió que éste aumentara sus medidas de control, lo que pasó a denominarse El Plan de la Frontera Sur. Una petición que, según diferentes organismos de derechos humanos, lo único que buscaba es que Estados Unidos dejara de quedar mal ante los medios internacionales dando él con el mazo en la frontera a todo aquel que se acercara, por lo que hizo petición directa a México para que fuera este quien lo hiciera.

Debido a los intereses y presiones políticas entre ambos países, México aceptó, y aumentó con firmeza los controles en sus Fronteras Sur con Guatemala para impedir que l@s inmigrantes indocumentados procedentes en su mayoría de Guatemala, Honduras y El Salvador pudieran cruzar por México. Esta medida que se parece mucho a la que tomó España con Marruecos al pedirle a éste último que aumentara su fuerza y que no llegaran inmigrantes a la vaya con Melilla, ha sido aplaudida socialmente muchas veces en los países receptores al percibir el descenso de minutos en los telediarios dedicados a la inmigración; sin embargo, tiene en contraposición una realidad mucho más crítica que pide a gritos plantear el problema desde su origen y no desde las murallas fronterizas, porque que la gente no llegue a las murallas no impide que mueran por el camino.

La última tarde que estuve en Las Patronas cayó un aguacero de agua y se fue la luz. El cielo ya estaba de noche y allí, entre idas y venidas de electricidad, pasamos la tarde tomando café con leche bien caliente y mojando muchas galletas María mientras escuchábamos la tormenta caer. Fue bajo esa misma lluvia y con la olor del café recién hecho que llegaron dos inmigrantes; lo hicieron con apenas una hora de diferencia entre ellos. Uno era un chico del Salvador de veintiséis años y el otro un chico hondureño de veintiuno, ambos llegaron empapadod. Los dos sabían de Las Patronas de oídas, llegaron hasta allí buscando una ducha y un colchón donde pasar la noche resguardados.

Una vez conocí un inmigrante en España que me dijo que durante su primer año, acogido en casa de un familiar, siempre se desplomaba en lágrimas mientras se duchaba. Me pregunté cuántas personas habrían roto a llorar en las duchas de aquella casa, me pregunté cuando los vi dirijerse a los baños con una toalla limpia y ropa seca si ellos también lo harían. 

Fue mas tarde, con el café con leche y las galletas, que entablamos las primeras palabras. El chico del Salvador de veintiséis años era la tercera vez que viajaba rumbo a Estado Unidos, la primera vez que lo hizo fue a la edad de trece años y lo hizo solo. Para cruzar esa primera vez el desierto fronterizo entre México y Estado Unidos lo hizo por medio de un Coyote, una persona que a cambio de mucho dinero te ayuda a cruzar la frontera a modo de guía, andando una primera parte y luego en furgoneta. Al poco de cruzar la frontera, y con todo el desierto por delante el chico salvadoreño, de tan solo trece años por aquel entonces, le dijo al Coyote que se paraba, que no podía más, que estaba agotado. El Coyote le abandonó en el desierto y prosiguió con el resto del grupo. En realidad no estaba cansado, dice que le mintió porque no tenía los 2.500 dólares que debería de haberle pagado al Coyote una vez llegaran a su destino, y temía las represalias. Aquella vez logró milagrosamente cruzar el desierto el sólo con apenas trece años.

Sobrevivió los siguiente cuatro años limpiando platos en una ciudad del sur de Estados Unidos, pero sin apenas con opción a ahorrar porque el sueldo de niño no le permitía. Fue al cuarto año que se volvió a casa, regresó a El Salvador. Se sentía solo y echaba mucho de menos a su familia. Apenas estuvo tres años de nuevo en casa y tuvo que volver, era el hijo mayor de una madre soltera con tres hermanas más y no había trabajo. Volvió a cruzar todo México y la frontera solo, pero esta vez lo hizo con la firmeza de que ahorraría mucho dinero.

Esta vez llegó, y se fue a vivir por un amigo al estado de Nevada y allí consiguió trabajo en un restaurante chino. Trabajó durante casi dos años de lunes a domingo, de nueve de la mañana a diez de la noche, con alojamiento incluido proporcionado por el jefe chino. Logró ahorrar cada mes 2.100 dólares, pero un día su cuerpo ya no pudo más y enfermó. Decidió volver a casa con todos sus ahorros para quedarse definitivamente con su familia.

Llegó de nuevo a su pueblo con veintitrés años y un fuerte saco de ahorros para construirse una vida. Compró un pequeño terreno; edificó una pequeña casa; ayudó a su madre y sus hermanas; conoció a una chica; se casó; con los últimos ahorros se compró una pequeña parcela muy cerca para cultivar; y ante la espera de la lluvia nació su hija. La lluvia no llegó y las cosechas se secaron, solo los cafetales parecían sobrevivir a la sequía pero no darían cosecha hasta que crecieran tres años más tarde. Cada noche el insomnio por la supervivencia y la sequía le acompañaba, y así fue que una mañana se levantó y sin haber dormido le dijo a su mujer, con la que apenas llevaba un año y medio casado, que se marchaba a Estados Unidos para poder mandarles dinero desde allí a ella, a su hija de seis meses y a su familia.

Las veces anteriores había tardado en cruzar todo México quince días; esta vez llevaba veintidós y estaba ahí, en Las Patronas, aún por el sur de México y muy lejos de la frontera. Calculaba conseguir cruzar todo México esta vez en 90 días. Le pregunté si había hablado con su familia. Me contestó que hasta que no cruzara la frontera no intentaría localizarles. «¿Por qué esperar hasta tanto?» le pregunté, insistiendo por mi parte en que era ilógico. “Les preocuparas si no te comunicas. Tu familia te calculaba dieciocho-veintidós días de viaje no noventa, se angustiarán”. Sin embargo, para mi sorpresa, me contestó con firmeza en su determinación pese a mi insistencia. Terminando el café, y supongo que también tuvo mucho que ver la lluvia, añadió: “No quiero escuchar sus voces. Me frenarían. Anoche dormí debajo de un árbol en plena tormenta. Soy afortunado porque no me han asaltado aún, a casi todas las personas que he conocido las han asaltado en algún momento y a mi aún no, y eso también me da miedo. Hay multitud de controles, me he tirado del tren en marcha y hace apenas una semana viajando en furgoneta me salí de ella porque vi a lo lejos un control. Ahora todo el camino es caminando, y temo tanto a los controles como a los asaltos. Cada día pienso en esa llamada desde Estados Unidos, es lo único que me da fuerzas. Si llamo antes y escucho a mi mujer pedirme que vuelva o el sonido de mi hija, no sé si seré capaz de seguir”. Dejé de insistir y me puse a remover el poco café con leche que me quedaba. La historia del chico hondureño de 21 años tampoco era mucho mejor.

Entendí a Las Patronas después de aquel café, sólo yo les pregunte entre galletas María a aquellos dos muchachos por sus vidas. Si bien al principio me parecieron muy serias con todo aquel o aquella que llegaba, incluida yo misma, después de esas conversaciones lo entendí; no eran serías, simplemente se protegían. Todos los días convivían con historias igual de duras, todo el mundo iba y venía en aquel lugar, y ellas quedaban allí sin más noticias. Cuidaban a toda persona que llegaba con cafés, vendas, medicamentos, platos de comida, ropa y camas relucientes; pero se cuidaban mucho en saber sus historias personales. Hay historias que pueden quitar el sueño durante mucho tiempo.

La ruta establecida de La Bestia había dado lugar a albergues, centros de asistencia jurídica, ONGs organizadas y mecanismos que trabajaban con inmigrantes formados en experiencia para intentar protegerles como era el casao de Las Patronas. Sin embargo, con el nuevo Plan de la Frontera Sur, esa ruta estaba pasando a ser custodiada por la policía migratoria. Era la respuesta fácil hacia la petición de mano dura de Estados Unidos, la mayoría de inmigrantes durante años se habían subido a ese tren, habían hecho esa ruta.

Una medida política que según sectores del ámbito social no había hecho descender el flujo migratorio, sino que habría empeorado las condiciones del mismo, aumentando a niveles muchos más elevados las desapariciones de inmigrantes en ruta y la vulnerabilidad de l@s mism@s. Debido a su estatus de indocumentados y falta de familiaridad con sus propios derechos a l@s inmigrantes se les identifica como blancos fáciles para el acoso, abuso de mafias y tratos corruptos. De acuerdo a un artículo de 2012 se cifraba que “El ochenta por ciento de los inmigrantes que intentan llegar a Estados Unidos serán asaltados o robados y un sesenta por ciento de las mujeres inmigrantes serán violadas” (véase artículo). Las Patronas daban fe de ello, ya apenas subía gente en comparación a unos años atrás, La Bestia se había visto sustituida por caminos secundarios nuevos, mucho más lentos y también más peligrosos. De ahí que, como ese chico, se pudiera prolongar la travesía alrededor de noventa días.

Dentro de mi mochila azul, escondido en un pequeño hueco, llevaba un frasco de cristal con aceite de oliva durante el viaje, me encanta desayunar pan con aceite. Cada mañana, estando en Las Patronas, me hacía mucha gracia cuando al tostar el pan yo me decantaba por rociarlo con un chorrito de aceite en vez de otra cosa, todxs me miraban con cara de “está comiendo aceite crudo, que cosa tan horrible”. Yo me reía y les ofrecía a probar mientras les decía, “me salen los frijoles por las orejas, no puedo desayunar más frijoles”. Muchas veces se tiene la idea de que l@s inmigrantes admiran y sueñan con vivir una utopía de nuestras vidas al más puro estilo sueño americano; después de conocer de cerca un poco más ese mundo no creo que nadie de esas personas esté dispuesta a subirse a ese tren, a una patera o jugarse la vida encima de una alambrada en busca de aceite o de ninguna de nuestras costumbres. Creo que se juegan la vida por intentar mejorar las suyas propias, porque lo que dejan atrás es un entorno demasiado duro para ni siquiera luchar por sobrevivir. Quizás, como para aquel chico, su sueño americano sea en realidad uno más sencillo, como tocar a las puertas de aquel restaurante chino para ahorrar y volver a casa.

El día de mi partida también tenían previsto marchar el muchacho de veintiún años caminando hasta la ciudad más cercana y el chico salvadoreño esperaba a la siguiente Bestia para intentar subirse a ella en marcha y proseguir ruta. En plena noche, sin aún despuntar el sol, yo fui la primera en marchar. Salí dirección a Ciudad de México para volar por la tarde a Colombia donde proseguía con mi viaje. Jimmy y Nelson salieron a despedirme aquella madrugada; compartir noches en aquel lugar unía mucho. Me despidieron adormilados, me sobrecogió enormemente que se levantaran en plena madrugada a decirme adiós. Me deseáron entre abrazos que tuviera muchísima suerte en mi viaje, yo les desee lo mismo aún sabiendo que su aventura era millones de veces más dura que la mía y poco tenían que ver. Con el último abrazo antes de subirme en el taxi les pregunté a cada uno la contraseña, y ambos como si de un examen se tratara, me dijeron “Una maleta de Pulgas”. La noche anterior habíamos hecho un trato, si alguna vez necesitaban algo, fuera lo que fuera, tenían que buscarme por medio esta pagina, fue lo único que se me ocurrió ante personas que no tiene móvil y ni siquiera macuto de viaje. Les dije que allí me encontrarían y también les dije que os encontrarían a vosotr@s. Quizás algún día escriban, ojalá sólo sea para saludar.

Aguascalientes

Dibujo texto Aguascalientes. Una niña se asoma por un baúl, a su alrededor libros amontonados hay libros, un osito de peluche, una cámara de de cine...

Aguascalientes

Descubrí parte de Ciudad de México de la mano de Mariana; una buena amiga mexicana con la que compartí clases en Bilbao y que junto a su pareja Ánder me recibió, esta vez en su casita mexicana, con una buena olla de lentejas y un acogedor sofá en el que dormir y pasar largas horas hablando. Una mañana de sábado, con el único plan que el de pasear, perdernos y comer deliciosa comida mexicana, Mariana y yo llegamos caminando a la Biblioteca José Vasconcelos. Era una biblioteca lindísima que por suerte, y el encanto característica de lxs mexicanxs, acabamos explorando de la mano de lxs propixs trabajadxs quienes, cargados de entusiasmo, nos guiaron por el lugar explicándonos las leyendas literarias de ese acogedor rincón del inmenso DF.

Entre las diferentes salas se encontraban las bibliotecas personales de varios escritores de renombre de la literatura Mexicana, hecho que fascinó a Mariana. Me hubiera encantado sentir ese mismo entusiasmo que sentía ella por descubrir ese inmenso baúl secreto de varios de sus autores predilectos allí conmemorados, adentrarme plagada de curiosidad entre los libros y más libros que durante toda su vida aquellos escritores de renombre habían leído y acumulado; pero sin orgullo diré que no conocía a ninguno de ellos, por lo que la curiosidad se dirigió más por descubrir sus propias obras que a sus influencias allí guarecidas.

En ese caminar lento entre estanterías plagadas de libros tuve la sensación de ser una gran cotilla, ni siquiera conocía a ese escritor y ahí estaba yo curioseando entre mis manos el libro que le había mandado su buen amigo Gabriel García Márquez con cariñosa dedicatoria incluida; me sentía como una pequeña intrusa observando las pertenencias ajenas sin ni siquiera ser capaz de saber valorarlas. Leyendo algo tan íntimo como aquella dedicatoria fue que pensé en mi baúl, en mi colección de cosas sin importancia para el mundo, pera tan íntimas para una misma.

Pensé en mi colección de carpetas musicales con títulos absurdos pero profundamente comprensibles para mí; en mi estantería de libros, algunos de ellos también con dedicatoria pero en ese caso de alguien que pensó que ese libro me encantaría y lo compró y dedicó sin pluma; pensé en mis libretas del colegio plagados de garabatos que siguen cuidadosamente guardadas acumulando polvo en el trastero; o en el cuaderno de notas que me acompañaba durante el viaje, lleno de listas, dibujos y momentos ligados a un bolígrafo cual pequeño diario. Pensé en mis comidas favoritas; mi mono vaquero que esta desgastado de tanto ponérmelo; en los cientos de cartas, postales o emails que he mandado; pensé en esa colección imaginaria de películas que me encantan; y tras hacer un breve repaso mental llegué a la conclusión de que no me gustaría tener nada de esas pequeñas cosas expuestas públicamente, mucho menos mi lista de películas.

Si mi lista de películas favoritas hubiera estado compuesta por títulos como: Ciudadano Kane, El acorazado Potemkin, 2001: Una odisea en el espacio,  Metrópolis, Casablanca o Los santos inocentes con gran orgullo la hubiera expuesto desde adolescente sin ninguna vergüenza; pero si bien todas son grandes obras de la historia del cine ninguna nunca ocupó un sitio destacado en mi lista de Películas que me encantan; porque hay que diferencias seriamente entre Películas buenas y Películas que te encantan, ésta última suele ser mucho más mediocre y personal, y suele ir acompañada de recuerdos, algunos justificados con Nocilla y otros por simple placer adulto. Nunca me avergoncé mucho de mis gustos, en muchas de mis películas favoritas hay un fuerte contexto familiar; pero aprendí que algunas veces ocultar nuestras pasiones nos puede ayudar a no mostrar nuestra humana y vergonzosa vulnerabilidad, y de ese modo, sin comentarios ajenos, es mucho más sencillo disfrutar en silencio y con un buen paquete de patatas fritas si no nos gustan las palomitas, de esa mediocre pero maravillosa película que tanto nos gustaba. Entre mi colección secreta de Películas que me encantaban, y cuyos títulos muchos no me enorgullecería predicar porque no hubieran encontrada el perdón de la sociedad, se encontraba una que marcó seriamente mi viaje a México.

Cuanto tenía nueve o diez años, expongo la edad como medio de justificación, una tarde de verano mi madre llegó a casa con una película alquilada del videoclub, llevaba por título Solo los tontos se enamoran. Se trataba de una comedia romántica protagonizada por una jovencísima Salma Hayek acompañada del actor que da vida a Chandler en Friends, siempre me gustó mucho Chandler. Como buena película hollywoodiense, y en su infinita gracia por predicar el amor romántico cargado de príncipes azules que persiguen a la chica hasta el fin del mundo tras un profundo malentendido, ésta incluía todo eso pero mejorado; porque la protagonista, tras su firme decisión de alejarse de él aún estando plenamente enamorada porque aparentemente el no la quiere, en su huida decide refugiarse en la casa de su abuela en México, por lo que él tiene que ir a buscarla desde Estados Unidos al mismísimo corazón de Aguascalientes, un pequeño pueblo que según la película resultaba ser encantador, y que a mi me enamoró por completo aquella tarde de verano y todas las tardes siguientes que volví a ver esa película.

Desde entonces siempre soñé con ir a Aguascalientes, e incluso cuando alguna vez en mi vida me topé con alguna persona mexicana, mi conversación siempre acababa conteniendo alguna indagación al respecto del tipo: “Por cierto, ¿qué tal es Aguascalientes? Me gustaría ir allí algún día”, obteniendo como respuesta estándar “¿Aguascalientes? No sé, nunca he estado, México es muy grande”. Una noche de septiembre,estando en Calcuta, un mexicano con el que me topé fue un poco más esclarecedor y añadió “¿quieres ir a visitar a los hidrocálidos?, ¿qué se te ha perdido por allí?, por turismo no será, porque no es una de las zonas más bonitas de México”. Ante esa respuesta, quizás en ese mismo instante tendría que haberme replanteado seriamente ese infantil deseo, pero yo solo contesté cual niña que no quiere que le alteren su sueño si no es para mejorarlo: “¿Siiii?, ¿no es bonita esa zona? (mientras por dentro pensaba, “en la película es preciosa”) bueno, segura que no será tan fea, si algún día voy a México me gustaría visitarla”. Y eso intenté, cuatro años más tarde de esa conversación llegué a México con esa infantil fantasía en un resguardo de mi cabeza.

En un principio la locura no parecía muy difícil, solo había que abrir el mapa, planificar en la inmensidad de México como llegar hasta allí y llamar a tu familia para decirles, por si no te comunicabas en unos días, cual era tu pericia. Aguascalientes aparecía en la guía de viajes, eso ya era muy buena señal, estaba situado al centro-norte del país, no dentro de la zona peligrosa del narco (dato importante) y como gran sorpresa decía que el pueblito en realidad era una ciudad de más de un millón de habitantes y pese a no tener nada turísticamente relevante era de destacar su Museo de Muertos. Estudié y planeé la ruta con cierto toque de improvisación universal, dudé mucho entre ir o no ir hasta el último momento, una parte de mi era muy consciente de que en realidad se trataba de una gran e infantil chorrada, pero finalmente bajo la premisa «más vale arrepentirse por cagarla que no por no intentarlo»y «nunca volveré a estar tan cerca» un sábado me lancé a la conquista de Aguascalientescon la bendición de un clip al salir del portón.

Llegué sin saber realmente que iba buscando. Después de muchas horas de autobús, dos transbordos y un paisaje sin cactus ni riachuelos como en la película mis pies pisaron el soñado suelo de Aguascalientes; con la premisa inicial, nada más bajar bajo un sol abrasador de las dos de la tarde, de buscar un sitio donde reservar para dormir y luego ya indagar más sobre aquel supuesto soñado paraíso.  Al parecer, según Internet y la propia guía de viajes, en toda la ciudad solo había un único hostal, y fue hacia esa dirección apuntada en mi cuaderno que me dirigí cargada con mi mochila y un pequeño mapa que conseguí al salir de la estación de autobuses.

La estación se encontraba a las afueras de la ciudad, así que una amable señora, sin trenzas, me recomendó que la opción más barata para ir hasta el centro era tomar uno de los buses locales que pasaban por allí mismo y subirme en uno que pusiera “Dirección Catedral». Eso fue lo que hice; esperé un autobús, pregunté a varios antes de encontrar el correcto, subí, lo atravesé lleno de gente con mi pesada mochila, me anclé de pie en el final del todo y siendo el centro de todas las miradas esperé hasta llegar a la catedral entre el ritmo de rancheras y la propia ebullición de ser un autobús lleno hasta los topes de gente a las dos de la tarde.

Como estrategia de ubicación miraba por la ventanilla cada poco tiempo intentando vislumbrar la Catedral o alguna de sus torres por algún lado, pero dado que solo veía aceras, mucha gente, coches, semáforos y personas que subían y bajaban del autobús finalmente decidí preguntarle a la señora más cercana para corroborar mi ubicación. Una señora que al igual que la anterior tampoco llevaba trenzas, en aquel Aguascalientes no parecía haber riachuelos, ni burros, ni cactus ni tampoco mujeres con trenza. No fue esa, si no otra señora la que al escuchar mi pregunta me tiró de la mochila por detrás para llamar mi atención y me dijo “bájate en esta, bájate ya que la siguiente parada es al otro lado y es muy lejos para donde tú quieres ir, bájate, bájate”. Así que entre las prisas le di las gracias a ambas señoras y fui empujando las decenas de espaldas que me separaban de la puerta para finalmente con ella abierta lanzarme a la calle con el autobús medio parado en un semáforo. La señora tenía razón, y si bien yo me perdí entre las calles, desde ese punto del mapa el Hostal estaba mucho más cerca.

Llegué a las puertas de hostal veinte minutos más tarde y las puertas que encontré, las encontré cerradas muy cerradas. Me tiré en la acera, en las soñadas, solitarias y calurosas aceras de Aguascalientes para meditar seriamente qué hacer, o simplemente para no morir por el calor y la mochila; y he de reconocer que, en esos instantes de no tener ningún control sobre mi vida, dada mi nueva facilidad para mandar a comer mierda, empecé a despotricar sin miramientos frases del tipo “qué narices se me ha perdido a mí en este Mordor Mexicano… Estoy loca…..Mis padres tenían razón estoy muuuuuy loca….Puto Clip de los huevos….Solo me faltaba apuntarme al horóscopo…”. Si bien despotriqué durante varios minutos, bien tirada en la acera, apenas paré de autoflagelarme pasó un chico en bici que dijo, cual señal divina, sin siquiera detenerse “abrieron otro hostel dos cuadras más arriba” y prosiguió su camino en bici cual apóstol. Me encaminé hacía el nuevo destino con un cierto aire religioso de “gracias a los dioses”, pero cuando llegué, para sorpresa mía, ése hostal también estaba cerrado con un inmenso candado en la puerta, eso sí, esta vez había una nota que decía “salgo un momento, si me necesitan llamen al teléfono…”.

Llamé y solo fui capaz de entender un “ya voy” antes de que colgaran. Cinco minutos más tarde, y yo de nuevo tirada en la acera, apareció un chico joven cargado de alegre tranquilidad. Abrió las puertas del hostal mientras saludaba y rebatía mi suposición de que no había más huéspedes, puesto que sí había gente hospedada me dijo, “un grupo de albañiles que llegan a la noche cada día después de trabajar por una zona cercana”. Acepté quedarme desde un principio, era eso o la nada, pero para sorpresa mía el hostal resultó ser mucho más acogedor de lo fantasmagóricamente esperado. Conformé me lo enseñaba Joselo, así se presentó, y se disculpaba por lo desastrosa que estaba la cocina y el salón de las huellas de una loca noche anterior con sus amigos, fui gratamente descubriendo que pese a las huellas alcohólicas del crimen el lugar era potencialmente un gran hostal.

Por ser la única huésped turista tuve el privilegio de elegir habitación y cama. Me decanté por una gigantesca cama, casi de matrimonio, en la parte baja de una habitación con dos literas y completamente vacía; me sentía en el paraíso, tenía un gran baño y una habitación para mi sola. Fue entonces, mientras dejaba mis cosas y ayudaba a Joselo a poner las sábanas limpias, que él hizo la gran pregunta “¿qué se te ha perdido en Aguascalientes? No suelen venir turistas por acá”. Pensé en decirle que venía desde tan lejos a ver el Museo de Muertos, pero dado el agotamiento y llegados a ese punto le confesé toda la verdad mientras ponía la funda sobre la almohada, era fan de una película. Joselo muy educado, se limitó a reírse  y con mucha curiosidad dijo: “No sé de qué película me hablas, creo que no la he visto ¿sale Aguascalientes?”, a lo que por supuesto contesté “Si” y le expliqué,con actores incluidos de qué película se trataba. Dado que ya era tarde y no había comido nada desde el desayuno, Joselo no le dio más importancia y se ofreció a acompañarme por el pueblo/ciudad para recomendarme un gran sitio para comer y que así me llevara el mejor sabor posible, dado que según mis descripciones el cinematográfico iba a estar muy difícil.

Para sorpresa, incluso del propio Joselo, Aguascalientes me encantó. No era un bello pueblo con gallinas, lagos, señoras con trenzas, ni hombres con sombreros mexicanos bajo cactus y pistolas, pero resultó ser la ciudad más animada y divertida que me había topado en México. Al atardecer las calles estaban plagados de gente; en el parque central había grupos bailando, otros cantando fervientemente con micro y pantallas de karaoke, los más pequeñxs corrían de manera universal y los enamorados se deleitaban a manifestar su amor sin disimulo alguno. En la Catedral, situada en uno de los costados del parque se celebraba aquella tarde una boda multitudinaria, mientras a pocos metros un chico joven tocaba el violín para sacarse un dinero, un grupo de jóvenes practicaba capoeira y en otra de las esquinas un pequeño grupo de percusión enseñaba con publico incluido. Se presentaba como el lugar perfecto para pasar la tarde y saborear un delicioso helado de coco, de la universal heladería/paletería mexicana La Michoacana. Como dato importante y de gran orgullo, el Museo de Muertos, tenía razón la guía, era francamente interesante.

Llegada la noche Joselo y sus amigos me invitaron a unirme a su noche de sábado marcada por el tequila; y fue entonces, bajo el interrogatorio social de “¿qué hace una chica sola en Aguascalientes?” que investigar sobre la película suscitó gran interés. Empezaron a buscar la película por internet y en una de esas, mientras Joselo tecleaba en el móvil, dijo: “¿estás segura que es Aguascalientes? ¿este Aguascalientes?”, “¿este? contesté yo, ¿es que hay otro Aguascaliente en México? pregunté sin querer saber en realidad la respuesta. “Más de diez casi seguro, Aguascalientes es un nombre muy común en pueblos de México, y creo que el que tu buscas no es la ciudad de Aguascalientes si no algún pueblito”; y fue entonces que descubrimos, por medio de un foro de internet (hay mucha gente frikie) y el análisis minucioso de la escena de la persecución de la película en youtube, que el Aguascalientes que yo buscaba en realidad era un pueblito cerca de Tamazula en el estado de Sinaloa, mucho más al norte.

http://https://www.youtube.com/watch?v=pzRsVc4yqbI

Escena Película «Solo los Tontos se enamoran» rumbo a Aguascalientes.

Diré que en realidad casi lo preferí, es un mejor final para esta historia. No sé cómo será el verdadero Aguascalientes pero en el falso bebí tequila hasta las cinco de la mañana, hice grandes amigos y me reí a carcajadas con todos ellos. Era divertido pensar a la mañana siguiente mientras nos mirábamos las caras desgreñadas desayunando Virria (tacos de carne de cordero en salsa con mucho picante), sentados en un mercado a rebosar intentando combatir la calurosa resaca que cada unx de nosotrxs arrastraba, que yo estaba allí gracias aquella alocada película que introduje en mi baúl de pequeña. Una película que me llevó a Aguascalientes aquel día y que algún otro me hará volver de nuevo a México, y entonces tendré que visitarles a todos ellos y juntos ir a conocer el Verdadero Aguascalientes. Promesa de tequila.

Dibujo texto Aguascalientes. Una niña se asoma por un baúl, a su alrededor libros amontonados hay libros, un osito de peluche, una cámara de de cine...

Tiburón

Tiburón

Siempre me ha costado tomar decisiones. Desde pequeña desmenuzaba todas las elecciones en análisis tan minuciosos que finalmente, ante tantas posibles e infinitas variables de pros y contras, siempre acababa optando en depositar esa gigantesca responsabilidad, que es elegir, en el más puro azar. De ese modo, mi historial personal ante decisiones importantes, y no tan importantes, está lleno de: lanzamientos de monedas con cara y cruz; seguimiento de señales divinas como el cruce de una hormiga; elecciones por ordenamiento alfabético de A, B y C; premoniciones de dedo con los ojos cerrados; deshoje de ramilletes y ramilletes de margaritas; susurrantes y efectivas melodías como el pito pito gorgorito; o educados y cotidianos «me da igual». Es por tanto, que no es de extrañar, que a la hora de elegir qué quería ser de mayor los test me vaticinaran un caótico empate entre todas las ramas posibles y que aún hoy, muchos años y tropiezos después, siga sin tener respuesta para ello, más allá de que “feliz» siempre ha sido una respuesta acertada.

Cuando me agobio, porque todo caos genera agobio, en mi defensa me gusta resoplar y pensar que si me viera el carismático e interesante sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman me pasaría su viejecilla mano por la cabezota, y me dejaría resoplar y resoplar sin necesidad de decir nada más. Asumo que más que vivir en lo que el denominó modernidad líquida, yo vivo inmersa en un estado gaseoso repleto de indecisiones y desreglados horizontes sin tierra a la vista. Sin embargo, quiero creer que más allá de mi propio caos, que es mucho, este nuevo horizonte volátil, inseguro y lleno de infinidad de puertas en el que he crecido como ciudadana de un país enriquecido y forjado en los sueños como mapa de ruta, también ha aportado su grano de arena para esta caótica capacidad que tengo de dar largos y tediosos sermones de lo que no quiero, cuando en realidad me resulta imposible definir lo que sí me gustaría.

Viviendo en Costa Rica, una de mis compañeras de trabajo, después de compartir oficina durante un mes y cargar cariñosamente con mis cotidianos «lo que tu quieras» cada vez que me preguntaba qué música poner ese día, me dijo: «Hay dos cosas que tienes que aprender mientras estés aquí, y no se trata ninguna de ellas relacionadas con el trabajo. La primera, y muy importante, es saber DESEAR. Identificar lo que quieres y te gusta. Aprender a mostrar tu deseo sin vergüenza, sin miedo. Y la segunda cosa, más importante aún si cabe, es que tienes que aprender a MANDAR A COMER MIERDA».

Para MANDAR A COMER MIERDA las instrucciones eran bastante sencillas. Si algo o alguien te hace daño -consciente o inconscientemente- tu primera tarea no es intentar justificar, entender o analizar (eso ya vendrá luego); si no parar y mandar a comer mierda. Ya sea al más puro estilo Sofía Loren, como me gustaba imaginarme, o huyendo con discreción y cerrando la puerta tras de ti, como en realidad haría. La moraleja, fuera cual fuera tu opción interpretativa, era saber identificar cuando algo te hiere parar ser capaz de protegerte y evitar por todos los medios comerse la mierda unx mismx.

Por el contrario, el juego de DESEAR resultó ser mucho más difícil de interiorizar. Para ello mi compañera me puso la terrible tarea de que le hiciera un divertido powerpoint explicándole con dibujos todo lo que quería «PEDIRLE AL UNIVERSO» durante mi estancia allí. Yo, reacia a las peticiones divinas y, buena aprendiz de «cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir», me opuse a jugar y nunca jamás hice esa tarea. No obstante, si fui testigo del divertido juego que poco a poco se fue instaurando en la oficina.

Si alguien pedía una nave espacial, a los días aparecía una nave espacial. Si alguien necesitaba dinero para una locura, a los días aparecía un trabajillo para conseguirlo. Si alguien necesitaba que l@ empotraran, a los días aparecía un Empotrador. El juego del universo resultó ser el juego más peligroso y divertido del que jamás he sido testigo, y cuando llegó el día de lanzarme con mi mochila azul sola al mundo, supe que como regalo de aquellos divertidos seis meses en Costa Rica me llevaba conmigo el loco juego de PÍDELE AL UNIVERSO Y VERÁS.

En Nicaragua empecé a interiorizarlo, pero no fue hasta que llegué a Guatemala y conviví con Alu, fan incondicional del juego, y más tarde en México con Pelo zanahoria, que realmente empecé a jugar y saborear, cual niña con barita mágica, este loco poder. Si quería una guía de viajes de Guatemala, el universo me regalaba una guía. Si tenía tupper pero no cubiertos, en menos de dos semanas ya tenía la cubertería completa (Aitor, tengo tu navaja, se quedó en la bolsa de los tomates :P). Pelo zanahoria fue fruto del propio universo, un día pensé «debería practicar inglés, que se me están olvidando hasta los colores» y a los dos días apareció Pelo Zanahoria. Un divertido chico suizo muy racional, que durante los doce días que viajamos juntos chapurreando inglés por México acabó sucumbiendo al juego del universo cual latino embriagado de pasión.

Después de cientos y milagrosos ejemplos, un día aterrizó por sorpresa mi familia en México. Esa primera noche, derrotados por el jetlaj y la emoción del reencuentro, les conté esperando el ferry el divertido juego del universo. Nadie pareció entusiasmarse mucho. Mi padre, mucho más racional que Pelo zanahoria, ponía caras que solo dejaban entrever «¿qué le están haciendo a mi hija por estas tierras?» Mi madre, con esa vena maternal de todo querer justificarlo, parecía mucha más proclive a seguirme el juego. Y mi hermano, sumido en su particular sentido del humor, encontró en esta propuesta todo lo necesario para alegrar el viaje de principio a fin.

Durante el primer día intenté que jugaran, pero resultó imposible; no estaban preparados para la principal norma del juego «dejarse llevar». Era un rebaño demasiado racional y yo una pastora sin milagros convincentes que mostrar, así que el universo tuvo que actuar para dar evidencia del juego.

Dos días más tarde fuimos a hacer una excursión para ir a ver el tiburón ballena, una turistada en toda regla que se rige bajo la idea «nunca más volveré a estar aquí, ¡vayamoooos!». Para ello contratamos la excursión en un hostel juvenil, porque en los hostel juveniles siempre son más baratos. Así que a las ocho de la mañana nos subimos en una lancha en busca del tiburón ballena con un grupo de chicas suecas, una pareja puberta de enamorados ingleses y mis padres como testigos de la maravillosa juventud. Hora y media más tarde, y parados en pleno oleaje en busca del tiburón, yo estaba blanquecina y mareada enganchada a la barandilla; mis padres agarrados entre sí cual hundimiento del Titanic con los ojos cerrados de las nauseas; mientras mi hermano, las chicas suecas y los enamorados pubertos nos contemplaban divertidos y muy sanos. Quizás no deberíamos haber contratado la excursión en un hostel juvenil.

La actividad ficticia consistía en localizar y bañarse con el tiburón ballena (el pez existente más grande del mundo), cual película de Liberar a Willy en medio del mar. Pero la realidad de ese día es que había oleaje y demasiados turistas invadiendo el hábitat natural; así que los tiburones ballenas estaban algo alborotados y jugaban al escondite, supongo cansados de tanta lancha y cámara de fotos.

Dada la poca receptividad al posado de los tiburones ese día, cada vez que aparecía uno las lanchas jugaban a lanzar turistas con los motores en marcha bajo la orden de nadar a toda velocidad hasta acercarse prudencialmente a ese tibueron antes de que decidiera marcharse a las profundidades del mar. Mis padres, ante el contexto de «súper turistas juveniles nadando entre oleaje en busca de tiburones» dijeron que no se lanzaban, que bastante tenían con sobrevivir a la barca. Yo y mi hermano, por eso de ser jóvenes e ingenuos, dijimos que sí, que para eso habíamos ido, pero como apto de valentía optamos por quedamos rezagados con la última tanda para ver el panorama primero.

Solo podíamos lanzarnos de tres en tres junto al guía; así que con tanta espera entre los turnos llegados al final yo estaba ya tan mareada que dudaba cual muerte sería más heroica, si la de los movimientos de la barca o la de ser zambullida por un tiburón al fondo del mar. Cuando llegó nuestro turno el tiburón desapareció, y el guía consideró trasladarnos con la lancha a otro sitio. Llegado ese momento ya lo tenía claro, ya no le temía al tiburón, solo quería lanzarme al agua para que aquello dejara de moverse.

Estaba tan mareada que me la repanpinflaba todo, absolutamente todo. Me enganché a la barandilla e hice la plegaria pertinente: «Por favor universo. Un tiburón, un tiburón, un tiburón… un tiburón y que todo esto se acabe y podamos volver a tierra firme». Lo dije en voz alto y mirando a mis padres blanquecinos, añadiéndoles con la mirada un «veis, ahora es un bonito momento para jugar al universo».

Normalmente el juego del universo es mucho más pecaminoso, pero es totalmente viable hacer plegarias de supervivencia si lo requiere el momento, como yo aquel día. Fue entonces que de repente apareció un supuesto tiburón ballena anunciado bajo los gritos del guía que exclamaba: «Al agua. Al agua. Al agua…». Con la lancha en marcha mi hermano y yo nos lanzamos junto al guía sumidos en la acción, había llegado nuestro turno. Lo hicimos con voltereta para atrás incluida, como nos habían indicado, como en las películas. Con las gafas, el tubo, las aletas y un anti-erótico chaleco flotante. Pero como era de esperar, pese a las intenciones, no fue nada como en las películas, al menos mi interpretación. Nada más caer al agua las gafas se me movieron y me entró agua en el interior de ellas, agua que también tragué por la boca y ese desdichado tubo. Con la lancha alejándose me di cuenta que era incapaz de nadar a toda velocidad porque el chaleco más allá de ser antierótico también era antimovimiento porque se me subía a las orejas y mi movimiento estiloso se limitaba al de un perro flotando que chapotea con la cabeza de fuera.

No obstante, pese a todo, pese a la des-ubicación por la caida y el amago de ahogarme entre tanta agua, intenté controlar la escena, o al menos las gafas, en un mero instinto de sobrevivir. Me paré, eché un vistazo a mi alrededor y decidí nadar en busca de mi hermano, el guía, o alguien con aletas en medio de aquel inmenso mar supuestamente lleno de tiburones ballena en el que no veía a nadie entre tanto oleaje. En una de esas fue que vi un chaleco y decidí nadar hacía allí con todas mis fuerzas mientras en mi interior mandaba a comer mierda con todas las letras esa loca excursión. Me sentía como en un capítulo de Lena Dunhan, o en la mismísima película de Bridget Jones, luchando por no morir patéticamente rodeada de turistas felices y atléticos que en realidad si disfrutaban con aquella locura.

En uno de esos momentos en los que me volví a araganter, y no paraba de balbucear agua por todas partes, fue que me sumergí bajo el mar para recolocarme las gafas; y entonces pasó, de cruces me tope de cara con un tiburón ballena bajo el agua. Ahí estaba frente a mi, un inmenso tiburón ballena de más de 10 metros de largo con la boca abierta de par en par frente a mi diminuta cara moviéndose hacía mi, hacía mi dirección, rumbo a toparse con mi cuerpo. Me aparté, y lo vi pasar bajo el agua casi rozándome a mi lado con la tranquilidad de quien sabe que es mucho más grande que tú.

Cuando segundos más tarde saqué la cabeza a la superficie allí estaba mi hermano, mirándome con cara de «Ohhhhhhh ibas a morir» y tras de sí, todo un arsenal de turistas detrás de él que venían en mi dirección buscando al tiburón. Yo me quedé allí petrificada sin intención de ir a buscar al tiburón, solo quería buscar la barca y volver a tierra firme. Lo conseguí, entre brazadas de supervivencia llegué a la lancha y cuando subí agotada les dije a mis padres con el poco orgullo que me quedaba del susto: «Veis, yo quería tiburón, pues casi me come un tiburón», y me senté toda digna desprendiendo el glamour que otorga el andar con aletas, chaleco, y el pelo todo enmarañado entre las gafas.

El tiburón ballena solo como plancton y pececines, pero tiene cara de tiburón de película comepersonas y puede medir más de 12 metros, así que esta historia tiene validez de terror. Con mi familia todo muy bien, intenté que jugaran al Juego del Universo pero fue prácticamente imposible; eso sí, mi hermano se encontró un montón de clips y para el juego del clip no se ponía tan racional.

Los despedí hace una semana desde el aeropuerto de Ciudad de México con la promesa de que volvería pronto a casa. En realidad no sabía decirles otra cosa, no sé cuales son mis planes, ni siquiera sé que anda buscando, por qué estoy viajando en realidad. Toda esta aventura empezó al más puro estilo Forrest Gump, y supuse que me pasaría como a él, que algún día me cansaría de correr y pararía, simplemente pararía. No obstante, en un ejercicio de ser más responsable y con la idea de tranquilizarles, y aprender a desear y organizarme mejor, ayer hice mi lista de deseos.  Así que desde una pequeña biblioteca de un pueblo del norte de México diré que oficialmente me he cambiado el billete y, si todo va bien, vuelvo a casa el próximo 21 de diciembre desde Buenos Aires, Argentina. Cómo consiga llegar hasta el otro extremo de este hermoso continente, desde México hasta la mismísima Argentina, forma parte de esta aventura de desearlo y dejarse llevar.

Arreglagrietas

Arreglagrietas

Cuando estudiaba en Bilbao había una clase que llevaba por título “Ética y Desarrollo”. El profesor que la impartía pertenecía a ese reducido cupo de personas en el mundo que si hubiera un ataque alienígena serían idóneas para dar un comunicado tranquilizador por televisión. Era una persona muy sabia, gran amante de los libros y también de las series de televisión, pero sobre todo era un maravilloso orador, capaz de llenar el aula hasta arriba con alumnos que incluso, como yo, ni siquiera estábamos matriculados en esa asignatura.

Un día en clase explicó una metáfora de la que muchas veces me acuerdo entre el caos del día a día. A modo de moraleja contaba que idear y construir un mundo mucho mejor y más justo era posible, el truco residía en «no pensar que el mundo ya estaba totalmente quebrado, sino abordarlo como si en realidad lo único que tuviera fuera millones de grietas». Ante esa idea su propuesta más sencilla para arreglar grietas, más o menos sólidamente, era que cada persona pudiéramos responsabilizarnos en trabajar y luchar por reformar los desperfectos de alguna de esas pequeñas aberturas del planeta que tenemos cercanas, echando un ojillo a las colindantes, porque en realidad todo está demasiado unido. «Dado que no tenemos superpoderes, sería demoledor, y posiblemente poco preciso en el enmasillado, pretender estar en el arreglo de todas las causas».

Txabi no bebe coca-cola, tiene una cruzada personal contra ella y la vulneración de los derechos humanos que conlleva su producción, así como, lo poco saludable que es cada uno de sus sorbitos enlace coca cola. Otra compañera de clase recuerdo que siempre miraba la etiqueta de la ropa para saber su origen, Bangladesh, India y Pakistán lideraban su lista negra, pero en general no compraba ropa de multinacionales (Zara, H&M, El Corte Ingles…) porque sus prendas procedían de allí: siempre iba buscando aquellas cosas elaboradas en España por pequeños diseñadorxs, prefería tener solo dos jerseys más carillos pero mucho más mullidos porque respetaban derechos y eso se sentía en el tacto y en la conciencia  enlace trabajo esclavo. Otra amiga nunca volaba si no era altamente necesario, pese a estar tentada a ahorrarse sus siete horas de bus para volver a casa con algún que otro ofertón aéreo Bilbao-Barcelona, siempre prefería el autobús o el tren porque la huella ecológica era mucho menor y el paisaje por la ventanilla muy bonito enlace test huella ecológica. Otro compañero sociólogo trabajaba enmasillando la grieta del racismo por medio de una organización que trabajaba con inmigrantes africanxs, ante cualquier comentario, chiste o titular de prensa con tintes racistas él siempre aplicaba el divertido ejemplo de cambiar el sujeto por EXTREMEÑX, por ejemplo; «Los inmigrantes colapsan la salud pública – los EXTREMEÑXS colapsan la salud pública», decía que ayudaba a asimilar lo escandaloso y poco real que es generalizar ante titulares así; todo es siempre mucho más complejo, e incluso muy poco cercano a las estadísticas, de lo que lo son los titulares enlace inmigración y racismo.

Cuando estuve en prácticas en una cooperativa de lácteos, surgida entre productores y consumidores, la grieta a trabajar era la Soberanía Alimentaria; intentar proteger el mercado de alimentación local contra los productos excedentarios que se venden más baratos en el mercado internacional, ¿si tenemos alimentos en nuestros campos para qué traer naranjas de los campos de otro país? enlace crisis alimentaria. La respuesta, explicaban, siempre suele ser económica, sin tener en cuenta en ella el daño medioambiental y de insostenibilidad que se ocasiona. Para esta cooperativa los supermercados, las marcas blancas y los ofertones se percibían como el monstruo de las galletas, supongo que cuando a tus ovejas las sacas a pastar felices y elaboras el queso sin aditivos y pagando sueldos dignos a todas las partes implicadas, competir con Hacendado y sus condiciones de bajo costo se presentaba altamente imposible enlace Mercadona. No obstante, pese a la dificultad de vender un queso mucho más caro, pero también mas rico, en los lluviosos días de Euskadi, era mágico el percibir que sí había gente, cada día más gente, que venía buscando tu queso porque el sueño de recuperar las redes de alimentación de antaño, protegiendo a los productorxs, los ganaderxs, los panaderxs, los agricultorxs de la zona,… se iba haciendo más grande; por medio de pequeños grupos de consumo, las tiendas de barrio y los mercados de toda la vida en los que siempre se sabe el origen de cada uno de esos pequeños alimentos que llenan el carro, y en los que el buenos días y el cómo estás van antes del ticket de compra 

La clase con aquel profesor estaba llena de esxs y otrxs muchxs soñadorxs “arreglagrietas”, y creo que con esa pequeña metáfora sólo quería tranquilizarlxs. La frustración de quien quiere cambiar el mundo y solo ve paredes demolidas es muy grande, pero a veces centrarse solo en arreglar minigrietas hace que la cosa sea mucho más llevadera, sobre todo en la convivencia, porque la convivencia con activistas  «arreglagrietas» no es sencilla, nunca nada se ve bajo color de rosa. A veces es divertido ver con un humor los momentos de debilidad personal ante las grietas ajenas, porque ni siquiera una persona «arreglagrietas» es perfecta. Una amiga vegana, defensora de los animales y del consumo sostenible, convive sucumbida por el enamoramiento compartiendo frigorífico con un amigo amante de los chuletones. Otro amigo que está en la lista de espera para un móvil libre de coltán, el material extraído del conflicto del Congo y que está presente en la mayoría de móviles, sobrevive la espera de un par de meses que conlleva ese móvil con un Iphone4 prestado por su hermano enlace móviles coltán; mientras que la amiga, que nunca se depila, pasó por sus piernas la cuchilla el día que tenía una boda.

En la época de las tesinas y nuestros encierros de verano en la biblioteca una de mis compañeras de suspiros, cuya investigación giraba en torno a la Insosteniblidad medioambiental de las multinacionales de alimentación, mataba su frustración en los momentos de mayor agobio saliendo a la maquina expendedora del pasillo a comprarse 1cocacola + 1chocolatina Nestle + 1bolsa de patatas Lays + 1cigarro pese a jurar y perjurar entre movimientos de rodillas nerviosos que era el últimoYo en mi pequeño historial de grietas lideré una cruzada personal contra el champú, había leído que muchos de los grandes marcas utilizaban productos dañinos para el medio ambiente, así como, para el propio cabello, generando dependencia diaria de limpieza cuando no era tal la necesidad (podemos pasar sin lavarnos el pelo durante más de una semana en realidad). Así que bajo los tutoriales de google de algún locx extremista como decían mis padres, dejé de lavarme el pelo con champú y pasé a hacerlo con sólo una cucharada de bicarbonato y otra de vinagre. Duré cuatro meses y medio, y la conclusión algún día os la contaré con dibujos enlace No Champú.

Adoraba esa clase, y me encantaban mis compañerxs. Nadie era un superhéroe ni ninguna superheroína, salíamos a tomar zuritos cada cual cargando su cruzada y debatiendo hasta la caída de la persiana del bar lo desastre que era todo, incluidos nosotrxs mismos. Si bien no logré que nadie dejara de utilizar el champú todxs entendían mi locura y apoyaron y respetaron con cariño mis primeros meses de pelo grasiento camuflado en una disimulada trenza. Gracias a ellxs ahora soy mucho más consciente de mis pequeños actos como diminuto ser humano, valoro mucho más el ir a comprar al pequeño comercio, me gusta el mercado tradicional y comprar el pan en la panadería de toda la vida; y también doy sermones interminables sobre lo malo que es Mercadona o los grandes supermercados, pese a sucumbir alguna que otra vez a entrar con el carrito. Evito dejarle dinero a Amancio Ortega e Inditex, y si hay que comprar un libro es mucho mejor perderse en la búsqueda de alguna pequeña librería que aún lucha por sobrevivir que en los infinitos pasillos de la Fnac. Pero si un día se sucumbe no pasa nada, al día siguiente puede ser lunes y volver a empezar, las recaídas son normales, yo al menos me caigo mucho. No creo que el éxito resida en lo inquebrantable que seamos cada uno de nosotrxs con nuestrxs principios, quizás sea mucho más importante saber que todo esta lleno de grietas y conocer las nuestras y ser sensibles en el enmasillado de las de lxs demás sea la esencia de la reconstrucción, porque si un día hay que salir a luchar sabes que tienes un arsenal de amigxs que probablemente estarían dispuestos a dejar de lavarse el pelo con champú.

A Miguel lo asaltaran la otra noche saliendo del pub en el que habíamos estado bailando salsa, salimos juntos pero cogimos dos caminos diferentes para citarnos veinte minutos más tarde de nuevo en su casa. Yo fui por la izquierda con un amigo a comprarnos algo para matar el hambre de la medianoche, y Miguel por la derecha a acompañar a una amiga a su casa. Los asaltaron llegando al portal de ella, fueron unos chicos que habían estado bailoteando junto a nosotrxs en el pub durante toda la noche con varias cervezas de más. Miguel no llevaba ni cinco euros en el bolsillo, junto a su móvil neandertal de sms sin modo tecnológico de instalar whassap,  pero decidieron que sus gafas de vista también podían ser valiosas. Al final entre empujones Miguel se defendió y acabó apaleando al asaltante mientras el amigo se disculpaba y los vecinxs acudían a ayudarle y acompañarle más tarde a casa.

Miguel entró por la puerta con el susto en el cuerpo, la nariz sangrando y la culpabilidad de pegar de quien no quiso pegar. No sabía que decirle, yo vivía feliz comiendo un yogurt en la mesa de la cocina contemplando el lago Atitlán cuando el entró. Recuerdo que le pregunté si le dolía mucho, ¿qué le habían robado?, ¿cómo estaba?, e incluso qué si quería un poco de yogurt. El sentado y echo mierda solo supo decirme, con el dolor de a quién le acaban de robar su inocencia «¿por qué hacen esto? es mi pueblo, yo quiero vivir aquí, es mi gente,… ¿por qué pasan estas cosas?». Ante eso, no sabía qué decirle; robos hay cada día en cualquier parte del mundo pensé, y estos en particular eran unos ladrones borrachos en busca de monedas y gafas, pero pese a ello no era consuelo, su miedo era mucho más profundo. En Guatemala la violencia se percibe mucho más, las armas circulan mucho más y la vida se siente mucho más frágil, uno es mucho más vulnerable. Fue entonces que solo fui capaz de decirle, al igual que aquel profesor  aquella tarde, que era sólo una grieta; una de las grietas del pueblo de Guatemala, una grieta producida por años de guerra, desigualdad, miedo y mucho alcohol, pero que solo era eso, una grieta que como cualquier otra grieta en el mundo necesita enmasillado, mucho tiempo para secarse y unos vecinxs que salen para ayudarte y acompañarte a casa.

Hacer un Miguel

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Hacer un Miguel

No soy buena ligando. Pese a ser una gran amante de teorías, estudios y moralejas sobre el flirteo, en realidad, a la hora de la verdad soy espontáneamente patosa. Siempre he creído que el ligue es todo un arte, y como cualquier otra disciplina artísticas, si bien hay seres humanos y culturas prodigio, veía posible poder dominar la materia con mucha dedicación, teoría (véase futuras publicaciones sobre el cortejo) y una pizca de seguridad. El único problema es que en el caso del cortejo en particular, la realidad de cada uno siempre suele desbordar con creces todas las teorías, y en mi caso en particular aliñarlas con situaciones cómicamente inocentes. Hace poco más de un año, viviendo en Bilbao, tuvo lugar una de esas escenas de cortejo altamente divertida que quedó marcada en el imaginario colectivo presente en aquel instante bajo el popular título «Hacer un Miguel». La historia tuvo lugar un sábado cualquiera en un pub de salsa de la ciudad, pero para conocer a Miguel hay que remontarse a mucho antes.

Una amiga, durante esa primavera, tuvo que acudir por motivo de su investigación de doctorado a un curso vinculado a Derechos Humanos y pueblos Indígenas que se estaba impartiendo en Bilbao. Por riquezas culturales que te aporta la vida, toda su clase estaba compuesta por gente de Latinoamérica que había acudido desde sus respectivos países para el curso. Entre sus compañerxs se encontraba Miguel.

Miguel era un chico muy majo que en cuanto estuvo asentado en la ciudad le preguntó a mi amiga por sitios para ir a bailar salsa, y mi amiga le puso en contacto conmigo. Yo me había movido mucho por los pubs de salsa de Bilbao, y si bien llevaba muchos meses despistada del ambiente, acepté organizar una salida para introducirle en el desconocido, pero existente, mundo salsero vasco. El plan era bastante sencillo, quedábamos a tomar unos pintxos y luego acudíamos a recorrernos la ciudad junto a un mapa mental sobre el que situar todos los sitios. Desde el primer momento Miguel resultó ser un tipo increíblemente divertido, gran bailarín y altamente interesante que lograba caer bien a todo el mundo; estaba haciendo un doctorado en París que le quitaba el sueño y le producía muchos suspiros, había vivido en Marruecos, tras su estancia en Bilbao marchaba a Ginebra a la sede de las Naciones Unidas para continuar con el encuentro sobre Derechos de lo pueblos indígenas,… Todo en él tenía un tinte académico pero altamente revolucionario que le hacía llenar los zuritos de conversaciones sin final. No obstante, pese a todo ese bagaje intelectual, lo más increíble de todo es que estaba sumergido en un entusiasmo por hacer cosas y planes (incluida la propuesta de irse en bici con una super ciclista vasca a dar un paseo mortal) que me sorprendía; yo, que andaba con lagunas de vida y también me apuntaba a un bombardeo, comencé a sospechar que quizás tras toda ese viveza y energía estaba escondido un profundo y camuflado desamor. Más tarde, con la amistad ya establecida y varias noches de baile a nuestras espaldas, confirmé mi suposición de que más que bailar o subir en bici lo que quizás buscaba era distraer de su mente la ausencia.

Una de esas noches de baile aconteció la historia que da origen a este relato.  Junto a unxs amigxs llegamos a uno de esos pubs y nos arrinconamos en una esquina a bailar entusiasmados a ritmo de salsa, merengue y bachata. Entre risas, bailes y algún que otro pisotón me percaté que un chico, muy apuesto, me estaba mirando más de lo común. Supuse, por la manera en que miraba, que se debía al baile y a que él no sabía bailar. Cuando alguien no coordina dos pasos mira con demasiada admiración al que simplemente sabe dar un par de giros, como en este caso éramos nosotrxs. De repente, pasado un rato y en pleno asentamiento de descanso, empezó a sonar un merengue y el chico se acercó y me propuso salir a bailar. Cabe matizar que en los pubs de salsa, de España porque en otros países como Costa Rica la dinámica es diferente, cuando hay cambio de canción se cambia también de pareja (a no ser que haya intenciones sexuales bastante intensas de por medio con esa pareja en concreto), es por eso muy común bailar con desconocidos con total naturalidad y tras terminar la canción saludarse y continuar con la siguiente persona. Creo explicado pues, que cuando me preguntó, bajo un pronunciado acento extranjero, si me apetecía salir a bailar tampoco le diera más importancia de la común y aceptara encantada.

Como había vaticinado en líneas anteriores el chico no dominaba el arte del baile, pero fue precisamente esa frescura de sentir el peligro de que te puedan pisar los pies lo que más me encantó de él, supongo que yo siempre fui de las que guardó asiento por vergüenza demasiado tiempo. Con una sonrisa encantadora y pidiendo disculpas de antemano entre gestos por cualquier posible percance de descontrol, el susodicho se acercó y muy sonrientes fuimos a bailar a la zona de olvidados que toda pista contiene. Resultó que pese a no dominar piruetas, el susodicho era capaz, sorprendentemente, de estar conduciendo una conversación, en una lengua que no era la suya, al tiempo que coordinaba verbos, palabras y unos divertidos pies al ritmo de uno, dos, uno dos… Durante la canción me contó que pese a su barba y pelo moreno era de Praga y que estaba visitando a un amigo durante esa semana. Descubrí que sabía un poco de español porque tenía familia portuguesa, que había estudiado en París literatura y que ahora vivía en Londres porque allí trabajaba como profesor. Cada cual tiene sus propias fantasías en esta vida, y yo crecí viendo Mujercitas, así que un amante que adora los libros y que ha vivido en ciudades como París, Londres o Praga resuenan en mi mente cual protagonista hollywodiense. Es pues que reconozco que tras terminar esa canción, suspiré internamente y pensé, cual adolescente crecida con Disney, que el karma me estaba recompensado con un príncipe azul a estas alturas de mi vida; el problema es que el chico me había nombrado París y ahí se lió todo.

Con la ilusión del que ha encontrado una remota coincidencia en el mundo me giré y mientras le decía un “¿en París?, espera un segundo” me volví en busca del otro estudiante parísino, que no era otro que Miguel. Entre gritos de “Migueeeel, Migueeel…” consigue traer hasta el príncipe azul a Miguel con la presentación oficial de “¡Él también ha estudiado en París, él también ha estudiado en París…!”. Ambos perplejos ante mi arrebato y mirándome con cierto asombro comenzaron a hablar en francés sin mayor entusiasmo que presentarse, minutos más tardes, y con Miguel presente en nuestro nuevo círculo, el príncipe azul me miró y me preguntó si me apetecía algo para beber a lo cual respondí de nuevo cargada de entusiasmo y pura naturalidad con un “No, muchísimas gracias, no tengo sed”. En realidad no suelo beber, y en ese momento supongo que no me apetecía nada y para colmo soy muy reacia a invitaciones de desconocidos, así que mi cerebro, que funciona al ritmo de pregunta- respuesta sin filtro, cometió su cometido sin mayor malicia. El príncipe azul se volvió a mirar a Miguel y mirándome de nuevo pronunció un suave “lo entiendo”. Con Miguel a mi lado me quedé observando cómo se marchaba primero a la barra, luego junto a sus amigos y apenas diez minutos más tarde a su reino lejano con una sonrisa de despedida desde la puerta. Mi amiga, que había estado percatándose de todo, se me acercó y tras una colleja en la nuca me dijo “A veces eres simple, increíblemente simple, ¿qué voy a hacer contigo?”. Ese día aprendí que nunca debes llamar a ningún Miguel, ni a ninguna tercera persona cuando estás iniciando una conversación con cierto toque de mágica intimidad,  y que pese a que no suelas beber aceptar un mero refresco siempre es una buena baza, y si eres de las que como yo no te gusta que te inviten y menos un chico en un pub, acéptala con la condición firmada ante notario de invitar tu después, pero sea como sea no seas tan educadamente rancia y pon de tu parte, porque el chico no tiene por qué ser adivino y menos en los tiempo que corren.

Lo bonito de esta historia es que pese a que el príncipe azul desapareciera, y yo siguiera acumulando algún que otro patoso flirteo en mi historial personal de cortejo, el verdadero y humano Miguel se convirtió en alguien muy famoso y querido entre lxs amigxs, por eso sé que se alegraran cuando sepan que esta tarde (mi tarde) volveré a verlo. Miguel resulta ser de Guatemala y vive encerrado para terminar de escribir su tesis doctoral en una casita de un pueblo llamado Santiago en el Lago Atitlan. El Lago Atitlan es uno de los lagos más hermosos del mundo, ahora mismo estoy en otro de sus pueblecitos escribiendo estas palabras observando el amanecer y doy fe de que es hermoso.

Por casualidad este fin de semana son fiestas en Santiago y Miguel me ha prometido escrito por mensaje de facebook que esta vez será él quien me lleve a bailar salsa. Entre mis peticiones se encuentran tomar un par de cervezas, hacer turismo por el lugar, visitar una casa donde guardan uno de los dioses maya, hablar mucho, estar atentos por si nuestra amiga en común Yessi rompe aguas y junto a Josué se convierten en mamá y papá,  y por supuesto, aprender a cocinar un típico desayuno guatemalteco, de esos que una tarde paseando por Bilbao me describió con el anhelo de quien por entonces tenía los frijoles, las tortillas de maíz y el plátano maduro frito muy muy lejano.

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Fronteras

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Fronteras

Anoche llegué a Guatemala, todo el mundo me había hablado maravillas de Guatemala. A diferencia del imaginario que en España llega sobre tierras de crimen y violencia, entre las estrías de esa realidad subyace arraigada una cultura indígena de la que todo el que va de paso habla con verdadera belleza y admiración. Creo que es esa curiosidad por conocer aquello de lo que mucha gente me habló, junto a la premisa de no saber si en algún otro instante de la vida tendré la oportunidad de estar tan cerca de poder echar una ojeada a este mundo tan distinto al mio, lo que me empujaron a empacar de nuevo el equipaje y continuar viaje  pese al miedo, supongo natural, de tener que hacerlo sola.

Ayer crucé tres fronteras. Nunca me han gustado las fronteras, algo dentro de mi se pone nerviosa. Las fronteras son lugares extraños, hay quien las cruza con una mochila y hay quien arrastrando toda una vida, y eso se percibe en el peso y en la mirada. Entre ese ir y venir de personas sobreviven los constantes;  ese grupo de vendedores y vendedoras de los puestos improvisados de DuttyFree, quienes ante una vida que parece que solo sea una prolongada espera, regentan mesas con comida, cambio de divisas y pequeñas artesanías sumidxs entre conversaciones y risas de cotidianidad que poco tienen que ver con ese flujo humano desorientado que por allí cruza cada día.

En las fronteras la autoridad se camufla por medio de sellos, papeles, colas, inhóspitas pistolas y prohibidas barreras. A veces es un puente, otras veces es un rió, o puede quizás que un simple camino sea el encargado de simbolizar tu cruce, de separarte entre dos tierras y culturas; de distanciar personas como si de planetas se tratara. Un metro de diferencia puede otorgarte o privarte de infinidad de derechos, la simple negación de un sello puede sumirte en la más profunda desesperación. Una vez crucé una frontera subida en un rickshaw en burro, llegamos allí después de veintidós horas de viaje en tren, fue en una de las fronteras de India con Nepal. Dentro de una casa destartalada que hacía de aduana nos pidieron la visa junto a una foto de carnet. Mi amiga no llevaba foto, fueron unos dolares de más lo que hicieron suplir esa ausencia. Ese día aprendí que las fronteras no son igual para todxs, y que con dolares, a veces, todo se hace más llevadero.

Sesenta y cinco dólares y diecisiete horas de viaje era la oferta para cruzar las fronteras desde Nicagua de Honduras, El Salvador y Guatemala cobijada entre los asientos de una pequeña furgoneta con otros seis turistas, acepté. Me recogieron en el hostel tras un bocinazo en plena noche, les estaba esperando sentada en una mecedora en la oscuridad del verano de León junto a mi mochila azul, un par de sandwiches de chocolate para la travesía y un curioso dolor de panza por la locura. Las locuras siempre tienen el don de hacer doler la panza a su manera. Con la bocina cogí mis cosas y me asomé a despedirme por la ventana de la habitación del que había sido mi grupo de locas aventuras, allí durmiendo como marmotas y con rumbos diferente dejé a Txabi, Andrea y Óscar; pese al trato sellado ante pasta de dientes antes de marchar a dormir de que les despertaría a mi partida, llegado el momento salí silenciosa. Las despedidas silenciosas siempre son más rápidas y probablemente mucho más sencillas.

Me subí en la furgoneta, y allí sentado al otro lado me encontré con uno de los chicos de la casa del árbol, nos saludamos y entre una sonrisa interna y cobijándome en el asiento para dormitar pensé «ya no voy tan sola». Al amanecer cruzamos Honduras, luego El Salvador, por la tarde llegamos a la frontera con Guatemala. Observar países a través de una ventanilla es un sensación curiosa, es como estar preso de contacto; una civilización late a tu alrededor y tu la observas en movimiento por medio de un cristal. Al cruzar la frontera de Guatemala un coche de policía nos estaba esperando para escoltarnos hasta nuestro destino final, la ciudad de Antigua. «Un coche de turistas es mucha tentación y pueden suceder asaltos, más vale prevenir» nos dijo tranquilo y dicharachero el simpático conductor. No sé si hay tantos asaltos, o si la propia precaución genera esa sensación de psicótica inseguridad que tu instinto no percibe, pero sea como sea seguimos campantes observando el bello paisaje por la ventanilla. Todo fue sencillo, las fronteras para una furgoneta de turistas son fáciles y curiosamente, en estas apenas había tránsito, los ciudadanos de Centroamérica (Guatemala, Honduras, Salvador y Nicaragua) tienen visa interna de transito libre, como los de la Unión Europea.

Durante el viaje conocí a una chica Argentina, lleva viajando casi tres años rumbo a México, su aventura casi ya llega a su fin. Irradia esa tranquilidad de quien ya ha vivido de todo, y como si fuera una niña pequeña al llegar al destino me sumé bajo su tutela con el disimulo de quien aparenta que no le duele la panza. Teníamos pensando ir al mismo hostel por la recomendación de unos amigos en común, la vida es una paradoja. Llegamos arrastrando nuestras mochilas y descubrimos que los dormitorios con literas estaban llenos, solo tenían una habitación destartalada pero muy limpia con cama de matrimonio para compartir, aceptamos; nos dejaban precio rebajado de litera por no tener lavabo y solo un improvisado flexo como luz en el baño. Nos tomamos un té calentito para celebrar la llegada y cuando nos fuimos a la cama, sumidas en suspiros de placer por tener un hueco compartido e íntimo en el que descansar fue divertido el mirarse y preguntar, «disculpa, creo que no sé cómo te llamas». Me dijo que se llamaba Alu.

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Clips

Clips

«En Nicaragua no existen los clips, o al menos nadie pierde clips». Esa era la contundente conclusión a la que había llegado anoche después de una ardua investigación al respecto durante estas tres semanas en el país. Soy una gran buscadora de clips, sabía lo que afirmaba.

Hace más de un año, en una fiesta en Bilbao, entre zuritos me relataron una curiosa historia acerca de los clips. Ante puesta con un bello Eráse una vez… me contaron que si alguna vez me encontraba con un clip errante por la calle, en un bar, en un pub, en la panadería, por la cocina,…; por cualquier sitio que no fuera el hábitat natural de un clip, este fortuito encuentro debía interpretarlo como señal de que iba por el buen camino. Los clips, según me ejemplificaron, sirven para unir cosas: unen papeles, facturas, escritos que dan lugar a cuentos, unen dibujos, calificaciones, cartas, e incluso papeles que ni siquiera contienen nada. «Lo mismo sucede con uno mismo, si te encuentras un clip es porque en ese instante solapas dos partes de tu vida que tenían que unirse. Es señal de que vas por el buen camino, por tu propio camino. Tenias que llegar hasta ahí». Desde ese momento empecé a detectar clips. Esos minialambres que siempre habían pasado desapercibidos empezaron a toparse en mi camino. 

Es divertido, en esta nueva era de descreencias y de raciocinio, sentir la cara ilusoria que pones cuando de repente te topas con el Dios-Diosa Clip. Me he encontrado con divertidos clips desde entonces: al volver de fiesta en el portal de casa, me encontré uno por el puente Euskalduna paseando una mañana de domingo después de meditar arduamente esa noche que había llegado la hora de volver a casa y dejar Bilbao. E incluso, en el ranking del todopoderoso Milagro del Clip, cabe destacar que me topé con un pequeño clip color azul a dos metros escasos de la entrada del lugar de practicas en Costa Rica en mi primer día de trabajo, y otro en la propia puerta del que sería mi hogar adoptivo en San José el día que fui a visitar aquella casa en alquiler.

Aunque por fuera aparentes ser un individuo fuerte eindependiente, y ocultes con verdadero estilo los momentos en los que te duele la panza de nervios ante lo desconocido y las indecisiones, toparte en esos instantes con el Dios-Diosa Clip alivia bastante, le quita trabajo al solitario Dios-Diosa de la Almohada.

No obstante, lo que pasó en Costa Rica fue un claro ejemplo de paranormalidad, la evidencia empírica de que la Teoría del Cilp posee milagros propios cual Lourdes. En Bilbao me había encontrado con una cantidad considerable de clips, los cuales se fueron acumulando en un tarrillo de yogur de cristal junto a los rotuladores de mi habitación. En Bilbao era muy feliz, y por entonces vivía cerca de una zona universitaria rodeada de papelerías lo cual, asumo, incrementaba las posibilidades de encuentro de esos minialambres une papeles. Sin embargo, en Costa Rica los hallazgos llegaron a una situación alarmante. Durante los cuatro primeros meses me encontraba clips por todos sitios Si íbamos paseando por un parque me encontraba un clip, salia del trabajo me encontraba un clip, íbamos al mercado me encontraba un clip, ibas bordeando la vía del tren y milagrosamente entre las maderas, ahí resguardado, me esperaba un clip. Era sin lugar a dudas el país de los clips.

Con el entusiasmo del que cree estar viviendo un momento de claro carácter surrealista empecé a contarle la Teoría del Clip a todas las personas que me rodeaban. Llegaba a casa con un clip y lo chillaba a los cuatro vientos a mis compañeras de piso, llegaba al trabajo con un clip y lo guardaba en el estuche de los Clips Errantes no sin antes anunciarlo a mis compañer@s de la oficina; y así, poco a poco, y sin razón alguna, en cuestión de semanas fui dejando de encontrarme clips.

No sé si mis compañer@s empezaron a robarme todos los clips. Demasiados adeptos repentidos a l a búsqueda del Dios-Diosa Clip en una misma zona puede derivar en escasez de clips. O quizás, simplemente, fue esa la señal que necesitaba para empezar a llenar mi mochila azul y continuar el viaje rumbo a la búsqueda de nuevos clips. 

Hoy iba paseando por el mercado de Masaya cuando de repente me he encontrado con él, con el Clip. Cobijado entre el resguardo de dos baldosas de la acera junto a un puesto de piñas y mangos estaba mi clip nicaragüense. Lo he cogido entre carcajadas, dado que estoy feliz ya había dado por supuesto que en Nicaragua no existían los clips. Lo he guardado cual tesoro en la cartera, íbamos corriendo a coger el bus. Mas tarde, ya sentados, se lo he enseñado a Ánder, y con una sonrisa de oreja a oreja le he dicho: «Mira, por fin lo encontré. Me he encontrado un clip, y no es un clip simple, este es de los de color amarillo y tamaño gigante».

Casa del árbol

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.

Casa del árbol

Cerca de Granada hay un hostel encima de un árbol, Txabi nos había hablado de él. Es un espacio escondido en la naturaleza, al que se accede por una pequeña colina de piedras altas cuando un 4×4 te abandona en la entrada de un lugar perdido.

Es la cabaña perfecta, aquella que de niña soñamos construir fallídamente, el rincón mágico en el que esconder tesoros y planear importantes asaltos. Tiene dos plantas, la primera con una zona cubierta de hamacas, taburetes, libros y una pequeña barra de bar donde coger cervezas, o quizás en ese caso hubiera cobijado batidos de chocolate. En la segunda planta habitan una pequeña cocina, una gran mesa para comer y un oso de peluche gigante colgado de una viga. Todo en ella es de madera, y cada hueco está ilustrado con dibujos y firmas de huéspedes que seguro llegaron para un día y se quedaron mucho más de lo planeado dejando su imaginación fluir entre las vigas de este pequeño rincón del mundo. Hay frases escritas con rotuladores en cada tabla o pata de mesa, y entre dibujos, carteles y frases inspiradoras que confluyen en una armónica decoración también hay peluches, llaves colgando, una raqueta, una placa de coche, dos hula hoops, una colección universal de monedas, varias máscaras e incluso unas hombreras de hockey que te hacen preguntarte, mientras divagas tumbado en una de sus hamacas, que historias esconderá cada una de estas olvidadas cosas.

No hay internet, ni tampoco paredes que te separen de la naturaleza, solo una pequeña barandilla sobre la que apoyarse y contemplar el horizonte cual pirata sin el tic tac de ningún reloj. La cabaña está unida por un largo puente, uno de esos puentes que se mueve al saltar, de los que merece tener grandes cocodrilos debajo. Este puente de color rojo no cruza ningún río, pero posee la suficiente magia como para sumergirte en la más profunda niñez cada vez que tienes que cruzarlo para ir a la habitación, otra pequeña plataforma llena de hamacas donde iremos a dormir al aire libre rociados de antimosquitos esta noche. Abajo, en la entrada del recinto, hay unas casitas de madera privadas en las que por un mayor precio puedes dormir aislado de la naturaleza por medio de paredes y mosquiteras; hemos descartado la propuesta, en realidad perdería la magia de convivir en este ambiente y también superaría el presupuesto de esta aventura.

Sé que mi hermano sería feliz en este lugar, el no pensaría en las serpientes, las arañas, los millones de pequeños bichos o los monos cuyos chillidos te hacen sopesar que seguro serán gorilas. Además hay dos cacharros de husky /hasky/ que merodean por la cabaña y se acercan cuando te despistas a tus pies. En este lugar nadie habla español, solo el arroz y frijoles de la comida junto a la cocinera que viene cada mañana a abastecer de alimentos y mimos a los seis voluntarixs extranjerxs que aquí viven te hacen recordar que estas en Centroamérica. Los voluntarios son mochilerxs que a cambio de comida y alojamiento dedican un par de horas al día durante varias semanas a construir y mantener el lugar, les permite ahorrar y seguir viajando. Parecen felices en este selvático aislamiento, conviviendo entre cervezas, libros, cigarros, hamacas y algún que otro juego de mesa. Viven en un árbol, sumergidos en una Nicaragua que poco tiene de común con la de sus habitantes, pero que curiosamente crea muchos espacios como éste, lugares en los que ni siquiera los menús de los bares se encuentran en castellano.

Uno de los chicos se acercó y con un gracioso acento extranjero me ha dicho mi nombre seguido de la sugerencia de ir a ver el atardecer “seguro es más lindo que estar sentada escribiendo delante de esa computadora”, no sé cómo sabe mi nombre, pero creo que tiene razón, seguro es mucho más lindo el atardecer visto desde un árbol.

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.

Latas

Dibujo texto Latas. Un señor con una saco sobre los hombros recoge latas entre la gente que está viendo un partido de béisbol.

Latas

De pequeña en el colegio jugamos un par de veces al béisbol. Gimnasia nunca fue en absoluto mi fuerte, pero en esas contadas ocasiones mi destreza para batear sorprendió gratamente, o al menos en mi recuerdo si logré darle a la pelota con el bate pese a que jamás fui capaz de saltar el potro. El béisbol es el deporte nacional de Nicaragua, y aunque mis conocimientos del mismo se remontaban a aquel infantil recuerdo o alguna que otra escena cinematográfica, he de reconocer que me ilusionó sobremanera la propuesta de acudir a ver en directo, y como hincha incondicional, el partido que León jugaba contra Matagalpa en el estadio de la ciudad.

Yo nunca he sido muy fiel deportivamente hablando, en realidad el béisbol o el fútbol en general me la repanpinflan bastante. En mis antecedentes he sido hincha forofa del Athletic de Bilbao cuando acompañaba a mi abuelo a ver el fútbol a algún bar, o cuando más tarde viviendo en la propia Bilbao acudía a tomar zuritos a Pozas. También, de niña, fui fan del Real Madrid en los tiempos que tenían al argentino Solari en plantilla, e incluso me hice adoptiva espiritual del Barça porque me encantaba la seriedad de Guardiola y lo blanco y frágil que parecía Iniesta. Me pinté la cara y acabé bailando el Waka waka en la fuente de mi pueblo cuando España ganó el Mundial, y si mi tio es del Valencia y juega contra el Sevilla posiblemente me mimetice en una forofa de éste último sólo por caldear el ambiente.

Leon vs Matagalpa cumplía todas las expectativas de uno de esos grandes eventos; las conversaciones estaban totalmente monopolizadas, la vestimenta convivía teñida de azul y blanco y los deseas divinos tenían dos únicos destinatarios. Sorprendía en este caso que el estadio fuera un estadio «chiquito», más parecido al estadio de un pueblo grande que al imaginario de estadio de cualquier ciudad, pero el ambiente que le rodeaba agigantaba el lugar. La radio anunciaba las colas infinitas para conseguir entradas, a 20 córdobas (lo que vienen a ser unos 65 céntimos), desde primera hora de la mañana, y pese a ser un partido de fulgor todo lo que le rodeaba era curiosamente barato (incluso parte del estadio estaba previsto para acceder de manera gratuita en la zona sin gradas cubiertas).

El pasillo de tránsito de la primera fila, pegado a la red, fue nuestro hueco de visionado; entramos al campo con apenas quince minutos de antelación. Posiblemente, para un amante del béisbol no fuera el mejor lugar para ver el partido, pero para unos curiosos era sin lugar a dudas el lugar perfecto, solo había que darse la vuelta y observar las gradas repleta de caras, grandes y pequeñas, para vivir el ambiente por el que habíamos acudido. El chico que vendía cervezas iba y venía, el señor del plátano frito con chile iba y venía, la señora de las hamburguesas iba y más tarde volvía con perritos calientes, luego con pollo frito, luego con pizzas…, también pasó la chica de las gorras y las camisetas, el señor de las tropentillas, las banderolas y los turbantes que rotulaban «Viva León Jodido», así cómo el hombre de los paquetillos de tabaco, las cerillas y los chicles que finalmente se afincó a nuestro lado. Todo el mundo iba y venía, incluido el Señor de las latas.

La primera vez que vi un Señor de las latas fue en Berlín, en este caso, era un chico joven el que se acercó a nosotros una noche en la calle preguntándonos si nuestra botella de agua estaba vacía para echarla en su saco. Mi amigo, que vivía allí, me explicó que era corriente que gente se dedicará a recoger las latas y botellas para venderlas a reciclaje y así, sacarse un medio de sustento. Un par de años más tarde, en India, también conocí a niños y niñas de las latas. Era muy común verlos en las estaciones de tren, los sitios con mucho tránsito producen muchas latas. Cuando llegaba un tren se zambullían como roedores veloces a buscar latas, botellas y sobras de comida entre los deshabitados vagones que dejaban los recién llegados a la ciudad. El Señor de las latas del estadio también tenía como ellos esa mirada rastreadora, caminaba lentamente arrastrando los pies como si no solo las latas fuera lo que le pesara, iba observando al suelo y cuando acechaba una lata solitaria la agitaba para adivinar si aún podía tener algún dueño despistado cerca. Desapercibido entre el barullo y el entusiasmo se camuflaba en busca de sus tesoros el señor de las latas, inmune a las cantos de las carreras, los home run o algún bateador eliminado. El Señor de las latas solo se limitaba a caminar arrastrando su particular saco preguntando por medio de su mirada y su sonrisa desdentada un encantador ¿ya terminó? si tenías una lata entre tus manos.

El partido duró cuatro horas y media. A las tres horas ya había alguna persona que no había cómo descolgarla de la red de tanta cerveza que llevaba encima, pero quitando divertidas excepciones se respiraba un ambiente de pura fiesta al ritmo de cumbia cada vez que había cambio de bateo. Ganó León y todos lo celebraron. Ayer, sin embargo, perdió y ésta vez todo fueron suspiros; pero gane o pierda siempre habrá latas para el Señor de las latas.

Dibujo texto Latas. Un señor con una saco sobre los hombros recoge latas entre la gente que está viendo un partido de béisbol.

Mochila

Mochila

La mochila no puede pesar demasiado, cuando tienes que cargar con todos tus bártulos a cuestas hay que meditar seriamente en casa y delante de un té qué echar dentro de ella. Yo no me tomé ningún té y mi mochila azul pesa demasiado.

Me di cuenta que pesaba mucho la mañana que salí de casa, había conseguido cerrarla apenas cinco minutos antes. Apoyada en el portón todo parecía convivir bajo una aparente y milimétrica presión en su interior, pero cuando en el silencio y la soledad de las cuatro de la madrugada  el taxi pitó y yo hice el amago de subir aquella mochila sola sobre mis hombros -bajo la atenta mirada de Chico, el perro de mis compañeras de piso, despidiéndome-, descubrí que tenía un pesado problema que sobresalía quince centímetros sobre mi cabeza y me hundía otros veinte centímetros sobre mis pies. Me reproché en ese mismo instante, mientras cerraba el que había sido mi hogar en Costa Rica durante seis meses sumergida en prisas, suspiros y un pesado equilibrio,  el no haberme tomado toda una caja de tes una semana antes.

Desde el lunes voy arrastrando esa mochila azul por NIcaragua. Es divertido viajar como un caracol pesado, la gente te mira con un cierto aire de pena infinita y siempre hay almas caritativas que te van dando un empujón para subirla a los autobuses, para custodiarla o para equilibrarte y no dejarte caer escaleras abajo. Txabi entre miradas graciosas y empujones me avisa de que tengo que hacer un juicio final y aligerar concienzudamente esa mortaja; Ander se muestra más benevolente y se limita entre chistes a ser mi fiel escudero y ayudarme a colocar la pesada armadura en cada traslado.

Estamos en León, Txabi trabajó aquí seis meses y nos hace de guía, es una ciudad preciosa. Andrea, su novia, acaba de llegar desde Bilbao para pasar el verano y alegrar la aventura. Vamos a estar unas semanas por aquí, es nuestra sede, y mientras tanto la mochila ha quedado apaciguada en una esquina de la habitación. Allí reposa esperando bajo un ventilador, entre cuatro discretas camas y los trastos esparcidos de quienes construyen una casa dentro de una mochila. A veces cuando nos tumbamos y charlamos rebosantes de sudor la observo de reojo, me viene a la cabeza mientras bebemos jugos por la calle para combatir el asfixiante calor o descubrimos paseando la historia del Sandinismo en cualquier curioso mural de sus calles,…de repente me veo pensando en esa mochila azul y empiezo sin querer a elaborar esa lista con todo aquello que voy a tener que dejar; mi sudadera gris, mis zapatillas medio rotas negras, aquella falda que me compré paseando una mañana por el mercadillo “2 de mayo” de Bilbao, mis sábanas que eché porque no sabía dónde podía acabar durmiendo cualquier noche dentro de esta aventura,.. Qué difícil y qué tonto resulta hacer esta lista, son sólo cosas al fin y al cabo, pero aunque pesen, ocupen espacio y sean un trasto tengo ese extraña sensación de que quizás algún día las pueda necesitar, quizás algún día haga más fresco y ya no tenga mi sudadera gris.

Cafeterías

Dibujo texto Cafeterías. Aparecen dos personas, una chica y un chico de espaldas sentados tomando un café.

Cafeterías

Ayer descubrí un café, uno de esos cafés cargados de cariño y detalles, de esos en los que la decoración es una mezcla de antigüedades disparatadas y mucha imaginación. Llegamos allí a resguardarnos de la lluvia, en San José ya empezó la época de lluvias. A partir de las dos el cielo comienza a tronar y lo que hasta entonces eran calurosas mañanas de verano se convierten en pocos minutos en destempladas y tormentosas tardes de otoño.

Nos descalzamos en un intento de no resfriarnos, y con la sensación de estar empapados nos pedimos un café moca bien caliente. Creo que fue mi primer café en Costa Rica, ya me marcho y era mi primer café. Mientras sumergía la cucharilla entre la espuma y lo endulzaba de más, pensé que si volviera a nacer en este capítulo de mi vida anotaría la mejora de «Tomar más de un café». Durante seis meses he vivido en uno de los países con mejor cafetales del mundo, cuyo valor en bolsa marca los flujos de la economía diaria, y yo nunca antes me había pedido un café.

Dibujo texto Cafeterías. Aparecen dos personas, una chica y un chico de espaldas sentados tomando un café.