Uncategorized

Galletas

Galletas

Hace seis veranos, por estas fechas, estaba desayunando en casa de mis abuelos, en un pueblecito de la Mancha, cuando  se produjo una escena que ha pasado a ocupar uno de los recuerdos más cariñosos que tengo de mi abuelo. Justo habían operado a mi abuela de la cadera y durante un par de días mi abuelo y yo nos quedamos como enfermeros jefes a cargo de cuidarla. Si somos sinceros con el cuento, tendría que admitir que yo fui la peor enfermera del mundo, y que si bien mi abuela tenía la cadera rota, yo por mi parte me refugié en su casa con una rotura en el corazón, así que mi abuelo en realidad tenía a dos enfermas a las que atender aunque yo nunca reconociera mi fractura y tampoco tuviera parte médico.

Por las mañanas, mi abuelo, le preparaba las tostadas a mi abuela junto a su café con leche y se lo llevaba a la habitación. Cuando mi abuela ya había desayunado, entonces nos tocaba el turno a nosotros. Mi abuelo siempre ha ostentado el cargo de tostador de pan, era el Maestro Tostador. Asumía la tarea de tostar el pan como un alto honor, y dándoselas de experto, siempre hacía mucha más cantidad de pan que comensales había, como si todo el mundo fuera a repetir hasta saciar el hambre del día con sus maravillosas tostadas. «Nadie prepara las tostadas como tú, Paco», siempre le decía mi abuela con el primer bocado. Siempre ha vivido con su mayor admiradora. Su dominio no residía tanto en la maquina de tostar el pan, porque con los años pasaron por sus manos muchos y diferentes tostadores eléctricos, si no con el amado oficio de preparar las tostadas con mucho esmero. Mi abuelo se convirtió en tostador de pan el día que se jubiló, y como se jubiló con 65 años y murió con 89 imaginaros cuan experto era.

Para vergüenza de todos diré que yo prefería desayunar galletas, así que aquella mañana del cuento yo tenía un gran tazón de leche para destruir mis galletas en él. Mi abuelo, sentado enfrente mío en la mesa de la cocina, tenía su café con leche y sacarina, sus dos tostadas con aceite y un sin fin de migajas a su alrededor. Porque si pienso en mi abuelo desayunando sería mentir si omitiera que no tendría millones de migajas a su alrededor, y es más que posible también que, si lleváramos cinco minutos desayunando, ya tuviera una mancha en la pechera aquella mañana. Porque sí, mi abuelo era un maestro tostando pan y también un experto frotando manchas después de cada comida para evitar que mi abuela lo fusilara, porque si veinte sweaters se ponía recién planchados, veinte sweaters que manchaba con la primera comida. Era el señor más vistoso del mundo, con la melena  canosa más bonita del mundo, pero toda esa galantería siempre se veía mancillada con su maldición de mancharse la pechera.

Yo aquel verano estaba bastante esmirriá, como decía mi abuelo, que vendría a ser todo lo contrario a como debería haber estado según su criterio que era jaquetona. Estaba esmirriá, cual palillo sin hambre a ninguna hora, porque a diferencia de otros males, el del corazón pocas pastillas tiene que lo curen  y a veces por llevarse se lleva hasta el apetito. Es pues, que ahí estaba yo, dándole vueltas a mi tazón de leche inmenso mientras sacaba unas pocas galletes de mi caja de hojalata para intentar sobrevivir a ese nuevo día, cuando de repente mi abuelo cogió la caja y me sacó veinticinco galletas de golpe y me las puso a mi lado. Yo entre risas le dije: «pero abuelito, no me puedo comer veinticinco galletas», y él recogió la caja de las galletas como si por un oído le entrara y por el otro le saliera. Para sorpresa mía la escondió. Sé que la escondió porque yo fingí comerme las veinticinco, pero en realidad guardé diecinueve, y cuando quise reponerlas no encontraba la caja, no estaba en el sitio de siempre, en su sitio. Al día siguiente no sacó la caja, seguía escondida, y junto a mi tazón tenía ya preparadas las veinticinco galletas. Para su pena, dudo mucho que en aquellos días aumentara ningún gramo, necesité mucho tiempo después, pero su intento me pareció el gesto más dulce del mundo.

Mi abuelo tenía el poder de a cada cuál saber conquistar el corazón a su manera. Tenía rutinas cargadas de esos pequeños detalles silenciosos, pero tremendamente cariñosos, que le hacían sentir a toda persona a su alrededor querida. Al fin y al cabo,  pocas cosas son más bonitas que alguien te haga sentir importante, cuidada dentro de su mundo. Siempre lo hacía desde la más absoluta discreción. Mi abuelo no esperaba nada a cambio, no demandaba afecto o atención pública. Él lo hacía sin darle importancia, como si eso fuera natural, como si fuera la cosa más normal del mundo darle la primera cucharada a probar a otra persona cuando en un restaurante se pedía un flan. Porque daba igual cuan lejos estuviera sentada de él, a la hora del postre, él me haría llegar su flan para que lo probara e hiciera veredicto aunque eso supusiera mandar un plato de mano en mano hasta el otro extremo de la mesa donde yo estuviera sentada. Siempre me daba la primera cucharada de flan y la almendra de la Tarta al whisky, me encanta la almendra de la Tarta al whisky, pero el flan, el flan me gusta pero en realidad no me vuelve loca, aunque eso jamás se lo dije a mi abuelo porque en realidad me encantaban sus cucharadas.

De todos modos dudo mucho que mi abuelo hubiera dejado de darme la primera cucharada de flan aunque le hubiera dicho «abuelito, no quiero más flan», porque con mi abuelo no había negociación que valiera si él creía que era lo correcto, mi abuelo hacía suyo el dogma de «tú si que quieres pero no lo sabes». Tenía determinación en sus propósitos. Si él pensaba que te tenía que llenar la bolsa de agua caliente porque se había enfriado, él la cogería en la oscuridad de la noche, la rellenaría de nuevo y te la escondería en la cama sin que te enteraras. Si él sabía que a ti te gustaba algo mucho te lo prepararía sin preguntar. Como me gustaban las fresas, siempre que fuera a visitarles y había fresas en el mercado mi abuelo me las compraba. En el postre ponía las fresas con un platillo con azúcar para mojar y me decía «mira lo que te he comprado», y si yo le decía por un casual, «ahora no abuelito, estoy llena. Luego más tarde me las comeré» él me pasaba el plato de las fresas, como si por un oído le entrara y por otro le saliera, porque en realidad «tú si que quieres, pero no lo sabes» y acababa comiendo fresas y mojando en el azucarillo.

Luego fue él quien se puso enfermo y entonces fue mi abuela la que se desvivía en cuidarlo y yo, por mi parte, la que le quitaba las galletas para desayunar para que no le subiera el azúcar. Lo bueno de aprender del mejor es que te vuelves igual de cabezota que él y aprendes a cuidar sin negociación que valga.

Una vez me contaron que cuando una persona moría por un infarto durmiendo era señal de que en su otra vida había sido una muy buena persona. Era un regalo para irse de este mundo sin sufrir. Mi abuelo murió hace año y medio una noche de madrugada mientras dormía, no sé si hay otra vida anterior, tampoco sé si en tal caso, él fue una buenísima persona, yo solo sé que como abuelo, en ésta, si se mereció una partida así.

Hace dos noches llegué a Florencia. Ya había estado hace años en la cuidad pero en realidad no me acordaba de nada. El cerebro es asombroso y el mío muchas veces tiene amnesia total. Me volví a sorprender con la catedral, con sus calles, sus preciosos palacios… Caminé como si fuera la primera vez que pisaba esos adoquines. Sin embargo, llegué a un sitio y de repente lo vi, reconocí el sitio donde había estado con mi abuelo diez años antes. Lo vi de nuevo  comiendo un gelatto de coco mientras un mimo le gastaba una broma y le hacía reír a él y a todos a su alrededor.