Calendario de supervivencia

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Calendario de supervivencia

Cumplí mis veintitrés años en India. Cumplí mis veintitrés años en una habitación desconchada de India, y creo que eso es algo importante dentro de mi baúl.

No sé por qué me decanté por India. Fue una decisión que no estuvo regida por ningún racionamiento pasional. No sé muy bien cómo se originó todo ni qué es lo que realmente andaba buscando en ese superpoblado país asiático para que una mañana de septiembre, sin la aprobación pero sí con mucho cariño, mis padres me acompañaran a la estación de trenes de mi pueblo y, cargada con mi recién estrenada mochila azulemprendiera aventura hacia esa lejana tierra de saris y turbantes. Lo hice convenciendo a todxs los que allí dejaba que estaba todo bajo control, que era la decisión más sensata de mi vida. Dos trenes y tres vuelos más tarde, llegué a una escalofriante y nocturna habitación en Calcuta sin más plan organizado que el de improvisar los 89 días restantes que me quedaban hasta mi vuelo de vuelta.

Todo empezó apenas tres meses antes, una noche lluviosa de julio, de las habituales en Edimburgo. Por aquel entonces estaba allí estudiando. Metida en la cama empecé a buscar varios voluntariados por diferentes rincones del mundo, encabezando mi lista cualquier país de África Subsahariana u Oriente Medio. Desde pequeña siempre me había fascinado la cultura árabe pese a la mala imagen que muchas veces se le publicita; siempre había soñado con vivir en algún lugar lejano y remoto, sumergida en una cultura ajena a la mía; siempre había adorado Memorias de África. Esa noche, con el sonido de la lluvia golpeando en la ventana, divagué más de la cuenta en la opción de intentarlo. Empecé a buscar y buscar pero nada me convencía; en realidad soy muy crítica con el concepto mismo de voluntariado, y los proyectos que me parecían más interesantes exigían perfiles muy profesionales, estancias mínimas de seis meses (cosa que ahora entiendo y que por aquel entonces me parecía excesivo) e idiomas que a día de hoy siguen sin ocupar espacio en mi currículum. Asumí pues, que para hacer realmente lo que yo quería me faltaba aún mucha formación; es por tanto, que tomé la decisión de que estudiaría mucho a mi vuelta, pero que antes me limitaría a ir a algún rincón para vivirlo con una mochila.

Con un pequeño colchón de ahorros bajo el brazo concebí la aventura. De pequeña mi tía nos había abierto una cuenta en el banco a mi hermano, a mis primos y a mi. Por nuestros cumpleaños, navidades, santos y feria (como celebran en la Mancha), nos ingresaba dinero a modo de regalo. Fue así como, cuando cumplí los 18 años, junto a otra loca sorpresa, recibí una cartilla con todo el dinero acumulado por tantos años. El regalo llevaba implícito el consejo “para hacer lo que tú quieras, que ya eres grande” y ciertas sugerencias como pagarme el carnet del coche, comprarme una moto o un coche de tercera o cuarta mano… Yo, que aún sigo siendo chica renfe y de bono de autobús, guardé esa cartilla hasta encontrar algún plan más acorde a lo que sería mi regalo. Aquel billete de avión supuso la mejor inversión que se me ocurrió.

Ideé que el plan fuera sencillo, solo quería viajar y conocer proyectos vinculados al área social; me interesaba mucho ese aspecto y las diferentes maneras de trabajar y de crear alternativas. Quería visitar proyectos, observar, aprender y viajar, ¡viajar! No tenía pretensiones de ser una heroína e ir a salvar el mundo por el simple hecho de elegir como lugar de destino un país como India, respeto demasiado el mundo para creer eso, y mucho menos yo que ni siquiera soy capaz de ordenar el mío propio o conseguir que sobrevivan mis reiteradas y moribundas plantas de albahaca (¡siempre mueren!). No me iba a las misiones, como algunas personas llegaron a decirme. Solo quería ir a un lugar lejano y enfrentarme a mí misma en esa aventura, sin mayor justificación egoísta y primitiva que esa, quería sentir y conocerme. Por azares del destino, y por un foro de viajes y voluntariados que encontré esa noche, ese lugar resultó ser finalmente Calcuta.

Dicen que a India se la ama o se la odia. Yo la odié y la amé por partes iguales, pero reconozco que me costó mucho llegar a amarla porque jamás imaginé que podría odiarla como la odié. Desde pequeña había viajado mucho. Mi tía, esa misma tía, trabaja en una agencia de viajes; y eso ha tenido importantes repercusiones familiares en las vacaciones de verano. Sin embargo, India me desbordó. Imagino que convencer a todo el mundo de que todo estaba bajo control y que no era una locura no fue la mejor estrategia del mundo. Aparenté ser más fuerte de lo puramente humana que soy y, una vez me quedé sola en aquel vagón saliendo de casa, me di cuenta que sí estaba asustada. Todo lo que se vaticinaba era desconocido, y lo desconocido puede dar mucho miedo.

A mis padres les preparé un papel con el teléfono de la embajada y el teléfono del consulado de España en India que encontré merodeando por Internet antes de partir. Los apunté junto al móvil de los padres de las cuatro chicas del foro de viajes, que también viajaban en las mismas fechas que yo, y que tenía previsto conocer cuando llegara a Calcuta. Preparé los números en un bonito documento de ordenador impreso junto a un post-it y una carita sonriente bajo el título “Para tranquilizaros durante estos tres meses”. Cuando les dije a mis padres la noche antes de mi partida que había preparado ese documento y que dónde querían que lo guardara, lo cogieron y mirando el post-it me dijeron: “¿Tú crees que el número de la embajada nos tranquiliza? Si estás una semana sin dar señales de vida, ¿qué hacemos?, ¿llamamos a la embajada y les preguntamos por tí? Disculpe, nuestra hija, que ha decidido como última locura irse sola a viajar por India, no llama y no sabemos dónde está ni dónde duerme porque ni ella lo tiene previsto”.

Es cierto que no podía facilitarles ni siquiera el nombre de un hostal para la primera noche; no había ninguna reserva ni ningún contacto al otro lado. Solo sabía que Sudder Street era la calle donde todos lxs mochilerxs iban a hospedarse en Calcuta, así que el plan, que sí había plan, era que las tres chicas del foro que llegaban a primera hora de la mañana (Inés, Silvia y Elena) fueran a esa calle a buscar alojamiento y a la tarde, cuando llegáramos Cristina y yo (a la cual tenía previsto conocer en el avión a Nueva Delhi), acudiríamos juntas al sitio que nos dijeran las primeras por medio de un mensaje de móvil. “¿Veis? En realidad todo está controlado, pero es un control distinto, diferente”. Mi madre me miró y me dijo por primera vez lo que sin saber repetiría muchas más veces telefónicamente durante este último año: “Mira lo que te digo, mira si te querré, que solo te deseo que nunca tengas una hija como tú. ¿Qué necesidad hay de irse por ahí? ¿Por qué no puedes ser normal? Normal, como todo el mundo”. “Nadie es normal mamá, todo el mundo explota el globo de la normalidad en algún momento”, respondí metiendo las pastillas contra la malaria y la receta casera de suero en la bolsa de medicamentos. Desde entonces, cada vez que me he metido en algún jaleo voluntariamente, sea el que sea, siempre resoplo y empiezo a susurrar imitando a mi madre “¡pero qué necesidad tenía yo, que necesidad!”. Me gusta decirlo.

Como estaba previsto según el plan, Cristina y yo nos conocimos en la cola de embarque rumbo a India. Resultó ser un amor de chica y mi compañera de habitación, aún sin saberlo, durante muchas noches venideras. Cuando llegamos juntas a Nueva Delhi nos comunicaron que nuestro avión a Calcuta tenía un importante retraso por el monzón y tuvimos que esperar toda la tarde. Contemplamos llover y llover sobre la ciudad a través de la inmensa cristalera del aeropuerto. Hubiera sido una espera preciosa. En realidad era una imagen bonita, no me gusta volar y no siento empatía por los aeropuertos, pero tengo un cariñoso recuerdo de aquella imagen en la que todo el aeropuerto parecía estar sumido en el silencio que otorgaba aquella espesa lluvia cayendo sobre Nueva Delhi mientras atardecía. Pasaron muchas horas hasta que anunciaron nuestro avión, y en esa espera, en cada una de aquellas horas que pasé sentada en aquel sillón, fui lentamente sumergiéndome en un progresivo ataque de pánico provocado por la idea de volar de nuevo y de tener que llegar a la desconocida Calcuta sin luz del sol.

Aterrizamos en Calcuta entrada la noche. Salimos del aeropuerto arrastrando agotadas unas mochilas cargadas de subsistencias occidentales (siempre me reía de aquella pesada mochila cuando al día siguiente, a dos calles de nuestro hostal, encontramos un supermercado repleto de Coca Cola, Colgate, Pantene y Kellogs). Conforme al plan, al llegar a Calcuta recibimos un mensaje de móvil que decía “Hostal María. Sudder Street” y una loca historia sobre un taxi y un hombre manco que nunca llegué a entender pero que nos sugestionó todo el trayecto. Cogimos un taxi a la salida del aeropuerto y, treinta y cinco minutos más tarde, después de recorrer las silenciosas y tenues calles de aquella misteriosa ciudad habitada por cuerpos dormidos en las aceras, llegamos a la puerta de lo que el señor del taxi nos indicó como Hostal María.

Atravesamos el portón y tras él un pequeño jardín, frondoso y descuidado a partes iguales. Todo estaba oscuro y en silencio, Calcuta parecía dormir desde hacía mucho. Llegamos hasta la puerta principal y allí, al otro lado de unas rejas correderas y roídas, dormía un señor pequeño y delgaducho sobre una silla. Durante todos los días que viví en Calcuta ese hombre siguió durmiendo en aquella silla, siempre fue él quien nos abría y nos devolvía una sonrisa asintiendo con la cabeza al escuchar nuestras buenas noches. Ese primer día nos abrió adormilado plagado de una fragilidad y una dulzura fruto de la vejez y la desubicación del sueño. Arrastrando los pies, y la vida misma sobre ellos, nos condujo sobre un pasillo sumergido en penumbra y humedad. A pocos metros nos indicó una habitación. Cristina abrió la puerta.

Al otro lado estaban tiradas sobre los colchones peleándose entre risas por colocar las mosquiteras Inés, Silvia y Elena. Por fin nos poníamos caras y voces después de muchos mensajes escritos coordinando llegadas, vacunas, visados, medicamentos y listados de supervivencia para la mochila que en esos momentos aún cargábamos sobre nuestros hombros. Sin embargo, pese a toda esa emoción, de esa noche apenas recuerdo ese ansiado momento. Recuerdo sentarme agotada en el filo de la cama de Elena y escucharlas relatar un largo rato, entre risas, sobre su viaje y la historia del taxista y el señor manco, que como ya adelanté, no recuerdo o creo que ni logré escuchar. Yo, por mi parte, solo quería desaparecer; estaba tan cansada y perdida que mientras todas reían emocionadas solo quería llorar como un bebé y que alguien me teletransportara a mi cama, a mi casa, y me sorprendiera con un tazón de leche con muchas galletas. Todo aquello me sobrepasaba; la humedad, el cansancio, la habitación, las mosquiteras, el baño con el retrete en el suelo… Todo era excesivo para una bienvenida; y sin embargo, ellas parecían sentirse como peces en el agua. Siempre cuentan a carcajadas, recordando aquella noche, que por mucho que intentaba sonreír o ser amable, mi abstracción mental era tan fuerte que me tenían que hablar siete veces para que reaccionara; que era una zombie con ojos espantados a la que no sabían qué decirle.

Poco más tarde, entre bostezos, nos acompañaron a oscuras hasta nuestra habitación. Era la última habitación que les quedaba libre; les habían comentado que al día siguiente intentarían mudarnos a una un poco mejor. Bajamos las escaleras temerosas de no ver por dónde pisábamos, y allí, al frontal de las escaleras y a dos puertas del baño comunitario, encontramos la entrada del que sería nuestro hogar aquella noche. Cristina volvió a ser la encargada de abrir la puerta, ésta vez cerrada con un enorme candado.

Al otro lado, iluminadas con una tenue bombilla en el techo, nos encontramos con nuestras ansiadas camas, cubiertas por unas viejas sábanas llenas de grandes agujeros que dejaban trasver los colchones. No había nada más, solo las camas y una pequeña mesita en una esquina; pero pese a esa sencillez todo parecía estar a punto de desmoronarse, incluidas nosotras y el ventilador que decoraba el techo. Cada una de las paredes era un océano disconforme de manchas de humedad que no tardarían en desconcharse; una obra artística autoría del monzón, unida a los cientos de garabatos, firmas y grandes declaraciones que otrxs viajerxs, hospedados entre esas cuatro paredes, habían decidido plasmar. Un arte improvisado que confería a ese pequeño rincón del mundo el sello de haber sido testigo de mucha vida humana.

Fue entonces, observando y leyendo todos aquellos mensajes escritos en lenguas diferente que me di cuenta de que en la pared, justo encima de mi cabecero, estaba escrito en español y con letras muy muy grandes la frase: “No es tan horrible como parece”. Imaginé que fue un acto poético el de aquella pintada, que quizás la persona que lo escribió sintió esa misma sensación de profunda nostalgia la primera noche que se vio allí dentro; agradecí mucho que dejara su sello. Metida en la cama, entre las sábanas traídas de casa, le pregunté a Cristina “¿estás dormida?”. Se lo pregunté horas después del “Buenas noches”. Contestó, “No”. Cristina tampoco podía dormir.

Nunca había dibujado un calendario de supervivencia. Nunca había improvisado un calendario para poder ir tachándole días con la única meta de sentir que estaba siendo capaz de sobrevivirlos.

A lo largo de mi vida he hecho dos calendarios de esos. El primero fue allí, en aquel hostal; garabateé en mi cuaderno un pequeño calendario con los meses de Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre. Durante muchas noches, antes de meterme en la cama, taché en mi libreta y conté cuántos días faltaban hasta llegar a 89. Sin pretenderlo, un día dejé de tachar. Imagino que “todo dejó  de ser tan horrible como parecía”, pero hasta eso aún quedaron muchas historias…

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