Melena
Tengo o más bien tenía melena. Hace un mes me corté el pelo estilo Pixie sin siquiera saber lo que era eso. Básicamente tenía melena, una melena muy larga. Y quería donarla. Así que me armé de valor, fui a la peluquería y pensé eso tan peligroso de “ya que…”, y ya que iba a donar el pelo mejor cortar a lo chico y aprovechábamos al máximo.
Digo a lo chico porque cuando me lo corté no sabía decir cómo me lo había cortado sin citar penes de por medio. Yo no quería entrar en ese encorsetamiento de chicas y chicos, pero telefónicamente hablando no sabía muy bien cómo explicarme. “Si, me lo he cortado corto… corto… muuy corto… ¿por el hombro? Nooo, por la nuca… ¡Ahh, estilo años 20!..Noo” y al final confesaba cual culpable en interrogatorio, “A lo chico, me lo he cortado a lo chico”. Fue en una de esas descriptivas explicaciones en las que descubrí que mi corte en realidad respondía al estilo Pixie, algo muy de moda hace unos años, y que si no sabes cómo es pues lo buscas en Google y seguro te sale nuestra representante Úrsula Corberó.
El plan para llegar hasta un corte Pixie fue sencillo: tres años sin cortarme el pelo, un confinamiento intenso y una dejadez generalizada. Así como si tal cosa llegas a 44 cm. Creo que hubiera llegado a unos pocos más si no fuera porque el sábado anterior a la masacre me duché y tuvo lugar el Gran Enredo. Salí de la ducha con el pelo como si fuera a mi a la que le hubiera dado la corriente y no al niño de Jurassic Park. Rompí un peine en mi odisea y a los dos minutos viendo que aquello me superaba salí del aseo con ataque de angustia y supliqué ayuda o tijeretazo sin compasión. Cinco minutos más tarde estaba sentado sobre la tapadera del wáter y mi hermano, cual santo bendito de paciencia, se dispuso con un peine a intentar poner orden a aquel alboroto. Lo consiguió después de cincuenta minutos de reloj, muchos estirones (pero menos de los que me merecía), y la promesa de que no pasaba de esa semana sin cortarme el pelo. Y no pasó.
Una vez una amiga me contó que el corte de pelo radical simboliza un nuevo comienzo, el dejar el pasado atrás para iniciar algo nuevo con mucho ímpetu. Me lo dijo muy convencida después de raparse. Yo, en cambio, miro mi pelo y solo pienso en que lo he hecho por donarlo y que esa mata de pelo tenía muchas historias detrás que me gustaban.
De mi pelo podría confesar que hasta que no llegué a la universidad pocas veces lo llevé suelto, por no decir que no creo que sumen los dedos de las dos manos, y estaría contando incluso la Comunión. Creo que me gustaba tanto mi pelo, o quizás era lo único que me gustaba de mí, que lo llevaba recogido como quien guarda un secreto, pensando que el día que me lo dejara suelto pasaría como en esas películas americanas de cambio radical. Tengamos en cuenta que mi infancia tuvo mucho videoclub de “Nunca me han besado”, “Princesa por Sorpresa”, “Miss Agente Especial. “Alguien como tú, “Grease”… Sin olvidar “Tienes un email”, “Mientras Dormías” o “French Kiss”, donde las protagonistas siempre eran más de verborrea divertida que de peluquería.
Luego, con los años, ya empecé a llevarlo suelto porque se me empezó a caer. Digamos que si estoy nerviosa, que si tengo estrés, que si es otoño, que si bla bla bla pues el pelo se me cae y si tienes melena pues el pelo se te cae y lo hace con luces de neón. Al desenredarte el lavabo parece el esquilado de una oveja, con pelos en la ropa, en la almohada y en cada sitio que pasas. Y encima lo triste no es que se caiga el pelo, es que tú recoges cada uno de ellos con suspiros y con pánico de lo que se avecina. Cuando me pasa voy al dermatólogo, me manda un champú, pastillas, me dice que no me preocupe mucho y la cosa se estabiliza. La cuestión es que mi madre de pequeña tenía melena, mucha melena, y ahora de mayor pues ya no tiene melena. Mi padre nunca ha tenido melena, mi hermano hace chistes con acabar en Turquía y en mi casa todo momento de estrés se resuelve con la frase “Mi pelo, mi pelo vale más” y con esa frase respiras profundo y le quitas hierro al asunto en cuestión porque sabes que en verdad como aquello vaya a más te estresas y se te cae. Es pues que, quizás por el temor a la maldición, un día pensé “suéltate la melena mientras puedas”. Y con esas empecé a dejármelo suelto. Y suelto en modo salvaje, muy salvaje. Lavar, desenredar y listo.
Un año los Reyes Magos me dejaron en casa de mi vecina una súper plancha del pelo para domarlo. Reconozco que me hizo ilusión porque pensé: “tengo que probarla”. Luego la probé, lo intenté, me superó y jamás la volví a probar. Diez años después sigue nueva en mi cajón.
Dos días antes de irme a la India, cinco días antes de mis veintitrés, fui a la peluquería y cumplí el sueño de mi peluquera: me corté mucho la melena. La cuestión es que como nunca me secaba el pelo, nunca me tintaba, nunca me planchaba, nunca me hacía nada, pues digamos que el pelo se mantenía relativamente sano, o al menos eso me decía ella cuando me hacía repaso cuando iba cada año bisiesto. Y no es que no fuera porque fuera cara, porque mi peluquera era mi vecina y desde los 4 años era mi peluquera oficial. Y como era mi peluquera, pero también mi vecina-familia, Filomena jamás me cobró y no había nada que discutir. También me daba todos los años aguinaldo y tampoco eso se discutía. Con los años la operaron de un cáncer de garganta y ya nunca más hablo “con sonido” por lo que se podría pensar que ya se podría discutir con ella y aspirar a ganar, pero en realidad ella siguió hablando y el resto aprendimos a leer los labios.
La peluquería de Filomena, era una de esas peluquerías que hoy serían vintage, de esas de estilo Bar Paco de palillo, barra y servilletas en el suelo de toda la vida. Era un local pequeñajo, con un gran secador para las permanentes, un fregadero que su marido Paco, albañil, le había hecho en sus ratos libres y en el que siempre te ponía agua tirando a fría porque activaba mejor la circulación. Dos sillones junto a una mesilla cargada de revistas del corazón, siempre ocupados por alguna señora esperando o visitando, porque a una peluquera también se pasa a saludar. El sillón de peinar estaba custodiado por un mueblecillo con cajones y ruedas cargado de rulos, peines y pinzas que me encantaba ordenar mientras esperaba, supongo que en mi versión de cuatro años descubrí esos rulos y a los veinte tantos aún seguía jugando con ellos. Aunque el mejor sitio era sin lugar a dudas el armario empotrado que había en un rincón repleto de mejunjes dónde Filomena se escondía a hacer sus tintes cual pintor hace sus mezclas.
La peluquería estaba justo en el mismo parque de mi pueblito, por lo que cuando estabas allí la puerta no paraba de abrirse: alguien que pasaba a saludar; algún nietx buscando la merienda de su abuela a media permanente; algún pequeñajx buscando alguno de los gatos que reinaban en la peluquería; el hombre de la lotería que pasaba a dejar un número para viernes; etc. Y si eran las 5 de la tarde seguramente la puerta la abriría Joaquina, la madre de Filomena, que bajaba de su casa con café recién hecho en tacitas con unas pastas para las clientas. Clientas que por aquella época ya jamás bajaban de los 70 años a excepción de mi madre y yo.
A mí la madre de Filomena me daba respeto y cariño a partes iguales. No sabía leer y tenía una agenda de teléfonos en una libreta donde cada persona era un dibujo que ella identificaba con esa persona. Me parecía hermoso percibir esa vulnerabilidad en un mundo rodeado de letras y al mismo tiempo sorprendía ver lo resolutiva y el carácter agrio pero dulce y luchador que desprendía en ese cuerpo de señora no muy grande. Joaquina entraba y salía de la peluquería decenas de veces al día, no paraba un minuto de hacer recados y siempre le decía a Filomena “pero córtale la melana, córtale más” cuando me tenía entre sus tijeras, y yo, cual miedosa, suplicaba que no, que no le hiciera caso. Me amenazó con eso hasta bien mayor, y también bien mayor supe que era broma.
Necesitó que me fuera a la India para cumplir su deseo. Entré por la puerta y mientras me quitaba la última tira de la cortinilla que colgaba de la puerta y que arrastraba conmigo le dije: “Vengo a que me cortes la melena”. Aun así, no me lo cortó tanto pues pedí dejármelo lo suficientemente largo para una mini cola, práctica para la aventura.
Aterricé en Calculta con mi mini cola y dos meses más tarde me había crecido tanto que en Varanasi yo misma me corté el pelo un poco más con unas tijeras para papel, en el espejo de un pequeño pasillo de un hostal desconchado de la ciudad. Descubrí que peluquería es una profesión, que yo hice lo que pude, que utilizar tijeras de papel quizás no fue lo mejor y que Filomena era una artista.
Cortaba el pelo de manera magistral, a navaja y con arte, pero lo mejor era que siempre apoyaba tus locuras. Era una firme defensora de eso de que “el pelo crece”. Y eso en una peluquera es de valorar. Cuando vivía en Bilbao fui con una amiga a la peluquería y le fui infiel por primera vez en mi vida a Filomena. Entramos ambas buscando un cambio radical pero yo me lo corte por encima del hombro y ella acabó cortándose las puntas. La peluquera no nos vio muy convencidas en nuestras demandas, y a diferencia de lo que Filomena hubiera hecho, ella nos convenció de ser prudentes porque “el pelo crece, pero hasta entonces os acordáis de la peluquera”.
Después de ese corte acumulé pelo durante otro año y medio y cuando volví de viajar por Latinoamérica me lo volví a cortar pero esta vez con flequillo, derrochando locura.
Este último corte me duró bastante porque Filomena se puso mala y cerró la peluquería. Quizás debería haberla cerrado mucho antes, pero supongo que ser clase trabajadora lleva consigo estas historias de trabajadora de más. Y ella siguió rociando laca y diciéndole a sus señoras que se apuntaran en su pizarra para pedir cita hasta que ya no pudo más.
Cerrada la peluquería ya solo quedaba ir a su casa a verla. Yo le decía que cuando se pusiera buena pues que me tenía que cortar el pelo, que ya lo llevaba muy largo de nuevo y ella era mi peluquera oficial. Ella me contestaba que sí. También le decía que me llamara una tarde que se encontrara mejor y así mi madre y yo íbamos a por ella y pasábamos la tarde en el campo, que allí arreglando macetas en plena primavera seguro que sería agradable. La seducía diciéndole que si estaba cansada le ponía un sillón como a las señoras, que tampoco la iba a tener explotada. Y ella siempre me decía que sí, que un día de estos.
Recuerdo un sábado de junio por la tarde que estaba sola por casa y pensé en ir a verla y llevarle un poco de limón granizado. Llamé a Paco, su marido, mi vecino-familia también y fui a verles. Yo me tomé mi vaso de limón y ella, que hacía un tiempo que salía poco de la cama, me dijo que más tarde. Hablamos, o quizás yo hablé y ella sonreía más que hablaba, y de nuevo le insistí en que se tenía que poner buena para cortarme el pelo. Le reconocí que le había sido infiel en Bilbao, pero le confesé que nadie como ella para cortármelo. Ella se rió y se quedó en la cama con su limón derretido y su pajita para ir tomando sorbos poco a poco más tarde. Me fui sobre las ocho y media y recuerdo que le dije la frase “me tengo que marchar, que tengo que recoger una pizza que he quedado con un amigo” y eso último con tono y sonrisa. Ese amigo acabaría siendo un “amigo con derecho a roce”. Yo no suelo contar estas cosas, pero supongo que sabía que ella no se lo diría a nadie y le haría gracia. Al fin y al cabo era mi vecina-familia.
Ese julio acabé de camping con unas amigas en Almería y no sé cómo les hablé de Filomena y de mi promesa inconsciente de no cortarme el pelo hasta que me lo cortara ella. Les conté eso, que tomaba pastillas de quimioterapia, que en el marco de la ventana de su concina Paco, su marido, fue marcando como mi hermano fue pegando sus estirones, que durante mi infancia casi todos los lunes iba a comer a su casa junto a mi hermano y otra vecina paella que nos hacía aposta… Porque si hay que decir siete cosas de Filomena son: era una de las mejores cortadoras de pelo del mundo; hablaba mucho pese a estar oficialmente muda; siempre tenía la puerta de su casa abierta; en mi comunión fue la reina de la pista; le gustaba acostarse a las tantas; no había nadie que bailara mejor la de “El gallo sube” versionada por Los del Rio y jamás de los jamases se sentaba a comer. Les conté eso y supongo que acepté que quizás Filomena ya nunca más me cortaría el pelo. Pocos días después mi corazonada se hizo cierta y yo tardé seis meses más en pisar otra peluquería.
Aquella vez no pude donarlo porque lo llevaba escalonado y no tan largo, así que pensé “a la próxima”. Y así entre historias, pelos y peluquerías tres años más tarde he acabado con un corte estilo Pixie y una coleta de 44 cm en un sobre para mandarlo por correo.
Me divierte decir que cumplí con todos los pasos que conlleva un cambio radical, pero sin determinación alguna. Primero me hice una carpeta de cortes a lo chico en Pinterest. Luego de esa carpeta elegí a la modelo que salía más monísima. La noche antes le enseñé mi elección a mi hermano y a mi madre y ambos dieron su aprobación. Al día siguiente la aprobación la dio mi nuevo peluquero al que le pregunté “¿tú crees que algo así me quedaría bien? y él, que es muy majo, me dijo: “Te va a quedar genial, con esa cara que tú tienes”. Y así entre todos mintiendo un poquito, me lo corté.
La realidad es que, tras ver el resultado, cuando salí de allí eché por la calle menos transitada hacia mi casa y creo que desde entonces sigo escondida. Y no se trata de que me queda mal o bien, si no de que no me reconozco a mí misma. Mi hermano dice que el pelo es de moderna y que me queda muy bien, pero que tengo que tener actitud y vestir de moderna, claro. A eso le digo que me falta ropa y sobre todo actitud. Me faltan unos labios rojos, unos aros, unos buenos ojos maquillados, un nuevo armario y una conversación intelectual con una copa de vino en la mano en la puerta de un garito. Luego está la versión de mi amigo Pacheco que dice que me parezco a Demi Moore en Ghost, y yo miro en Google eso y se me parte el alma porque no soy muy fan de Ghost pese a que me gusten las manualidades. Y luego está la versión de mis compañeros de clase que, no sé si porque son de la rama de informática irradian sinceridad a raudales, me recibieron con frases tan demoledoras al saludarme como: “¿qué te ha pasado?”, “¡cuantísimo te lo has cortado!” o “bueno, ya crecerá” en mi primer día post-Pixie, para que asimilara lo que había hecho.
La parte positiva es que ya no me tengo que desenredar el pelo, y que alguien tendrá una peluca que espero no se le enrede mucho. Lo mío es más cuestión de labios rojos y de actitud, y seguro que si a mí me cuesta reconocerme por un simple corte ni que decir si necesitas de la peluca. Lo bueno es que en ambos casos el pelo crece, crece aunque a veces parezca lento.

Esa melena preciosa que tenías y que te has cortado no tiene tanta importancia, porque tu eres más preciosa que la melena cortada. Guapa por dentro y por fuera, con y sin melena. Muak.
Me alegra que hayas vuelto a escribir. Ese es uno de tus tantos dones.
Me conmueve tu generosidad. Un abrazo.
Como muy bien dices, el pelo crece. Eso de bueno tiene el pelo.Tienes años por delante para llevarlo de todas las formas que quieras.Doy fe de que vas guapísima .
Me gusta mucho como has escrito y ese homenaje tan bonito que has hecho de Filo, “ la peluquera”.