Taxi
Una noche, durante el viaje, salí en busca de cervezas, mojitos o una simple limonada con un chico que también andaba de aventura arrastrando la mochila por aquel entonces. Llevábamos casi una semana viajando juntos y ya nos conocíamos hasta las manías del desayuno. Esa noche, antes de salir, estando en la puerta del hostal que ambos compartíamos, echó la mano en el bolsillo y cerciorándose de lo que llevaba en su interior me dijo: «¡Perfecto!, llevamos un poco de dinero para tomar algo y bolsillos vacíos. Ni móvil, ni reloj, ni nada. ¡Vamos a la calle!», a lo que añadió «con la buena noche que hace luego podemos volver andando, no hace falta tomar un taxi. Aunque volvamos caminando, no llevamos nada de valor para que un extraterrestre nos pueda robar». Lo dijo justo antes de empezar a chanclear feliz por la acera mientras nos deleitábamos mirando las fachadas de aquella pequeña ciudad que tanto me enamoró. Hacía una noche preciosa y el plan era más que sugerente dado que no nos alejaríamos muchas cuadras del hostal, pero pese a esa brillante idea yo le miré y en silencio, como si fuera un temor secreto que no le fuera a reconocer, me repliqué para mí misma: «mi miedo para no volver andando de noche no es nunca que me roben un poco de dinero». Lo pensé pero no se lo dije, me limité a seguir su paso.
Cuando escribí Una vagina solitaria, acerca de mi experiencia viajando sola siendo mujer, omití hablar en profundidad de si había tenido alguna experiencia incómoda durante el viaje por el simple hecho de ser chica, omití hablar de si había sentido miedo alguna vez. Consideré que no era oportuno escribir sobre eso en aquel texto, tenía recelo de no saber hacerlo con la seriedad y la precisión que se merece, y sobre todo tenía mucho pánico de perpetuar la idea del miedo, o quizás más aún tenía pavor que se me culpabilizara a mi por hacer locuras, sobre todo si lo leía mi familia.
No sé compartir los miedos, solo soy capaz de compartirlos con la almohada, aunque sea la almohada extraña, dura, mullida o deforme de un desconocido hostal. De manera verbal no sé mostrar el miedo, no sé abordarlo con el respecto que se merece, siempre lo traslado a una anécdota quitándole toda su importancia, como si el miedo no fuera importante, como si la que fuera una extraterrestre fuera yo y nada me afectara. Pero si me paro a pensarlo, si se trata de hacer el ejercicio de pararse y reconocer, debo confesar que es algo que estuvo ahí. De alguna u otra forma siempre estuvo ahí. El miedo tuvo su propio hueco de historias, como también lo ha tenido en otros viajes y a lo largo de mi vida en general, momentos incómodos que lleguen a ocupar un espacio muy grande en tu mochila, o incluso pasan a quedar resguardados en tu propio baúl, como algo muy íntimo de ti misma. En mi caso creí que nunca los contaría, mucho menos por aquí.
En abril hubo una activista y columnista colombiana, Catalina Ruiz-Navarro, que publicó en su cuenta de Twitter una frase bajo el hastag #MiPrimerAcoso. La idea era animar con ese título a las chicas a que contaran su primer acoso, una manera de movilizar para hacer ver que casi todas las mujeres podían describir al menos un acoso. Casi todas las mujeres del mundo podemos describir un momento de acoso desde temprana edad, y eso es algo que cuando te paras a pensarlo resulta aterrador.
Esa noche durante el viaje, y da igual el país o lugar que fuera, en este caso es lo de menos, salí con ese chico a tomar algo. A su vez ese chico había quedado con una chica española, residente en el lugar, que habíamos conocido el día anterior, así que fuimos a reunirnos con ella a un divertido lugar de bailar salsa. Estuvimos allí un rato y luego, pasada la medianoche, acabamos en un conocido pub tomando una cerveza. Allí estábamos los tres charlando, hasta que fui a la barra y al volver vi que mi amigo y la chica se empezaban a besar y a quererse mucho. Imagino que quizás querían besarse y quererse mucho desde tiempo antes, pero yo no había ido a la barra a por cervezas antes.
Me quedé por allí disimulando un rato con las cervezas en la mano. Volví a la barra, fui al baño, miré el techo, a la gente bailando, e incluso bailoteé una canción con un muchacho que simpáticamente me invitó a bailar. Pero aguanté poco más, el ambiente estaba pesado y era una hora en la que muchos chicos empezaban a acercarse de más, sobre todo a las chicas extranjeras que se perciben en un imaginario local como “estandartes de libertad sexual”.
Yo aquella noche no tenía ganas de tocar, ni de que me tocaran. Es pues que me acerqué a mi amigo y a la chica, que por cierto era muy simpática, y les dije: «Me marcho a dormir ya, estoy muy cansada y prefiero madrugar. Nos vemos mañana ¿vale?, pasadlo muy bien». Mi amigo me preguntó si quería que me acompañara él al hostal, pero le dije que: «¡En absoluto!» Que cogía un taxi y volvía yo sola sin problema. Que estaba viajando sola y sabía lo que hacía. Que el hostal estaba muy cerca. Que no era una princesa que andaba buscando siervos, que yo era una mochilera libre y bla, bla, bla… . Y así, tras un discurso basado en la cabezonería y no en mi propio deseo o mis propios miedos, me despedí y salí del pub haciéndome la valiente sin sentirme en realidad convencida y segura de que volver sola de noche en aquella ciudad que desconocía fuera una buena idea. Pero dado que mi amigo no insistió dos veces, yo no tuve valor ni siquiera una vez de insinuar o reconocer que en realidad tenía bastante miedo, y a ambos los vi tan entusiasmados en volver a los mimos, opté por seguir mi teatrillo y convencerme a mi misma que dejarles allí y volverme era lo que debía de hacer pese a tener dolor de panza en cuanto me vi en la puerta del pub yo sola en plena noche.
Mi plan en ese momento fue tomar un taxi, había varios merodeando por la zona, pero en el último momento no me atreví a subir. Sabía que el hostal estaba unas cinco calles de allí, y dado que había ambiente por la calle porque era hora punta y varios pubs estaban en la zona, decidí devolverme caminando creyendo que llegaría en un par de minutos. Era de noche e inconscientemente tuve la sensación de sentirme más segura en la calle rodeada de gente que subiéndome en un taxi yo sola. Se escuchan muchas historias escalofriantes sobre taxis no seguros en muchas ciudades latinoamericanas, y todas parecieron resonar en mi cabeza en aquel momento.
Empecé a caminar a paso decidido queriendo ser invisible entre los grupos de amigxs que allí se concurrían, me aterraba la idea que alguien me dijera algo. Tenía miedo a esa posible escena, aunque hubiera sido un piropo, aunque hubiera sido la frase más bonita del mundo, bajo ese contexto hubiera sido aterrador. Hubiera percibido que esa persona se sentía en poder para abordarme de manera pública, y puede que incluso en corrillo, pasando a ser a través de un supuesto piropo yo un objeto al que subastar entre los amigos. Hay muchas teorías que dicen que deberíamos replantearnos el concepto cultural de piropo, porque no hay algo hermoso en el noventa y cinco por ciento de los piropos, (quizás podríamos discutir el otro cinco). Lo que suele haber detrás de la mayoría de los piropos es en realidad acoso callejero, un acoso verbal que deja a tu cuerpo en un estado de máxima vulnerabilidad que más allá de agradarte en realidad te arrastra a acelerar el paso y no echar la vista atrás. Aquella noche no recuerdo que nadie me dijera nada, solo me recuerdo a mi misma con paso acelerado con pánico a que alguien lo dijera.
Apenas dos calles más adelante, y sin saber si era mejor o peor, desapareció todo el mundo. Y fue entonces, cuando me percaté seriamente que mi misión era llegar al hostal lo antes posible.
Llegados a un punto empecé a dudar cuál era el camino correcto, todo se asemejaba y no había memorizada ningún punto concreto de referencia. Eché por una de las callejuelas dudando seriamente de por qué callé era que estaba el hostal. Seguí por la que creí era la correcta imaginando encontrar el hostal a la vuelta de la segunda esquina pero, cuando logré llegar al final y doblé, solo me topé con una calle mucho más oscura aún y llena de casas bajas sin ningún hostal, ni vida a la vista a aquellas horas. Oficialmente sentí que estaba totalmente perdida.
Fue entonces, en mi nebulosa de pensar «la he cagado pero bien» que me percaté que no llevaba ni móvil, ni tampoco ninguna documentación encima, solo el poco dinero que me había sobrado aquella noche guardado en el sujetador. Ese había sido el plan, salir sin nada. Esa noche hacía un calor increíble en aquella ciudad Latinoamericana, así que mi amigo había salido con unas chanclas, una camiseta de tirantes y un pantalón corto en cuyo bolsillo quedaba custodiado el poco dinero que llevaba encima y que resultaba ser su valor más preciado. Yo, a diferencia de él, mi vestimenta de aquel día no tenía bolsillos, así que mi dinero había quedado requisado en aquel sujetador debajo de un vestido de tirantes; con unas sandalias y una pulsera de caucho en la muñeca como únicos complementos. Me había dejado el móvil, y cualquier documentación junto a la suya en las mochilas guardadas en la habitación. Ese había sido el plan, salir sin nada para estar más seguros. Me di cuenta en ese instante y no me sentí segura.
Respiré hondo y asumí una realidad evidente, no sabía donde estaba el hostal. Supuestamente debía estar allí y no estaba, y ni siquiera parecía estar cerca, ninguna pista a reconocer me mostraba siquiera que fuera en ese mismo barrio. Opté entonces por retroceder todo el camino andado y volver a la zona del pub, donde al menos había luz y gente, y desde allí buscar a mi amigo y la chica y reconocerles, sin vergüenza alguna mi miedo, y pedirles por favor tomar un taxi juntos.
Con esa misión en la cabeza fue que mi cuerpo emprendió el paso a toda velocidad pero, de repente, en el silencio más profundo, resonó el sonido de un coche y por mi espalda apareció, doblando la esquina de aquella callejuela a oscuras, las luces que lo anunciaban. Recuerdo que no sabía qué hacer, si acelerar el paso o petrificarme contra la pared en la oscuridad creyendo que si le pedía al universo ser invisible nadie me vería. Me sentí por un instante como en una pesadilla. A veces he tenido un sueño recurrente en el que voy caminando de noche, cerca de mi casa, y cuando estoy apunto de llegar un grupo de zombies o algo poco identificable empieza a perseguirme y yo empiezo a correr pero llega un momento en el que entre la ansiedad del sueño y la sensación de que no puedo avanzar decido pararme y me digo a mi misma «no puedo más, que me cojan»; y ahí, rendida ante el pánico me despierto. Fue que sentí eso mismo, pero esta vez opté por seguir caminando a todo velocidad, prácticamente empecé a correr. Aquel coche con las luces destartaladas pasó totalmente de largo.
Me apoyé contra la pared nada más doblar la esquina y agradecí al universo que ese coche no se parara ni siquiera a preguntarme el porqué de tantas prisas. Acaricié mi estómago completamente encogido, tomé dos bocanadas de aire y continué con paso rápido varias calles de vuelta, y fue en una de esas, que sin saber de dónde, apareció un taxi que se paró a mi lado. Bajó la ventanilla manualmente y me dijo «¿está sola? ¿dónde va usted sola por estas calles a estas horas? ¡Súbase que la llevo donde vaya!“
Me subí en el asiento del copiloto sin pensármelo dos veces. Le di las gracias y le dije el nombre del hostal, a lo que replicó aquel señor «está acá no más, yo la llevo». Recuerdo que me puse el cinturón con sorpresa del taxista, me abracé al cinturón cual rosario. Imagino que necesitaba sentir una sensación de seguridad. El señor empezó a conducir por las callejuelas y a mi ese viaje, que supuestamente debía ser solo de dos calles, se me hizo eterno. Empecé a impacientarme, empecé a mirar por la ventanilla las callejuelas oscuras y nada me sonaba, empecé a sentir cada uno de los segundos de viaje en ese silencioso taxi como interminables, y cuando todos los miedo florecieron y creí convencida en aquel silencio que no íbamos al hostal, de repente llegamos a la puerta.
Lo reconocí por el cartel colgado de las rejas cerradas a cal y canto. Ni siquiera el hostal me parecía el mismo, de noche todo toma otro color. Le confirmé al señor que allí era pero, cuando fui a abrir la puerta del taxi para bajarme, la puerta no se abrió. Lo volví a intentar y no se abrió, y en un tercer intento la puerta siguió sin abrirse. Miré al señor y le dije con la voz que me quedaba en el cuerpo después de aquella noche: «Disculpe, no puedo abrir la puerta ¿Está puesto algún seguro?». A lo que el señor contestó: «a veces se atasca. Vuelva a intentarlo. Dele bien fuerte». Lo volví a intentar bien fuerte. Lo intenté flojo, presionando sobre la puerta, empujando a la vez que presionaba sobre la cerradura, pero después de varios intentos seguía sin haber forma. Fue entonces que se me ocurrió bajar la ventanilla para abrir desde fuera, pero el señor que a todo esto contemplaba la escena con total silencio puntualizó: «No, la ventanilla está rota y no baja, está bloqueada». De manera inconsciente probé a darle a la manivela de todas formas por si fuera algo más de maña que de rotura y se obrara un milagro como se esperaba de la puerta. No hubo manera alguna, la ventanilla estaba completamente fija.
Un agobio empezó a recorrer mi cuerpo. Contemplé mis propias piernas al descubierto hundidas sobre aquel mullido asiento y sin saber cómo me asusté aún más. Me sentía vulnerable con aquel vestido, sentía como una especie de vergüenza o culpa de mi misma, como si fuera responsable de que aquello acabara mal, (y ahí, con ese frágil pensamiento, es donde te das cuenta escribiendo estas palabras de todos los miedos y culpas con los que has crecido). Con la respiración sobre mi pecho a punto de estallar, es pues que le dije con cierto tono de desesperación poco disimulada. «Disculpe, ¿podría salirse usted y salgo por su asiento del coche?» a lo que el señor contestó: «No hace falta. Solo es un golpecito de nada, vuelva a intentarlo. Se tiene que abrir. Eso es porque no le está dando bien y está atascada. Siempre se abre. No sé por qué hoy cuesta tanto». Respiré hondo y después de intentar abrir la puerta varias veces más, sin éxito alguno de nuevo, el señor tuvo la genial idea de decir: «Disculpe, voy a intentar abrirla yo. Es que le tiene que dar desde aquí.» Así pues, con total sorpresa, el señor se cruzó por encima de mi cuerpo y empezó a intentar abrir la puerta por él mismo tumbado a medio cuerpo sobre mi. Aquella escena se convirtió en tremendamente incómoda.
Sentí que necesitaba salir de allí y respirar en aquel instante o me moriría. Así que le dije «disculpe, llevamos aquí más de cinco minutos y necesito salir. De veras, bájese y salgo por su puerta, pero necesito salir, ya arreglará la puerta en otro momento». Se lo dije mientras hacía el amago para que el hombre se apartara de mi y volviera a su asiento, cuando lo hizo dijo: «Dele ahora a la clavija bien fuerte». Lo intenté pero después de intentarlo y volver a intentarlo seguía sin ser posible abrir la maldita puerta así que le volví a pedir «Bájese usted y yo salgo por su asiento, o me cruzo a los de detrás y salgo por cualquier de las puerta, o por el mismísimo maletero, pero necesito salir ya». Esta vez se lo dije mientras me desabrochaba el cinturón desesperada y me volteaba con la intención de salir de allí como fuera. El señor parando mis movimiento con las manos volvió a decir «pero si la puerta abre siempre. Está usted nerviosa, tranquilícese. Vuelva a intentarlo pero presionando de abajo» y después de presionar desde abajo yo misma y la puerta no sea abría, el señor se volvió a poner sobre mi cuerpo para intentar abrir la puerta por el mismo.
Fue entonces que ya solo tenía ganas locas de gritar, me sentía tan agobiada que solo quería que alguien me sacara de aquel coche, pero a su vez era incapaz de gritar, no me salía ni siquiera la voz. Creo que incluso una parte de mi se sentía ridícula por pensar en gritar, como si quizás visto desde fuera todo aquello fuera normal, puede que hasta ridículo, como si no tuviera derecho a tener miedo o sentirme incómoda. Y fue en esas, después de varios intentos de él mismo el señor sentenció: «inténtelo pero dele bien fuerte en la esquina» y ahí que lo volví a hacer y mágicamente se abrió la puerta.
Recuerdo que salí a toda velocidad como quien sale del agua después de aguantar la respiración. Me dirigí hacia el hostal sin volverme o despedirme siquiera, y fue entonces que el señor del taxi me dijo desde su ventanilla «el dinero, no me ha pagado» a lo que le contesté balbuceando con la seriedad y el poco valor que me quedaban en el cuerpo «solo eran dos calles. Arregle usted el taxi antes de cobrar por su trabajo». Se lo dije mientras tocaba fuertemente el portón para que alguien me abriera. Me metí en el hostal temblando.
Una vez dentro corrí al baño a ver si allí se me pasaba el susto, necesitaba estar sola. A veces los baños tienen esa mágica intimidad. Minutos más tarde en el baño contiguo escuché que entraba alguien, resultaron ser mi amigo con la chica que entre carcajadas entraban dispuestos a ducharse y darse mucho amor. Los baños estaban completamente comunicados por los techos, así que salí de allí queriendo volver a ser invisible y me fui a la habitación compartida en busca de mi litera. Lo hice con la congoja en el cuerpo y pensando que ser mochilera solitaria requiere tener más cabeza que la mía. Minutos después llegó a la habitación mi amigo y la chica para dormir juntos en su litera, y a ese otro pensamiento le sumé el de que en los días que tienes ganas de que la tierra te trague es una mierda compartir habitación.
Esta historia no está basada en sí misma en el acoso sexual de manera directa, nadie me echó un piropo por la calle, nadie en el pub se sobrepasó explícitamente, incluso no podría decir que aquel señor me acosara con intención, posiblemente aquel señor no tenía más maldad que la de abrir la maldita puerta, ¿por qué si ni no llevarme hasta la puerta del hostal? pero pasé un rato tan horrible que ni siquiera fui capaz de volverme para despedirme o pagarle. No puedo decir que me pasara nada, pero más allá de algo, en todo momento estuvo el miedo, pasé mucho miedo.
Me sentí terriblemente incómoda cual cervatillo antes de ser cazado en el pub, dude entre coger un taxi o no porque había escuchada multitud de historias horribles sobre taxis y taxistas, me sentí totalmente insegura caminando porque no había luz, porque no había nadie, porque temí encontrarme no a un extraterrestre, temía encontrarme simplemente con un grupo de muchachos que bajo su percepción sólo vieran a una chica como carne.
Si al igual que aquella periodista hubiera querido hablar solo de mi primer acoso de carácter sexual, tendría que haberme remontado a mucho atrás. Y en realidad no sabría decir cual es el primero, pero podría citar muchos. La vez que me tocaron tres veces el culo, con pellizco incluido, mientras estaba viendo un espectáculo de pie en una plaza de Marrakech me quedé petrificada. Recuerdo que me volví cada una de esas tres veces totalmente asustada, y cada una de esas tres veces me topé con hombres todos ellos con las manos en los bolsillos disimulando que ninguno había sido, se protegían. En la propia guía de viajes ponía que era común que a las chicas las acosaran de ese modo en aquella plaza. En una guía ponía eso y nadie había hecho nada al respecto. En India, me apretujó un pecho un chico que pasó como paquete en una moto, la moto descendió la velocidad y una vez me puso la mano encima salió a toda prisa. No fue un loco, eran dos locos coordinados en una misma moto. Varias veces en India me siguieron por la calle, o se me pegaron carne con carne, con su paquete en mi culo con la disculpa de que estaba el autobús a reventar. En un viaje en autobús, ya sentadas y de larga duración, estuvieron grabándones a una amiga y a mi con dos móviles pese a decirles a los dos hombres que por favor parasen. En un banco de un parque de Bilbao una tarde de primavera compartiendo banco con un señor mayor me dijo como carta de presentación «¿no querrá tener sexo conmigo?» mientras se acercaba a mi sitio con la intención de poner la mano sobre mi muslo. Me limité a levantarme completamente sorprendida y asustada con la única intención de desaparecer. Cuando iba en tren a la universidad también hubieron, en esos cuatro años de viajes, varias ocasiones en las que algún chico, hombre o señor se sentó a mi lado con ganas imperiosas de ligar hasta el punto de ser muy muy incómodo. E incluso durante este último viaje, una noche acabé tirada entre matorrales escondiéndome al margen de una carretera, y en un trayecto en furgoneta compartida un chico se me sentó al lado pese a tener otros muchos huecos y cuando empezó el viaje, y ya todo estaba lleno, comenzó a rozar su pierna con mi pierna de manera disimulada mientras escuchaba música por sus cascos. Acabé con las piernas engarrotadas a un lado, sin tampoco ser capaz de decir nada más allá de suplicar desesperada al universo salir de allí. Todo esto es una manera de acosar, y forma parte de la cotidianidad de muchas mujeres alrededor del mundo.
Solo planteo con este texto que quizás, al igual que esta periodista colombiana, sería interesante preguntar en un instituto cercano a nuestro entorno cuántas chicas son capaces de contar una situación de acoso similar, creo que nos sorprenderíamos. Cómo quizás se sorprendan mis padres o mi familia al leer esto. Y quizás más allá de sorprendernos, deberíamos preguntarnos quienes son los acosadores, porque más allá de chicos y hombres maravillosos, más allá de ellos, que hay millones, hay una educación común que no plantea esto desde su base. Hay una educación carente de debate en igualdad, y que de manera directa potencia que parte de esos chicos y hombres maravillosos a veces también sean los que hacen cosas, en grupo y con la excusa del alcohol, que desde la perspectiva de una chica son escalofriantes.
En la actualidad una gran parte de los hombres interpreta que si no tienes novio, que si no está otro chico presente a tu lado al que rendir cuentas, pasas a ser candidata de todos, y por tanto ya no es necesario preguntarte si te apetece siquiera hablar, solo hay que ingeniárselas para atacar el primero. Atacar hasta que te frenen. Y lo malo de esa idea, es que para frenar te han tenido que atacar antes y eso es terriblemente incómodo. Te han tenido que insinuar de manera violenta sin tu querer nada.
La cultura del ataque no se basa en una educación de la seducción y la exposición del deseo desde el respeto de las partes implicadas. No se basa en la percepción de la otra parte como un igual con el que entablar un juego en similares condiciones. Se basa en una perspectiva de poder. Para atacar uno mira hacia abajo, de lo contrario no atacarías, como mucho te limitarías a defenderte. En la cultura del ataque el chico ataca sabiendo que lo peor que le puede pasar, su mayor riesgo, es recibir un bofetón o un estufido. Y si vas sola, si no hay otra figura masculina que culturalmente respalde un puñetazo, un bofetón es casi insignificante como factor de riesgo.
En las sombras de la noche hay muchos chicos que se empoderan. Muchas veces incluso se empoderan en grupo, un piropo,tocar un vientre al descubierto se basa en eso mismo, y eso no es fruto del alcohol si no de la mirada con la que han sido educados en ver a la mujer, no perciben a la chica como persona sino como carne. El alcohol solo le otorga valor al acto mismo de atacar, pero la idea del ataque, la sensación de sentirse con poder sobre la otra parte para actuar sin percibir que hay una persona dentro de ese cuerpo, eso viene desde la educación. A través de nuestra propia cultura no se recrimina a los chicos como agresores, sino a las chicas como incitadoras al ataque. Hace unos días leí una frase viral que decía algo así como: «ya hemos culpado a las mujeres por llevar escote, lo próximo será obligar a las personas de raza negra a pintarse de blancxs por si se topan con un/a racista». Me hizo gracia por lo corta y ejemplificativa que es, me sirve para no escribir un párrafo más.
Cuando vivía en Costa Rica, un gran amigo que conocí allí era gay. Trabajaba en un establecimiento con una divertida terraza con barandilla, y cada vez que pasaba por allí un chico, que le resultaba atractivo a él, lo miraba descaradisimamente en cuanto se daba la vuelta. Yo siempre le decía «un día te vas a llevar un ostión». El me cucaba el ojo y me decía: «Querida, muchos hombres heterosexuales hacen eso constantemente con vosotras, a ti te lo hacen en muchos pubs cuando salimos juntos. Déjame que me vengue yo por ti y que sientan lo incómodo que es aunque sea por un instante. Para él no es tan incómodo, él sabría defenderse. Mírame, a puñetazos con lo enclenque que soy el saldría ganando». No creo cuanto justifica eso, pero me hizo pensar, sobre todo porque en este caso el tenía tanto miedo como yo a salir de noche solo. Si algo hemos compartido los gays y las mujeres a lo largo de la historia es saber describir ese miedo a la noche, a temer toparnos con algún extraterrestre que nos destruya la vida. Alguna vez he escuchado a algunos chicos decir que no entrarían a un pub gay por si «los violan», como si los gays fueran violadores. Yo no creo que por entrar a un pub gay te vayan a acosar todos los gays de su interior, pero si creo que muchos hombres heteros deberían entrar en un pub gay para saber como muchas chicas podemos llegar a sentirnos tratadas muchas veces por algunos hombres en un pub cualquiera; muchas veces te sientes carne, te sientes sola. Sientes que estás en desventaja de poder, que no sabrías defenderte frente al resto porque eres minoría.
Con la excusa de estar sola, ya se te puede poner la mano en la parte baja de la espalda y pegar su cara a tu oído para ofrecerte algo de beber, se te puede rozar la pierna si estás sentada en una silla continua. Si vas sola nadie te pregunta si te apetece que te abracen incómodamente si has aceptado meramente bailar un merengue con la idea de divertirse. Si vas sola se te puede hablar aunque tu no quieres mantener ninguna conversación. La cultura del ataque interpreta que no hay que «pedir permiso» previo para todo eso. Y eso si vas de pardola risueña como yo es peligroso, porque a veces una sonrisa se confunde con muchas más cosas que lo que es meramente una sonrisa. Y lo malo de ser una pardola risueña es que por mucho que hayas vivido situaciones en los que alguien se merecía un ostión como «Dios manda», tu eres tan sumamente pardola y en vez de darle ese ostión, te limitas a decir frases del tipo «tengo novio, no quiero nada», te haces la loca y aparentas que no has sentido nada mientras te apartas y activas tu cerebro en modo pánico, o directamente huyes en silencio e incluso con la cabeza gacha a paso rápido. Saber frenar también debería ser una asignatura.
La educación actual está fuertemente basada en los roles de género. A los hombres se les ha otorgado a lo largo de la historia el rol de la caza, y en ningún documental el león pide permiso a la gacela. Y a las mujeres, pese a criticar tanto esto, tampoco hemos sido educadas en asumir el deseo como algo natural a mostrar, sin culpa o vergüenza, es pues que muchas seguimos esperando a que sea el príncipe azul quien se acerque y pase el mal trago de decirte algo, y eso, inconscientemente, es perpetuar la cultura del ataque si no hemos dado ni siquiera una pista por nuestra parte. Queda mucho trabajo aún por hacer, si nos tratáramos como terrícolas, como simples personas, y no comopor roles de género, tal vez sería más fácil visualizar que el ligar solo es un juego de seducción entre dos personas, y la única norma y límite debe ser el respeto y la valentía para exponerse ante otro ser humano.
En realidad le mentí a mi amigo con eso de que “estaba viajando sola y sabía lo que me hacía”, creo que nunca he tenido muy claro lo que se hace, simplemente sabía que de noche caminar sola no era buena idea, pero ya era de noche y ya estaba sola, así que a partir de ahí fue pura improvisación. Esa noche aprendí la lección que lo importante no es ser valiente, si no luchar por hacer las cosas seguras y sin necesidad de valentía.
En México con la nueva oleada de los móviles inteligentes sacaron una aplicación de móvil para pedir taxi seguro. Posiblemente haya sido uno de los mayores inventos recientes para empoderar a mujeres, gays y cualquier persona en realidad que se sintiera insegura y que así puedan salir y entrar a la hora que quieran con total autonomía. Por medio de una aplicación de móvil, que dice dónde está el taxi en todo momento, que te permite no estar esperando solx en la calle, que notifica quien es el conductor y las valoraciones seguras del mismo, entre otras cosas, se ha logrado que salir de noche sea un actor seguro. La arquitectura urbana es crucial en esta lucha. Si las calles están iluminadas, si las calles son transitables con seguridad, si se diseña pensando en la importancia de la ocupación del espacio público como herramienta de seguridad y de empoderamiento, de manera directa se le está arrebatando al acto de volver a casa solx el compenente de valentía.
Recuerdo que con la nueva oleada de Cazapokemons este verano en mi pueblecito era increíblemente seguro salir de noche. A la una de la mañana podías pasearte tranquilamente por cualquier punto con una tarrina de helado y te sentías segurx; incluso podías irte a parajes más alejados, como una ermita que hay en la sierra que siempre corre el aire en las calurosas noches de verano, y no tenías ninguna sensación de estar haciendo una locura porque sabías que había tropas de pubertxs cazando Pokemons en todo el pueblo con los que seguro te toparías. Creo que al igual que yo, el señor de la heladería, vio como algo positivo que llegaran los Pokemons al pueblo este verano.
