Aguascalientes
Descubrí parte de Ciudad de México de la mano de Mariana; una buena amiga mexicana con la que compartí clases en Bilbao y que junto a su pareja Ánder me recibió, esta vez en su casita mexicana, con una buena olla de lentejas y un acogedor sofá en el que dormir y pasar largas horas hablando. Una mañana de sábado, con el único plan que el de pasear, perdernos y comer deliciosa comida mexicana, Mariana y yo llegamos caminando a la Biblioteca José Vasconcelos. Era una biblioteca lindísima que por suerte, y el encanto característica de lxs mexicanxs, acabamos explorando de la mano de lxs propixs trabajadxs quienes, cargados de entusiasmo, nos guiaron por el lugar explicándonos las leyendas literarias de ese acogedor rincón del inmenso DF.
Entre las diferentes salas se encontraban las bibliotecas personales de varios escritores de renombre de la literatura Mexicana, hecho que fascinó a Mariana. Me hubiera encantado sentir ese mismo entusiasmo que sentía ella por descubrir ese inmenso baúl secreto de varios de sus autores predilectos allí conmemorados, adentrarme plagada de curiosidad entre los libros y más libros que durante toda su vida aquellos escritores de renombre habían leído y acumulado; pero sin orgullo diré que no conocía a ninguno de ellos, por lo que la curiosidad se dirigió más por descubrir sus propias obras que a sus influencias allí guarecidas.
En ese caminar lento entre estanterías plagadas de libros tuve la sensación de ser una gran cotilla, ni siquiera conocía a ese escritor y ahí estaba yo curioseando entre mis manos el libro que le había mandado su buen amigo Gabriel García Márquez con cariñosa dedicatoria incluida; me sentía como una pequeña intrusa observando las pertenencias ajenas sin ni siquiera ser capaz de saber valorarlas. Leyendo algo tan íntimo como aquella dedicatoria fue que pensé en mi baúl, en mi colección de cosas sin importancia para el mundo, pera tan íntimas para una misma.
Pensé en mi colección de carpetas musicales con títulos absurdos pero profundamente comprensibles para mí; en mi estantería de libros, algunos de ellos también con dedicatoria pero en ese caso de alguien que pensó que ese libro me encantaría y lo compró y dedicó sin pluma; pensé en mis libretas del colegio plagados de garabatos que siguen cuidadosamente guardadas acumulando polvo en el trastero; o en el cuaderno de notas que me acompañaba durante el viaje, lleno de listas, dibujos y momentos ligados a un bolígrafo cual pequeño diario. Pensé en mis comidas favoritas; mi mono vaquero que esta desgastado de tanto ponérmelo; en los cientos de cartas, postales o emails que he mandado; pensé en esa colección imaginaria de películas que me encantan; y tras hacer un breve repaso mental llegué a la conclusión de que no me gustaría tener nada de esas pequeñas cosas expuestas públicamente, mucho menos mi lista de películas.
Si mi lista de películas favoritas hubiera estado compuesta por títulos como: Ciudadano Kane, El acorazado Potemkin, 2001: Una odisea en el espacio, Metrópolis, Casablanca o Los santos inocentes con gran orgullo la hubiera expuesto desde adolescente sin ninguna vergüenza; pero si bien todas son grandes obras de la historia del cine ninguna nunca ocupó un sitio destacado en mi lista de Películas que me encantan; porque hay que diferencias seriamente entre Películas buenas y Películas que te encantan, ésta última suele ser mucho más mediocre y personal, y suele ir acompañada de recuerdos, algunos justificados con Nocilla y otros por simple placer adulto. Nunca me avergoncé mucho de mis gustos, en muchas de mis películas favoritas hay un fuerte contexto familiar; pero aprendí que algunas veces ocultar nuestras pasiones nos puede ayudar a no mostrar nuestra humana y vergonzosa vulnerabilidad, y de ese modo, sin comentarios ajenos, es mucho más sencillo disfrutar en silencio y con un buen paquete de patatas fritas si no nos gustan las palomitas, de esa mediocre pero maravillosa película que tanto nos gustaba. Entre mi colección secreta de Películas que me encantaban, y cuyos títulos muchos no me enorgullecería predicar porque no hubieran encontrada el perdón de la sociedad, se encontraba una que marcó seriamente mi viaje a México.
Cuanto tenía nueve o diez años, expongo la edad como medio de justificación, una tarde de verano mi madre llegó a casa con una película alquilada del videoclub, llevaba por título Solo los tontos se enamoran. Se trataba de una comedia romántica protagonizada por una jovencísima Salma Hayek acompañada del actor que da vida a Chandler en Friends, siempre me gustó mucho Chandler. Como buena película hollywoodiense, y en su infinita gracia por predicar el amor romántico cargado de príncipes azules que persiguen a la chica hasta el fin del mundo tras un profundo malentendido, ésta incluía todo eso pero mejorado; porque la protagonista, tras su firme decisión de alejarse de él aún estando plenamente enamorada porque aparentemente el no la quiere, en su huida decide refugiarse en la casa de su abuela en México, por lo que él tiene que ir a buscarla desde Estados Unidos al mismísimo corazón de Aguascalientes, un pequeño pueblo que según la película resultaba ser encantador, y que a mi me enamoró por completo aquella tarde de verano y todas las tardes siguientes que volví a ver esa película.
Desde entonces siempre soñé con ir a Aguascalientes, e incluso cuando alguna vez en mi vida me topé con alguna persona mexicana, mi conversación siempre acababa conteniendo alguna indagación al respecto del tipo: “Por cierto, ¿qué tal es Aguascalientes? Me gustaría ir allí algún día”, obteniendo como respuesta estándar “¿Aguascalientes? No sé, nunca he estado, México es muy grande”. Una noche de septiembre,estando en Calcuta, un mexicano con el que me topé fue un poco más esclarecedor y añadió “¿quieres ir a visitar a los hidrocálidos?, ¿qué se te ha perdido por allí?, por turismo no será, porque no es una de las zonas más bonitas de México”. Ante esa respuesta, quizás en ese mismo instante tendría que haberme replanteado seriamente ese infantil deseo, pero yo solo contesté cual niña que no quiere que le alteren su sueño si no es para mejorarlo: “¿Siiii?, ¿no es bonita esa zona? (mientras por dentro pensaba, “en la película es preciosa”) bueno, segura que no será tan fea, si algún día voy a México me gustaría visitarla”. Y eso intenté, cuatro años más tarde de esa conversación llegué a México con esa infantil fantasía en un resguardo de mi cabeza.
En un principio la locura no parecía muy difícil, solo había que abrir el mapa, planificar en la inmensidad de México como llegar hasta allí y llamar a tu familia para decirles, por si no te comunicabas en unos días, cual era tu pericia. Aguascalientes aparecía en la guía de viajes, eso ya era muy buena señal, estaba situado al centro-norte del país, no dentro de la zona peligrosa del narco (dato importante) y como gran sorpresa decía que el pueblito en realidad era una ciudad de más de un millón de habitantes y pese a no tener nada turísticamente relevante era de destacar su Museo de Muertos. Estudié y planeé la ruta con cierto toque de improvisación universal, dudé mucho entre ir o no ir hasta el último momento, una parte de mi era muy consciente de que en realidad se trataba de una gran e infantil chorrada, pero finalmente bajo la premisa «más vale arrepentirse por cagarla que no por no intentarlo»y «nunca volveré a estar tan cerca» un sábado me lancé a la conquista de Aguascalientescon la bendición de un clip al salir del portón.
Llegué sin saber realmente que iba buscando. Después de muchas horas de autobús, dos transbordos y un paisaje sin cactus ni riachuelos como en la película mis pies pisaron el soñado suelo de Aguascalientes; con la premisa inicial, nada más bajar bajo un sol abrasador de las dos de la tarde, de buscar un sitio donde reservar para dormir y luego ya indagar más sobre aquel supuesto soñado paraíso. Al parecer, según Internet y la propia guía de viajes, en toda la ciudad solo había un único hostal, y fue hacia esa dirección apuntada en mi cuaderno que me dirigí cargada con mi mochila y un pequeño mapa que conseguí al salir de la estación de autobuses.
La estación se encontraba a las afueras de la ciudad, así que una amable señora, sin trenzas, me recomendó que la opción más barata para ir hasta el centro era tomar uno de los buses locales que pasaban por allí mismo y subirme en uno que pusiera “Dirección Catedral». Eso fue lo que hice; esperé un autobús, pregunté a varios antes de encontrar el correcto, subí, lo atravesé lleno de gente con mi pesada mochila, me anclé de pie en el final del todo y siendo el centro de todas las miradas esperé hasta llegar a la catedral entre el ritmo de rancheras y la propia ebullición de ser un autobús lleno hasta los topes de gente a las dos de la tarde.
Como estrategia de ubicación miraba por la ventanilla cada poco tiempo intentando vislumbrar la Catedral o alguna de sus torres por algún lado, pero dado que solo veía aceras, mucha gente, coches, semáforos y personas que subían y bajaban del autobús finalmente decidí preguntarle a la señora más cercana para corroborar mi ubicación. Una señora que al igual que la anterior tampoco llevaba trenzas, en aquel Aguascalientes no parecía haber riachuelos, ni burros, ni cactus ni tampoco mujeres con trenza. No fue esa, si no otra señora la que al escuchar mi pregunta me tiró de la mochila por detrás para llamar mi atención y me dijo “bájate en esta, bájate ya que la siguiente parada es al otro lado y es muy lejos para donde tú quieres ir, bájate, bájate”. Así que entre las prisas le di las gracias a ambas señoras y fui empujando las decenas de espaldas que me separaban de la puerta para finalmente con ella abierta lanzarme a la calle con el autobús medio parado en un semáforo. La señora tenía razón, y si bien yo me perdí entre las calles, desde ese punto del mapa el Hostal estaba mucho más cerca.
Llegué a las puertas de hostal veinte minutos más tarde y las puertas que encontré, las encontré cerradas muy cerradas. Me tiré en la acera, en las soñadas, solitarias y calurosas aceras de Aguascalientes para meditar seriamente qué hacer, o simplemente para no morir por el calor y la mochila; y he de reconocer que, en esos instantes de no tener ningún control sobre mi vida, dada mi nueva facilidad para mandar a comer mierda, empecé a despotricar sin miramientos frases del tipo “qué narices se me ha perdido a mí en este Mordor Mexicano… Estoy loca…..Mis padres tenían razón estoy muuuuuy loca….Puto Clip de los huevos….Solo me faltaba apuntarme al horóscopo…”. Si bien despotriqué durante varios minutos, bien tirada en la acera, apenas paré de autoflagelarme pasó un chico en bici que dijo, cual señal divina, sin siquiera detenerse “abrieron otro hostel dos cuadras más arriba” y prosiguió su camino en bici cual apóstol. Me encaminé hacía el nuevo destino con un cierto aire religioso de “gracias a los dioses”, pero cuando llegué, para sorpresa mía, ése hostal también estaba cerrado con un inmenso candado en la puerta, eso sí, esta vez había una nota que decía “salgo un momento, si me necesitan llamen al teléfono…”.
Llamé y solo fui capaz de entender un “ya voy” antes de que colgaran. Cinco minutos más tarde, y yo de nuevo tirada en la acera, apareció un chico joven cargado de alegre tranquilidad. Abrió las puertas del hostal mientras saludaba y rebatía mi suposición de que no había más huéspedes, puesto que sí había gente hospedada me dijo, “un grupo de albañiles que llegan a la noche cada día después de trabajar por una zona cercana”. Acepté quedarme desde un principio, era eso o la nada, pero para sorpresa mía el hostal resultó ser mucho más acogedor de lo fantasmagóricamente esperado. Conformé me lo enseñaba Joselo, así se presentó, y se disculpaba por lo desastrosa que estaba la cocina y el salón de las huellas de una loca noche anterior con sus amigos, fui gratamente descubriendo que pese a las huellas alcohólicas del crimen el lugar era potencialmente un gran hostal.
Por ser la única huésped turista tuve el privilegio de elegir habitación y cama. Me decanté por una gigantesca cama, casi de matrimonio, en la parte baja de una habitación con dos literas y completamente vacía; me sentía en el paraíso, tenía un gran baño y una habitación para mi sola. Fue entonces, mientras dejaba mis cosas y ayudaba a Joselo a poner las sábanas limpias, que él hizo la gran pregunta “¿qué se te ha perdido en Aguascalientes? No suelen venir turistas por acá”. Pensé en decirle que venía desde tan lejos a ver el Museo de Muertos, pero dado el agotamiento y llegados a ese punto le confesé toda la verdad mientras ponía la funda sobre la almohada, era fan de una película. Joselo muy educado, se limitó a reírse y con mucha curiosidad dijo: “No sé de qué película me hablas, creo que no la he visto ¿sale Aguascalientes?”, a lo que por supuesto contesté “Si” y le expliqué,con actores incluidos de qué película se trataba. Dado que ya era tarde y no había comido nada desde el desayuno, Joselo no le dio más importancia y se ofreció a acompañarme por el pueblo/ciudad para recomendarme un gran sitio para comer y que así me llevara el mejor sabor posible, dado que según mis descripciones el cinematográfico iba a estar muy difícil.
Para sorpresa, incluso del propio Joselo, Aguascalientes me encantó. No era un bello pueblo con gallinas, lagos, señoras con trenzas, ni hombres con sombreros mexicanos bajo cactus y pistolas, pero resultó ser la ciudad más animada y divertida que me había topado en México. Al atardecer las calles estaban plagados de gente; en el parque central había grupos bailando, otros cantando fervientemente con micro y pantallas de karaoke, los más pequeñxs corrían de manera universal y los enamorados se deleitaban a manifestar su amor sin disimulo alguno. En la Catedral, situada en uno de los costados del parque se celebraba aquella tarde una boda multitudinaria, mientras a pocos metros un chico joven tocaba el violín para sacarse un dinero, un grupo de jóvenes practicaba capoeira y en otra de las esquinas un pequeño grupo de percusión enseñaba con publico incluido. Se presentaba como el lugar perfecto para pasar la tarde y saborear un delicioso helado de coco, de la universal heladería/paletería mexicana La Michoacana. Como dato importante y de gran orgullo, el Museo de Muertos, tenía razón la guía, era francamente interesante.
Llegada la noche Joselo y sus amigos me invitaron a unirme a su noche de sábado marcada por el tequila; y fue entonces, bajo el interrogatorio social de “¿qué hace una chica sola en Aguascalientes?” que investigar sobre la película suscitó gran interés. Empezaron a buscar la película por internet y en una de esas, mientras Joselo tecleaba en el móvil, dijo: “¿estás segura que es Aguascalientes? ¿este Aguascalientes?”, “¿este? contesté yo, ¿es que hay otro Aguascaliente en México? pregunté sin querer saber en realidad la respuesta. “Más de diez casi seguro, Aguascalientes es un nombre muy común en pueblos de México, y creo que el que tu buscas no es la ciudad de Aguascalientes si no algún pueblito”; y fue entonces que descubrimos, por medio de un foro de internet (hay mucha gente frikie) y el análisis minucioso de la escena de la persecución de la película en youtube, que el Aguascalientes que yo buscaba en realidad era un pueblito cerca de Tamazula en el estado de Sinaloa, mucho más al norte.
http://https://www.youtube.com/watch?v=pzRsVc4yqbI
Escena Película «Solo los Tontos se enamoran» rumbo a Aguascalientes.
Diré que en realidad casi lo preferí, es un mejor final para esta historia. No sé cómo será el verdadero Aguascalientes pero en el falso bebí tequila hasta las cinco de la mañana, hice grandes amigos y me reí a carcajadas con todos ellos. Era divertido pensar a la mañana siguiente mientras nos mirábamos las caras desgreñadas desayunando Virria (tacos de carne de cordero en salsa con mucho picante), sentados en un mercado a rebosar intentando combatir la calurosa resaca que cada unx de nosotrxs arrastraba, que yo estaba allí gracias aquella alocada película que introduje en mi baúl de pequeña. Una película que me llevó a Aguascalientes aquel día y que algún otro me hará volver de nuevo a México, y entonces tendré que visitarles a todos ellos y juntos ir a conocer el Verdadero Aguascalientes. Promesa de tequila.
