Esquilamiento

Dibujo texto esquilamiento. Mujer sin depilar

Esquilamiento

El cambio de estación hacia el verano lleva consigo, en mi caso al menos lo tenía fuertemente interiorizado, el tener que llevar a cabo el esquilamiento oficial de mis pelos de cara al público.

Había un chiste que decía que era fácil reconocer el estado sentimental de una mujer pidiéndole en pleno enero, y de sorpresa, que dejara vislumbrar sus hermosas piernas al descubierto. ¿Pelos o no pelos?, he ahí que residía la respuesta para descubrir ante quién se desnudaba. A mi seguro me hubieran pillado infraganti y hubiera sido de respuesta peluda y de interpretación soltera. Una mona al completo -de noviembre a mayo-, y una monita a roales -de mayo a octubre- para guardar las apariencias.

El bigote, por su propio exhibicionismo, siempre tuvo su propia autonomía dentro de mi agenda. Es pues que bajo la persistencia de mi madre siempre hice las rigurosas visitas a la esteticista para quitármelo, por eso de que no se puede ocultar dentro de mi cara blanca un vello tan negro, y porque día tras día, cuando un suave sombreado iluminaba mi rostro, mi madre empezaba a pregonar: “A la mujer bigotuda desde lejos se le saluda”, recordándome mis obligaciones con la feminidad. El resto del cuerpo vivía más camuflado y, por ende, podía optar por no mostrarlo más de lo estrictamente necesario y limitar mi batalla campal a quitar pelos solo en aquellos momentos en los que no quedaba otra.

Por pura vergüenza puberta ante mi propia desnudez solía emprender esa batalla campal de esquilamiento en la intimidad del aseo de casa. Entre mis armas de exterminio hubieron cremas, cuchillas, una maquina depilatoria que una prima pidió a los Reyes Magos en mi nombre (la cual para mi propio miedo llevaba una pieza para el congelador que anestesiaba la piel), tarros de cera que vendían en el supermercado: versión para el baño maría, para el microondas, para pieles sensibles, con roll-on especial incorporado… Y así, pese a las aparentes diferencias entre unas y otras,  no creo que jamás superara la destreza de hacerlo como quien está esparciendo cemento ni quitar las bandas con la consistencia de quien intenta arrancar un chicle. 

Se concluye pues, que se diera la paradoja que la primera vez que fui a una esteticista a depilarme el cuerpo entero fuera con veinte años, y que todo el tiempo predecesor tirara de aquella improvisación casera, que si bien con ella nunca alcancé unas piernas perfectas, quizás una pero jamás las dos, sí me permitía la calificación de apta para distancias largas en los momentos necesarios. A esa edad, a la de veinte años, en la estación de trenes de mi pueblito rumbo a la universidad, fue que conocí a la chica que exterminaría por primera vez mis pelos de manera profesional. Esa chica, al igual que yo, cogía el tren cada mañana para ir a clase, en su caso para su formación de esteticista. Si jamás había enseñado mis preciosos piernas, muslos, inglés, ni axilas a ninguna esteticista, ni a ninguna persona en general por pura vergüenza, el universo quiso que acabara en bragas y sujetador, y eligiendo diseño de inglés, en el examen final de esta chica bajo su mirada y también la de todo su profesorado.

No querría dar la impresión, con esta confesión, que desde joven siempre me la repanpinfló bastante ser peluda y que disfrutaba siendo una pequeña mona. En realidad no disfrutaba, simplemente sucedía, como a veces tengo la sensación de que pasaban muchas cosas en aquella época. Las piernas de los anuncios me parecían bellísimas, admirables y dignas de lucir si las hubiera tenido, pero jamás sentí tenerlas. Ya si bien porque mis piernas eran dos veces el tamaño promedio, o bien porque siempre se me llenaban de granitos y estaban tan blancas y tan imperfectas, y tan poco firmes y tersas que no veía el momento de lucirlas. No se trató pues de que quisiera dejar mis piernas a su más pura naturaleza como un acto reivindicativo de lucha feminista por conquistar la libertad de mi cuerpo, como una opción de aceptación, o porque me la repanpinflara la vida en general.Más bien fue porque simplemente tenía la sensación de que en mi caso era una batalla totalmente perdida aspirar a tener esas piernas. Los pelos siempre volvían a salir y jamás de los jamases tuve unas piernas de anuncio que quisiera mostrar al público.

Lo malo de ser peluda camuflada es que la escasez de convencimiento ante lo que hacía me embriagaba de un alto grado de vergüenza si me pillaban. Es pues que si bien sobrellevé mi osadía con bastante discreción con ayuda de la cuchilla en los mementos clave, no niego que siempre existió el miedo oculto a que me pillaran. He ahí el pánico de por vida a la temible maldición de que me rompiera una pierna, o esa pesadilla freudiana de soñar estar desnuda en alguna clase, o en la calle, y con el apuro inmenso de no saber cómo cubrir mi peluda desnudez.

Lo curioso, no obstante, es que si te pillaban y hacías muestras de arrepentimiento y culpabilidad, todo el mundo te disculpaba. En realidad el ser humano solo es cruel contra los pelos entre bambalinas. Recuerdo que alguna vez fui a alguna tienda y al ver que las cortinillas de los probadores no eran hasta el suelo una parte de mi insistía en subirse los calcetines para ver si mágicamente los convertía en ligeros. Había otras veces que al vislumbrar mis piernas desnudas cubiertas por un oscuro pelaje y mi madre, una amiga o la dependienta insistían encarecidamente en echarme un vistazo para ver cómo me quedaba la falda, yo optaba por ese socorrido invento de combinar estilosamente el pantalón bajado hasta las rodillas por debajo de esa preciosa falda a comprar. Por sorpresa, ante eso, ante ese conjunto esperpéntico, nadie decía nada. Nadie dice que te quites los pantalones para ver cómo te queda la falda en realidad, nadie dice que así es imposible saber como te queda, nadie dice nada porque todo el mundo sabe que estás monita.

Tengo una amiga que siempre que quedaba con su ex-pareja, quien le rompió el corazón y era su gran punto de debilidad, explicaba a los cuatro vientos su estrategía cuando le decíamos “cuidado y no caigas, que cuando lo ves siempre te sube la bilirrubina y luego vienen los “Padre, Señor mío””. Después de caer y acabar con todos los clinex del súper en más de una ocasión, optó por ir sin depilar cada vez que quedaba con él. “Saber que soy un cuerpoespín es lo único que me mantiene serena” decía riéndose. Yo la entendía.  Siempre había optado por ser monita esquilada previo aviso, y ahora soy consciente de que eso lo viví como una limitación constante en el fluir del día a día. En cierta manera crecí con la idea cultural de que estar monita era algo muy malo que por ende tenías que ocultar, es pues, que jamás de los jamases me sentí segura para omitirlo. Nunca fui capaz de improvisar una locura acorde a las películas y gritar un “bañémonos en bragas en la piscina”, sin previo aviso era peluda, y si te avergüenzas de ser peluda te quedas en la mesa jugando a las cartas.

Hace unas semanas mi abuela tenía que ir al médico, así que el día antes mi abuela por la tarde le dijo a mi abuelo “Paco, esta tarde me tienes que depilar que mañana tenemos médico”. Me parece divertido como a ciertas edades el tener médico ya es plural, y como 60 años de matrimonio te otorgan la mágica confianza de poder depilar a la persona con la que compartes tu vida teniendo como único aliciente el quedar bien ante el médico. Esa tarde mi abuelo embadurnó a mi abuela de crema depilatoria y entre risas y equilibrios la depiló en el baño porque ella apenas se puede agachar.

Recuerdo que cuando me fui a estudiar a Bilbao, nada más llegar, a mediados de octubre y en un día de sol espléndido y antinatural para esas fechas, una compañera de clase se quitó la sudadera y se quedó en tirantes mientras estábamos en el césped dormitando la siesta. Fue en un amago de señalar algo que me di cuenta que iba sin depilar, y en esas fue que pensé «Ay madre, que no se ha dado cuenta de la pelambrera que lleva, que apuro cuando ella misma se percate esta noche al llegar a casa». Meses más tarde, descubrí, para mi propia sorpresa e ignorancia -porque jamás me lo había replanteado si quiera en mi cabezota- de que tenía pelambrera en las axilas, e imagino también en el resto del cuerpo, por propia voluntad, y que no le daba importancia ninguna a tenerla o a quitársela una vez al año si le apetecía. Para desilusión del chiste, pocos meses más tarde conocí a su novio, un chico majísimo, que cuando le pregunté -ya con meses de confianza- que qué pensaba sinceramente me contestó riéndose: «Son pelos, y son sus pelos. Yo también tengo pelos. Es vello, nada más que vello corporal, no altera su cuerpo. Podría decir que en cierta manera es una de las cosas que adoro de ella, no su pelo en sí mismo, eso me da igual, si no esa manera que tiene de respetarse, de hacer con su cuerpo lo que siente y desea, sin miedo al que puedan decir, sin miedo a lo que yo pudiera pensar la primera vez que nos desnudamos. Esa seguridad, esa falta de importancia a moldearse, esa naturalidad con la que se enfrenta a muchas cosas es una de las partes que me enamoran más de ella». Añadiré que conozco tres chicas que no se depilan con mucha asiduidad -o nunca- y las tres tienen pareja y son bellezones. Siempre las tengo muy en mente porque a veces se tiene la idea de que NO depilación es ausencia de higiene, o falta o incapacidad de ser atractivas, y justo estas amigas representan de la manera más sencilla y natural posible una ruptura ante esa idea, porque son igual de atractivas, encantadoras y limpias que el resto de amigas que conozco pero con el aliciente de tener pelos rubios, morenos o pelirrojos en partes de sus cuerpos.      

Cuando marché a vivir a Costa Rica, con clima caribeño en constante verano o de verano con lluvia, se produjo la paradoja del calor y la vestimenta. Llevaba una maleta llena de vestidos acordes a mi puesto de becaria en un centro de carácter institucional, y esos vestidos de tirantes aptos para el calor y la burocracia requerían de unas piernas y unas axilas perfectas, de una depilación perfecta, una depilación que cumpliera su cometido de no llamar la atención por su ausencia. Fue en esos meses, lejos de un contexto tan libre como el que viví en Bilbao, que sentí una nostalgia profunda de esas personas que de una manera u otra le restaban presión a la perfección de los cuerpos.

Al viajar con la mochila y con una cuchilla como única fuente de exterminio fue que empecé a cuestionarme los pelos seriamente. Algunas veces tenía las piernas llenas de picaduras y depilarme con cuchilla era como acribillar mis piernas, era una masacre en pro de la feminidad que sentía cruel. Así que a veces, dada la gravedad de mis picaduras como fuente de excusa principal, optaba por dejarme cierta pelambrera y mágicamente he de decir que no sentía tanta vergüenza. Por primera vez sentí que si nadie me conocía en realidad nadie podía juzgarme. Pensaba en las ilustraciones de Rocio Salazar y me reía de mis propios pelos sin darles mucha más importancia. 

Fue al volver a casa, y sentir de nuevo la presión de pueblito, de público conocido y de cotidianidad que me replantee seriamente que hacer con mis pelos. Medité solo dos opciones, o ir a terapia a trabajar el querer a mi cuerpo tal y como era con pelos incluidos y dejar de depilarme, o hacerme el láser y olvidar mis pelos por siempre jamás.

Para desilusión de mi misma opté por el láser, y digo desilusión porque ojalá hubiera sido más valiente y pudiera escribir que tengo una pelambrera de la que me siento orgullosa y voy a comuniones de mi pueblito con falda y pelos, pero me conozco y sé que no lo haría. Sé que me restaría seguridad porque a veces me siento sola en la locura y a veces necesitas ser invisible para ser feliz, porque no estoy hecha para llevar pancartas ni liderar batallas todo el día. Me hice el láser y la esteticista aún se ríe de mi cara de pena y de mis reflexiones filosóficas cuando me pasaba el aparato. Porque es cierto que ya no tengo pelos, pero una parte de mi los echa de menos, jamás tendré pelos y eran mis pelos y de una u otra manera los quería y el pensar que jamás saldrán me produce tristeza.

Si hay algo de lo que me alegro es que me negué rotundamente a depilarme mis velludos brazos, había oferta, pero me negué sin dudarlo. Adoro cuando se me eriza la piel, adoro cuando puedo decir “tengo los pelillos de punta”. A veces pienso que ojalá hubiera querido el resto de mis pelos de esa manera, con esa misma seguridad para que nada hubiera impedido avergonzarme de ellos, a veces pienso esas cosas pero solo se las cuento a la esteticista. Le hablo de eso mientras busco artículos para respondernos ¿cuándo empezó la mujer a depilarse? Mientras me pasaba el láser descubrimos que fue a principios del siglo XX, sobre el 1915, y que antes a esa fecha ella se hubiera quedado en el paro porque todas eran monitas. También le cuento que lxs indígenas tienen poco vello corporal, y que una vez alguien me contó que una indígena mexicana vio a “su señora» española depilarse y esta le dije entre lágrimas “No lo haga señora, ¿porque se quita el vello? ¡Con lo bonito que lo tiene!”. Imagino que la chica indígena envidiaba el vello por que era de blancxs, y la señora quería quitarse el vello para sentirse bella pero no indígena, lo cual es paradójico. Todas querían algo que no tenían basado en un esteriotipo cultural que a ambas obligaba a mirarse en el espejo contrario. La sesión de láser dura una hora, da mucho tiempo para hablar. es pues que también hablamos del capítulo de la serie Girls en el que la protagonista sale sin depilar su hermosa melena vaginal y es eso, su hermosa melena vaginal, lo que le sirve para que un amante la recuerde. Ya nadie tiene melena vaginal me confirmó la esteticista.

Dibujo texto esquilamiento. Mujer sin depilar

Arreglagrietas

Arreglagrietas

Cuando estudiaba en Bilbao había una clase que llevaba por título “Ética y Desarrollo”. El profesor que la impartía pertenecía a ese reducido cupo de personas en el mundo que si hubiera un ataque alienígena serían idóneas para dar un comunicado tranquilizador por televisión. Era una persona muy sabia, gran amante de los libros y también de las series de televisión, pero sobre todo era un maravilloso orador, capaz de llenar el aula hasta arriba con alumnos que incluso, como yo, ni siquiera estábamos matriculados en esa asignatura.

Un día en clase explicó una metáfora de la que muchas veces me acuerdo entre el caos del día a día. A modo de moraleja contaba que idear y construir un mundo mucho mejor y más justo era posible, el truco residía en «no pensar que el mundo ya estaba totalmente quebrado, sino abordarlo como si en realidad lo único que tuviera fuera millones de grietas». Ante esa idea su propuesta más sencilla para arreglar grietas, más o menos sólidamente, era que cada persona pudiéramos responsabilizarnos en trabajar y luchar por reformar los desperfectos de alguna de esas pequeñas aberturas del planeta que tenemos cercanas, echando un ojillo a las colindantes, porque en realidad todo está demasiado unido. «Dado que no tenemos superpoderes, sería demoledor, y posiblemente poco preciso en el enmasillado, pretender estar en el arreglo de todas las causas».

Txabi no bebe coca-cola, tiene una cruzada personal contra ella y la vulneración de los derechos humanos que conlleva su producción, así como, lo poco saludable que es cada uno de sus sorbitos enlace coca cola. Otra compañera de clase recuerdo que siempre miraba la etiqueta de la ropa para saber su origen, Bangladesh, India y Pakistán lideraban su lista negra, pero en general no compraba ropa de multinacionales (Zara, H&M, El Corte Ingles…) porque sus prendas procedían de allí: siempre iba buscando aquellas cosas elaboradas en España por pequeños diseñadorxs, prefería tener solo dos jerseys más carillos pero mucho más mullidos porque respetaban derechos y eso se sentía en el tacto y en la conciencia  enlace trabajo esclavo. Otra amiga nunca volaba si no era altamente necesario, pese a estar tentada a ahorrarse sus siete horas de bus para volver a casa con algún que otro ofertón aéreo Bilbao-Barcelona, siempre prefería el autobús o el tren porque la huella ecológica era mucho menor y el paisaje por la ventanilla muy bonito enlace test huella ecológica. Otro compañero sociólogo trabajaba enmasillando la grieta del racismo por medio de una organización que trabajaba con inmigrantes africanxs, ante cualquier comentario, chiste o titular de prensa con tintes racistas él siempre aplicaba el divertido ejemplo de cambiar el sujeto por EXTREMEÑX, por ejemplo; «Los inmigrantes colapsan la salud pública – los EXTREMEÑXS colapsan la salud pública», decía que ayudaba a asimilar lo escandaloso y poco real que es generalizar ante titulares así; todo es siempre mucho más complejo, e incluso muy poco cercano a las estadísticas, de lo que lo son los titulares enlace inmigración y racismo.

Cuando estuve en prácticas en una cooperativa de lácteos, surgida entre productores y consumidores, la grieta a trabajar era la Soberanía Alimentaria; intentar proteger el mercado de alimentación local contra los productos excedentarios que se venden más baratos en el mercado internacional, ¿si tenemos alimentos en nuestros campos para qué traer naranjas de los campos de otro país? enlace crisis alimentaria. La respuesta, explicaban, siempre suele ser económica, sin tener en cuenta en ella el daño medioambiental y de insostenibilidad que se ocasiona. Para esta cooperativa los supermercados, las marcas blancas y los ofertones se percibían como el monstruo de las galletas, supongo que cuando a tus ovejas las sacas a pastar felices y elaboras el queso sin aditivos y pagando sueldos dignos a todas las partes implicadas, competir con Hacendado y sus condiciones de bajo costo se presentaba altamente imposible enlace Mercadona. No obstante, pese a la dificultad de vender un queso mucho más caro, pero también mas rico, en los lluviosos días de Euskadi, era mágico el percibir que sí había gente, cada día más gente, que venía buscando tu queso porque el sueño de recuperar las redes de alimentación de antaño, protegiendo a los productorxs, los ganaderxs, los panaderxs, los agricultorxs de la zona,… se iba haciendo más grande; por medio de pequeños grupos de consumo, las tiendas de barrio y los mercados de toda la vida en los que siempre se sabe el origen de cada uno de esos pequeños alimentos que llenan el carro, y en los que el buenos días y el cómo estás van antes del ticket de compra 

La clase con aquel profesor estaba llena de esxs y otrxs muchxs soñadorxs “arreglagrietas”, y creo que con esa pequeña metáfora sólo quería tranquilizarlxs. La frustración de quien quiere cambiar el mundo y solo ve paredes demolidas es muy grande, pero a veces centrarse solo en arreglar minigrietas hace que la cosa sea mucho más llevadera, sobre todo en la convivencia, porque la convivencia con activistas  «arreglagrietas» no es sencilla, nunca nada se ve bajo color de rosa. A veces es divertido ver con un humor los momentos de debilidad personal ante las grietas ajenas, porque ni siquiera una persona «arreglagrietas» es perfecta. Una amiga vegana, defensora de los animales y del consumo sostenible, convive sucumbida por el enamoramiento compartiendo frigorífico con un amigo amante de los chuletones. Otro amigo que está en la lista de espera para un móvil libre de coltán, el material extraído del conflicto del Congo y que está presente en la mayoría de móviles, sobrevive la espera de un par de meses que conlleva ese móvil con un Iphone4 prestado por su hermano enlace móviles coltán; mientras que la amiga, que nunca se depila, pasó por sus piernas la cuchilla el día que tenía una boda.

En la época de las tesinas y nuestros encierros de verano en la biblioteca una de mis compañeras de suspiros, cuya investigación giraba en torno a la Insosteniblidad medioambiental de las multinacionales de alimentación, mataba su frustración en los momentos de mayor agobio saliendo a la maquina expendedora del pasillo a comprarse 1cocacola + 1chocolatina Nestle + 1bolsa de patatas Lays + 1cigarro pese a jurar y perjurar entre movimientos de rodillas nerviosos que era el últimoYo en mi pequeño historial de grietas lideré una cruzada personal contra el champú, había leído que muchos de los grandes marcas utilizaban productos dañinos para el medio ambiente, así como, para el propio cabello, generando dependencia diaria de limpieza cuando no era tal la necesidad (podemos pasar sin lavarnos el pelo durante más de una semana en realidad). Así que bajo los tutoriales de google de algún locx extremista como decían mis padres, dejé de lavarme el pelo con champú y pasé a hacerlo con sólo una cucharada de bicarbonato y otra de vinagre. Duré cuatro meses y medio, y la conclusión algún día os la contaré con dibujos enlace No Champú.

Adoraba esa clase, y me encantaban mis compañerxs. Nadie era un superhéroe ni ninguna superheroína, salíamos a tomar zuritos cada cual cargando su cruzada y debatiendo hasta la caída de la persiana del bar lo desastre que era todo, incluidos nosotrxs mismos. Si bien no logré que nadie dejara de utilizar el champú todxs entendían mi locura y apoyaron y respetaron con cariño mis primeros meses de pelo grasiento camuflado en una disimulada trenza. Gracias a ellxs ahora soy mucho más consciente de mis pequeños actos como diminuto ser humano, valoro mucho más el ir a comprar al pequeño comercio, me gusta el mercado tradicional y comprar el pan en la panadería de toda la vida; y también doy sermones interminables sobre lo malo que es Mercadona o los grandes supermercados, pese a sucumbir alguna que otra vez a entrar con el carrito. Evito dejarle dinero a Amancio Ortega e Inditex, y si hay que comprar un libro es mucho mejor perderse en la búsqueda de alguna pequeña librería que aún lucha por sobrevivir que en los infinitos pasillos de la Fnac. Pero si un día se sucumbe no pasa nada, al día siguiente puede ser lunes y volver a empezar, las recaídas son normales, yo al menos me caigo mucho. No creo que el éxito resida en lo inquebrantable que seamos cada uno de nosotrxs con nuestrxs principios, quizás sea mucho más importante saber que todo esta lleno de grietas y conocer las nuestras y ser sensibles en el enmasillado de las de lxs demás sea la esencia de la reconstrucción, porque si un día hay que salir a luchar sabes que tienes un arsenal de amigxs que probablemente estarían dispuestos a dejar de lavarse el pelo con champú.

A Miguel lo asaltaran la otra noche saliendo del pub en el que habíamos estado bailando salsa, salimos juntos pero cogimos dos caminos diferentes para citarnos veinte minutos más tarde de nuevo en su casa. Yo fui por la izquierda con un amigo a comprarnos algo para matar el hambre de la medianoche, y Miguel por la derecha a acompañar a una amiga a su casa. Los asaltaron llegando al portal de ella, fueron unos chicos que habían estado bailoteando junto a nosotrxs en el pub durante toda la noche con varias cervezas de más. Miguel no llevaba ni cinco euros en el bolsillo, junto a su móvil neandertal de sms sin modo tecnológico de instalar whassap,  pero decidieron que sus gafas de vista también podían ser valiosas. Al final entre empujones Miguel se defendió y acabó apaleando al asaltante mientras el amigo se disculpaba y los vecinxs acudían a ayudarle y acompañarle más tarde a casa.

Miguel entró por la puerta con el susto en el cuerpo, la nariz sangrando y la culpabilidad de pegar de quien no quiso pegar. No sabía que decirle, yo vivía feliz comiendo un yogurt en la mesa de la cocina contemplando el lago Atitlán cuando el entró. Recuerdo que le pregunté si le dolía mucho, ¿qué le habían robado?, ¿cómo estaba?, e incluso qué si quería un poco de yogurt. El sentado y echo mierda solo supo decirme, con el dolor de a quién le acaban de robar su inocencia «¿por qué hacen esto? es mi pueblo, yo quiero vivir aquí, es mi gente,… ¿por qué pasan estas cosas?». Ante eso, no sabía qué decirle; robos hay cada día en cualquier parte del mundo pensé, y estos en particular eran unos ladrones borrachos en busca de monedas y gafas, pero pese a ello no era consuelo, su miedo era mucho más profundo. En Guatemala la violencia se percibe mucho más, las armas circulan mucho más y la vida se siente mucho más frágil, uno es mucho más vulnerable. Fue entonces que solo fui capaz de decirle, al igual que aquel profesor  aquella tarde, que era sólo una grieta; una de las grietas del pueblo de Guatemala, una grieta producida por años de guerra, desigualdad, miedo y mucho alcohol, pero que solo era eso, una grieta que como cualquier otra grieta en el mundo necesita enmasillado, mucho tiempo para secarse y unos vecinxs que salen para ayudarte y acompañarte a casa.