Fronteras

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Fronteras

Anoche llegué a Guatemala, todo el mundo me había hablado maravillas de Guatemala. A diferencia del imaginario que en España llega sobre tierras de crimen y violencia, entre las estrías de esa realidad subyace arraigada una cultura indígena de la que todo el que va de paso habla con verdadera belleza y admiración. Creo que es esa curiosidad por conocer aquello de lo que mucha gente me habló, junto a la premisa de no saber si en algún otro instante de la vida tendré la oportunidad de estar tan cerca de poder echar una ojeada a este mundo tan distinto al mio, lo que me empujaron a empacar de nuevo el equipaje y continuar viaje  pese al miedo, supongo natural, de tener que hacerlo sola.

Ayer crucé tres fronteras. Nunca me han gustado las fronteras, algo dentro de mi se pone nerviosa. Las fronteras son lugares extraños, hay quien las cruza con una mochila y hay quien arrastrando toda una vida, y eso se percibe en el peso y en la mirada. Entre ese ir y venir de personas sobreviven los constantes;  ese grupo de vendedores y vendedoras de los puestos improvisados de DuttyFree, quienes ante una vida que parece que solo sea una prolongada espera, regentan mesas con comida, cambio de divisas y pequeñas artesanías sumidxs entre conversaciones y risas de cotidianidad que poco tienen que ver con ese flujo humano desorientado que por allí cruza cada día.

En las fronteras la autoridad se camufla por medio de sellos, papeles, colas, inhóspitas pistolas y prohibidas barreras. A veces es un puente, otras veces es un rió, o puede quizás que un simple camino sea el encargado de simbolizar tu cruce, de separarte entre dos tierras y culturas; de distanciar personas como si de planetas se tratara. Un metro de diferencia puede otorgarte o privarte de infinidad de derechos, la simple negación de un sello puede sumirte en la más profunda desesperación. Una vez crucé una frontera subida en un rickshaw en burro, llegamos allí después de veintidós horas de viaje en tren, fue en una de las fronteras de India con Nepal. Dentro de una casa destartalada que hacía de aduana nos pidieron la visa junto a una foto de carnet. Mi amiga no llevaba foto, fueron unos dolares de más lo que hicieron suplir esa ausencia. Ese día aprendí que las fronteras no son igual para todxs, y que con dolares, a veces, todo se hace más llevadero.

Sesenta y cinco dólares y diecisiete horas de viaje era la oferta para cruzar las fronteras desde Nicagua de Honduras, El Salvador y Guatemala cobijada entre los asientos de una pequeña furgoneta con otros seis turistas, acepté. Me recogieron en el hostel tras un bocinazo en plena noche, les estaba esperando sentada en una mecedora en la oscuridad del verano de León junto a mi mochila azul, un par de sandwiches de chocolate para la travesía y un curioso dolor de panza por la locura. Las locuras siempre tienen el don de hacer doler la panza a su manera. Con la bocina cogí mis cosas y me asomé a despedirme por la ventana de la habitación del que había sido mi grupo de locas aventuras, allí durmiendo como marmotas y con rumbos diferente dejé a Txabi, Andrea y Óscar; pese al trato sellado ante pasta de dientes antes de marchar a dormir de que les despertaría a mi partida, llegado el momento salí silenciosa. Las despedidas silenciosas siempre son más rápidas y probablemente mucho más sencillas.

Me subí en la furgoneta, y allí sentado al otro lado me encontré con uno de los chicos de la casa del árbol, nos saludamos y entre una sonrisa interna y cobijándome en el asiento para dormitar pensé «ya no voy tan sola». Al amanecer cruzamos Honduras, luego El Salvador, por la tarde llegamos a la frontera con Guatemala. Observar países a través de una ventanilla es un sensación curiosa, es como estar preso de contacto; una civilización late a tu alrededor y tu la observas en movimiento por medio de un cristal. Al cruzar la frontera de Guatemala un coche de policía nos estaba esperando para escoltarnos hasta nuestro destino final, la ciudad de Antigua. «Un coche de turistas es mucha tentación y pueden suceder asaltos, más vale prevenir» nos dijo tranquilo y dicharachero el simpático conductor. No sé si hay tantos asaltos, o si la propia precaución genera esa sensación de psicótica inseguridad que tu instinto no percibe, pero sea como sea seguimos campantes observando el bello paisaje por la ventanilla. Todo fue sencillo, las fronteras para una furgoneta de turistas son fáciles y curiosamente, en estas apenas había tránsito, los ciudadanos de Centroamérica (Guatemala, Honduras, Salvador y Nicaragua) tienen visa interna de transito libre, como los de la Unión Europea.

Durante el viaje conocí a una chica Argentina, lleva viajando casi tres años rumbo a México, su aventura casi ya llega a su fin. Irradia esa tranquilidad de quien ya ha vivido de todo, y como si fuera una niña pequeña al llegar al destino me sumé bajo su tutela con el disimulo de quien aparenta que no le duele la panza. Teníamos pensando ir al mismo hostel por la recomendación de unos amigos en común, la vida es una paradoja. Llegamos arrastrando nuestras mochilas y descubrimos que los dormitorios con literas estaban llenos, solo tenían una habitación destartalada pero muy limpia con cama de matrimonio para compartir, aceptamos; nos dejaban precio rebajado de litera por no tener lavabo y solo un improvisado flexo como luz en el baño. Nos tomamos un té calentito para celebrar la llegada y cuando nos fuimos a la cama, sumidas en suspiros de placer por tener un hueco compartido e íntimo en el que descansar fue divertido el mirarse y preguntar, «disculpa, creo que no sé cómo te llamas». Me dijo que se llamaba Alu.

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