La Bestia
Hay un pequeño pueblo, en el este de México, en el que habita un grupo de mujeres que cada día, desde hace veinte años, pasan las horas entre fogones escuchando el sonido de las vías del tren a la espera de la llegada de La Bestia. Ese grupo de mujeres, con delantal y rollizos brazos, se hacen llamar Las Patronas.
La Bestia a la que esperan es un tren de mercancías que cada día recorre México, desde el sur en su frontera con Guatemala, hasta el norte bordeando con Estados Unidos. Lo particular de ese tren de mercancías es que, en sus soportes, entre los huecos que quedan entre vagón y vagón, sobre la azotea de los contenedores que resguardan cargamentos de maíz, cemento o minerales, cientos y cientos de inmigrantes, en su mayoría centroamérican@s, cada día, y durante décadas, se suben a sus lomos con la esperanza de cruzar invisibles todo México y poder llegar así hasta la frontera con la tierra prometida.
Es a orillas de esa vía, en un pequeño tramo de esos 5.000 kilómetros de recorrido, que existe, perdido entre una arboleda y desértica tierra, ese pequeño pueblo en el que habitan Las Patronas. Ese grupo de señoras que con cada amago de sonido en las vías, con cada pitido en la lejanía, salen cargadas con bolsas de comida, agua y ropa para lanzarlas a un tren que pasa sin detener su paso y que viaja cargado de caras escondidas que solo se hacen visibles a los gritos de “¡comida, comida…!”
Llegué a Las Patronas gracias a Mariana y su inquebrantable perseverancia en hacerme feliz cuando la visité en Ciudad de México, por lo cual le estaré siempre muy agradecida. Yo había escuchado hablar de Las Patronas hace muchos años por medio de un documental. Soy muy mala memorizando cosas, pero el nombre de La Bestia y las terribles historias que en él se contaban se me grabaron en la mente. Fue durante mi estancia en México, tomando una noche una Coronita con Mariana en el DF, que de nuevo La Bestia cobró vida. Mariana, conocedora de todo lo que se cuece en México sobre ámbito social, conocía de cerca a La Bestia y más concretamente el trabajo de Las Patronas, y cuando tras nombrarlas le pregunté si sería posible ir a visitar el proyecto, ella contestó un dulce “vamos a intentarlo”.
Llamó y llamó buscando encontrar un contacto durante días; y finalmente, casi por obra del universo, localizó un número telefónico y al otro lado del teléfono respondió Norma, la cara más pública de Las Patronas. Al día siguiente, tras variar todos mis planes de ruta, y tras seis horas de autobús y media hora de solitario taxi cruzando polvorientos caminos, llegué a las afueras de una colorida casa situada al costado de esas famosas vías.
En el interior del patio de la casa encontré a tres señoras sentadas bajo el ritmo que otorga la tarde y el calor. Tenían un ojo puesto en una telenovela que emitían por la tele en ese momento. Supuse, sin presentaciones, que ellas eran integrantes de Las Patronas. En ese momento apenas me preguntaron nada, simplemente se miraron y entre un código interno que parecía decir algo así como: “La española que venía hoy. ¿la atiendes tú?”, una de ellas me indicó que metiera la mochila en una habitación contigua y me sentara allí con ellas. Lo hice sin saber muy bien qué debía esperar; ante lo cual opté por no esperar nada y limitarme a observar, entre ello, la telenovela.
Pasado un tiempo prudencial, y ante mi propio desconcierto de sentirme perdida ante aquel silencioso y somnoliento escenario, no pude evitar preguntar lo que supongo que todas las personas preguntan cuando llegan a esa casa: “disculpen, ¿cuándo pasará el tren?». Una de Las Patronas, mientras fregaba la taza del café, y como si de una respuesta automática se tratara me dijo sin hacerme mucho caso. “Tranquila, al tren se le espera. Nunca se sabe cuándo pasa, a La Bestia sólo se le espera”. Es pues que sentadas en aquel patio continuamos esperando. Esperamos hasta incluso llegada la noche, pero ese día el tren nunca pasó.
La bestia no tiene horario, al fin y al cabo es un tren de mercancías que sale cuando todo su cargamento está listo. Hay veces que pasa por la mañana, otras veces por la tarde, o puede que ese día haga retumbar las paredes por la noche. Tal vez pase una o quién sabe si varias veces en un mismo día, puede incluso que vayan inmigrantes encima de sus impenetrables vagones de mercancías, o puede que no asome ninguna cabeza. Todo es un misterio alrededor de La Bestia, solo la llamada de una de las personas que trabaja en un albergue de acogida para inmigrantes, situado a tres horas de allí, parece apaciguar esa incertidumbre diaria. Esa llamada les informa de cuando el tren ha pasado por allí y cuánta gente iba subida, más o menos, sobre sus lomos. Gracias a ese contacto telefónica pueden organizarse y calcular cuanta comida preparar para cuando horas más tarde el tren pase por allí. Un cálculo que muchas veces se desborda con la realidad.
Las Patronas se pasan las horas en esa casa esperando que suene ese teléfono fijo situado en una de las habitaciones continuas al patio. Esperando esa llamada están todos los días del año; da igual si es festivo o no, si es domingo, navidad o un día de mucha lluvia, siempre una de ellas estará de guardia en aquella casa para avisar al resto si suena el teléfono. Allí pasan el día preparando ollas con arroz y frijoles, empacando la comida en bolsas de plástico, rellenando botellas de agua, organizando víveres, bolsas con ropa, o clasificando panes salados entre los bollos dulces que les dona una panadería de la ciudad cercana. Allí estarán hasta las diez u once de la noche, hora límite para salir a las vías del tren. A partir de entonces el tren aumenta la velocidad y en plena noche es demasiado arriesgado lanzar nada; peligroso para ellas por intentar dárselas y para l@s inmigrantes por intentar cogerlas.
Al cerrar la noche Las Patronas lo recogen todo y, como si de la clausura de un taller se tratara bajan la persiana y salen de vuelta hacia sus casas. Lo hacen a pie, arrastrando por el camino de tierra unos pies que por el ritmo y la oscuridad de la noche parecen estar sumidos en un profundo agotamiento. Un cansancio que pese al mismo, no les deja dormir más allá de las cuatro de la madrugada cuando vuelve a empezar el día.
Las Patronas se van turnando con jornadas de un día completo de responsabilidad. El resto de señoras, doce en total, si pueden, se acercan en horas de apoyo, pero sin obligación. De ese modo pueden compaginar su involucración en Las Patronas con atender a sus familias, algo que no pueden desatender. En su mayoría son mujeres de mediana edad, que si bien cada una tiene su historia particular y su encanto, todas ellas están impregnadas por esa perseverancia y dureza que solo parecen tener las mujeres de antes, incluida mi propia madre. Son de esas mujeres que cuando las observas limpiar las cacerolas tienen un brío y una energía de la cual tú te ves desposeída; esas mujeres que han nacido con una resignación que admiras con cariño pero que rezas por no haber heredado; que son capaces de sostenerlo todo: la familia, las casas, los maridos, las terribles historias de l@s inmigrantes, e incluso los dolientes constipados, que las tambalean pero nunca las derrumban. Pertenecen a ese grupo de mujeres que son capaces de levantarse a las 4 de la mañana para prepararles el almuerzo al hijo, cuidar a los niet@s, prepararle la ropa al marido, dejar la casa lista y luego llegar dispuestas a preparar ollas de arroz y empacar comida hasta las once de la noche mientras dormitan exhaustas si se permiten a sí mismas sentarse apenas diez minutos a ver la telenovela.
Cuando llegaba la noche y Las Patronas marchaban a sus hogares aquella casa no quedaba vacía. En esas fechas vivían allí tres chicos, los tres eran inmigrantes que iban rumbo a Estados Unidos pero que por el destino, el universo, o quizás la propia vida sin más magia que ella misma, habían acabado en esa improvisado hogar. Una casa que servía como centro de acogida y de parada para recuperarse de esa dura travesía, y también como hospedaje para los voluntarios que llegábamos por allí. Fue con ellos tres con los que cenaba y convivía cuando todo el mundo marchaba y llegada la solitaria noche.
Entre los vasos de leche de antes dormir, fue que descubrí como habían llegado hasta allí. A Nelson, un hombre nicaragüense, una noche, mientras dormía a la intemperie en una camino solitario rumbo a Estados Unidos, le picó un bicho en el brazo y casi lo pierde de la infección. A raíz de un cura que lo atendió con fuertes fiebres fue que llegó a contactar con Las Patronas. De Jimmy, un chico hondureño que era tremendamente amable, nunca supe la causa exacta de su presencia en la casa; y del muchacho guatemalteco, tampoco. De este último ni siquiera llegué a saber su nombre porque apenas hablaba, según me contaron el resto, lo asaltaron en el tren y lo tiraron en marcha. Al caer se clavó un hierro en el pie y por ese motivo andaba cojeando silenciosamente por aquel patio. Por su mirada perdida y sus profundos silencios supuse que el susto y el miedo a seguir, o quizás de abandonar y volver a casa con las manos vacías, le atormentaban mucho más que ese hinchado pie.
Los cuatro éramos los guardianes del lugar cada noche, cuando Las Patronas se marchaban nos apropiábamos del envejecido sofá y con el cariño de ser ellos los lugareños me ofrecían aquel vaso de leche mientras veíamos en la tele alguna serie o película, esta vez, del género de acción.
Una de esas noches, entre paso y paso de canal, nos quedamos viendo las noticias, y justo entonces pusieron un reportaje de la guerra de Siria en el que se veían unas imágenes de muchas familias refugiadas andando por vías del tren cruzando por Alemania. Fue entonces que Nelson dijo “allí también emigran por las vías”. Nadie añadió nada más, pero pensé que tanto se asemejaba el mundo aunque nos parezca lejano.
Durante los cuatro días que pasé en Las Patronas vi pasar La Bestia cuatro veces, la primera de ellas fue a la tarde siguiente de mi llegada. Estábamos allí sentad@s y de pronto alguien vaticinó que venía. Yo apenas escuché nada, pero tod@s lo afirmaron tras tres segundos de silencio, tiempo suficiente para que todas las personas allí presentes entraron en acción.
Nelson y Jimmy dejaron sus actividades de carpintería barnizando la mesa del patio, y junto a Las Patronas allí presentes ese día, salimos rumbo a las vías con las cajas preparadas con bolsas de arroz, frijoles, panecillos, mantas, chaquetas,…; todo ello junto a una destartalada carretilla llena de botellas de agua que simbolizaba uno de los grandes inventos de esas curiosas mujeres. Las botellas, que se encargaban de recoger a modo de reciclaje por los pueblos de alrededor, las lavaban y rellenaban de nuevo en la pila de la casa. Una vez listas, las ataban de a tres por la zona del tapón con un largo cordel para que fuera más sencillo lanzarlas y que la otra persona pudiera cogerlas (véase en el dibujo).
Esa tarde salimos corriendo de la casa rumbo a las vías y allí nos situamos esperando que llegara el tren, que aún no alcanzaba a ser visto en el horizonte. Fue entonces, cuando toda la acción del momento llegó a la espera, que me quedé completamente bloqueada. Siempre me han dado respeto los trenes, pero ese en particular me sumergió en ese instante en el más puro terror. Sabía por las historias que contaban Las Patronas que si te ponías muy alejada con las bolsas enganchadas podías ocasionar que el o la inmigrante perdiera el equilibrio y se cayera del tren; lo cual podía acabar con su vida o provocar una amputación, como había casos. Por otro lado, temía acercarme demasiado y que por algún tirón con alguna de las bolsas fuera yo la que perdiera el equilibrio y el tren me absorbiera; al fin y al cabo era un tren de mercancías que no tenía intención de detener su paso. Fue en ese instante de pánico que miré a Nelson y acercándome le dije, casi a modo de susurro, como si fuera un secreto profundo que sabes que no puedes ocultar porque estas temblando. “Tengo mucho miedo Nelson. Estoy aterrada, no soy capaz de hacer esto”. Él, con una gran sonrisa, me cogió una bolsa y susurró uno de esos “tranquila” que llegan a tiempo. “Colócate justo aquí, y pon el brazo firme hacia arriba, como yo lo estoy poniendo, ¿lo ves? Lo más importante de todo es que tengas las piernas abiertas para que tengas apoyo y no pierdas el equilibrio, eso es lo más importante”. Le imité bajo su supervisión y tras dar su aprobación añadió: “Estate tranquila, si no puedes entregar las bolsas yo estoy cerca y te ayudo a dos manos con tu caja, tranquila”.
Estuvimos allí esperando varios minutos, pero el tren no llegaba. Poco más tarde una de Las Patronas más alejada empezó a gritar “se ha parado en la curva, se ha parado en la curva…”. Nelson me miró y me dijo: “coge tu caja y corramos. Está parado en la curva, vamos a la camioneta”. Fuimos corriendo a la casa y cargamos todo en la camioneta. Norma es la única de Las Patronas que sabe conducir, se sacó el carnet hace diez años, fue un acto que la condenó a ser la chófer de los cientos de recados diarios, pero que a su vez empoderó el proyecto y a todas ellas como mujeres. Gracias a que Norma estaba aquella tarde fue que pudimos dirigirnos hacia la curva de la vía en la que estaba el tren. Fue ella quien tomó el timón de la situación y arrancó mientras el resto nos subíamos haciendo equilibrios entre todas las cajas. En mi imaginario, Las Patronas eran todas señoras enmarcadas bajo el patrón de amas de casa campestres ataviadas con delantales y zapatillas de tela; y de repente ahí estaban, saltándose todas las normas habidas y por haber en circulación mientras derrapaban sentadas en la repisa de la parte de atrás de la camioneta por aquellos caminos polvorientos.
Llegamos con bocinazos incluidos para llamar la atención. Paró al costado del tren y conformé alguien se percató de que eran ellas, las famosas señoras que dan comida a La Bestia, decenas de inmigrantes empezaron a salir de entre los vagones y a bajar de los lomos de los contenedores para coger bolsas de comida y ropa de abrigo. Mi tarea improvisada en aquel instante fue dar las botellas de agua desde la camioneta. Estaba petrificada, todo era a contrarreloj, en cualquier momento podía emprender de nuevo vieja aquel tren y a su vez todo el mundo acudía por aquellas bolsas de comida, agua y ropa dando gracias infinitas cada vez que les llegaba algo, era una sensación que hubiera sobrecogido a cualquiera. En uno de esos instantes un muchacho se acercó y nos dijo “vayan al final del tren, hay niñ@s, hay niñ@s. Lleven comida al final del tren”. Una de Las Patronas me dio bolsas para que acompañara corriendo al muchacho. Fuimos bordeando las vías intentado llegar hasta el final, pero antes de llegar el tren lanzó un estruendoso pitido dando señal de que se ponía en marcha, solo había sido una parada de cambio de vía. El muchacho se subió al espació existente entre los dos contenedores más cercanos, haciéndose un hueco entre las muchas personas que allí estaban. Subido arriba me dijo: “Démelo. No se preocupe, yo se las hago llegar por encima del tren”. Se las di, y rápidamente corrí para resguardarme a un costado de las vías La Bestia emprendió de nuevo su marcha. Al final del último bajón, entre el hueco del último contenedor, vi sentados a una familia con varios niñ@s.
De las otras tres veces que vi pasar La Bestia nunca más paró en esa curva, el resto de veces siempre pasó normal, sin detenerse. Fue entonces que descubrí que una de Las Patronas siempre se ponía alejada, al principio de la vía, se ponía allí con una bolsa. Era una bolsa de comida especial para los conductores. Así bajaban un poco la velocidad.
De esas otras tres veces que pasó La Bestia creo que solo llegué a lanzar una bolsa, Nelson asumió toda mi carga. Yo me quedaba petrificada, por lo que disimulaba acercándole las bolsas de comida a él por detrás para que fuera el quien a dos manos las hiciera llegar. Aprendí con creces que soy más frágil, miedosa y humana de lo que me creía.
En esos siguientes trenes no hubo tanta gente, apenas treinta o cuarenta personas, a diferencia de las centenas que se registraban años anteriores. Hasta hace apenas un año ese tren era considerado la mejor ruta entre el submundo de información de los ilegales; si bien estaba plagado de historias de terror capaces de hacer temblar al más o la más valiente, subirse a ese tren era el mecanismo más rápido para cruzar el inmenso México y evitar los puestos de control de inmigración de la policía.
Dada la gran llegada de indocumentados a la frontera con Estados Unidos, Estados Unidos se quejó a México y le exigió que éste aumentara sus medidas de control, lo que pasó a denominarse El Plan de la Frontera Sur. Una petición que, según diferentes organismos de derechos humanos, lo único que buscaba es que Estados Unidos dejara de quedar mal ante los medios internacionales dando él con el mazo en la frontera a todo aquel que se acercara, por lo que hizo petición directa a México para que fuera este quien lo hiciera.
Debido a los intereses y presiones políticas entre ambos países, México aceptó, y aumentó con firmeza los controles en sus Fronteras Sur con Guatemala para impedir que l@s inmigrantes indocumentados procedentes en su mayoría de Guatemala, Honduras y El Salvador pudieran cruzar por México. Esta medida que se parece mucho a la que tomó España con Marruecos al pedirle a éste último que aumentara su fuerza y que no llegaran inmigrantes a la vaya con Melilla, ha sido aplaudida socialmente muchas veces en los países receptores al percibir el descenso de minutos en los telediarios dedicados a la inmigración; sin embargo, tiene en contraposición una realidad mucho más crítica que pide a gritos plantear el problema desde su origen y no desde las murallas fronterizas, porque que la gente no llegue a las murallas no impide que mueran por el camino.
La última tarde que estuve en Las Patronas cayó un aguacero de agua y se fue la luz. El cielo ya estaba de noche y allí, entre idas y venidas de electricidad, pasamos la tarde tomando café con leche bien caliente y mojando muchas galletas María mientras escuchábamos la tormenta caer. Fue bajo esa misma lluvia y con la olor del café recién hecho que llegaron dos inmigrantes; lo hicieron con apenas una hora de diferencia entre ellos. Uno era un chico del Salvador de veintiséis años y el otro un chico hondureño de veintiuno, ambos llegaron empapadod. Los dos sabían de Las Patronas de oídas, llegaron hasta allí buscando una ducha y un colchón donde pasar la noche resguardados.
Una vez conocí un inmigrante en España que me dijo que durante su primer año, acogido en casa de un familiar, siempre se desplomaba en lágrimas mientras se duchaba. Me pregunté cuántas personas habrían roto a llorar en las duchas de aquella casa, me pregunté cuando los vi dirijerse a los baños con una toalla limpia y ropa seca si ellos también lo harían.
Fue mas tarde, con el café con leche y las galletas, que entablamos las primeras palabras. El chico del Salvador de veintiséis años era la tercera vez que viajaba rumbo a Estado Unidos, la primera vez que lo hizo fue a la edad de trece años y lo hizo solo. Para cruzar esa primera vez el desierto fronterizo entre México y Estado Unidos lo hizo por medio de un Coyote, una persona que a cambio de mucho dinero te ayuda a cruzar la frontera a modo de guía, andando una primera parte y luego en furgoneta. Al poco de cruzar la frontera, y con todo el desierto por delante el chico salvadoreño, de tan solo trece años por aquel entonces, le dijo al Coyote que se paraba, que no podía más, que estaba agotado. El Coyote le abandonó en el desierto y prosiguió con el resto del grupo. En realidad no estaba cansado, dice que le mintió porque no tenía los 2.500 dólares que debería de haberle pagado al Coyote una vez llegaran a su destino, y temía las represalias. Aquella vez logró milagrosamente cruzar el desierto el sólo con apenas trece años.
Sobrevivió los siguiente cuatro años limpiando platos en una ciudad del sur de Estados Unidos, pero sin apenas con opción a ahorrar porque el sueldo de niño no le permitía. Fue al cuarto año que se volvió a casa, regresó a El Salvador. Se sentía solo y echaba mucho de menos a su familia. Apenas estuvo tres años de nuevo en casa y tuvo que volver, era el hijo mayor de una madre soltera con tres hermanas más y no había trabajo. Volvió a cruzar todo México y la frontera solo, pero esta vez lo hizo con la firmeza de que ahorraría mucho dinero.
Esta vez llegó, y se fue a vivir por un amigo al estado de Nevada y allí consiguió trabajo en un restaurante chino. Trabajó durante casi dos años de lunes a domingo, de nueve de la mañana a diez de la noche, con alojamiento incluido proporcionado por el jefe chino. Logró ahorrar cada mes 2.100 dólares, pero un día su cuerpo ya no pudo más y enfermó. Decidió volver a casa con todos sus ahorros para quedarse definitivamente con su familia.
Llegó de nuevo a su pueblo con veintitrés años y un fuerte saco de ahorros para construirse una vida. Compró un pequeño terreno; edificó una pequeña casa; ayudó a su madre y sus hermanas; conoció a una chica; se casó; con los últimos ahorros se compró una pequeña parcela muy cerca para cultivar; y ante la espera de la lluvia nació su hija. La lluvia no llegó y las cosechas se secaron, solo los cafetales parecían sobrevivir a la sequía pero no darían cosecha hasta que crecieran tres años más tarde. Cada noche el insomnio por la supervivencia y la sequía le acompañaba, y así fue que una mañana se levantó y sin haber dormido le dijo a su mujer, con la que apenas llevaba un año y medio casado, que se marchaba a Estados Unidos para poder mandarles dinero desde allí a ella, a su hija de seis meses y a su familia.
Las veces anteriores había tardado en cruzar todo México quince días; esta vez llevaba veintidós y estaba ahí, en Las Patronas, aún por el sur de México y muy lejos de la frontera. Calculaba conseguir cruzar todo México esta vez en 90 días. Le pregunté si había hablado con su familia. Me contestó que hasta que no cruzara la frontera no intentaría localizarles. «¿Por qué esperar hasta tanto?» le pregunté, insistiendo por mi parte en que era ilógico. “Les preocuparas si no te comunicas. Tu familia te calculaba dieciocho-veintidós días de viaje no noventa, se angustiarán”. Sin embargo, para mi sorpresa, me contestó con firmeza en su determinación pese a mi insistencia. Terminando el café, y supongo que también tuvo mucho que ver la lluvia, añadió: “No quiero escuchar sus voces. Me frenarían. Anoche dormí debajo de un árbol en plena tormenta. Soy afortunado porque no me han asaltado aún, a casi todas las personas que he conocido las han asaltado en algún momento y a mi aún no, y eso también me da miedo. Hay multitud de controles, me he tirado del tren en marcha y hace apenas una semana viajando en furgoneta me salí de ella porque vi a lo lejos un control. Ahora todo el camino es caminando, y temo tanto a los controles como a los asaltos. Cada día pienso en esa llamada desde Estados Unidos, es lo único que me da fuerzas. Si llamo antes y escucho a mi mujer pedirme que vuelva o el sonido de mi hija, no sé si seré capaz de seguir”. Dejé de insistir y me puse a remover el poco café con leche que me quedaba. La historia del chico hondureño de 21 años tampoco era mucho mejor.
Entendí a Las Patronas después de aquel café, sólo yo les pregunte entre galletas María a aquellos dos muchachos por sus vidas. Si bien al principio me parecieron muy serias con todo aquel o aquella que llegaba, incluida yo misma, después de esas conversaciones lo entendí; no eran serías, simplemente se protegían. Todos los días convivían con historias igual de duras, todo el mundo iba y venía en aquel lugar, y ellas quedaban allí sin más noticias. Cuidaban a toda persona que llegaba con cafés, vendas, medicamentos, platos de comida, ropa y camas relucientes; pero se cuidaban mucho en saber sus historias personales. Hay historias que pueden quitar el sueño durante mucho tiempo.
La ruta establecida de La Bestia había dado lugar a albergues, centros de asistencia jurídica, ONGs organizadas y mecanismos que trabajaban con inmigrantes formados en experiencia para intentar protegerles como era el casao de Las Patronas. Sin embargo, con el nuevo Plan de la Frontera Sur, esa ruta estaba pasando a ser custodiada por la policía migratoria. Era la respuesta fácil hacia la petición de mano dura de Estados Unidos, la mayoría de inmigrantes durante años se habían subido a ese tren, habían hecho esa ruta.
Una medida política que según sectores del ámbito social no había hecho descender el flujo migratorio, sino que habría empeorado las condiciones del mismo, aumentando a niveles muchos más elevados las desapariciones de inmigrantes en ruta y la vulnerabilidad de l@s mism@s. Debido a su estatus de indocumentados y falta de familiaridad con sus propios derechos a l@s inmigrantes se les identifica como blancos fáciles para el acoso, abuso de mafias y tratos corruptos. De acuerdo a un artículo de 2012 se cifraba que “El ochenta por ciento de los inmigrantes que intentan llegar a Estados Unidos serán asaltados o robados y un sesenta por ciento de las mujeres inmigrantes serán violadas” (véase artículo). Las Patronas daban fe de ello, ya apenas subía gente en comparación a unos años atrás, La Bestia se había visto sustituida por caminos secundarios nuevos, mucho más lentos y también más peligrosos. De ahí que, como ese chico, se pudiera prolongar la travesía alrededor de noventa días.
Dentro de mi mochila azul, escondido en un pequeño hueco, llevaba un frasco de cristal con aceite de oliva durante el viaje, me encanta desayunar pan con aceite. Cada mañana, estando en Las Patronas, me hacía mucha gracia cuando al tostar el pan yo me decantaba por rociarlo con un chorrito de aceite en vez de otra cosa, todxs me miraban con cara de “está comiendo aceite crudo, que cosa tan horrible”. Yo me reía y les ofrecía a probar mientras les decía, “me salen los frijoles por las orejas, no puedo desayunar más frijoles”. Muchas veces se tiene la idea de que l@s inmigrantes admiran y sueñan con vivir una utopía de nuestras vidas al más puro estilo sueño americano; después de conocer de cerca un poco más ese mundo no creo que nadie de esas personas esté dispuesta a subirse a ese tren, a una patera o jugarse la vida encima de una alambrada en busca de aceite o de ninguna de nuestras costumbres. Creo que se juegan la vida por intentar mejorar las suyas propias, porque lo que dejan atrás es un entorno demasiado duro para ni siquiera luchar por sobrevivir. Quizás, como para aquel chico, su sueño americano sea en realidad uno más sencillo, como tocar a las puertas de aquel restaurante chino para ahorrar y volver a casa.
El día de mi partida también tenían previsto marchar el muchacho de veintiún años caminando hasta la ciudad más cercana y el chico salvadoreño esperaba a la siguiente Bestia para intentar subirse a ella en marcha y proseguir ruta. En plena noche, sin aún despuntar el sol, yo fui la primera en marchar. Salí dirección a Ciudad de México para volar por la tarde a Colombia donde proseguía con mi viaje. Jimmy y Nelson salieron a despedirme aquella madrugada; compartir noches en aquel lugar unía mucho. Me despidieron adormilados, me sobrecogió enormemente que se levantaran en plena madrugada a decirme adiós. Me deseáron entre abrazos que tuviera muchísima suerte en mi viaje, yo les desee lo mismo aún sabiendo que su aventura era millones de veces más dura que la mía y poco tenían que ver. Con el último abrazo antes de subirme en el taxi les pregunté a cada uno la contraseña, y ambos como si de un examen se tratara, me dijeron “Una maleta de Pulgas”. La noche anterior habíamos hecho un trato, si alguna vez necesitaban algo, fuera lo que fuera, tenían que buscarme por medio esta pagina, fue lo único que se me ocurrió ante personas que no tiene móvil y ni siquiera macuto de viaje. Les dije que allí me encontrarían y también les dije que os encontrarían a vosotr@s. Quizás algún día escriban, ojalá sólo sea para saludar.
