Una vagina solitaria

Dibujo chicas mochileras desnudas con un mapa de Latinoamerica. Feminismo

Una vagina solitaria

Cuando estaba viajando, y ahora que he vuelto a casa, la gran pregunta en torno a esta experiencia no ha sido nunca en relación a mi misma con el viaje; el porqué de ese viaje; qué es lo que andaba queriendo encontrar; qué sitios había conocido o hacía dónde me dirigía; qué estaba viviendo, descubriendo o experimentado en mi misma con esta aventura; qué personas se habían cruzado en mi camino; qué proyectos había visitado; cuán diferente o parecido era lo que me rodeaba; si me hubiera quedado en algún lugar mágico; ni siquiera si encontré algún lugar mágico… la gran pregunta que eclipsó a todas las demás siempre fue «¿viajaste tu sola y no te ha pasado nada?»

Yo nunca me he considerado una chica fuerte o muy valiente; en realidad siempre me he identificado mucho más con cualquiera actriz secundaria que, sin quererlo y por propia necesidad, acaba espabilando. Yo crecí dentro de la categoría buena chica; de hecho, casi todo el mundo de mi pueblecito me asocia a esa buena chica de grandes mofletes; da igual que te hayas recorrido la Panamericana con mochila, hayas probado los porros, bebido alcohol, medites hacerte un tatuaje, un piercing o cortarte la cabellera; da igual que tus amigxs puedan ser bisexuales, hippies campestres, feroces activistas o defensorxs próximos a la revolución; para la gente que me vio crecer, y puede incluso que para mí misma, sigo siendo, y quizás siempre seré, esa buena chica de grandes mofletes que ahora tiene menos mofletes. En realidad ser buena chica o buen chico, es dentro de las categorías sociales de pueblecito algo asumible, no conlleva ningún trauma más allá de si aspiras a ligar o a ser dirigente, en ninguno de esos casos se te tomará muy en cuenta; por lo demás, eres y serás alguien libre para seguir tu vida sin ningún público aparente.

No crecí pues con la idea de aspirar a ser una gran luchadora; en mi mente asociaba fuerte a tener carácter, determinación, seguridad y sobre todo gran respeto social; y yo no destacaba por ninguna de esas cosas, yo era feliz siendo una buena chica que se juntaba con otras buenas chicas y otros buenos chicos para ver la vida pasar mientras el equipo protagonista estaba integrado por otrxs. Yo me sentía cómoda estando en segunda fila, me gustaba el papel que culturalmente se nos suele asociar a las mujeres, asumía mi personaje de cuidadora, con ciertos toques rebeldes, de una manera natural. Tenía mis achaques existenciales de inconformista quejica, y según mi abuelo iba para jueza, pero fueron, y siguen siendo, ante públicos minoritarios de gran confianza; es decir, los sermones no pasaban de la cocina de casa y en pijama. Me veía mucho más apta para cocinar, limpiar, organizar, ser enfermera, secretaria, maestra, periodista e incluso abogada o puede que artquitecta, pero me aterraba asumir una responsabilidad superior; no me veía preparada para intentar romper el molde y aspirar a un escalón superior soñando ser chef, doctora, jueza, presidenta o directora. Toda mi libertad alcanzada para ser capaz de viajar sola no se debió a haber sido una chica fuerte y no haber tenido miedo, yo tenía mucho miedo, siempre fui de las que temblaba por dentro pero lo disimulaba por fuera. Mi libertad no fue fruto de grandes dosis de empoderamiento y feminismo; se debió a haber sido una buena chica, una chica muy muy muy orgullosa.

Yo era orgullosa, pero no orgullosa de mi misma o de ser mujer que hubiera sido algo bueno, yo era orgullosa modo madre; en ese modo de que por no querer molestar, por no saber pedir, por no haber sido educada en priorizarse a una misma frente al resto, por no saber ceder un ápice del orgullo y decir algo más allá de «no te preocupes; en absoluto; todo bien; yo puedo sola» había acabado desarrollando un superpoder de aparente fuerza e inmortalidad que en su realidad no estaba sustentado más allá de muchas plegarias y agradecimientos divinos al universo por la suerte de no haberme pasado nada gravemente malo cada vez que hacía alguna de las mías en solitario.

Toda mi adolescencia, post adolescencia y gran parte de la madurez fui así de orgullosa, fui así de orgullosa y en estado civil en constante soltería, por lo que es de esperar que siempre que salía con amigxs acabara volviendo sola a casa pese a saber que al hacerlo lo hacía con el temor todo el camino a que pudiera salirme todo lo malo que culturalmente puede salirle a una chica sola a la una de la madrugada de vuelta a su casa por las calles de su solitario pueblo. Yo lo hacía y lo hacía a conciencia, es decir, con el coro mental de que seguro me pasaría algo malo para que luego todo el mundo dijera «es que a quien se le ocurre volver sola a esas horas». Yo volvía sola, con aquel coro mental y aún encima luego, para rematar la osadía, en casa inventaba mentiras piadosas para tranquilizar a todo el mundo del tipo: «no os he avisado para que no fuerais a por mi porque he vuelto con Menganito caminando, ¡estábamos aquí al lado!», o «nos hemos venido el escuadrón de la muerte (muchas amigas juntas) hasta aquí»,… y así mis padres, con mis grandes dotes actorales, vivían un poco más tranquilos mientras yo orgullosa de no haber molestado a nadie echaba la llave de casa por dentro, daba gracias al universo y pensaba «lo conseguí». Luego soltaba dos suspiros para soltar todo el aire contenido en el camino y ya me iba a dormir.

Con los años mi constante estado sentimental de soltera no cambió mucho, mi orgullo no se vio cuestionado y por el contrario mi inquietud por moverme, salir y vivir en libertad cual pajarito si fueron aumentando gracias a los libros y sobre todo al cine; por lo que poco a poco fui desarrollando tácticas de supervivencia para mis locas hazañas de vuelta a casa nocturnas un poco más sofisticadas, puesto que el escenario se ampliaba a grandes ciudades. Desarrollé estrategias tales como jamás de los jamases llevar zapatos no aptos para aumentar el paso; cruzarte de acera si veías a alguna silueta masculina por detrás, aunque fuera muy detrás; sacar las llaves del bolsillo y detenerte para fingir que ya habías llegado a tu portería si un grupo de chicos caminaba detrás tuyo hasta dejarlos pasar; siempre caminar por avenidas principales muy iluminadas, pese a tener que hacer rutas mucho más largas; ir por el carril de la izquierda para poder ver los coches de frente y que no pudieran seguirte en tu misma dirección a un costado; comprometerte con alguna amiga igual de loca que tú que cuando llegarais mutuamente a vuestros destinos mandar un mensaje del tipo»Sana y salva. Me voy a lavar la dentadura, buenas noooches. Un beso»; o aguantar de fiesta hasta que amaneciera puesto que para qué jugártela a las cinco si puedes volver a las siete y con luz. Eran tácticas tan interiorizadas que las asumía como mías propias, hasta que un día, hablando con otras chicas, me di cuenta que al parecer me habían copiado, porque muchas de ellas hacían cosas muy parecidas e incluso habían aplicado hazañas muchísimo más sofisticadas como tener un pequeño spray de gas pimienta para los ojos, una había acudido a un curso preventivo de defensa personal o como esta chica de este artículo, que se ponía la capucha del abrigo para disimularse, es decir, para disimular que era chica. Las mujeres, por temor a una agresión sexual, condicionamos nuestra toma de decisiones cada vez que salimos solas, y eso es algo terrible si nos paramos a pensarlo como sociedad.

Desde niña nos han dicho siempre que tengamos cuidado. Cuidado al volver a casa, cuidado al salir de noche, cuidado de con quien hablas, cuidado de como vistas… Daba igual si volvías sola o con tus amigas, porque entonces sería un «¿pero vais solas?» (o lo que es lo mismo) «¿no va ningún amigo? (¿no va ningún chico que os proteja?). Crecemos no solo temiendo al monstruo de las galletas, las lombrices en el estómago o al hombre del saco; las niñas crecemos siendo educadas en temer a los hombres. No temes encontrarte una chica a las tres de la mañana, no temes encontrarte a una señora por la misma acera, no temes si una señora se sienta a tu lado en el autobús,… no temes a las señoras temes a los señores, a los hombres, a los chicos.

Yo no era feminista, ese término era ajeno a mi vocabulario hasta hace apenas cuatro años; es pues, que sería más correcto decir que yo ni sabía que era ser feminista para plantearme el siquiera el serlo. Yo nunca me plantee con detenimiento que fuera tan necesario luchar por la igualdad de las mujeres; quizás nunca percibí esa necesidad con claridad y veía un mundo bastante equitativo; quizás era excesivamente pacífica para escuchar la palabra lucha y que no me diera cierto miedo;  o quizás era un claro ejemplo de que la cultura y la cotidianidad te hacen amoldarte a una realidad de la que para salir necesitas que alguien te guíe puesto que tú no eres capaz de verlo bajo tu mirada de siempre. Empecé a incursionarme en el feminismo a raíz de vivir en Bilbao, vivía rodeada de grandes feministas (tanto chicas como chicos), y para guinda del pastel tuve una asignatura de feminismo (a la que asistían tanto chicas como chicos) así que por puro roce acabé cediendo y viendo la realidad con las gafas lilas, como mucha gente bromea al respecto cuando empiezas a percibir los micromachismos de la vida diaria.

Ese primer año que viví en Bilbao lo hice en un barrio muy periférico. Una noche, volviendo a casa con una buena amiga, y vecina, atravesamos caminando el parque bajo la idea de ahorrar distancia y porque «vamos juntas», eran las dos o tres de la noche. Mientras caminábamos en silencio y con paso ágil de repente vimos en la distancia a un hombre, inconscientemente nos paramos, como si quisiéramos hacernos invisibles, nos petrificamos durante unos segundos; estábamos en un parque muy grande sin ningún humano aparente más allá de ese chico-hombre-señor que no esperábamos encontrarnos. Nos quedamos ahí paradas intentado ver hacia dónde se dirigía y así proseguir camino esquivándolo casi cual rehén planeando una fuga, no nos había visto; y fue en esa espera que, al observarlo atentamente, nos dimos cuenta de que era un chico borrachísimo que caminaba de un lado a otro apunto de caerse. Nos miramos, sonreímos y suspiramos; ambas nos entendimos, ambas habíamos experimentado una sensación de peligro; fue en esas que mi amiga me dijo algo de lo que me acordé mucho durante el viaje. «Una vez una amiga me hizo un ejercicio que ahora te voy a hacer a ti. Empieza así. Cierra los ojos. Cierro los ojos e imagina qué es lo que más miedo te da. Imagínate por unos instantes que sería lo peor que podría pasarnos esta noche, lo peor que podría pasarte si estas sola caminando y de noche. ¿Qué sería ese miedo? ¿qué te incomodaran,.. se soprepasaran,.. te forzaran… te violaran,… e incluso que pudieran matarte? Cierra los ojos e intenta imaginar cómo sería para ti esa escena y esa situación. Respira, ábrelos. Eso que acabas de imaginar es tu mayor miedo, lo peor. La parte más difícil de este juego es que ahora debes preguntarte si estás dispuesta a perder toda tu libertad, tu libertad de cada día de tu vida, por ese miedo. Hazte esa pregunta, trabaja esa sensación de imaginarte esa experiencia tan horrible, y el día que estés dispuesta a vivirla como precio a no perder tu libertad, ese día dejarás de sentir miedo y sentirás que estás luchando. No es tu culpa si te topas con un agresor, el único culpable es el agresor. El gran problema de nuestra sociedad es que justificamos las agresiones como si las ejecutaran monstruos extraterrestres, pero no son monstruos extraterrestres son un porcentaje muy alto de nuestros propios chicos, hombres y señores. No educamos a los niños a respetar a las niñas, no educamos a los niñas a respetarse y valorarse a sí mismas, no educamos a los niños para que sean ellos también los que sepan detectar el machismo; no hacemos nada de eso si no que responsabilizamos a las niñas haciéndoles creer que si les pasa algo es porque no tuvieron cuidado. Como sociedad estamos suspendiendo en educación para la igualdad-equidad, por eso hay más monstruos extraterrestres de la cuenta, por eso los propios padres les dicen a sus hijas que tengan cuidado. Deberíamos de dejar de decir eso de «ten cuidado» y pasar a decir «se libre». Cada mujer que es agredida, violada o asesinada es una víctima cultural porque la sociedad no hace apenas nada para evitarlo, apenas nos proteje. Vivimos en una sociedad que no asume que cada día crea pequeños monstruos extraterrestres y perpetúa los ya existentes. Si nos pasa algo será el precio de nuestra libertad. Somos libres para volver caminando por unas calles de Bilbao, solo estamos caminando, no estamos haciendo ninguna locura, así que vayamos tranquilas de vuelta a casa que aún nos quedan las escaleras»; vivíamos en un lugar con muchas escaleras. Me acordé mucho de mi amiga durante el viaje, el primer día que cogí la mochila aquella madrugada volví a cerrar los ojos y hacer aquel juego de las preguntas.

Durante mis primeros días de viaje fue que conocí a Alu, la chica argentina que llevaba cerca de tres años de aventuras en solitario por Latinoamérica. Fue ella quien me instruyó, y fue a ella a quien le pregunté la gran pregunta «¿si viajo sola estoy haciendo una locura? ¿es tan tan peligroso plantearme ir sola a Guatemala, México o Colombia? ¿hacer la ruta de la Panamericana por Sudamérica?; dime la verdad porque tengo miedo y no quiero ser valiente. He conocido chicos y todos me dicen que es seguro, pero ellos son chicos Alu, yo quiero saber si tú, como mujer, me dices si es muy peligroso lo que pretendo hacer». Alu me dijo que no tuviera miedo y que siempre, por encima de todo, confiara en mi instinto. «Si algo te dice que no vayas por ahí, date la vuelta y vete, no lo pienses dos veces. Tu instinto es lo que te protegerá, así que tu labor es aprender a escuchar a tu instinto. Lo demás es no tener mala suerte y tomar algunas precauciones que te otorguen a ti seguridad. No te niegues esta bella experiencia por miedo (por miedo a los hombres)».

Entre las precauciones que aprendí fruto de su convivencia, y la de otras chicas a lo largo de mi viaje destacaron varias que inconscientemente aplicaba mucho y me hacían sentir más segura y tener mi propia autonomía. Cuando planificaba una ruta siempre evitaba a toda costa llegar después de que cayera el sol a una ciudad que no conocía, y eso suponía calcular las horas de viaje con anterioridad y margen de retraso, e incluso salir de madrugada si el viaje iba a ser muy largo. Si no había modo alguno de evitar llegar de noche, siempre procuraba hacerlo con reserva y dirección concreta donde ir a pasar al menos la primera noche. Otra norma no escrita era preguntar a señoras, y no a señores, cuando andabas muy perdida. Preguntaba a señoras en el bus, en el mercado o en cualquier sitio, las señoras me transmitían cariño, empatizaban con mi sensación de pérdida y confiaba instintivamente en ellas; también me encontré con señores maravillosos. Preguntar a señoras con puestos fijos cuando se trataba de la búsqueda de un banco o cajero automático; ir a un cajero siempre de día. Cuando tomaba algún taxi lo hacía con el móvil a mano, en él tenía una aplicación con GPS (sin necesitad de internet) que me permitía saber la ruta que tomaba el taxi acorde a mi ruta personal, mientras miraba para cerciorarme por dónde iba y así sentirme segura, más aún si era de noche, fingía vidas de película como: «vivo en el país… llegué hace siete meses… trabajo en un proyecto… e incluso reconozco (sin enorgullecerme) que he inventado novios ficticios que me esperaban en las direcciones a las que iba si me preguntaban «¿y estás tu sola?»» A veces, cuando viajaba con algún chico que coincidíamos en ruta durante unos días, tenía como una especie de sensación de alivio; era como si pudiera relajarme por uno días, daba igual dónde sentarme en el autobús o si ya era de noche y salíamos a tomar algo, daban igual muchas cosas. Una vez una chica me dijo: “cuando voy a cruzar una frontera siempre me visto para ser invisible, intento pasar lo más desapercibida posible. Estoy sola viviendo en un mundo que percibe una vagina solitaria, me visto modosa y procuro preguntar a señoras. Las conquistas sociales se hacen en colectivo, mi conquista es viajar y hacer ver que viajar siendo mujer y sola es posible, pero solo me atrevo a llevar escote, un vestido veraniego o pantalón corto cuando me topo con más chicas en el viaje. No me enorgullece reconocer eso pero me resulta agotador ser valiente». Me dejó pensando mucho tiempo.

Siempre que me han preguntado «¿viajaste tu sola y no te pasó nada? Una chica sola viajando, ¿y no te ha pasa nada?» he contestado lo mismo, que no, que no me había pasado nada malo; que tuve quizás mucha suerte, que Latinomérica es preciosa y su gente una delicia, y que no hay que ser una chica fuerte para viajar, simplemente hay que tener curiosidad y ganas de llevar una mochila a cuestas para descubrir el mundo. En realidad si me pasaron cosas, si me pasaron cosas malas e incómodas, pero a lo largo de mis veintisiete años me han pasado cosas malas e incómodas por ser una chica sola allí, aquí y en otros muchos lugares y jamás las cuento porque me cuesta contarlas; porque temo que la gente piense «a quién se le ocurre hacer lo que hiciste»; porque te temes a ti misma porque cuando tienes experiencias malas e incómodas a veces se te va la voz y tarda demasiado en que vuelva; o simplemente porque temo que perdure la idea de peligro frente a todas las experiencias buenas que rodean a un viaje; porque temo que la gente siga diciendo eso de cuidado. Algún día las contaré, porque el silencio también camufla la realidad, pero no es hoy.

Hace una semana dos chicas argentinas que estaban viajando de 21 y 22 años fueron asesinadas en Montañita, Ecuador, un pueblecito que casi todx mochilerx tiene en ruta. Yo no estuve en Montañita porque estaba tan cansada cuando llegué a Ecuador que me quedé mucho más tiempo en casa de una amiga en Quito recibiendo sus mimos, pero quizás hubiera ido. Hoy en el día de LAS MUJERES (no solo de las mujeres trabajadoras), en el día que se celebra la lucha de LAS MUJERES por alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades me acuerdo de esas chicas, quizás por propia empatía, porqué podría haber sido yo, porque aquel asesinato fue un escaparate para ver de cerca cuan cruel puede ser la cultura en la que vivimos juzgando a una chica que decide viajar sin un hombre. “Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, “viajaban solas”. Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban “solas”. ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser “solas”, algo les faltaba… Adivinen qué” escribió Mariana Sidoti como crítica a las noticias que salieron publicadas en referencia a sus muertes los primeros días. Las encontraron muertas y todas las preguntas que surgieron en la prensa nacional e internacional giraron en torno a ellas ¿qué hacían viajando? ¿por qué andaban «solas»? ¿si habían salido de fiesta? ¿qué ropa llevaban? ¿se habrían drogado? ¿se habían metido en un barrio peligroso? e incluso se lanzaron preguntas del tipo ¿cómo unos padres permiten que sus hijas viajen «solas»?… La prensa no hizo un retrato robot sobre el perfil de los posibles asesinos, no se hizo un interrogatorio exhaustivo para ver que tantas preguntas podrían hacerse sobre ellos; si sería un loco o unos locos, o si serían unos chicos normales que emplearon su poder y su fuerza en forzar a unas chicas, tocarlas sin su consentimiento, agredirlas y finalmente matarlas de una cuchillada dejándolas morir desangradas.No se preguntó qué tipo de sociedad somos para que crezcan monstruos extraterrestres

El día de LAS MUJERES conmemora a esas chicas, a esas chicas y todas esas mujeres que a lo largo de la historia han perdido su vida por ejercer algo tan sencillo como es ser pajaritos libres, por desafiar la cultura en la que vivimos, por luchar en alcanzar o rebatir derechos que hoy asumimos como normales. Es un día para recordar todas las luchas que las mujeres emprendieron y seguimos emprendiendo. Es un día para pararnos a pensar como sociedad y descubrir si somos libres o aún nos queda muchísimo por hacer, si vivimos en una sociedad equitativa o aún quedan inmensos caminos sobre los que trabajar para que las futuras niñas y niños viven en un mundo mucho más justo, mucho más justo para todos los géneros. El 8 de marzo no es una celebración exclusiva de las mujeres, es una celebración que se conmemora la lucha por alcanzar la Igualdad de Las Mujeres pero es necesario que en esta lucha también estén los hombres, toda la sociedad debería levantarse y reclamar la igualdad. Un profesor dijo una vez en clase a los chicos presentes, las luchas feministas es como si en los años setenta hubierais optado por estar al margen en una manifestación contra el racismo, no hace falta ser negrx para defender la igualdad de derechos entre blancxs y negrxs y darse cuenta que en toda opresión hay privilegiados y oprimidos. No hace falta ser mujer para salir a luchar y defender la igualdad y la equidad, el machismo nos afecta a todos, solo hay que ver las estadísticas mundiales y también las nacionales para alarmarse, y si no salís a defender el feminismo estaréis sentados y el que se sienta está otorgando el poder al opresor. Decidid en qué bando estáis porque solo hay dos.

Esas chicas son mi 8 de marzo de este año. Cuando me enteré de la noticia una parte de mi se alegró de estar en casa, no por mi, si no porque hubiera sido un drama familiar si ya de por sí vivían asustados. Yo hubiera seguido aventura, porque lo decidí aquella madrugada, porque no hay monstruos extraterrestres solo en Ecuador, México o Colombia; hay monstruos extraterrestres también aquí, pero todo el mundo hubiera interpretado mi viaje como un desafío a la locura. Aquella madrugada antes de partir con mi mochila decidí que solo quería ser una aventura más, igual que cualquier aventurero. Quería conocerme a mi misma en esa aventura, ser una chica libre que hace lo que se la repanpinfla por el propio impulso de sentir, descubrirse, disfrutar… no quería dejar de hacer cosas por ser chica, por no tener un chico o porque no encontrara a un gran grupo de chicas que me acompañara; hay viajes que a veces hay que hacer sola porque forma parte de la experiencia y el aprendizaje enfrentarse a una misma. No perpetuemos la sensación de que te estás jugando la vida si no vas acompañada de un hombre que te proteja, anhelé que la gente dejara de decirme que tuviera cuidado; porque todo el mundo, mi familia, los amigos y con cualquier persona que me topaba durante el viaje me decía que tuviera cuidado, con el mayor de los cariños me reforzaban a cada instante que era una vagina solitaria y tenía que tener miedo, que debía de tener miedo, miedo a los hombres, que debía protegerme de ellos porque no tenía otro a mi lado que me protegiera. Hice el viaje asumiendo que podría pasarme cualquier cosa, igual que siempre lo asumí cuando he vuelto sola a casa, o he salido de fiesta de noche; pero aprendí a asumirlo como un acto de mi lucha por la libertad, una libertad que no quiero perder y que como sociedad creo deberíamos cuidar entre todas y todos. He tenido suerte, pero si no la hubiera tenido, si no la hubiera tenido y me hubiera topado con un monstruo extraterrestres como esas dos chicas, no creo que debiera ser juzgada como culpable, ellas al igual que yo y otras muchas chicas y muchos chicos solo eramos mochileras.

Al terminar el viaje Pelo Zanahoria me dijo uno de los piropos más bonitos que jamás me han dicho. Recuerdo que recibí un mensaje al móvil que decía que le estaba hablando a su hermana de los días que habíamos viajado juntos por México y que la había dicho de mi que «Era una chica muy fuerte y muy libre», yo le contesté entre risas que en realidad no era tan fuerte, que en unas horas tenía que coger el avión y estaba temblando, pero que «Dankre» (muchas gracias en alemán suizo).

Celebremos todas y todos juntos las victorias alcanzadas, por ello Feliz Día de Las Mujeres, pero en el último brindis no nos olvidemos de ellas, de todas y de mañana.

Dibujo chicas mochileras desnudas con un mapa de Latinoamerica. Feminismo

Calendario de supervivencia

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Calendario de supervivencia

Cumplí mis veintitrés años en India. Cumplí mis veintitrés años en una habitación desconchada de India, y creo que eso es algo importante dentro de mi baúl.

No sé por qué me decanté por India. Fue una decisión que no estuvo regida por ningún racionamiento pasional. No sé muy bien cómo se originó todo ni qué es lo que realmente andaba buscando en ese superpoblado país asiático para que una mañana de septiembre, sin la aprobación pero sí con mucho cariño, mis padres me acompañaran a la estación de trenes de mi pueblo y, cargada con mi recién estrenada mochila azulemprendiera aventura hacia esa lejana tierra de saris y turbantes. Lo hice convenciendo a todxs los que allí dejaba que estaba todo bajo control, que era la decisión más sensata de mi vida. Dos trenes y tres vuelos más tarde, llegué a una escalofriante y nocturna habitación en Calcuta sin más plan organizado que el de improvisar los 89 días restantes que me quedaban hasta mi vuelo de vuelta.

Todo empezó apenas tres meses antes, una noche lluviosa de julio, de las habituales en Edimburgo. Por aquel entonces estaba allí estudiando. Metida en la cama empecé a buscar varios voluntariados por diferentes rincones del mundo, encabezando mi lista cualquier país de África Subsahariana u Oriente Medio. Desde pequeña siempre me había fascinado la cultura árabe pese a la mala imagen que muchas veces se le publicita; siempre había soñado con vivir en algún lugar lejano y remoto, sumergida en una cultura ajena a la mía; siempre había adorado Memorias de África. Esa noche, con el sonido de la lluvia golpeando en la ventana, divagué más de la cuenta en la opción de intentarlo. Empecé a buscar y buscar pero nada me convencía; en realidad soy muy crítica con el concepto mismo de voluntariado, y los proyectos que me parecían más interesantes exigían perfiles muy profesionales, estancias mínimas de seis meses (cosa que ahora entiendo y que por aquel entonces me parecía excesivo) e idiomas que a día de hoy siguen sin ocupar espacio en mi currículum. Asumí pues, que para hacer realmente lo que yo quería me faltaba aún mucha formación; es por tanto, que tomé la decisión de que estudiaría mucho a mi vuelta, pero que antes me limitaría a ir a algún rincón para vivirlo con una mochila.

Con un pequeño colchón de ahorros bajo el brazo concebí la aventura. De pequeña mi tía nos había abierto una cuenta en el banco a mi hermano, a mis primos y a mi. Por nuestros cumpleaños, navidades, santos y feria (como celebran en la Mancha), nos ingresaba dinero a modo de regalo. Fue así como, cuando cumplí los 18 años, junto a otra loca sorpresa, recibí una cartilla con todo el dinero acumulado por tantos años. El regalo llevaba implícito el consejo “para hacer lo que tú quieras, que ya eres grande” y ciertas sugerencias como pagarme el carnet del coche, comprarme una moto o un coche de tercera o cuarta mano… Yo, que aún sigo siendo chica renfe y de bono de autobús, guardé esa cartilla hasta encontrar algún plan más acorde a lo que sería mi regalo. Aquel billete de avión supuso la mejor inversión que se me ocurrió.

Ideé que el plan fuera sencillo, solo quería viajar y conocer proyectos vinculados al área social; me interesaba mucho ese aspecto y las diferentes maneras de trabajar y de crear alternativas. Quería visitar proyectos, observar, aprender y viajar, ¡viajar! No tenía pretensiones de ser una heroína e ir a salvar el mundo por el simple hecho de elegir como lugar de destino un país como India, respeto demasiado el mundo para creer eso, y mucho menos yo que ni siquiera soy capaz de ordenar el mío propio o conseguir que sobrevivan mis reiteradas y moribundas plantas de albahaca (¡siempre mueren!). No me iba a las misiones, como algunas personas llegaron a decirme. Solo quería ir a un lugar lejano y enfrentarme a mí misma en esa aventura, sin mayor justificación egoísta y primitiva que esa, quería sentir y conocerme. Por azares del destino, y por un foro de viajes y voluntariados que encontré esa noche, ese lugar resultó ser finalmente Calcuta.

Dicen que a India se la ama o se la odia. Yo la odié y la amé por partes iguales, pero reconozco que me costó mucho llegar a amarla porque jamás imaginé que podría odiarla como la odié. Desde pequeña había viajado mucho. Mi tía, esa misma tía, trabaja en una agencia de viajes; y eso ha tenido importantes repercusiones familiares en las vacaciones de verano. Sin embargo, India me desbordó. Imagino que convencer a todo el mundo de que todo estaba bajo control y que no era una locura no fue la mejor estrategia del mundo. Aparenté ser más fuerte de lo puramente humana que soy y, una vez me quedé sola en aquel vagón saliendo de casa, me di cuenta que sí estaba asustada. Todo lo que se vaticinaba era desconocido, y lo desconocido puede dar mucho miedo.

A mis padres les preparé un papel con el teléfono de la embajada y el teléfono del consulado de España en India que encontré merodeando por Internet antes de partir. Los apunté junto al móvil de los padres de las cuatro chicas del foro de viajes, que también viajaban en las mismas fechas que yo, y que tenía previsto conocer cuando llegara a Calcuta. Preparé los números en un bonito documento de ordenador impreso junto a un post-it y una carita sonriente bajo el título “Para tranquilizaros durante estos tres meses”. Cuando les dije a mis padres la noche antes de mi partida que había preparado ese documento y que dónde querían que lo guardara, lo cogieron y mirando el post-it me dijeron: “¿Tú crees que el número de la embajada nos tranquiliza? Si estás una semana sin dar señales de vida, ¿qué hacemos?, ¿llamamos a la embajada y les preguntamos por tí? Disculpe, nuestra hija, que ha decidido como última locura irse sola a viajar por India, no llama y no sabemos dónde está ni dónde duerme porque ni ella lo tiene previsto”.

Es cierto que no podía facilitarles ni siquiera el nombre de un hostal para la primera noche; no había ninguna reserva ni ningún contacto al otro lado. Solo sabía que Sudder Street era la calle donde todos lxs mochilerxs iban a hospedarse en Calcuta, así que el plan, que sí había plan, era que las tres chicas del foro que llegaban a primera hora de la mañana (Inés, Silvia y Elena) fueran a esa calle a buscar alojamiento y a la tarde, cuando llegáramos Cristina y yo (a la cual tenía previsto conocer en el avión a Nueva Delhi), acudiríamos juntas al sitio que nos dijeran las primeras por medio de un mensaje de móvil. “¿Veis? En realidad todo está controlado, pero es un control distinto, diferente”. Mi madre me miró y me dijo por primera vez lo que sin saber repetiría muchas más veces telefónicamente durante este último año: “Mira lo que te digo, mira si te querré, que solo te deseo que nunca tengas una hija como tú. ¿Qué necesidad hay de irse por ahí? ¿Por qué no puedes ser normal? Normal, como todo el mundo”. “Nadie es normal mamá, todo el mundo explota el globo de la normalidad en algún momento”, respondí metiendo las pastillas contra la malaria y la receta casera de suero en la bolsa de medicamentos. Desde entonces, cada vez que me he metido en algún jaleo voluntariamente, sea el que sea, siempre resoplo y empiezo a susurrar imitando a mi madre “¡pero qué necesidad tenía yo, que necesidad!”. Me gusta decirlo.

Como estaba previsto según el plan, Cristina y yo nos conocimos en la cola de embarque rumbo a India. Resultó ser un amor de chica y mi compañera de habitación, aún sin saberlo, durante muchas noches venideras. Cuando llegamos juntas a Nueva Delhi nos comunicaron que nuestro avión a Calcuta tenía un importante retraso por el monzón y tuvimos que esperar toda la tarde. Contemplamos llover y llover sobre la ciudad a través de la inmensa cristalera del aeropuerto. Hubiera sido una espera preciosa. En realidad era una imagen bonita, no me gusta volar y no siento empatía por los aeropuertos, pero tengo un cariñoso recuerdo de aquella imagen en la que todo el aeropuerto parecía estar sumido en el silencio que otorgaba aquella espesa lluvia cayendo sobre Nueva Delhi mientras atardecía. Pasaron muchas horas hasta que anunciaron nuestro avión, y en esa espera, en cada una de aquellas horas que pasé sentada en aquel sillón, fui lentamente sumergiéndome en un progresivo ataque de pánico provocado por la idea de volar de nuevo y de tener que llegar a la desconocida Calcuta sin luz del sol.

Aterrizamos en Calcuta entrada la noche. Salimos del aeropuerto arrastrando agotadas unas mochilas cargadas de subsistencias occidentales (siempre me reía de aquella pesada mochila cuando al día siguiente, a dos calles de nuestro hostal, encontramos un supermercado repleto de Coca Cola, Colgate, Pantene y Kellogs). Conforme al plan, al llegar a Calcuta recibimos un mensaje de móvil que decía “Hostal María. Sudder Street” y una loca historia sobre un taxi y un hombre manco que nunca llegué a entender pero que nos sugestionó todo el trayecto. Cogimos un taxi a la salida del aeropuerto y, treinta y cinco minutos más tarde, después de recorrer las silenciosas y tenues calles de aquella misteriosa ciudad habitada por cuerpos dormidos en las aceras, llegamos a la puerta de lo que el señor del taxi nos indicó como Hostal María.

Atravesamos el portón y tras él un pequeño jardín, frondoso y descuidado a partes iguales. Todo estaba oscuro y en silencio, Calcuta parecía dormir desde hacía mucho. Llegamos hasta la puerta principal y allí, al otro lado de unas rejas correderas y roídas, dormía un señor pequeño y delgaducho sobre una silla. Durante todos los días que viví en Calcuta ese hombre siguió durmiendo en aquella silla, siempre fue él quien nos abría y nos devolvía una sonrisa asintiendo con la cabeza al escuchar nuestras buenas noches. Ese primer día nos abrió adormilado plagado de una fragilidad y una dulzura fruto de la vejez y la desubicación del sueño. Arrastrando los pies, y la vida misma sobre ellos, nos condujo sobre un pasillo sumergido en penumbra y humedad. A pocos metros nos indicó una habitación. Cristina abrió la puerta.

Al otro lado estaban tiradas sobre los colchones peleándose entre risas por colocar las mosquiteras Inés, Silvia y Elena. Por fin nos poníamos caras y voces después de muchos mensajes escritos coordinando llegadas, vacunas, visados, medicamentos y listados de supervivencia para la mochila que en esos momentos aún cargábamos sobre nuestros hombros. Sin embargo, pese a toda esa emoción, de esa noche apenas recuerdo ese ansiado momento. Recuerdo sentarme agotada en el filo de la cama de Elena y escucharlas relatar un largo rato, entre risas, sobre su viaje y la historia del taxista y el señor manco, que como ya adelanté, no recuerdo o creo que ni logré escuchar. Yo, por mi parte, solo quería desaparecer; estaba tan cansada y perdida que mientras todas reían emocionadas solo quería llorar como un bebé y que alguien me teletransportara a mi cama, a mi casa, y me sorprendiera con un tazón de leche con muchas galletas. Todo aquello me sobrepasaba; la humedad, el cansancio, la habitación, las mosquiteras, el baño con el retrete en el suelo… Todo era excesivo para una bienvenida; y sin embargo, ellas parecían sentirse como peces en el agua. Siempre cuentan a carcajadas, recordando aquella noche, que por mucho que intentaba sonreír o ser amable, mi abstracción mental era tan fuerte que me tenían que hablar siete veces para que reaccionara; que era una zombie con ojos espantados a la que no sabían qué decirle.

Poco más tarde, entre bostezos, nos acompañaron a oscuras hasta nuestra habitación. Era la última habitación que les quedaba libre; les habían comentado que al día siguiente intentarían mudarnos a una un poco mejor. Bajamos las escaleras temerosas de no ver por dónde pisábamos, y allí, al frontal de las escaleras y a dos puertas del baño comunitario, encontramos la entrada del que sería nuestro hogar aquella noche. Cristina volvió a ser la encargada de abrir la puerta, ésta vez cerrada con un enorme candado.

Al otro lado, iluminadas con una tenue bombilla en el techo, nos encontramos con nuestras ansiadas camas, cubiertas por unas viejas sábanas llenas de grandes agujeros que dejaban trasver los colchones. No había nada más, solo las camas y una pequeña mesita en una esquina; pero pese a esa sencillez todo parecía estar a punto de desmoronarse, incluidas nosotras y el ventilador que decoraba el techo. Cada una de las paredes era un océano disconforme de manchas de humedad que no tardarían en desconcharse; una obra artística autoría del monzón, unida a los cientos de garabatos, firmas y grandes declaraciones que otrxs viajerxs, hospedados entre esas cuatro paredes, habían decidido plasmar. Un arte improvisado que confería a ese pequeño rincón del mundo el sello de haber sido testigo de mucha vida humana.

Fue entonces, observando y leyendo todos aquellos mensajes escritos en lenguas diferente que me di cuenta de que en la pared, justo encima de mi cabecero, estaba escrito en español y con letras muy muy grandes la frase: “No es tan horrible como parece”. Imaginé que fue un acto poético el de aquella pintada, que quizás la persona que lo escribió sintió esa misma sensación de profunda nostalgia la primera noche que se vio allí dentro; agradecí mucho que dejara su sello. Metida en la cama, entre las sábanas traídas de casa, le pregunté a Cristina “¿estás dormida?”. Se lo pregunté horas después del “Buenas noches”. Contestó, “No”. Cristina tampoco podía dormir.

Nunca había dibujado un calendario de supervivencia. Nunca había improvisado un calendario para poder ir tachándole días con la única meta de sentir que estaba siendo capaz de sobrevivirlos.

A lo largo de mi vida he hecho dos calendarios de esos. El primero fue allí, en aquel hostal; garabateé en mi cuaderno un pequeño calendario con los meses de Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre. Durante muchas noches, antes de meterme en la cama, taché en mi libreta y conté cuántos días faltaban hasta llegar a 89. Sin pretenderlo, un día dejé de tachar. Imagino que “todo dejó  de ser tan horrible como parecía”, pero hasta eso aún quedaron muchas historias…

una_maleta_de_pulgas_calendario_de_supervivencia

Casa del árbol

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.

Casa del árbol

Cerca de Granada hay un hostel encima de un árbol, Txabi nos había hablado de él. Es un espacio escondido en la naturaleza, al que se accede por una pequeña colina de piedras altas cuando un 4×4 te abandona en la entrada de un lugar perdido.

Es la cabaña perfecta, aquella que de niña soñamos construir fallídamente, el rincón mágico en el que esconder tesoros y planear importantes asaltos. Tiene dos plantas, la primera con una zona cubierta de hamacas, taburetes, libros y una pequeña barra de bar donde coger cervezas, o quizás en ese caso hubiera cobijado batidos de chocolate. En la segunda planta habitan una pequeña cocina, una gran mesa para comer y un oso de peluche gigante colgado de una viga. Todo en ella es de madera, y cada hueco está ilustrado con dibujos y firmas de huéspedes que seguro llegaron para un día y se quedaron mucho más de lo planeado dejando su imaginación fluir entre las vigas de este pequeño rincón del mundo. Hay frases escritas con rotuladores en cada tabla o pata de mesa, y entre dibujos, carteles y frases inspiradoras que confluyen en una armónica decoración también hay peluches, llaves colgando, una raqueta, una placa de coche, dos hula hoops, una colección universal de monedas, varias máscaras e incluso unas hombreras de hockey que te hacen preguntarte, mientras divagas tumbado en una de sus hamacas, que historias esconderá cada una de estas olvidadas cosas.

No hay internet, ni tampoco paredes que te separen de la naturaleza, solo una pequeña barandilla sobre la que apoyarse y contemplar el horizonte cual pirata sin el tic tac de ningún reloj. La cabaña está unida por un largo puente, uno de esos puentes que se mueve al saltar, de los que merece tener grandes cocodrilos debajo. Este puente de color rojo no cruza ningún río, pero posee la suficiente magia como para sumergirte en la más profunda niñez cada vez que tienes que cruzarlo para ir a la habitación, otra pequeña plataforma llena de hamacas donde iremos a dormir al aire libre rociados de antimosquitos esta noche. Abajo, en la entrada del recinto, hay unas casitas de madera privadas en las que por un mayor precio puedes dormir aislado de la naturaleza por medio de paredes y mosquiteras; hemos descartado la propuesta, en realidad perdería la magia de convivir en este ambiente y también superaría el presupuesto de esta aventura.

Sé que mi hermano sería feliz en este lugar, el no pensaría en las serpientes, las arañas, los millones de pequeños bichos o los monos cuyos chillidos te hacen sopesar que seguro serán gorilas. Además hay dos cacharros de husky /hasky/ que merodean por la cabaña y se acercan cuando te despistas a tus pies. En este lugar nadie habla español, solo el arroz y frijoles de la comida junto a la cocinera que viene cada mañana a abastecer de alimentos y mimos a los seis voluntarixs extranjerxs que aquí viven te hacen recordar que estas en Centroamérica. Los voluntarios son mochilerxs que a cambio de comida y alojamiento dedican un par de horas al día durante varias semanas a construir y mantener el lugar, les permite ahorrar y seguir viajando. Parecen felices en este selvático aislamiento, conviviendo entre cervezas, libros, cigarros, hamacas y algún que otro juego de mesa. Viven en un árbol, sumergidos en una Nicaragua que poco tiene de común con la de sus habitantes, pero que curiosamente crea muchos espacios como éste, lugares en los que ni siquiera los menús de los bares se encuentran en castellano.

Uno de los chicos se acercó y con un gracioso acento extranjero me ha dicho mi nombre seguido de la sugerencia de ir a ver el atardecer “seguro es más lindo que estar sentada escribiendo delante de esa computadora”, no sé cómo sabe mi nombre, pero creo que tiene razón, seguro es mucho más lindo el atardecer visto desde un árbol.

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.

Mochila

Mochila

La mochila no puede pesar demasiado, cuando tienes que cargar con todos tus bártulos a cuestas hay que meditar seriamente en casa y delante de un té qué echar dentro de ella. Yo no me tomé ningún té y mi mochila azul pesa demasiado.

Me di cuenta que pesaba mucho la mañana que salí de casa, había conseguido cerrarla apenas cinco minutos antes. Apoyada en el portón todo parecía convivir bajo una aparente y milimétrica presión en su interior, pero cuando en el silencio y la soledad de las cuatro de la madrugada  el taxi pitó y yo hice el amago de subir aquella mochila sola sobre mis hombros -bajo la atenta mirada de Chico, el perro de mis compañeras de piso, despidiéndome-, descubrí que tenía un pesado problema que sobresalía quince centímetros sobre mi cabeza y me hundía otros veinte centímetros sobre mis pies. Me reproché en ese mismo instante, mientras cerraba el que había sido mi hogar en Costa Rica durante seis meses sumergida en prisas, suspiros y un pesado equilibrio,  el no haberme tomado toda una caja de tes una semana antes.

Desde el lunes voy arrastrando esa mochila azul por NIcaragua. Es divertido viajar como un caracol pesado, la gente te mira con un cierto aire de pena infinita y siempre hay almas caritativas que te van dando un empujón para subirla a los autobuses, para custodiarla o para equilibrarte y no dejarte caer escaleras abajo. Txabi entre miradas graciosas y empujones me avisa de que tengo que hacer un juicio final y aligerar concienzudamente esa mortaja; Ander se muestra más benevolente y se limita entre chistes a ser mi fiel escudero y ayudarme a colocar la pesada armadura en cada traslado.

Estamos en León, Txabi trabajó aquí seis meses y nos hace de guía, es una ciudad preciosa. Andrea, su novia, acaba de llegar desde Bilbao para pasar el verano y alegrar la aventura. Vamos a estar unas semanas por aquí, es nuestra sede, y mientras tanto la mochila ha quedado apaciguada en una esquina de la habitación. Allí reposa esperando bajo un ventilador, entre cuatro discretas camas y los trastos esparcidos de quienes construyen una casa dentro de una mochila. A veces cuando nos tumbamos y charlamos rebosantes de sudor la observo de reojo, me viene a la cabeza mientras bebemos jugos por la calle para combatir el asfixiante calor o descubrimos paseando la historia del Sandinismo en cualquier curioso mural de sus calles,…de repente me veo pensando en esa mochila azul y empiezo sin querer a elaborar esa lista con todo aquello que voy a tener que dejar; mi sudadera gris, mis zapatillas medio rotas negras, aquella falda que me compré paseando una mañana por el mercadillo “2 de mayo” de Bilbao, mis sábanas que eché porque no sabía dónde podía acabar durmiendo cualquier noche dentro de esta aventura,.. Qué difícil y qué tonto resulta hacer esta lista, son sólo cosas al fin y al cabo, pero aunque pesen, ocupen espacio y sean un trasto tengo ese extraña sensación de que quizás algún día las pueda necesitar, quizás algún día haga más fresco y ya no tenga mi sudadera gris.