Tiburón

Tiburón

Siempre me ha costado tomar decisiones. Desde pequeña desmenuzaba todas las elecciones en análisis tan minuciosos que finalmente, ante tantas posibles e infinitas variables de pros y contras, siempre acababa optando en depositar esa gigantesca responsabilidad, que es elegir, en el más puro azar. De ese modo, mi historial personal ante decisiones importantes, y no tan importantes, está lleno de: lanzamientos de monedas con cara y cruz; seguimiento de señales divinas como el cruce de una hormiga; elecciones por ordenamiento alfabético de A, B y C; premoniciones de dedo con los ojos cerrados; deshoje de ramilletes y ramilletes de margaritas; susurrantes y efectivas melodías como el pito pito gorgorito; o educados y cotidianos «me da igual». Es por tanto, que no es de extrañar, que a la hora de elegir qué quería ser de mayor los test me vaticinaran un caótico empate entre todas las ramas posibles y que aún hoy, muchos años y tropiezos después, siga sin tener respuesta para ello, más allá de que “feliz» siempre ha sido una respuesta acertada.

Cuando me agobio, porque todo caos genera agobio, en mi defensa me gusta resoplar y pensar que si me viera el carismático e interesante sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman me pasaría su viejecilla mano por la cabezota, y me dejaría resoplar y resoplar sin necesidad de decir nada más. Asumo que más que vivir en lo que el denominó modernidad líquida, yo vivo inmersa en un estado gaseoso repleto de indecisiones y desreglados horizontes sin tierra a la vista. Sin embargo, quiero creer que más allá de mi propio caos, que es mucho, este nuevo horizonte volátil, inseguro y lleno de infinidad de puertas en el que he crecido como ciudadana de un país enriquecido y forjado en los sueños como mapa de ruta, también ha aportado su grano de arena para esta caótica capacidad que tengo de dar largos y tediosos sermones de lo que no quiero, cuando en realidad me resulta imposible definir lo que sí me gustaría.

Viviendo en Costa Rica, una de mis compañeras de trabajo, después de compartir oficina durante un mes y cargar cariñosamente con mis cotidianos «lo que tu quieras» cada vez que me preguntaba qué música poner ese día, me dijo: «Hay dos cosas que tienes que aprender mientras estés aquí, y no se trata ninguna de ellas relacionadas con el trabajo. La primera, y muy importante, es saber DESEAR. Identificar lo que quieres y te gusta. Aprender a mostrar tu deseo sin vergüenza, sin miedo. Y la segunda cosa, más importante aún si cabe, es que tienes que aprender a MANDAR A COMER MIERDA».

Para MANDAR A COMER MIERDA las instrucciones eran bastante sencillas. Si algo o alguien te hace daño -consciente o inconscientemente- tu primera tarea no es intentar justificar, entender o analizar (eso ya vendrá luego); si no parar y mandar a comer mierda. Ya sea al más puro estilo Sofía Loren, como me gustaba imaginarme, o huyendo con discreción y cerrando la puerta tras de ti, como en realidad haría. La moraleja, fuera cual fuera tu opción interpretativa, era saber identificar cuando algo te hiere parar ser capaz de protegerte y evitar por todos los medios comerse la mierda unx mismx.

Por el contrario, el juego de DESEAR resultó ser mucho más difícil de interiorizar. Para ello mi compañera me puso la terrible tarea de que le hiciera un divertido powerpoint explicándole con dibujos todo lo que quería «PEDIRLE AL UNIVERSO» durante mi estancia allí. Yo, reacia a las peticiones divinas y, buena aprendiz de «cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir», me opuse a jugar y nunca jamás hice esa tarea. No obstante, si fui testigo del divertido juego que poco a poco se fue instaurando en la oficina.

Si alguien pedía una nave espacial, a los días aparecía una nave espacial. Si alguien necesitaba dinero para una locura, a los días aparecía un trabajillo para conseguirlo. Si alguien necesitaba que l@ empotraran, a los días aparecía un Empotrador. El juego del universo resultó ser el juego más peligroso y divertido del que jamás he sido testigo, y cuando llegó el día de lanzarme con mi mochila azul sola al mundo, supe que como regalo de aquellos divertidos seis meses en Costa Rica me llevaba conmigo el loco juego de PÍDELE AL UNIVERSO Y VERÁS.

En Nicaragua empecé a interiorizarlo, pero no fue hasta que llegué a Guatemala y conviví con Alu, fan incondicional del juego, y más tarde en México con Pelo zanahoria, que realmente empecé a jugar y saborear, cual niña con barita mágica, este loco poder. Si quería una guía de viajes de Guatemala, el universo me regalaba una guía. Si tenía tupper pero no cubiertos, en menos de dos semanas ya tenía la cubertería completa (Aitor, tengo tu navaja, se quedó en la bolsa de los tomates :P). Pelo zanahoria fue fruto del propio universo, un día pensé «debería practicar inglés, que se me están olvidando hasta los colores» y a los dos días apareció Pelo Zanahoria. Un divertido chico suizo muy racional, que durante los doce días que viajamos juntos chapurreando inglés por México acabó sucumbiendo al juego del universo cual latino embriagado de pasión.

Después de cientos y milagrosos ejemplos, un día aterrizó por sorpresa mi familia en México. Esa primera noche, derrotados por el jetlaj y la emoción del reencuentro, les conté esperando el ferry el divertido juego del universo. Nadie pareció entusiasmarse mucho. Mi padre, mucho más racional que Pelo zanahoria, ponía caras que solo dejaban entrever «¿qué le están haciendo a mi hija por estas tierras?» Mi madre, con esa vena maternal de todo querer justificarlo, parecía mucha más proclive a seguirme el juego. Y mi hermano, sumido en su particular sentido del humor, encontró en esta propuesta todo lo necesario para alegrar el viaje de principio a fin.

Durante el primer día intenté que jugaran, pero resultó imposible; no estaban preparados para la principal norma del juego «dejarse llevar». Era un rebaño demasiado racional y yo una pastora sin milagros convincentes que mostrar, así que el universo tuvo que actuar para dar evidencia del juego.

Dos días más tarde fuimos a hacer una excursión para ir a ver el tiburón ballena, una turistada en toda regla que se rige bajo la idea «nunca más volveré a estar aquí, ¡vayamoooos!». Para ello contratamos la excursión en un hostel juvenil, porque en los hostel juveniles siempre son más baratos. Así que a las ocho de la mañana nos subimos en una lancha en busca del tiburón ballena con un grupo de chicas suecas, una pareja puberta de enamorados ingleses y mis padres como testigos de la maravillosa juventud. Hora y media más tarde, y parados en pleno oleaje en busca del tiburón, yo estaba blanquecina y mareada enganchada a la barandilla; mis padres agarrados entre sí cual hundimiento del Titanic con los ojos cerrados de las nauseas; mientras mi hermano, las chicas suecas y los enamorados pubertos nos contemplaban divertidos y muy sanos. Quizás no deberíamos haber contratado la excursión en un hostel juvenil.

La actividad ficticia consistía en localizar y bañarse con el tiburón ballena (el pez existente más grande del mundo), cual película de Liberar a Willy en medio del mar. Pero la realidad de ese día es que había oleaje y demasiados turistas invadiendo el hábitat natural; así que los tiburones ballenas estaban algo alborotados y jugaban al escondite, supongo cansados de tanta lancha y cámara de fotos.

Dada la poca receptividad al posado de los tiburones ese día, cada vez que aparecía uno las lanchas jugaban a lanzar turistas con los motores en marcha bajo la orden de nadar a toda velocidad hasta acercarse prudencialmente a ese tibueron antes de que decidiera marcharse a las profundidades del mar. Mis padres, ante el contexto de «súper turistas juveniles nadando entre oleaje en busca de tiburones» dijeron que no se lanzaban, que bastante tenían con sobrevivir a la barca. Yo y mi hermano, por eso de ser jóvenes e ingenuos, dijimos que sí, que para eso habíamos ido, pero como apto de valentía optamos por quedamos rezagados con la última tanda para ver el panorama primero.

Solo podíamos lanzarnos de tres en tres junto al guía; así que con tanta espera entre los turnos llegados al final yo estaba ya tan mareada que dudaba cual muerte sería más heroica, si la de los movimientos de la barca o la de ser zambullida por un tiburón al fondo del mar. Cuando llegó nuestro turno el tiburón desapareció, y el guía consideró trasladarnos con la lancha a otro sitio. Llegado ese momento ya lo tenía claro, ya no le temía al tiburón, solo quería lanzarme al agua para que aquello dejara de moverse.

Estaba tan mareada que me la repanpinflaba todo, absolutamente todo. Me enganché a la barandilla e hice la plegaria pertinente: «Por favor universo. Un tiburón, un tiburón, un tiburón… un tiburón y que todo esto se acabe y podamos volver a tierra firme». Lo dije en voz alto y mirando a mis padres blanquecinos, añadiéndoles con la mirada un «veis, ahora es un bonito momento para jugar al universo».

Normalmente el juego del universo es mucho más pecaminoso, pero es totalmente viable hacer plegarias de supervivencia si lo requiere el momento, como yo aquel día. Fue entonces que de repente apareció un supuesto tiburón ballena anunciado bajo los gritos del guía que exclamaba: «Al agua. Al agua. Al agua…». Con la lancha en marcha mi hermano y yo nos lanzamos junto al guía sumidos en la acción, había llegado nuestro turno. Lo hicimos con voltereta para atrás incluida, como nos habían indicado, como en las películas. Con las gafas, el tubo, las aletas y un anti-erótico chaleco flotante. Pero como era de esperar, pese a las intenciones, no fue nada como en las películas, al menos mi interpretación. Nada más caer al agua las gafas se me movieron y me entró agua en el interior de ellas, agua que también tragué por la boca y ese desdichado tubo. Con la lancha alejándose me di cuenta que era incapaz de nadar a toda velocidad porque el chaleco más allá de ser antierótico también era antimovimiento porque se me subía a las orejas y mi movimiento estiloso se limitaba al de un perro flotando que chapotea con la cabeza de fuera.

No obstante, pese a todo, pese a la des-ubicación por la caida y el amago de ahogarme entre tanta agua, intenté controlar la escena, o al menos las gafas, en un mero instinto de sobrevivir. Me paré, eché un vistazo a mi alrededor y decidí nadar en busca de mi hermano, el guía, o alguien con aletas en medio de aquel inmenso mar supuestamente lleno de tiburones ballena en el que no veía a nadie entre tanto oleaje. En una de esas fue que vi un chaleco y decidí nadar hacía allí con todas mis fuerzas mientras en mi interior mandaba a comer mierda con todas las letras esa loca excursión. Me sentía como en un capítulo de Lena Dunhan, o en la mismísima película de Bridget Jones, luchando por no morir patéticamente rodeada de turistas felices y atléticos que en realidad si disfrutaban con aquella locura.

En uno de esos momentos en los que me volví a araganter, y no paraba de balbucear agua por todas partes, fue que me sumergí bajo el mar para recolocarme las gafas; y entonces pasó, de cruces me tope de cara con un tiburón ballena bajo el agua. Ahí estaba frente a mi, un inmenso tiburón ballena de más de 10 metros de largo con la boca abierta de par en par frente a mi diminuta cara moviéndose hacía mi, hacía mi dirección, rumbo a toparse con mi cuerpo. Me aparté, y lo vi pasar bajo el agua casi rozándome a mi lado con la tranquilidad de quien sabe que es mucho más grande que tú.

Cuando segundos más tarde saqué la cabeza a la superficie allí estaba mi hermano, mirándome con cara de «Ohhhhhhh ibas a morir» y tras de sí, todo un arsenal de turistas detrás de él que venían en mi dirección buscando al tiburón. Yo me quedé allí petrificada sin intención de ir a buscar al tiburón, solo quería buscar la barca y volver a tierra firme. Lo conseguí, entre brazadas de supervivencia llegué a la lancha y cuando subí agotada les dije a mis padres con el poco orgullo que me quedaba del susto: «Veis, yo quería tiburón, pues casi me come un tiburón», y me senté toda digna desprendiendo el glamour que otorga el andar con aletas, chaleco, y el pelo todo enmarañado entre las gafas.

El tiburón ballena solo como plancton y pececines, pero tiene cara de tiburón de película comepersonas y puede medir más de 12 metros, así que esta historia tiene validez de terror. Con mi familia todo muy bien, intenté que jugaran al Juego del Universo pero fue prácticamente imposible; eso sí, mi hermano se encontró un montón de clips y para el juego del clip no se ponía tan racional.

Los despedí hace una semana desde el aeropuerto de Ciudad de México con la promesa de que volvería pronto a casa. En realidad no sabía decirles otra cosa, no sé cuales son mis planes, ni siquiera sé que anda buscando, por qué estoy viajando en realidad. Toda esta aventura empezó al más puro estilo Forrest Gump, y supuse que me pasaría como a él, que algún día me cansaría de correr y pararía, simplemente pararía. No obstante, en un ejercicio de ser más responsable y con la idea de tranquilizarles, y aprender a desear y organizarme mejor, ayer hice mi lista de deseos.  Así que desde una pequeña biblioteca de un pueblo del norte de México diré que oficialmente me he cambiado el billete y, si todo va bien, vuelvo a casa el próximo 21 de diciembre desde Buenos Aires, Argentina. Cómo consiga llegar hasta el otro extremo de este hermoso continente, desde México hasta la mismísima Argentina, forma parte de esta aventura de desearlo y dejarse llevar.

Casa del árbol

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.

Casa del árbol

Cerca de Granada hay un hostel encima de un árbol, Txabi nos había hablado de él. Es un espacio escondido en la naturaleza, al que se accede por una pequeña colina de piedras altas cuando un 4×4 te abandona en la entrada de un lugar perdido.

Es la cabaña perfecta, aquella que de niña soñamos construir fallídamente, el rincón mágico en el que esconder tesoros y planear importantes asaltos. Tiene dos plantas, la primera con una zona cubierta de hamacas, taburetes, libros y una pequeña barra de bar donde coger cervezas, o quizás en ese caso hubiera cobijado batidos de chocolate. En la segunda planta habitan una pequeña cocina, una gran mesa para comer y un oso de peluche gigante colgado de una viga. Todo en ella es de madera, y cada hueco está ilustrado con dibujos y firmas de huéspedes que seguro llegaron para un día y se quedaron mucho más de lo planeado dejando su imaginación fluir entre las vigas de este pequeño rincón del mundo. Hay frases escritas con rotuladores en cada tabla o pata de mesa, y entre dibujos, carteles y frases inspiradoras que confluyen en una armónica decoración también hay peluches, llaves colgando, una raqueta, una placa de coche, dos hula hoops, una colección universal de monedas, varias máscaras e incluso unas hombreras de hockey que te hacen preguntarte, mientras divagas tumbado en una de sus hamacas, que historias esconderá cada una de estas olvidadas cosas.

No hay internet, ni tampoco paredes que te separen de la naturaleza, solo una pequeña barandilla sobre la que apoyarse y contemplar el horizonte cual pirata sin el tic tac de ningún reloj. La cabaña está unida por un largo puente, uno de esos puentes que se mueve al saltar, de los que merece tener grandes cocodrilos debajo. Este puente de color rojo no cruza ningún río, pero posee la suficiente magia como para sumergirte en la más profunda niñez cada vez que tienes que cruzarlo para ir a la habitación, otra pequeña plataforma llena de hamacas donde iremos a dormir al aire libre rociados de antimosquitos esta noche. Abajo, en la entrada del recinto, hay unas casitas de madera privadas en las que por un mayor precio puedes dormir aislado de la naturaleza por medio de paredes y mosquiteras; hemos descartado la propuesta, en realidad perdería la magia de convivir en este ambiente y también superaría el presupuesto de esta aventura.

Sé que mi hermano sería feliz en este lugar, el no pensaría en las serpientes, las arañas, los millones de pequeños bichos o los monos cuyos chillidos te hacen sopesar que seguro serán gorilas. Además hay dos cacharros de husky /hasky/ que merodean por la cabaña y se acercan cuando te despistas a tus pies. En este lugar nadie habla español, solo el arroz y frijoles de la comida junto a la cocinera que viene cada mañana a abastecer de alimentos y mimos a los seis voluntarixs extranjerxs que aquí viven te hacen recordar que estas en Centroamérica. Los voluntarios son mochilerxs que a cambio de comida y alojamiento dedican un par de horas al día durante varias semanas a construir y mantener el lugar, les permite ahorrar y seguir viajando. Parecen felices en este selvático aislamiento, conviviendo entre cervezas, libros, cigarros, hamacas y algún que otro juego de mesa. Viven en un árbol, sumergidos en una Nicaragua que poco tiene de común con la de sus habitantes, pero que curiosamente crea muchos espacios como éste, lugares en los que ni siquiera los menús de los bares se encuentran en castellano.

Uno de los chicos se acercó y con un gracioso acento extranjero me ha dicho mi nombre seguido de la sugerencia de ir a ver el atardecer “seguro es más lindo que estar sentada escribiendo delante de esa computadora”, no sé cómo sabe mi nombre, pero creo que tiene razón, seguro es mucho más lindo el atardecer visto desde un árbol.

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.

Mochila

Mochila

La mochila no puede pesar demasiado, cuando tienes que cargar con todos tus bártulos a cuestas hay que meditar seriamente en casa y delante de un té qué echar dentro de ella. Yo no me tomé ningún té y mi mochila azul pesa demasiado.

Me di cuenta que pesaba mucho la mañana que salí de casa, había conseguido cerrarla apenas cinco minutos antes. Apoyada en el portón todo parecía convivir bajo una aparente y milimétrica presión en su interior, pero cuando en el silencio y la soledad de las cuatro de la madrugada  el taxi pitó y yo hice el amago de subir aquella mochila sola sobre mis hombros -bajo la atenta mirada de Chico, el perro de mis compañeras de piso, despidiéndome-, descubrí que tenía un pesado problema que sobresalía quince centímetros sobre mi cabeza y me hundía otros veinte centímetros sobre mis pies. Me reproché en ese mismo instante, mientras cerraba el que había sido mi hogar en Costa Rica durante seis meses sumergida en prisas, suspiros y un pesado equilibrio,  el no haberme tomado toda una caja de tes una semana antes.

Desde el lunes voy arrastrando esa mochila azul por NIcaragua. Es divertido viajar como un caracol pesado, la gente te mira con un cierto aire de pena infinita y siempre hay almas caritativas que te van dando un empujón para subirla a los autobuses, para custodiarla o para equilibrarte y no dejarte caer escaleras abajo. Txabi entre miradas graciosas y empujones me avisa de que tengo que hacer un juicio final y aligerar concienzudamente esa mortaja; Ander se muestra más benevolente y se limita entre chistes a ser mi fiel escudero y ayudarme a colocar la pesada armadura en cada traslado.

Estamos en León, Txabi trabajó aquí seis meses y nos hace de guía, es una ciudad preciosa. Andrea, su novia, acaba de llegar desde Bilbao para pasar el verano y alegrar la aventura. Vamos a estar unas semanas por aquí, es nuestra sede, y mientras tanto la mochila ha quedado apaciguada en una esquina de la habitación. Allí reposa esperando bajo un ventilador, entre cuatro discretas camas y los trastos esparcidos de quienes construyen una casa dentro de una mochila. A veces cuando nos tumbamos y charlamos rebosantes de sudor la observo de reojo, me viene a la cabeza mientras bebemos jugos por la calle para combatir el asfixiante calor o descubrimos paseando la historia del Sandinismo en cualquier curioso mural de sus calles,…de repente me veo pensando en esa mochila azul y empiezo sin querer a elaborar esa lista con todo aquello que voy a tener que dejar; mi sudadera gris, mis zapatillas medio rotas negras, aquella falda que me compré paseando una mañana por el mercadillo “2 de mayo” de Bilbao, mis sábanas que eché porque no sabía dónde podía acabar durmiendo cualquier noche dentro de esta aventura,.. Qué difícil y qué tonto resulta hacer esta lista, son sólo cosas al fin y al cabo, pero aunque pesen, ocupen espacio y sean un trasto tengo ese extraña sensación de que quizás algún día las pueda necesitar, quizás algún día haga más fresco y ya no tenga mi sudadera gris.