Casa del árbol

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.

Casa del árbol

Cerca de Granada hay un hostel encima de un árbol, Txabi nos había hablado de él. Es un espacio escondido en la naturaleza, al que se accede por una pequeña colina de piedras altas cuando un 4×4 te abandona en la entrada de un lugar perdido.

Es la cabaña perfecta, aquella que de niña soñamos construir fallídamente, el rincón mágico en el que esconder tesoros y planear importantes asaltos. Tiene dos plantas, la primera con una zona cubierta de hamacas, taburetes, libros y una pequeña barra de bar donde coger cervezas, o quizás en ese caso hubiera cobijado batidos de chocolate. En la segunda planta habitan una pequeña cocina, una gran mesa para comer y un oso de peluche gigante colgado de una viga. Todo en ella es de madera, y cada hueco está ilustrado con dibujos y firmas de huéspedes que seguro llegaron para un día y se quedaron mucho más de lo planeado dejando su imaginación fluir entre las vigas de este pequeño rincón del mundo. Hay frases escritas con rotuladores en cada tabla o pata de mesa, y entre dibujos, carteles y frases inspiradoras que confluyen en una armónica decoración también hay peluches, llaves colgando, una raqueta, una placa de coche, dos hula hoops, una colección universal de monedas, varias máscaras e incluso unas hombreras de hockey que te hacen preguntarte, mientras divagas tumbado en una de sus hamacas, que historias esconderá cada una de estas olvidadas cosas.

No hay internet, ni tampoco paredes que te separen de la naturaleza, solo una pequeña barandilla sobre la que apoyarse y contemplar el horizonte cual pirata sin el tic tac de ningún reloj. La cabaña está unida por un largo puente, uno de esos puentes que se mueve al saltar, de los que merece tener grandes cocodrilos debajo. Este puente de color rojo no cruza ningún río, pero posee la suficiente magia como para sumergirte en la más profunda niñez cada vez que tienes que cruzarlo para ir a la habitación, otra pequeña plataforma llena de hamacas donde iremos a dormir al aire libre rociados de antimosquitos esta noche. Abajo, en la entrada del recinto, hay unas casitas de madera privadas en las que por un mayor precio puedes dormir aislado de la naturaleza por medio de paredes y mosquiteras; hemos descartado la propuesta, en realidad perdería la magia de convivir en este ambiente y también superaría el presupuesto de esta aventura.

Sé que mi hermano sería feliz en este lugar, el no pensaría en las serpientes, las arañas, los millones de pequeños bichos o los monos cuyos chillidos te hacen sopesar que seguro serán gorilas. Además hay dos cacharros de husky /hasky/ que merodean por la cabaña y se acercan cuando te despistas a tus pies. En este lugar nadie habla español, solo el arroz y frijoles de la comida junto a la cocinera que viene cada mañana a abastecer de alimentos y mimos a los seis voluntarixs extranjerxs que aquí viven te hacen recordar que estas en Centroamérica. Los voluntarios son mochilerxs que a cambio de comida y alojamiento dedican un par de horas al día durante varias semanas a construir y mantener el lugar, les permite ahorrar y seguir viajando. Parecen felices en este selvático aislamiento, conviviendo entre cervezas, libros, cigarros, hamacas y algún que otro juego de mesa. Viven en un árbol, sumergidos en una Nicaragua que poco tiene de común con la de sus habitantes, pero que curiosamente crea muchos espacios como éste, lugares en los que ni siquiera los menús de los bares se encuentran en castellano.

Uno de los chicos se acercó y con un gracioso acento extranjero me ha dicho mi nombre seguido de la sugerencia de ir a ver el atardecer “seguro es más lindo que estar sentada escribiendo delante de esa computadora”, no sé cómo sabe mi nombre, pero creo que tiene razón, seguro es mucho más lindo el atardecer visto desde un árbol.

Dibujo texto Casa del árbol. En medio de un bosque una pequeña casa con un puento se sostiene sobre las ramas de unos árboles.