Seguro médico

Dibujo chica cartel con Gracias. Agradecimiento. Seguro médico. Una maleta de pulgas

Seguro médico

Estoy cansada, mi cuerpo está muy cansado. Creo que necesita que lo pare y lo mime un poco, que lo mime con cariño. Lleva varias semanas pidiéndomelo con pequeños susurros, pero yo entre caricias que solo buscan distraerlo solo he sabido suplicarle y decirle :»queda muy poco, llegamos a Buenos Aires y luego casa; pero no me falles cuerpecito, aún no». Nunca lo había escuchado mucho, siempre viví bajo un aire de cierta inmortalidad, con retiros febriles ante hundimientos catastróficos con una periodicidad casi de años bisiestos. Pero cuando viajas en solitario, en soledad con tu cuerpo, sin seguro médico y tan lejos de toda persona que con cariño te pondría paños de agua fría si los necesitaras a media noche, de repente, en medio de la inmensidad del camino, asumes lo sumamente vulnerable que estás y empiezas a escucharlo con mayor atención.

Soy consciente de que viajar sin seguro médico no es algo que sea aconsejable hacer, no ha sido una decisión de la que me enorgullezca, mi familia ha supuesto, hasta estas letras, que lo tenía. Cuando terminé de trabajar en Costa Rica también terminó toda mi protección como ciudadana del mundo. Busqué varios seguros con la idea de viajar solo un par de meses, pero el presupuesto superaba con creces mis ahorros y la decisión quedaba una y otra vez postergada ante el sueño de encontrar una gran oferta. Un seguro médico de carácter internacional para seis meses podía rondar los 800-1200 euros. Pensé en acortar el viaje a un par de semanas, hubiera sido lo sensato quizás, pero una vez en ruta, de repente, el seguro empezó a perder importancia y por el contrario Latinoamérica se fue abriendo paso.

Una noche, a poco más de un mes de empezar el viaje, al comentar mi incertidumbre de estar viajando sin seguro médico obtuve, en voz y carcajadas de un guatemalteco, la respuesta que en cierta medida fue la impulsora de que mi aventura continuara: «mira a tu alrededor, ¿tu piensas que alguna de las personas de este pueblo tiene un seguro de sanidad? Todas estas personas jamás podrían permitirse un seguro, y tampoco tienen una sanidad pública que no implique kilómetros de carretera, horas de cola y plegarias de por medio si tuvieran que adquirir un medicamento. Si te pasa algo, serás una más, la propia gente te cuidará, somos humanos, lo harían con medicamentos o medicinas del campo, pero te cuidarían; es gente buena y también muy sabia, no estarías sola, tranquilízate por eso». Retuve su consejo y proseguí aventura, lo hice más tranquila, pero con la plegaria inconsciente de no ponerme enferma, al menos no muy enferma.

Durante estos más de seis meses no me he puesto muy enferma, mi cuerpo ha respondido muy bien para lo poco que lo he mimado. He tenido un poco de fiebre dos tardes, algunos mocos de más; mi estómago se hinchó durante unas semanas e hizo ruidos extraños haciéndome sospechar que tenía una anaconda dentro. Me salió una erupción de granitos en el culo por alguna alergia alimenticia; un día me dio mal de altura y creí que mi cabeza estaba a punto de estallar; una noche una manada de mosquitos me devoraron sin contemplaciones y mi cuerpo se llenó de sarpullidos,… Todo vino, e igual que vino se fue. Pero confieso que en cada uno de esos traspiés he dado gracias con un suspiro al Universo, al Dios o Diosa clip y a la Pachamama por no haberme dejado caer con todas sus consecuencias. Nunca había sido tan agradecida espiritualmente, pero tampoco me había sentido nunca tan sumamente frágil y vulnerable como lo he hecho en este viaje a diez mil kilómetros de casa.

Cuando estaba en Guatemala me sorprendió sobremanera el fervor religioso, Latinoamérica en general es muy religiosa, pero Guatemala me dejó sumida en una sensación de perplejidad. Para mí, crecida en un entorno mucho más agnóstico, todo lo que me rodeaba me resultaba en cierta manera escandaloso por el grado pasional. En varios pueblecitos se podía ver todo lleno de carteles con mensajes moralizadores; en algunas casas las emisoras religiosas, a todo volumen, eran desde primera hora de la mañana el sonido de acompañamiento musical; al igual que en los coches, comercios o taxis. Podías encontrarte algún efusivo predicador en el mercado o paseando por la calle; del mismo modo que en plena oscuridad de la tarde, cuando todo parecía conducir a resguardarse en el hogar, muchos locales estaban llenos de feligreses cantando o adorando a alguna señora que se encontraba inmersa en algún exorcismo.

Guatemala no tiene religión oficial, la Constitución Política de 1985 declaró que el país era un estado laico. Gran parte de su población es indígena y rural, un pueblo que está muy vinculado a sus orígenes mayas que de por sí tenían una espiritualidad propia y de contacto muy fuerte con la naturaleza. Es por eso que bajo el contexto de ser un país que enamora de manera muy directa a los ojos por lo resguardada y protegida que aún se percibe su cultura a través de costumbres, vestimentas, idiomas y comida, es tan llamativa la manera tan ferviente en que la religión evangelista, católica o protestante ha encontrado cabida en la población en los últimos años.

Me gustan las religiones, otorgan a las sociedades gran parte de su esencia. Como si de pequeños cuentos o fábulas se trataran han dado respuesta a las inquietudes del ser humano desde siglos atrás de maneras muy diferentes pero similares en lo esencial. Me gusta la paz que se respira en los templos sagrados, tienen una halo de silencio, misterio y magia que me fascina. Durante este viaje, cada vez que me sentía cansada y necesitaba situarme en una ciudad buscaba una iglesia, entraba en su interior, me sentaba en el último banco y, en el silencio del lugar, pensaba adónde ir mientras consultaba el mapa. Era el lugar donde sabía que nadie me molestaría, me sentía segura y podía en cierta manera descansar y tomar aire lejos del caos que muchas veces presenta el exterior. Me gustan las religiones, las respeto mucho, pero me aterra cuando el ser humano necesita de ellas para sobrevivir.

El ser agnóstico o ateo es un cuestionamiento que parece que solo las sociedades del bienestar se pueden permitir; solo cuando tienes un estado que te protege y te garantiza una educación pública para tus hijos, una sanidad pública, una paga de desempleo, de discapacidad, de jubilación…; cuando tienes un Estado fuerte es mucho más sencillo cuestionarse la presencia de un dios y asumir el devenir de uno mismo bajo su propio control. Cuando no existe eso, cuando cada día supone una lucha por la mera subsistencia, el dolor de estómago debe ser tan intenso que si bien Dios no existiera lo haría quizás el alcohol. Es aterrador vivir en la cuerda floja, levantarte cada día y rezar por no ponerte mala, porque si lo haces, si tuvieras una pequeña caída y necesitaras una escayola o una pequeña operación para devolver tu huesecillo a su sitio, en muchos lugares del mundo no tienes una sanidad pública a la que acudir si no es con un presupuesto previo.

Adoro Latinoamérica, vibra y rebosa vida. Durante un año ha sido mi hogar y me ha cuidado y mimado hasta límites que jamás pensé que fuera posible. Su gente es maravillosa, el ser humano es hermoso; lo descubres cuando te ves sola en un autobús y una señora se te acerca a colmarte el oído de consejos, te ofrece comida o te devuelve una sonrisa inmensa con cada una de tus preguntas. Estoy tremendamente agradecida a cada una de las personas que me he topado en el camino, a lxs amigxs que he conocido y a lxs que ya tenía y me han vuelto a mimar con cariño. He compartido sábanas limpias, devorado desayunos y puesto lavadoras en muchas casas; he recibido bienvenidas que te obligan a pegar saltos de alegría y despedidas con abrazos que acaban en palmadita porque si duran unos segundos más acabarían en lágrimas. Mucha gente me ha cuidado, me ha cuidado en los días en los que yo irradiaba felicidad y en los que era un pequeño ovillo sin fuerzas, lleno de suspiros. A todas ellas les estoy infinitamente agradecida, y siento un profundo sentimiento de cariño hacia ellas, les quiero porque me han cuidado tanto que no he necesitado un seguro médico, porque sé que si hubiera estado enferma alguna de ellas habría aparecido, ¡solo habría tenido que pedirle al universo y allí habrían estado!, pero pese a todo ese cariño me siento cansada.

Anhelo volver a casa para dejar de rezar. Anhelo que me duela la panza y poder ir al médicx de cabecera. Anhelo esa sensación de seguridad, de que por muchos imprevistos que la vida te otorgue, aunque un elefante se balanceara sobre tu tela de araña, siempre hay una pequeña madeja que te ofrece el Estado.  Me gusta esa sensación, me gusta la idea de pensar que si tuviera un hijx podría ir a un colegio público y sería un buen colegio. Anhelo salir a pasear al caer la noche, disfrutar de pasear por una ciudad en el silencio que otorga la luna y las pisadas de los pies sin temor más allá de una muy mala suerte. Echo de menos dejar de ser una heroína, dejar de ser esa chica que viaja sola y a la que todo el mundo se sorprende porque no le haya pasado aún nada, solo quiero ser una más; una chica libre que hace lo que se la repanpinfla sin sentir que te estás jugando la vida si no vas acompañada de un hombre que te proteja. Anhelo esa sociedad en la que la gente es religiosa por placer, por su propio deseo interno, pero no por un miedo innato al mero hecho de sobrevivir. Y esa sociedad no es mejor que ninguna de Latinoamérica, no hay gente más sabia, ni más desarrollada, simplemente está llena de personas que han tenido la fortuna de nacer en un país con un Estado más fuerte repleto de clase media

Guatemala no es un país pobre; de hecho, es la primera economía de América Central pese a salir de un conflicto reciente. El problema de Guatemala es que es un país en el que no existe la clase media; un mínimo porcentaje, constituido por unas cuantas familias muy ricas, concentran toda la riqueza nacional, mientras que el resto se limita  a sobrevivir. Cerca de un 53% de la población total vive por debajo de los límites de pobreza —dos dólares diarios, según el estándar establecido por Naciones Unidas-, y es sobre ese contexto sobre el que se sitúa su inestabilidad política, y sin política no hay derechos sociales y sin derechos sociales gran parte de su población apenas puede salir a luchar porque se limita a sobrevivir, que ya es mucho.

Cada pueblo tiene una política y se nota al cruzar una frontera, sé en qué país tendría atención médica de urgencia y en que país necesitaría la tarjeta de crédito para cualquier urgencia. Los pueblos eligen a sus gobernantes, pero a veces lxs gobernantes no protegen a sus pueblos y sin saber por qué los pueblos se conforman. Desde España muchas veces los titulares entorno a los gobiernos de Latinoamérica se circunden al más puro estilo Star Wars, entre el Bien y el Mal, pero en realidad todo es mucho más complejo de lo que parece y nadie es tan bueno ni tan malo, ni siquiera Maduro.

Llego a casa mañana, mi vuelo sale en apenas unas horas. Llego a casa después de un año, después de más de seis meses de camino y lo hago con el pasaporte lleno de sellos y los pies llenos de durezas. Ha sido un viaje increible, nunca me imaginé haciendo este viaje, fue una improvisación que ha salido mágicamente bien. Hay miles de historias que contar y quizás tendré que seguir haciendolo por aquí, ya veremos. Mañana me espera mi familia en el aeropuerto para llevarme de vuelta a casa ¡y encerrarme con llave! Les echo de menos, tengo muchas ganas de volver a casa, de volver y ver a muchxs de los que leeis este blog y abrazaros. MI cuerpo llega anhelando mi cama, anhelando pasar una tarde en el sofá y ver películas sin parar, de pegarse un buen baño y echarse mucha crema sobre la piel agrietada por el sol. Es curioso preguntar a cualquier aventurerx que echa de menos, ¡las listas son divertidas!  Yo no sé qué echo más de menos, está tan cerca la vuelta que ya perdió la magia la lista de deseos, todo está demasiado al alcance.s eNo sé si soy la misma con el pelo un poco más largo o si he cambiado mucho, solo sé que soy afortunada porque pertenezco a esa clase social en la que puedo comprarme un billete a casa y volver en navidad, hay muchxs por aquí que están esperando si la lotería les compra el billete o si siguen con el plan inicial de organizar nochebuena con el jamón, el queso y el turrón recibido de casa. Vuelvo a casa teniendo una casa, una familia, una cama y un carrito de la compra con opción a llenarlo; vuelvo anunciando por el whassap familiar ¡qué soy comunista!, quizás mañana cambie, no lo sé. Vuelvo y me están esperando y eso es lo más hermoso. Pero desde la distancia, si tengo que cerrar con algunas palabras esta aventura es con un agradecimiento especial a todxs aquellos que ayer votaron con miras a proteger lo social; yo no pude hacerlo (si eres viajera internacional no hay modo humano de poder votar según la ley electoral en las elecciones nacionales de tu país). A las personas que votaron a la derecha también las quiero, llevo regalitos y alfajores en la mochila para todos los colores; pero más allá de eso, de veras que mil gracias, porque si algo he aprendido en el viaje es a valorar lo público por encima de lo privado. ¡Nos vemos en casa, hay alfajores para todxs!

Dibujo chica cartel con Gracias. Agradecimiento. Seguro médico. Una maleta de pulgas