Hamacas
Estando en Nicaragua, un día fuimos a la farmacia; Ánder estaba cubierto de picaduras de mosquito. En la farmacia, llena de gente y ubicada dentro del portón de una grandísima y hermosa casa colonial de la ciudad de Granada, había una báscula que por 5 céntimos no solo te decía tu peso, sino que además te daba seis números de la suerte para la lotería y una divertida profecía de futuro; la mía en particular me vaticinó “Pronto conocerás un gran amor”. Ante tal augurio, Ánder, mi compañero de aventuras en esas semanas, subrayó que en tal caso, si a él también le salía el mismo mágico pronóstico, quizás era una señal del mismísimo universo para que fuera yo la persona «gratamente afortunada» de echarle la crema que acaba de comprar por las decenas de picaduras que tenía en la espalda esa noche; me lo dijo mientras me guiñaba el ojo en modo terriblemente seductor subiéndose a la báscula y enseñándome el tubillo de crema. Minutos más tarde, cuando la báscula le notificó que él también había engordado gratamente por los inmensos y sabrosos desayunos nicaragüenses, ni siquiera se esperó entre suspiros malhumorados a leer sobre la pantalla de la báscula cuál era su profecía de futuro; y por ente, la nuestra para aquella noche.
Sumidos en ese nuevo contratiempo calórico salimos de la farmacia con la firme promesa de cenar una ensalada el resto de nuestra vida y abandonar las tentaciones gastronómicas de Nicaragua para todo el viaje. Como cabe sopesar, no mucho más tarde, cuando paseábamos por la ciudad, esa firme promesa quedó suplantada, sin mucho cavilar, por la increíble oferta de cenar 2×1 en una encantadora terraza de un restaurante Steak House con carne, mucha salsa, patatas, y arroz. En realidad, nuestra dieta viajera giraba en torno a cocinar en el hostel y menús diarios con arroz, huevo, pollo, plátano frito, y la súplica de sin frijoles; la comida local siempre es lo más barato, incluidos los deliciosos jugos de frutas; pero ese día, ante la tentativa y lo sugerente del lugar, sucumbimos al capricho ampliando nuestro ajustado presupuesto a los 7 euros que nos ofrecía esa bonita y acogedora terraza.
Granada es una ciudad preciosa, sobre todo si se es turista. Ofrece una avenida repleta de encanto con casas de colores en cuyo interior habitan hostales, tiendas, cafés y modernos restaurante como ese, en los que poder degustar comida internacional y ofertas de HappyHour (cócteles y bebidas más baratas) para un capricho mochilero, pero excesivamente caros para un público del lugar, es posible. La ciudad tiene un malecón que bordea la ribera del inmenso lago Cocibolca; y la Catedral, grande e inmaculada frente a la plaza central, sobresale entre las casas coloniales que configuran el resto de la ciudad. Esa plaza se presenta como el lugar de encuentro entre transeúntes foránexs y locales, es el sitio de las citas. Allí, rodeados de hermosos hoteles y cafés con vistas al lugar esperan las carrozas de caballos a sus pasajerxs; lxs artesanxs a sus compradorxs; lxs guías a sus desperdigadxs turistas; el señor con el carrito de helados a lxs más pequeñxs; y lxs pubertxs a sus inocentes flirteos en las escaleras del palco central. Todo en esa plaza parece estar regido por una armoniosa composición que invita a sentarse sobre uno de sus bancos y esperar a que el bochorno sobre la ciudad desaparezca. No obstante, sobrevolando esa hermosa postal, en apenas dos calles a la izquierda y también a la derecha, existe una Granada igual de colonial pero con muchos más huecos entra paredes y escayolas, con los tejados de uralita y sin tantas capas de pintura dejando entrever la humilde vida cotidiana que tiene la ciudad al otro lado del turismo.
Yo no soy muy carnívora, nunca me ha gustado mucho la carne; y aunque cada vez consumo menos por diferentes motivos, no me considero vegetariana, ni aspirante por el momento a ello, porque siempre que me lo propongo ceno hamburguesa. Esa noche, en aquella hermosa terraza de aquel restaurante Steak House al que Ánder y yo acudimos a cenar, nos pedimos la oferta que incluía un gran filete con papas y arroz. La oferta del 2×1 solo era con filete, papas y arroz; y aunque jamás me haya comido un filete, porque no me gusta el filete, la oferta solo era con filete. Durante la cena, mientras discutíamos románticamente sobre por qué jamás me había comido un filete y como aquella ordenanza al camarero podía interpretarse como un gran acto de amor hacia al carnívoro Ánder, o una limitación propia de la oferta del 2×1, de repente se acercó un niño vendiéndonos hamacas.
Ánder había reiterado en numerosas ocasiones que quería volver a casa con una hamaca muy grande para colgarla en el salón y tumbarse con su perro las tardes de lluvia en Bilbao, pero dado que en cualquier tienda el precio que había preguntado rondaba los 50-70 euros, aquella hamaca que el niño se nos acercó vendiendo por 6 euros se presentaba sospechosamente mala y barata. Le sonreímos y con un «no, muchas gracias» le dimos a entender que no queríamos nada y que no se molestara en ponerse a extender la hamaca delante de nosotros. Una educada declinación ante la que el niño nos respondió con una sorprendente rebaja final de «100 córdobas» (3 euros) sin ni siquiera sospechar que nuestra negativa no pudiera deberse al precio.
Para entender este cuento quizás es importante aclarar que tengo la norma personal, intransigible y muy meditada, de que nunca doy dinero a un niño o a una niña. Da igual lo que vendan o pidan, nunca les doy dinero aunque vayan descalzos, semi-desnudos o quizás ande yo muy necesitada de la cosa tan suculenta que vendan, como puede ser Agua. Asumo que, dicho de este modo, puedo resultar cruel, pero es algo que me aconsejaron nada más llegar a Calcuta y que mientras viví allí reafirmé como algo que no quería hacer. El pensamiento que origina esta determinación es sencillo, y posiblemente excesivamente sencillo para la magnitud del problema. La idea es que si un niño o una niña es más provechoso para la sociedad y la familia vendiendo chicles por las calles de Calcuta, o hamacas en Nicaragua, que en un aula de colegio puesto que esto último supone un gasto y lo primero ingresos familiares para subsistir, ese niño o niña será casi imposible que acuda a un colegio. Por mucho que su papa y su mamá quieran a esxs pequeñxs, y no dudo un segundo que los quieran mucho; en un escenario de supervivencia que un hijo o una hija tenga la oportunidad de interactuar con un extranjero es un medio muy rentable económicamente para sacar adelante al resto de hijos e hijas; y eso supone una limitación en la lucha y demanda de políticas públicas de escolarización por parte de muchos proyectos. El problema surge cuando esos pequeños dejan de poseer ese frágil encanto que otorga la infancia y se conviertan en adolescentes, es entonces que cual cantor Joselito la gallina de los huevos de oro muere, y estos adolescentes se sumergen en una nueva realidad sin escolarización ni recursos. Hay muchos matices y debates en torno a este principio moral resumidamente expuesto, pero para esta historia solo contaré que para mí, hasta ese día, dar dinero a un niño o una niña no estaba contemplado, y mucho menos por una hamaca que no necesitaba.
El niño de la hamaca, pese a nuestra reiterada negativa, siguió insistiendo «solo 100 córdobas, por favor» (3 euros). Fue una súplica sin fuerzas, siquiera para sonar insistente, tenía pinta de estar agotado. Volvimos a contestar un contundente «no, de veras. No queremos nada» pero el niño no se movió, solo fue capaz de devolvernos la mirada de agotamiento y mirar a su alrededor en busca de alguna otra mesa a la que trasladar esos cansados pies. Eran las diez de la noche pasadas y aquel mocoso, de no más de diez años cargado de hamacas, buscaba con sus ojos a unos turistas que aquella noche parecían no haber salido de sus hospedajes; y los pocos allí habidos, al igual que nosotros, no parecían tener intención de adquirir hamacas mientras cenaban filetes y bebían jarras de cerveza. Fue entonces que le dije, «no queremos hamacas y es muy tarde. Creo que deberías marchar ya a casa, tienes carilla de mucho sueño». Cuando era pequeña mi padre siempre me decía «llevas un letrero en la frente que pone que tienes sueño». Mi padre me lo decía y a mi aquello me hacía siempre rabiar. Yo, habida en orgullo, me negaba a irme a la cama pronto pese a estar dormitando, y mucho menos creerme, «con lo mayor que yo era», que tenía un letrero en la frente. «No tengo ningún cartel, me estás mintieeeendo, no tengo nada» le recriminaba a mi padre mientras me tocaba disimuladamente la frente y buscaba mi reflejo en algún portafotos para cerciorarme de que no tenía tal mágico mensaje. «¿Mamá, a que no tengo nada en la frente? Yo no tengo sueño» me defendía contundente entre bostezos. De mayor le he gastado a mis primos pequeños, y no tan pequeños, muchas veces esa broma, pero con aquel niño no fui capaz de añadir «tienes un cartel en la frente con el letrero…».
Bismark, así descubrimos que se llamaba el niño de la hamaca, ante la recomendación de marcharse a casa comentó «ahora es cuando hay gente, tengo que vender hamacas» lo hizo dejando su bolsa llena de tesoros momentáneamente en el suelo para volver a recolocarse la hamaca que llevaba de muestra en el hombro. «¿Crees que venderás alguna?, ¿vendes muchas hamacas?» le pregunté con curiosidad ansiando escuchar la misma respuesta que una vez un chico paquistaní, amigo de una amiga, me dijo al formularle la misma pregunta y revelarme, para el mayor de mis asombros, que al cabo de una noche podía vender unas veinte rosas y era en cierta manera un buen negocio. Nunca había visto a nadie comprar rosas por las calles de Bilbao, y tampoco esperaba que nadie comprara esas hamacas aquella noche; sin embargo, como sopesaba, el negocio de las hamacas esta vez no parecía tan próspero. «No lo sé» ejemplificó con los hombros, «depende del día. A veces una hamaca, dos, tres hamacas… Una vez un hombre que no hablaba español me compró una y me pago 500 córdobas (15 euros). Mi amigo nunca ha vendido ninguna por 500 córdobas». «¡Wowww!» puntualizó Ánder, «debes ser un gran vendedor de hamacas» y el niño sonrió. Yo no sé si el niño era o no un gran vendedor, pero sola la idea de pasarse toda la noche arrastrando hamacas con lo agotado que parecía era de por sí desolador. «¿Tienes hambre?, le pregunté. Nosotros no queremos hamacas pero si tienes hambre podemos compartir la cena, hemos pedido carne con papas y arroz, si te gusta estás invitado». Le miré a Ánder y a él y volví a hacer la invitación real, «en realidad me harías un gran favor si te quedaras a cenar, necesito ayuda con el filete. Si fuera una hamburguesa con papas sería otro cantar, pero yo y los filetes no nos llevamos muy bien», Ánder empezó a reírse y el niño me miró sorprendido por la invitación, y quizás por lo que decía, y en un alarde de duda por sentirse nuevo en ese escenario dijo «¿si?», «¡Claro!» contestó Ánder, y el niño de las hamacas se sentó tímidamente con nosotros en aquella mesa bajo la noche de Granada con la dificultad que otorga que los pies no te lleguen al suelo.
Segundos más tarde el camarero se acercó confundido ante nuestro nuevo invitado. Sin dar ocasión a que pudiera hablar, no sé qué hubiera dicho, le comunicamos «disculpe, ¿podría traer un cubierto más?» a lo que contestó amablemente «por supuesto». Nos trajeron dos enormes platos, con grandes filetes incluidos, y entre los tres nos pusimos a repartir equitativamente la cena, ante mi petición expresa, una vez más desde que era pequeña, de que mi plato se escaqueara de filete. Bismark se zampó vivazmente el filete, pero antes Ánder tuvo que cortárselo; el dominio del cuchillo y el tenedor le delató la edad que tenía.
No cuento esa cena para que nadie aplauda. Adelanto también que cuando terminamos de cenar le compré una hamaca y que le pagué con todo lo que me quedaba en el bolsillo de la falda; poco menos que lo que aquel señor que no hablaba español le pagó una vez por otra hamaca. Tengo mis dudas y debates profundos con la almohada por saber si eso estuvo bien o muy mal, no lo apruebo por lo que representa pero tampoco supe, y sigo sin saber, que otra cosa hacer. Ese niño no se merecía mi caridad, no se merecía mi filete o la calderilla que ese día por suerte encontró en mi falda. Su vulneración como niño o niña es un problema mucho más grave y profundo que el estado y los estados del mundo nunca posicionan en primer lugar. No me gusta la caridad; quizás suene extremo, idealista y cruel, pero no me gusta la caridad. La caridad merma y disimula la justicia, sitúa a unos por encima y a otros por debajo, de ahí el concepto propio de la compasión, y eso me llena de rabia porque yo no quiero mirar para abajo, yo quiero mirar al frente y que esa otra persona me devuelva la mirada; una mirada diferente, distinta y orgullosa de si misma y de sus raíces. Quizás pueda ser una mirada llena de tristeza, como triste puede ser la mía en cualquier momento de la vida, nunca se sabe, pero quiero que sea una mirada que no se vea arrebatada de dignidad. Lo que ese niño y otros millones de niños y niñas viven no es justo, y contra lo injusto se pueden hacer muchas cosas; pero contra la pobreza parece que socialmente solo queda la caridad.
Durante esa cena interrogamos a Bismark, fue el precio a pagar por el filete imagino. Bismark era de un pueblo a hora y media de Granada, un pueblo en el que había una fábrica de hamacas y que daba de comer a Bismark y a las decenas de niños y personas de muy escasos recursos que recurrían a ese emprendedor negocio turístico para sobrevivir. Bismark tenía un hermano mayor que se había casado y varios hermanos más pequeños; fue su hermano mayor el que le introdujo en el negocio de las hamacas. Bismark venía a Granada con cinco hamacas, número arriba o número abajo, y hasta que no las vendía no volvía a su pueblo pues no podía pagar el autobús de hora y media de vuelta, lo que suponía vivir en Granada varios días en modo subsistencia hasta lograr vender todas las hamacas. Cuando estaba en Granada, él y otro amigo un poco más mayor se compinchaban en el día a día; comían lo que pillaban e iban a dormir a una gasolinera que estaba a las afueras, «es más seguro dormir allí». La gasolinera cerraba a media noche, hora a la que solían llegar; y en la parte trasera de la misma, entre una farola y un árbol, colocaban una de sus hamacas y allí dormían a la calurosa intemperie hasta el día siguiente. Lo malo es que la gasolinera estaba a las afueras, así que para ir hasta allí tenían que vender, al menos uno de los dos, una hamaca al día, para coger el bus mas tardío o un taxi en según qué ocasiones. Si no vendían una hamaca suponía tener que quedarse a dormir en el centro de Granada; y aunque si bien era una ciudad preciosa de día, a la noche aquella plaza idílica cobraba inseguridad para cualquiera, incluidos esos dos mocosos. Cuando vendía las cinco hamacas volvía a casa con su madre, a su padre nunca lo citó, y le daba el dinero ganado; gran parte del mismo lo invertía en ir a la fábrica a conseguir otras cinco hamacas.
De camino a nuestro hostal le dije a Ánder, sabes por qué le he dicho que se quedara a cenar a ese niño, «¿por qué? sorpréndeme petarda»; Ánder siempre me llama Petarda, es su modo cariñoso de saludarte. «Porque hace cinco horas dijiste que estabas gordo, Ánder. Porque en bañador tu metro ochenta y cinco queda eclipsado por un michelín, por eso mismo. Porque si el niño no hubiera estado te hubieras tenido que comer mi filete y el tuyo, lo sabes ¿verdad? Imagina lo que hubiera supuesto eso para tu bañador». «Y comprarle la hamaca, ¿a qué se ha debido? replicó. «Esa es más simple Ánder, ¿tú no querías una hamaca? Ha sido mi manera de hacerte un bonito regalo, sé que te morías por tener esa hamaca, no te hagas el chico duro ahora…»; y así seguimos con nuestro absurdo humor sin admitir ninguno de los dos que nos había tocado la patata aquel niño. «¿Crees que es verdad todo lo que ha contado? me preguntó Ánder, «no lo sé» y guardé silencio caminando por aquella solitaria calle; «pero aunque algo fuera mentira, en su base es todo verdad. Al fin y al cabo es un niño que vende hamacas y mañana se levantará en el mismo escenario que hoy para seguir vendiendo hamacas».
Cruzamos de nuevo la plaza, esta vez con paso mucho más ligero que por la mañana, ya no reinaba esa tranquilidad matutina. Una vez estuvimos en una calle más iluminada le confesé, «hace unos años estuve en India. Por azares del destino, y sin saber muy bien cómo, acabé involucrándome en un proyecto donde conocí de cerca a muchos niños de la calle como Bismark. Jugamos, bailamos, hicimos sumas e incluso un día fuimos al cine, pero nunca hablé más de lo esencial con ninguno de ellos; siempre quise conversar con ellos como lo he hecho con Bismark, pero solo podíamos comunicarnos con ellos por gestos y breves palabras en hindi e inglés, eran conversaciones muy básicas. Siempre me pregunté mil cosas sobre sus vidas; cómo habían llegado hasta allí; qué enlace tenían con sus familias; si tenían miedo… Nunca supe casi nada. Creo que en realidad le he invitado a cenar porque necesitaba que al menos él me explicara; no ha sido por el niño ha sido por mi propia necesidad».
Ya casi estábamos llegando al hostal cuando le dije, «¿vas a querer la Hamaca, verdad? Es tuya, yo no quiero una hamaca». Ánder sonriendo me dijo «Petarda, pero si esa hamaca es tan mala que si me tumbo me caigo». «¿Y qué hago yo ahora con una hamaca Ánder? le reproché; «no puedo cargar por mucho tiempo con una hamaca en la mochila, ¡con lo que me pesa mi mochila!, no seas grosero y acepta mi regalo, quédate con la hamaca». Ánder empezó a reírse y mientras entraba por la puerta del hostal me dijo «Anda y vamos a dormir petarda, que mañana hay que madrugar para ir a la casa del árbol y ya es muy tarde. Y mira esta espalda (dijo volteándose e imitando a un superhéroe) aún le tienes que echar crema por todas las picaduras y hacerlo con mucho amor». No recuerdo si al final cedí o no a echarle la crema aunque fuera a regañadientas, pero sí que antes de dormirnos dijo «Ya encontraremos algún futuro para tu hamaca, por el momento nos la iremos turnando en la mochila». Tenía razón, al final la hamaca encontró dueños, pero eso es otro cuento.
