Espíritu de Gordo

Dibujo espíritu de gordo. Niña encadenada a una sombra gorda que se representa su pasado. Obesidad

Espíritu de Gordo

Cuando terminé mis estudios uno de mis mejores amigos de la universidad marchó en busca de suerte a Berlín.

Pocos meses después de marcharse, a mediados de otoño, recibí una oferta de avión y una suculenta invitación para ir a verle. Ofrecía: 1. Sofá-cama durante una semana con chimenea de carboncillo /2. Tour por la ciudad por muchos sitios bohemios, baratos y llenos de encanto “de esos que te gustan a ti” / y 3. Una degustación exhaustiva de los mejores kebabs de la ciudad, ¡adoro el kebab! A cambio me exigía llevarle una lista detallada de suministros nacionales de comida y hacerle in situ un tarro gigante de alioli con la deliciosa receta de mi madre, incluso había encontrado una batidora para la ocasión. (Cabe con esto último interpretar que en esta amistad, e invitación, no había intereses carnales de por medio).

No pude negarme y de ese modo fue que, una mañana cualquiera de un otoño de hace ya unos años, me citara en un puesto de flores de los subterráneos de una de las paradas del metro de Berlín.

Esa fue la primera vez que volé sola pese a tener pánico a volar. La primera vez que tomé un avión sin nadie a mi lado al que resoplar, estrujar del brazo o mirar malhumorada. Por azares del destino me tocó un niño en el asiento de al lado y, como no quería que me viera resoplar, opté por sonreír petrificada durante las tres largas horas que duró ese vuelo. Luego me despisté entre autobuses y líneas de metro, pero gracias a mi cuardernillo lleno de anotaciones y garabatos llegué a aquel puesto de flores arrastrando mi abrigo sobre aquella maleta llena de comida.

Él salió de su clase de alemán un poco antes pero apareció cinco minutos más tarde de la hora prevista; llegó cinco minutos tarde a aquel puesto de margaritas florecidas en medio de un Berlín otoñal y fue suficiente para pensar que me había equivocado de lugar. Por suerte, lo vi bajar las escaleras de la estación, lo hizo con su abrigo oscuro y sus andares altamente identificables a mis ojos. Bajó casi corriendo, llegaba tarde y estábamos en Alemania.

Una semana más tarde haría ese mismo camino de vuelta al aeropuerto con la maleta mucho más vacía. Tenía razón mi amigo con eso de que “era un trayecto sencillo llegar hasta allí”, pero aquella primera vez, con la nebulosa de la emoción y la incertidumbre de lo desconocido, creí haber llegado hasta aquel encuentro sumergida bajo una sensación de intensa proeza junto a mi cuaderno.

La misma tarde de mi llegada salimos a dar un paseo por los alrededores de su casa en busca del primer y prometido kebab. Esta historia podría ser sobre aquel kebab o todos los que le siguieron; sobre el viaje, mi amigo, Berlín, la chimenea, el sofá, los museos, el frío, los parques, la ópera con carnet de estudiante, los mercadillos…;o quizás, simplemente, de lo hermoso que es el otoño, recuerdo mucho aquel otoño. Sin embargo, esta historia no trata sobre Berlín y aquel viaje, esta historia la empieza Jesús, un Jesús de carne y hueso. 

Y a Jesús lo conocí justo ese día, aquella primera tarde que salimos a pasear por Berlín.

Para compartir aquel primer kebab nos citamos con varios de los amigos expatriados de mi amigo, jóvenes que al igual que él estaban viviendo en Berlín en busca de suerte o Erasmus. Jesús resultó ser uno de esos amigos, era de Madrid. Lo vimos llegar ante la espera de un semáforo y, con una sonrisa cargada de entusiasmo, se acercó y dándome un cariñoso abrazo de bienvenida me dijo: “¡Hola!, yo soy Jesús y soy ex-gordo”. Así, con esas palabras y con las risas de los allí presentes, fue que recuerdo conocer a Jesús.

A mí aquel cierre de enunciado me pilló totalmente de sorpresa. Yo solo esperaba un nombre y un par de besos, imagino que por eso aquel “soy ex gordo” en medio de un semáforo de Berlín, proveniente de alguien a quien acababa de conocer y totalmente desubicada me bloqueara por un instante. No supe muy bien cómo reaccionar, no sabía si omitir aquel “Hola soy ex-gordo” o darle su importancia, al fin y al cabo él se la daba. Me limité a devolverle el abrazo, mirarle con sorpresa y confesarle, tras una contenida carcajada: “¿De verdad eres ex-gordo? ¡No me lo puedo creer!, jamás había conocido a nadie que se presentara así. En cualquier caso, si se trata de presentarse y confesarse, debes saber que yo también soy ex-gorda”.

Después de aquella confesión -mutua- Jesús sacó su móvil y en plena calle de Berlín me enseñó una foto del Jesús gordo, y sí, como cualquier programa o serie de la MTV -un canal adolescente estadounidense-, Jesús cumplía la finalidad de dejarte con la boca abierta al ver la transformación.

Durante ese primer encuentro me explicó por qué era tan importante que supiera que él era ex-gordo reciente. “Toda persona ex-gorda, o con pánico a la gordura, tiene en su interior un espíritu de gordo que le habla. Y mi espíritu de gordo -post-dieta- y yo estamos teniendo conversaciones bastante intensas en esta ciudad, quizás podría enseñarte algunos de esos rincones gastronómicos que le susurran a mi espíritu». Fue así, por medio de su espíritu, junto al espíritu de gordo de mi amigo y de otra de sus amigas (que también lo tenían), que conocí una pastelería donde hacían unos cruasanes de mantequilla deliciosos, recorrí decenas de calles buscando los mejores kebabs, probé unas salchichas alemanas en un mercadillo que estaban increíbles o acabé comprando unas chocolatinas completamente irresistibles cinco minutos antes de entrar a la ópera (con descuento estudiante), para esconderlas en el bolso porque «opera con una onza de chocolate con avellanas es un orgasmo cultural».

Adoré a Jesús desde el primer momento, me reí a carcajadas con él, con su espíritu y con el espíritu de gordx de todoxs los allí presentes, casi todo el mundo tiene un espíritu de gordo, lo descubrí en ese viaje ¿por qué si no existiría la gula como pecado capital? Lo divertido es que Jesús no trataba a su espíritu como un pecado, para él el espíritu de gordo era una especie de pequeño alien interno que escuchaba, dialogaba, mimaba y a veces también rehusaba seguirle la corriente porque se empoderaba un poco de más; pero cuando lo limitaba, lo limitaba con cariño o pura desesperación divertida.

Jesús era altamente comprensivo y cariñoso con su cuerpo y eso me sorprendió. En un mundo que cada día prima la estética homogeneizada frente a la belleza diversa y natural, que todo parece ser una tentación que hay que evitar y castigar con la culpa, me sorprendió conocerle a él abordando de manera tan natural su ex-gordura, viendo el amor con que trataba a su cuerpo -en cualquiera de sus versiones-, lo que disfrutaba y saboreaba en nombre de su espíritu y el humor con que te presentaba sus debilidades: el espíritu de Jesús era muy goloso, así que cuando entraba en un restaurante lo primero que le obligaba a mirar era la carta de postres, “lo ves, ya he visto que hay tiramisú”.

A diferencia de Jesús, en mi caso, muy poca gente sabe que soy ex-gorda. Muy poca gente sabe que de niña y adolescente estaba gorda; en realidad muy poca gente que no sea de mi pueblecito sabe que soy ex-gorda, porque lo que viene a ser la gente de mi pueblecito lo tiene interiorizado. Da igual el tiempo que haya pasado desde que dejé de tener tantos mofletes porque cuando me vean siempre me compararan con esa chica y dirán algo del tipo: “Si no te había reconocido, es que estás tan cambiada, tan delgada ¡pero que guapa que estás!” hubo alguien que incluso añadió el “ahora”. Sé que me lo dicen con cariño, al fin y al cabo es un saludo coloquial de pueblecito de gente que te ha visto crecer y que te aprecia, de personas que te ven de tiempo en tiempo; y ante eso les sonrío cariñosamente con un “¡gracias, eso es que me miras con buenos ojos!”; pero a veces, sin quererlo, pienso ¿qué pasará si algún día engordo? ¿era antes tan fea? 

A lo largo de mi vida he sido como un anuncio de Benetton pero en tallaje: fui niña delgada, niña rellenita, niña gorda, adolescente muy gorda, post-adolescente gorda, universitaria rolliza, postuniversitaria jaquetona, estudiante de master fortota, post-estudiante esmirriá, búsqueda de vida en los huesos, aventura con celulitis… Mi cuerpo ha pasado desde que soy mujer por una oscilación de aproximadamente casi 40 kilos, estando mis máximos en una talla 56 con 16 años y mis mínimos en una 36-38 con 25; pero para entender ese cambio habría que empezar por el principio, y para eso hay que remontarse a finales de los 90, cuando me incorporé a la edad con dos cifras.

Por aquella época yo era una niña feliz sin reparar en exceso que mi cuerpo empezaba a ser más voluminoso que la media, incluso fui elegida para protagonizar la obra teatral de Caperucita Roja en quinto de primaria en gran parte gracias a que se me daba bien pronunciar en voz alta (era bastante cotorra gritona) y porque estaba fortota. La obra se basaba en una adaptación libre, con aires muy cómicos, de una Caperucita Roja fuerte, independiente y con mucho carácter que maltrataba a un Lobito Feroz, escuchimizado y pequeño, para finalmente acabar enamorándose, casándose y comiendo perdices junto a la abuelita. Yo fui elegida para dar vida a Caperucita Roja y mi mejor amigo del colegio, el más bajito y delgado de clase -al que yo particularmente le sacaba una cabeza y media de altura en aquella época-, fue elegido para dar vida al Lobito Feroz. Nuestros cuerpos, fuera de la media estandarizada de clase, fueron un punto a favor para conseguir los papeles y mágicamente fueron recibidos con entusiasmados aplausos por el público infantil de otros colegios gracias a esa cómica obra teatral y nuestra estelar interpretación amorosa.

Por lo demás, lo más quisquilloso que recuerdo de aquellos años como niña gorda era que mi vecino me llamaba “Chinche preñao”, mi hermano “Cachalote” y un tío abuelo, que lo veía de uvas a peras, decía siempre a modo de saludo por la calle “¿pero qué gorda se está poniendo esta niña, no?. Siempre hablaba como si no estuviera presente, pese a lo que decía que ocupaba, me trataba como si no me viera; creo que en realidad prefería no estarlo y esconderme detrás de mi madre quien le contestaba con cariño “ya dará un estirón”.

Tuve suerte, ahora lo veo como una gran suerte, y a excepción de esos apodos, que en realidad siempre resultaron ser cariñosos por parte de mi hermano (también gordo y más pequeño que yo) y mi vecino, el resto de seres humanos de mi edad y de mi entorno nunca me hicieron recaer demasiado en mi peso; nunca ningún niñx recuerdo que me llamara gorda de manera despectiva en el colegio, tuve suerte y recuerdo a buenxs amigxs a lxs que mi madre conquistaba con bizcochos de chocolate y meriendas en casa para hacer deberes.

Yo estaba gorda pero a diferencia de a mis amigxs a mi no me gustaba el bizcocho de chocolate y tampoco era una gran comensal. Nunca me gustaron los bollicaos (cosa que si adoraba mi amigo el Lobito Feroz), no me gustaban los donuts, donetes, ni ningún dulce industrial; no merendaba bocadillos o asaltaba armarios a media tarde en busca de chucherías por casa, básicamente nunca hubieron chucherías en casa y la tableta de chocolate solo era una tentación nocturna a la que sucumbía mi padre antes de dormir, el resto de la casa eramos «de salao». Existen demasiadas ideas preconcebidas acerca de lxs niñxs gordxs como devoradores cual termitas, pero en realidad cada persona gorda es única y cada gordx tiene su propio metabolismo, su propio espíritu con el que dialogar y también su propio carácter; no todas las personas gordas son derrochadoras de chistes o fuentes infinitas de bondad.

Yo era gorda y en realidad me gustaban cuatro cosas, pero asumo que esas cuatro cosas me volvían loca. La primera era el arroz con perejil (receta familiar que prometo publicar para hacer felices a lxs más pequeñxs), la segunda el pan en todas sus versiones, la tercera el alioli de mi madre con patatas al horno, y en cuarto, pero no menos pasional lugar, entrarían las patatas de bolsa con un chorrito de limón exprimido cualquier día para el aperitivo o receta indispensable para cualquier momento de angustia como bálsamo de ansiedad. Por contrario mis criptonitas infantiles eran las verduras y la fruta, y tampoco veneraba la carne, el pescado o nada que se saliera del menú infantil estándar que incluía calamares a la romana, olivas rellenas, hamburguesa y pizza de jamón york y queso.

Reconozco que con ese reducido menú mi madre se las veía negras para hacerme comer equilibradamente, y yo por mi parte no ponía mucho de mi parte haciendo barquitos de pan en cualquier salsa casera: de aceitillo con ajo, de alioli, solo era capaz de comer ensalada si las disimulaba con un poco de salsa, los calamares con un poco de mayonesa e incluso probé a echarle un poca de queso a las verduras en un arrebato culinario, que resultó sabroso. Pero más allá de eso, más allá de ese reducido menú infantil que mi espíritu de niña gorda veneraba, nunca fui una termita roba almuerzos en el colegio, nunca era de las niñas que había que temer si te tocaba en la mesa de enfrente en una cena y nunca me di grandes atracones; más bien era de las que daba vueltas y vueltas a la cuchara sobre el fondo del plato si no me gustaba la comida; lo que venían a ser todos los días del año en los que no había arroz de perejil para comer.

Pese a lo pronosticado por mi madre, nunca di ese gran estirón y me estanqué en el 1.64 cm, por lo que mis kilos de más siguieron ahí e incluso aumentaron durante el instituto y la adolescencia. Fue entonces que la historia se complicó un poco. Hicimos el viaje de los pubertos catorce años, fuimos a hacer rafting, fuimos a recoger el traje de neopreno para hacer el rafting y haciendo la cola junto a mi mejor amigo el Lobito Feroz llegamos juntos al señor de los trajes. Fue entonces que el señor de los trajes, a un ritmo de pura producción en cadena, nos dio de la misma caja un traje de neopreno al Lobito Feroz y otro a mi; y así, dentro de un momento de puro pánico mirando a mi amigo y mirándome a mi misma, me arme de un valor infantil inexistente y le pregunté casi en susurro «disculpe, ¿no tienen tallas diferentes, una talla más grande?». y ahí, al otro lado de la barra de puestecito de trajes de neopreno, el señor de los trajes se topó con Caperucita y el Lobito juntos con cara de angustiosa espera, y mirándoles contesto un sencillo «es talla única. Id a cambiaros que empezamos en breve».

Me despedí de mi amigo en la puerta del vestuario de chicas y allí me encerré durante más de quince minutos en un intento de obrar un milagro, estirando aquel traje infernal que dio de sí lo que nunca había dado de sí. Salí de aquel cuarto cual metáforas embutidas podáis imaginar y sin respiración, y allí, al otro lado de la puerta, estaba el Lobito Feroz esperándome con un traje al que él le había improvisado dos nudos en los tirantes y dobladillo en los camales mientras se le quedaba suelto de las pantorrillas. No sé quién inventó las tallas únicas pero las tallas únicas son crueles.

Para colmo en el instituto apareció Educación Física, y con ella llegaron lo suspiros; no obstante la historia de cómo me estampé contra el potro, se merece otro escrito.

Si algo destacaría como malo de estar gorda fue que estuve gorda durante ese periodo, la adolescencia. Lo malo de ser gorda no fue nunca el hecho en sí mismo de estar gorda, ¿qué había de tan malo en ser gorda? yo era feliz; en mi caso nunca fueron lxs médicxs quienes me machacaron para que adelgazara, tenía buena salud, estaba fuerte y tenía mucha elasticidad porque hacía ballet desde pequeña, me sobraban kilos pero sin más importancia que esa misma. Lo malo de ser gorda, en mi caso, fue que mi cerebro durante aquellos años empezó a interiorizar silenciosamente la idea de que ser gorda no era algo tan bueno, que ser gorda no era algo bonito, no era algo deseado ni deseable, que era algo por lo que te tenías que sentir en cierta medida avergonzada y luchar día y noche por combatirlo. Y eso no me lo dijeron lxs médicxs, no me lo dijeron en casa, ni mis amigxs, nadie directamente me lo dijo pero lo aprendí, se respira en la sociedad ¿por qué si no la operación bikini, las promesas de año nuevo o las cucharadas robadas a postres ajenos que unx nunca se pide? Aprendí que ser gordo no era algo tan bueno en un periodo de la vida donde te importa mucho más lo que piensa la gente de lo que posiblemente nunca te importará.

Yo me enfrenté a la adolescencia con ese pequeño eslogan publicitario en mi cabeza, pese a vivir en una casita y en un pueblicito feliz, ese eslogan llegó y poco a poco mi cerebro lo asumió en silencio. Interiorice que físicamente no podía ser bonita y eso en cierta manera me restó mucha seguridad, me hizo mucho más introvertida e incluso desconfiada de cara a mi misma y también para los chicos, porque ¿quién va a desear algo que la sociedad se esfuerza tantísimo en combatir, en cambiar?

Con los años, y pasaron muchos años, logré aprender a adorar a las personas por sus encantos propios y por ente adorarme a mi misma tal cual soy, pero tuvieron que pasar muchos años y también conocer a mucha gente, a varias mujeres peludas, libres y maravillosa, para aceptar que hay belleza en un cuerpo gordo, que hay belleza en cualquier cuerpo al natural. Ahora, muchos años después y siendo ex-gorda siento una especial envidia y profunda admiración por las chicas gordas que caminan con seguridad, que las miras y denotan un encanto y una seducción maravillosas. Cuando las miro las envidio, me gustan sus cuerpos, quizás yo también tuve un cuerpo parecido a esos, pero ellas me parecen mucho más listas y hermosas de lo que yo lo fui en aquella época. Yo aprendí a priorizar mi cabeza para compensar mi físico, pero nunca opté por mirar con belleza a mi cuerpo, por quererlo tal y como era en ese instante, nunca le hice caso ni para bien ni para mal. Acepté como el propio patito feo de los cuentos, como muchas princesas Disney plagadas de milagros, o como cualquier telenovela o protagonista patosa de película Hollywodiense que algún día resplandecería como por arte de magia; que me convertiría en delgada, en bella, en cisne o princesa con vestido ajustado.

Yo por aquel entonces no tenía prisa, así que acepté la condena de la espera mientras seguía vistiéndome donde podía rehuyendo en cualquier caso que fuera un vestido ajustado.

Toda mi ropa se limitó siempre a tres tiendas: el almacén de ropa en el que trabajaba una tía (me sacaba ropa talla grande y venía algún viernes cargada con una gran bolsa a hacer el pase de modelos en el salón de mi casa); en Punto Roma (la única tienda, por aquel entonces, de centro comercial dedicada para señoras cuyo tallaje superaba con amplio margen la 42); y por último en el Corte Inglés en la sección de Tallas grandes, una sección que como era de esperar no estaba en la Planta Joven. En esas tiendas mi cuerpo podía desnudarse y preguntar sin complejos “disculpe una talla más, una 46, 48… o quizás una 56”. Allí me permitían entretenerme en probadores reales y hacerme sentir participe de la moda, aunque fuera de la moda señora. Las dependientas, casi siempre mujeres maduras cargadas de dulzura al verte, rescataban, entre perchas y estanterías llenas de faldas, camisas y trajes estampados con flores, aquellas prendas que “quizás esto sea más ponible para tu edad”, me lo decían mientras rebuscaban entre ropa que no había sido diseñada para vestir una figura adolescente que iba a clase, al cine, a pasar la tarde en el parque o a salir a los primeros pubs pubertos.

Nunca fui con mis amigas de compras para mi, para comprarme mi ropa, yo tenía que ir a esas tiendas, y para eso siempre lo hacía con mi madre y casi en secreto. Hubo alguna que otra vez que mis amigas organizaron la famosa tarde de compras de chicas. Ahora nos parece cómico toda la expectación que nos provocaba, e incluso reprochable para según qué principios de consumo, pero para nosotras, en aquella época, era todo un acto de libertad y diversión, teníamos que tomar incluso el tren para ir a la ciudad de al lado en plena época puberta.

Fui un par de veces a esas salidas, pero no tantas como se organizaron, me las ingeniaba para ir solo cuando se incluía cine en los planes. En las tiendas, y había muchas tiendas, mi sección siempre se limitaba a zapatos, tenía un adaptable 38 aunque en realidad odio comprar zapatos. Por lo demás pasaba el rato acompañándolas: ir al probador, sentarme en el de enfrente, ser el jurado, cambiar y descambiar tallas, e incluso, si había mucha gente, era la encargada de adelantarme a hacer cola para pagar mientras se vestían. El imperio de la moda me delegaba a  ejercer de madre postiza. Luego todas juntas íbamos a merendar; a merendar una hamburguesa que yo físicamente no me merecía.

Lo malo de ser gorda en la adolescencia es que poco a poco fui desarrollando el don de la invisilibidad, no fue algo que hiciera de manera consciente, yo me consideraba feliz, pero echando la vista atrás he descubierto que hay muchos recuerdos que no tengo porque no los viví. Siempre me las ingeniaba para ser social pero al mismo tiempo siempre desaparecía en las cosas sociales, en las cosas que a mi me resultaban incómodas, y en esa época había demasiadas cosas incómodas.

Fue por ese mismo periodo que muchxs de mis amigxs empezaron a recibir los primeros toques en sus recién adquiridos móviles nokia 33-30, empezaron a salir a sus primeras fiestas, empezaron a organizar días en la playa en bikini, a beber el famoso Peché, a estrenar los vestidos comprados en Zara, Bershka, Stradivarius…, a organizar nuevas excursiones de rafting con trajes de neopreno, coreografías de final de curso con tops y faldas, e incluso tuvieron sus primeras vomitonas y también sus primeros corazones rotos mientras yo, e imagino que otro gran grupo de secundarios adolescentes recluidos en otras vidas, optábamos, casi de manera inconsciente, a inventarnos excusas y asumir la adolescencia desde la barrera, proyectando una vida que aún estaba por llegar.

De mayor me he dado cuenta de que hay mucha gente, mucha gente, que pasa su adolescencia proyectando sin apenas jugar.

Hace un par de nocheviejas (siendo ya ex-gorda), acompañando a un amigo que tenía que saludar a otros amigos, entramos en la fiesta improvisada que el grupo de los chicos guapos y famosos del pueblo de mi generación había organizado en un almacén. Fue gracioso, de adolescente hubiera sido todo un honor ser invitada a ese selecto club -cual película puberta hollywodiense-. Conocía de vista y casi por nombre a todos los allí presentes; al fin y al cabo eran los chicos guapos y famosos del pueblo. Mientras mi amigo saludaba a varios de ellos yo me quedé sola, y fue en esas que uno de los chicos se me acercó y me preguntó “¿y tú de dónde eres? Yo le contesté sorprendida, “yo soy de aquí, del pueblo”, a lo que replicó “imposible, tú no eres del pueblo, te habría visto alguna vez”. Fue entonces que llamó a otros amigos para cerciorarse de su hipótesis, y allí, en medio de un corro cual inquisición, varios de los chicos guapos y famosos del pueblo me hicieron un examen exhaustivo de preguntas sobre sociedad, colegio y adolescencia. La conclusión tras divagar largo rato fue clara: yo con muestra del DNI certifiqué que era del pueblo, pero ellos “nunca me habían visto”.

Cuando gastaba una talla 56, a los 16 años, mi madre ante la negativa por mi parte de ir a la dietista y su falta de voluntad de castigarme de por vida a una ensalada, me llevó a la doctora-pediatra de toda mi vida y le dijo “es que no come para como está” así que me hicieron análisis, me derivaron al endocrino y un señor detrás de su mesa me dijo “tu metabolismo trabaja diferente, cuando tú te comes un trozo de pizza es como si te comieras tres trozos, ¡y eso es un gran problema para controlar tu peso!, tienes que tener cuidado porque la harina en tu cuerpo te engorda mucho” y ya no me dijo nada más, o al menos no recuerdo nada más que la moraleja de “no comas pizza y olvídate del pan por siempre jamás”. Desde entonces me cuesta disfrutar de la pizza y casi que perdió la magia hacer barquitos en las salsas. Años más tarde mi madre me volvió a llevar al médico, esta vez vestía una talla 36-38 y tenía cara de pajarito según mi abuelo; después de ver los análisis esta vez el doctor me recetó -por escrito- una dieta alta en grasas con recomendación de desayunar huevos fritos, bacon y sopar mucho pan en la yema y en cualquier aceitillo que encontrara por la mesa.

Se podría resumir todo esto diciendo que a lo largo de mi vida he tenido oscilaciones muy intensas con el peso y la comida, que mi espíritu de gorda y yo no hemos encontrado una convivencia armónica y que pese a ser una persona con bastante capacidad para el raciocinio, a la hora de la comida tengo mis lagunas y a veces se me va el hambre, así, de repente.

El como perdí tanto peso después de cumplir los diecisiete años no tiene ningún mérito, de hecho no es digno de ninguna alabanza. Nunca me planteé seriamente el hecho de perder todo ese peso, nunca hice una dieta a conciencia y eso estuvo mal. Empecé a perder peso y se prolongó durante muchos años, pero aún así fue de mala manera: llegó mi último año de instituto; había exámenes; se me fue el amor por la comida; padecí el mal del vaso de leche con tres galletas para cenar; empecé a dar calentamientos de cabeza a mis padres porque nunca tenía hambre, empecé a contar calorías; crecí; me hice independiente; desaparecía el apetito con cada momento de incertidumbre, ¡todo era una incertidumbre!; decidí irme a vivir fuera; empecé a viajar; viví en Bilbao, viví en un Mordor lejano de Bilbao en un sexto sin ascensor… Todo eso, y que dejé de comer sobre el mantel de casa, y eso tuvo sus cosas buenas pero también sus malas.

Nunca hice una dieta pero debería haberla hecho si mi intención era perder peso: debería haber aprendido a comer saludablemente, a disfrutar de la comida, a conocer mi cuerpo, a conocer mi cabeza y dialogar con mi espíritu, a aceptar y saber por qué tenía tendencia, cual Bridget Jones delante de la tarrina de helado, a recurrir a la bolsa de patatas fritas cuando estaba nerviosa. Sólo una vez mi madre me llevó a una dietista y empaticé tan poco con la sensación de ansiedad que sentí en la consulta que supliqué por no volver. No quise volver tras esa primera consulta a la dietista, y en su contra interiorice la idea cultural de que si era gorda era porque comía mucho, y esa idea es muy peligrosa porque la idea que subyace es que para no estar gorda no había qué comer.

De adulta y ya viviendo fuera, sin pasado de testigo, y con un tallaje acorde al imperio Inditex nadie nunca se ha imaginado que fuera niña y adolescente gorda, solo cuando muestro mi barriga llena de hermosas y artísticas estrías o alguna foto que aún hoy decora mi habitación se ha descubierto la noticia, que sigue siendo a diferencia de Jesús, información privilegiada. En esas fotos, pertenecientes a la era del carrete, se me ve con unos carrillos, unos muslacos enormes y una sonrisa de oreja a oreja ante la que todo el mundo aclama un «Ohh, ¿esa eres tú? ¡qué cambiada estás!», pero en realidad cuando me miro no me veo tan cambiada, no me veo diferente, sigo siendo esa misma chica, lo que pasa es que vestía a modo señora, y yo en esas fotos tengo dieciséis años cargados de pubertad.

La palabra gorda es solo una palabra, es un mero adjetivo descriptivo, es como decir baja, alta, blanca, negra, delgada, pelirroja… El problema de las palabras no son las palabras en sí mismas, sino la connotación social que se les otorga y en nuestra sociedad actual yo no era gorda, yo era gordita, fuerte o hermosa porque gorda era demasiado grosero y feo para que pudiera serlo. Yo nací morena y jamás tuve complejos de ser morena, lo acepté como algo natural. Igual que mis ojos morenos, mi metro sesenta y cuatro o mis lunares. Una vez tomando unos zuritos en Bilbao, una chica que justo me habían presentado minutos antes empezó a gritar “¡pero qué orejas, qué orejas tan bonitas! ¿te han dicho alguna vez que tienes unas orejas preciosas?, son preciosas!” NUNCA JAMÁS había mirado mis orejas, pero según esa chica podría haber sido anunciante de orejas.

Meses más tarde, en un taller de sexología, me pidieron que escribiera en un papel tres partes de mi cuerpo que me gustaran mucho, que adorara, que considerara que eran bonitas, que fueran mías y que en cierta manera les tuviera un cariño muy especial. Garabateé “¿mis orejas?” A veces no somos conscientes de que aprendemos a tratar nuestro cuerpo, a quererlo o despreciarlo, con la mirada de otros.

Yo crecí creyendo que cuando perdiera peso cambiaría todo, o al menos muchas cosas; que cuando fuera a la universidad…, que cuando trabajara…, que cuando viajara…, que cuando viviera fuera…, que cuando pudiera entrar en Zara y meterme unos pantalones cualquiera…, que cuando… ¡tantas cosas llegarían cuando!.., pero en realidad cuando llegaron muchas de esas cosas no sentí nada.

Da igual que ya no esté gorda porque todo el mundo sigue opinando. Mi familia siempre aceptó mejor el ser gorda que el ser delgada. Vengo de una familia rolliza, de una familia que adora cocinar y también comer, de esas que siempre que se reúnen tienen que sacar el “tablero” porque de tantos platos que hay no caben en una mesa convencional; de esas que cuando tocas a la casa el frigo está lleno y huele a pimientos asados, a media tarde a bizcocho de chocolate y la olla lleva ya tres horas haciendo el “chuc chuc chuc” para que lentamente vaya cogiendo el punto el caldo hasta la hora de comer. En mi familia no hubo nunca problemas por ser gorda, el problema en realidad ha sido ser poco comiente, ser quisquillosa con la comida o no estar dispuesta a comer hasta la saciedad; ser incapaz de seguir el ritmo familiar es un deshonor. Fue a partir de entonces que ya no fui bienvenida y me convertí en la “amarga comidas” con mis “no quiero más” y mis “¿por qué hay necesidad de tantos platos?” así que pasé a ser juzgada como “escuchimizá con cara de enferma” y condenada por unanimidad a estar renegada de por vida a la esquina de la mesa en los festines familiares.

Por su parte mi hermano ha pasado de decirme  “Cachalote” a “Pollito o ardilla voladora”, según el día. Me bautizó así el día que al verme en bikini, por primera vez en mi vida hace tres veranos, me dijo que podía lanzarme a volar con toda la piel colgando que tenía. No sé si me tocó un hermano idiota al azar, pero es mi hermano y tengo que quererlo y reírme cuando abre la boca.

A todo eso se le suma que mi cuerpo ahora delgado sigue siendo imperfecto bajo el canon de belleza occidental, y yo sigo siendo consciente de millones de imperfecciones. Cuando entro en una farmacia lo tengo todo: tengo durezas en los pies, tengo varices, unos muslos y un culo desproporcionados que están decorados con grandes hoyuelos de celulitis, una barriga llena de estrías, una 85 de sujetador que cubre unos pechos que lejos de estar firmes y perfectos están también llenos de estrías y fofos de subir y bajar tantas tallas. Me muerdo las uñas, en época de estrés se me cae un poco la melena y necesito tomar vitaminas; mi dentadura no es blanca, uniforme y radiante (para guinda aún tengo dos dientes de leche a la espera de que venga el Ratoncito Pérez) y de reírme tengo arrugas marcadas que seguro se acrecentarán y convivirán en armonía, o quizás sin armonía, con esas temidas patas de gallo. Estoy segura que si fuera hombre tendría pene pequeño, barriga cervercera, sería muy peludo en el cuerpo pero seguramente también calvo en la cabeza. Quizás sea cosa de las farmacias, de la publicidad, de los medios de comunicación, de esas revistas en las peluquerías, de las películas, de las series, de los carteles de cualquier callejuela… todo ese pequeño mundo perfecto a veces me hace sentir un poco adefesio, y eso me asusta, porque no creo que nadie pueda ser tan adefesio. Con lo desastre que soy para cuidarme tanta presión me doblega, me hace sentir agotada y solo acaba de empezar. Apenas tengo mis primeras canas y ya estoy escuchando el “¿cuándo te vas a tintar?

Cual balanza, toda esa presión me insta a desarrollar casi de manera inconsciente una aceptación feliz por ser esa pequeña monstruita sin arreglar, estéticamente disfrazada y con el pelo desperdigado muchos días de mi vida, y curiosamente me gusta, he tardado 27 años en gustarme. Me miro en el espejo y me gusta todo ese desastre armónico, al que sonrío y digo «no serás perfecta pero eres muuuy bonita. Me miro, me echo una sonrisa irresistible y me cuco el ojo (esto último aún no domino con elegancia la técnica). Antes la condena social era estar gorda, pero ahora ya me empiezo a sentir vieja, como si envejecer fuera algo horrible, como si estar gorda fuera algo horrible, ¡a veces es como si quisieran hacernos sentir horribles por demasiados frentes! Es entonces que cierro los ojos y pienso en mis orejas.

Durante este largo viaje por Latinoamérica me reconcilié mucho con mi cuerpo, empecé a hacerle carantoñas. Este cuerpecito imperfecto me ayudó a cargar una mochila sobre mis hombros, pese haber sido un cuerpecito nefasto en Educación Física recorrió infinidad de lugares, conquistó cimas y descendió cañones, ¡a su paso, con suspiros, plegarias y casi Milagros!  pero lo hizo y me sentí la reina del mambo. Lo mimé come se merecía, mis estrías tomaron el sol en bikini; mis muslos durmieron la siesta espatarrados sin más complejo que el de los dos primeros minutos; empecé a escuchar a mi espíritu de gorda…, a mi pobre espíritu lo había tenido tanto tiempo castigado bajo la idea de “pecado” que no sabía ni desear, no sabía disfrutar sin sentirse culpable o temeroso. Fue así que comí como jamás había comido, mi espíritu en este viaje ha sido mimado hasta malcriarse, siempre pensaba ¿cuando será la próxima vez que pueda volver a comer esta cosa tan deliciosas y bajo esa idea dejé de imaginar calorías, michelines o lorzas y me dejé llevar por el paladar. No engordé mucho, pero como era de esperar esos pocos kilos se fueron al culo y los muslos y no a mis flácidas tetas, pero aún así empecé a mostrar mi hermoso pandero orgullosa bajo el grito de guerra cual Shin Chan -un dibujo animado japonés- «este culito no entra en un pantalón de Zara pero mirar que bonito es mi culito».

Me pesé en todos lo países, cada vez vez que llegaba a un país cruzaba la frontera con la intención de pesarme, era mi identidad de bienvenida para saber al marcharme cuán rica estaba la comida de ese lugar (y saber también cuan descontrolada estaba, hay miedos que no cambian). Algunas veces, muy pocas, logré encontrar un peso en las farmacias, pero otras muchas el milagro se produjo por puro azar del universo, en algún mercado me topaba con un señor y una báscula de baño en el suelo que te decía tu peso con una aguja poco precisa a cambio de un par de monedas. Hubo lugares en los que no encontré básculas, pregunté, expliqué el propósito pero entre perplejidad nadie entendía porqué quería pesar mi cuerpo, quizás la mochila pero ¿mi cuerpo? Culturalmente la gente no se pesaba y ahí fue que pensé ¡qué curiosa es la vida y qué hermosos los cuerpos!

Saboreé tantos platos y salieron tantos “umhhhh deliciosos” de mi boca durante este viaje que fue por ello que decidí ampliar esta Maleta de pulgas con una sección dedicada a recetas, a platos culinarios que me habían encantado. Porque la comida es una muestra de la cultura, y es hermoso llegar a un nuevo lugar y descubrir sus platos, su variedad, sus costumbres, sus rituales… Hay pocas muestras de amor tan universales como que alguien te reciba en su casa con una mesa llena de comida para darte la bienvenida o darte los buenos días con un dulce desayuno.

La idea de esta nueva sección bajo el título Recetas salió de ahí, de todo lo que comí y saboreé durante esta aventura, y de que en mi vuelo de vuelta, desde Buenos Aires, volví a volar sola y esta vez fueron catorce horas de soledad y turbulencias. En ese vuelo me tocó al lado de un chico argentino muy simpático; un chico argentino que cada vez que se me escapaba algún suspiro de más por algún movimiento extraño del avión -extraño según mi criterio personal- me ofrecía Lacasitos de su bolsa gigante de Lacasitos que llevaba para el viaje. Fue en una de esas fuertes turbulencias que tuvo aquel viaje que me preguntó “no te gusta volar ¿eh?» le confesé sin disimulo alguno, “no, ¿se me nota mucho?, ¿te estoy molestando con los suspiros?, de verdad que lo siento un montón, pero odio volar, ¡lo odio de verdad!» el chico se empezó a reír y me ofreció Lacasitos. No paró de ofrecerme Lacasitos durante las catorce horas de vuelo bajo el eslogan “los Lacasitos relajan”.

Durante ese vuelo, y comiendo Lacasitos relajantes, fue que escuché como un acto de distracción el audiolibro de “Como agua para chocolate”, lo ofrecía como distracción junto a decenas de películas aquel largo vuelo de vuelta a casa. Le tengo mucho cariño a ese libro, es un libro de una autora mexicana que por casualidad leí cuando era adolescente, y de ahí, del amor con que relata Tita cada receta y de los recuerdos que se asocian a cada plato fue que surgió la idea de este nuevo apartado de recetas que poco a poco irá aumentando como la masa de un buen bizcocho. ¡Espero que os guste mucho, que cocinéis, saboreéis, invitéis a gente a soborear con vosotrxs y miméis vuestros cuerpos con estas recetas que a mi tanto me gustaron!

Si he escrito este pequeño relato, en realidad muy personal, es también porque mi vecino que me llamaba Chinche Preñao, es ahora papá, y su hija es igual de Chinche Preñao que yo con su edad, imagino que es el karma que a veces es así de gracioso. Su hija es igual de Chinche Preñao pero mucho más adorable que yo en aquella época, es una dulzura de niña cotorra que no para de hablar y de hablar y de hacerte reír con su mágico encanto de niña de once años. Hace poco estando juntas y meditando qué merendar alguien la miró y dijo, “madre mía lo que va a sufrir esta niña, porque con lo gordita que está y lo buenaza que es lo va a pasar muy mal”. Me dolió esa frase, porque no es justo que en los tiempos que corren pronostiquemos que una niña lo vaya a pasar mal por ser gorda, lo podrá pasar mal por mil cosas que la vida nos depare a todxs pero ¿por qué debería pasarlo mal por ser gorda? ¿qué hay de malo o de feo en estar gorda? Ella estaba feliz cual perdiz cotorra riéndose sin parar mientras jugaba, no aparentaba tener problemas, tiene un cuerpo precioso que no denota complejos, y ojalá esta sociedad sea más justa que lo fue la mía y le permita comprarse ropa en más tiendas y aprendamos a mirar a su cuerpo, y al de cada unx de nosotrxs, con la belleza y la inocencia de esos ojos de once años.

Después de conocer a Jesús un poco más creo que entendí mucho mejor aquel primer “Hola soy Jesús y soy ex-gordo”. En un primer momento me desconcertó que dijera algo así en su hoja de presentación, que lo expusiera de ese modo, nada más conocernos, como si fuera su característica más determinante en ese momento de su vida; pero al mismo tiempo la manera en que lo hacía, con ese toque casi cómico hacía que le restara valor, nombraba con excesiva naturalidad algo que a él le había supuesto un peso. No se presentó como Jesús y sus apellidos -familia de-, Jesús estudiante de algo, Jesús amigo de alguien, Jesús amante de algo, Jesús nacido en algún lugar,… Él era Jesús y lo más importante que debía saber, a primera instancia, en ese momento de su vida era conocer que Jesús había sido gordo. Me lo dijo en medio de la calle, nada más conocernos aquella tarde otoñal en Berlín, y desde entonces me ha hecho preguntarme en muchas ocasiones con qué frase debería acompañar mi nombre, sí quizás yo también debería haber dicho en alguna ocasión un sencillo “¡Hola, soy ex-gorda!”; ex-gorda o el sinfín de cosas que también soy, que cada persona es, fue, o teme ser. Esas cosas que todas las personas guardamos en nuestro baúl y que inconscientemente, de alguna u otra manera nos pesan a nuestra secreta manera.

 

Dibujo espíritu de gordo. Niña encadenada a una sombra gorda que se representa su pasado. Obesidad

Una vagina solitaria

Dibujo chicas mochileras desnudas con un mapa de Latinoamerica. Feminismo

Una vagina solitaria

Cuando estaba viajando, y ahora que he vuelto a casa, la gran pregunta en torno a esta experiencia no ha sido nunca en relación a mi misma con el viaje; el porqué de ese viaje; qué es lo que andaba queriendo encontrar; qué sitios había conocido o hacía dónde me dirigía; qué estaba viviendo, descubriendo o experimentado en mi misma con esta aventura; qué personas se habían cruzado en mi camino; qué proyectos había visitado; cuán diferente o parecido era lo que me rodeaba; si me hubiera quedado en algún lugar mágico; ni siquiera si encontré algún lugar mágico… la gran pregunta que eclipsó a todas las demás siempre fue «¿viajaste tu sola y no te ha pasado nada?»

Yo nunca me he considerado una chica fuerte o muy valiente; en realidad siempre me he identificado mucho más con cualquiera actriz secundaria que, sin quererlo y por propia necesidad, acaba espabilando. Yo crecí dentro de la categoría buena chica; de hecho, casi todo el mundo de mi pueblecito me asocia a esa buena chica de grandes mofletes; da igual que te hayas recorrido la Panamericana con mochila, hayas probado los porros, bebido alcohol, medites hacerte un tatuaje, un piercing o cortarte la cabellera; da igual que tus amigxs puedan ser bisexuales, hippies campestres, feroces activistas o defensorxs próximos a la revolución; para la gente que me vio crecer, y puede incluso que para mí misma, sigo siendo, y quizás siempre seré, esa buena chica de grandes mofletes que ahora tiene menos mofletes. En realidad ser buena chica o buen chico, es dentro de las categorías sociales de pueblecito algo asumible, no conlleva ningún trauma más allá de si aspiras a ligar o a ser dirigente, en ninguno de esos casos se te tomará muy en cuenta; por lo demás, eres y serás alguien libre para seguir tu vida sin ningún público aparente.

No crecí pues con la idea de aspirar a ser una gran luchadora; en mi mente asociaba fuerte a tener carácter, determinación, seguridad y sobre todo gran respeto social; y yo no destacaba por ninguna de esas cosas, yo era feliz siendo una buena chica que se juntaba con otras buenas chicas y otros buenos chicos para ver la vida pasar mientras el equipo protagonista estaba integrado por otrxs. Yo me sentía cómoda estando en segunda fila, me gustaba el papel que culturalmente se nos suele asociar a las mujeres, asumía mi personaje de cuidadora, con ciertos toques rebeldes, de una manera natural. Tenía mis achaques existenciales de inconformista quejica, y según mi abuelo iba para jueza, pero fueron, y siguen siendo, ante públicos minoritarios de gran confianza; es decir, los sermones no pasaban de la cocina de casa y en pijama. Me veía mucho más apta para cocinar, limpiar, organizar, ser enfermera, secretaria, maestra, periodista e incluso abogada o puede que artquitecta, pero me aterraba asumir una responsabilidad superior; no me veía preparada para intentar romper el molde y aspirar a un escalón superior soñando ser chef, doctora, jueza, presidenta o directora. Toda mi libertad alcanzada para ser capaz de viajar sola no se debió a haber sido una chica fuerte y no haber tenido miedo, yo tenía mucho miedo, siempre fui de las que temblaba por dentro pero lo disimulaba por fuera. Mi libertad no fue fruto de grandes dosis de empoderamiento y feminismo; se debió a haber sido una buena chica, una chica muy muy muy orgullosa.

Yo era orgullosa, pero no orgullosa de mi misma o de ser mujer que hubiera sido algo bueno, yo era orgullosa modo madre; en ese modo de que por no querer molestar, por no saber pedir, por no haber sido educada en priorizarse a una misma frente al resto, por no saber ceder un ápice del orgullo y decir algo más allá de «no te preocupes; en absoluto; todo bien; yo puedo sola» había acabado desarrollando un superpoder de aparente fuerza e inmortalidad que en su realidad no estaba sustentado más allá de muchas plegarias y agradecimientos divinos al universo por la suerte de no haberme pasado nada gravemente malo cada vez que hacía alguna de las mías en solitario.

Toda mi adolescencia, post adolescencia y gran parte de la madurez fui así de orgullosa, fui así de orgullosa y en estado civil en constante soltería, por lo que es de esperar que siempre que salía con amigxs acabara volviendo sola a casa pese a saber que al hacerlo lo hacía con el temor todo el camino a que pudiera salirme todo lo malo que culturalmente puede salirle a una chica sola a la una de la madrugada de vuelta a su casa por las calles de su solitario pueblo. Yo lo hacía y lo hacía a conciencia, es decir, con el coro mental de que seguro me pasaría algo malo para que luego todo el mundo dijera «es que a quien se le ocurre volver sola a esas horas». Yo volvía sola, con aquel coro mental y aún encima luego, para rematar la osadía, en casa inventaba mentiras piadosas para tranquilizar a todo el mundo del tipo: «no os he avisado para que no fuerais a por mi porque he vuelto con Menganito caminando, ¡estábamos aquí al lado!», o «nos hemos venido el escuadrón de la muerte (muchas amigas juntas) hasta aquí»,… y así mis padres, con mis grandes dotes actorales, vivían un poco más tranquilos mientras yo orgullosa de no haber molestado a nadie echaba la llave de casa por dentro, daba gracias al universo y pensaba «lo conseguí». Luego soltaba dos suspiros para soltar todo el aire contenido en el camino y ya me iba a dormir.

Con los años mi constante estado sentimental de soltera no cambió mucho, mi orgullo no se vio cuestionado y por el contrario mi inquietud por moverme, salir y vivir en libertad cual pajarito si fueron aumentando gracias a los libros y sobre todo al cine; por lo que poco a poco fui desarrollando tácticas de supervivencia para mis locas hazañas de vuelta a casa nocturnas un poco más sofisticadas, puesto que el escenario se ampliaba a grandes ciudades. Desarrollé estrategias tales como jamás de los jamases llevar zapatos no aptos para aumentar el paso; cruzarte de acera si veías a alguna silueta masculina por detrás, aunque fuera muy detrás; sacar las llaves del bolsillo y detenerte para fingir que ya habías llegado a tu portería si un grupo de chicos caminaba detrás tuyo hasta dejarlos pasar; siempre caminar por avenidas principales muy iluminadas, pese a tener que hacer rutas mucho más largas; ir por el carril de la izquierda para poder ver los coches de frente y que no pudieran seguirte en tu misma dirección a un costado; comprometerte con alguna amiga igual de loca que tú que cuando llegarais mutuamente a vuestros destinos mandar un mensaje del tipo»Sana y salva. Me voy a lavar la dentadura, buenas noooches. Un beso»; o aguantar de fiesta hasta que amaneciera puesto que para qué jugártela a las cinco si puedes volver a las siete y con luz. Eran tácticas tan interiorizadas que las asumía como mías propias, hasta que un día, hablando con otras chicas, me di cuenta que al parecer me habían copiado, porque muchas de ellas hacían cosas muy parecidas e incluso habían aplicado hazañas muchísimo más sofisticadas como tener un pequeño spray de gas pimienta para los ojos, una había acudido a un curso preventivo de defensa personal o como esta chica de este artículo, que se ponía la capucha del abrigo para disimularse, es decir, para disimular que era chica. Las mujeres, por temor a una agresión sexual, condicionamos nuestra toma de decisiones cada vez que salimos solas, y eso es algo terrible si nos paramos a pensarlo como sociedad.

Desde niña nos han dicho siempre que tengamos cuidado. Cuidado al volver a casa, cuidado al salir de noche, cuidado de con quien hablas, cuidado de como vistas… Daba igual si volvías sola o con tus amigas, porque entonces sería un «¿pero vais solas?» (o lo que es lo mismo) «¿no va ningún amigo? (¿no va ningún chico que os proteja?). Crecemos no solo temiendo al monstruo de las galletas, las lombrices en el estómago o al hombre del saco; las niñas crecemos siendo educadas en temer a los hombres. No temes encontrarte una chica a las tres de la mañana, no temes encontrarte a una señora por la misma acera, no temes si una señora se sienta a tu lado en el autobús,… no temes a las señoras temes a los señores, a los hombres, a los chicos.

Yo no era feminista, ese término era ajeno a mi vocabulario hasta hace apenas cuatro años; es pues, que sería más correcto decir que yo ni sabía que era ser feminista para plantearme el siquiera el serlo. Yo nunca me plantee con detenimiento que fuera tan necesario luchar por la igualdad de las mujeres; quizás nunca percibí esa necesidad con claridad y veía un mundo bastante equitativo; quizás era excesivamente pacífica para escuchar la palabra lucha y que no me diera cierto miedo;  o quizás era un claro ejemplo de que la cultura y la cotidianidad te hacen amoldarte a una realidad de la que para salir necesitas que alguien te guíe puesto que tú no eres capaz de verlo bajo tu mirada de siempre. Empecé a incursionarme en el feminismo a raíz de vivir en Bilbao, vivía rodeada de grandes feministas (tanto chicas como chicos), y para guinda del pastel tuve una asignatura de feminismo (a la que asistían tanto chicas como chicos) así que por puro roce acabé cediendo y viendo la realidad con las gafas lilas, como mucha gente bromea al respecto cuando empiezas a percibir los micromachismos de la vida diaria.

Ese primer año que viví en Bilbao lo hice en un barrio muy periférico. Una noche, volviendo a casa con una buena amiga, y vecina, atravesamos caminando el parque bajo la idea de ahorrar distancia y porque «vamos juntas», eran las dos o tres de la noche. Mientras caminábamos en silencio y con paso ágil de repente vimos en la distancia a un hombre, inconscientemente nos paramos, como si quisiéramos hacernos invisibles, nos petrificamos durante unos segundos; estábamos en un parque muy grande sin ningún humano aparente más allá de ese chico-hombre-señor que no esperábamos encontrarnos. Nos quedamos ahí paradas intentado ver hacia dónde se dirigía y así proseguir camino esquivándolo casi cual rehén planeando una fuga, no nos había visto; y fue en esa espera que, al observarlo atentamente, nos dimos cuenta de que era un chico borrachísimo que caminaba de un lado a otro apunto de caerse. Nos miramos, sonreímos y suspiramos; ambas nos entendimos, ambas habíamos experimentado una sensación de peligro; fue en esas que mi amiga me dijo algo de lo que me acordé mucho durante el viaje. «Una vez una amiga me hizo un ejercicio que ahora te voy a hacer a ti. Empieza así. Cierra los ojos. Cierro los ojos e imagina qué es lo que más miedo te da. Imagínate por unos instantes que sería lo peor que podría pasarnos esta noche, lo peor que podría pasarte si estas sola caminando y de noche. ¿Qué sería ese miedo? ¿qué te incomodaran,.. se soprepasaran,.. te forzaran… te violaran,… e incluso que pudieran matarte? Cierra los ojos e intenta imaginar cómo sería para ti esa escena y esa situación. Respira, ábrelos. Eso que acabas de imaginar es tu mayor miedo, lo peor. La parte más difícil de este juego es que ahora debes preguntarte si estás dispuesta a perder toda tu libertad, tu libertad de cada día de tu vida, por ese miedo. Hazte esa pregunta, trabaja esa sensación de imaginarte esa experiencia tan horrible, y el día que estés dispuesta a vivirla como precio a no perder tu libertad, ese día dejarás de sentir miedo y sentirás que estás luchando. No es tu culpa si te topas con un agresor, el único culpable es el agresor. El gran problema de nuestra sociedad es que justificamos las agresiones como si las ejecutaran monstruos extraterrestres, pero no son monstruos extraterrestres son un porcentaje muy alto de nuestros propios chicos, hombres y señores. No educamos a los niños a respetar a las niñas, no educamos a los niñas a respetarse y valorarse a sí mismas, no educamos a los niños para que sean ellos también los que sepan detectar el machismo; no hacemos nada de eso si no que responsabilizamos a las niñas haciéndoles creer que si les pasa algo es porque no tuvieron cuidado. Como sociedad estamos suspendiendo en educación para la igualdad-equidad, por eso hay más monstruos extraterrestres de la cuenta, por eso los propios padres les dicen a sus hijas que tengan cuidado. Deberíamos de dejar de decir eso de «ten cuidado» y pasar a decir «se libre». Cada mujer que es agredida, violada o asesinada es una víctima cultural porque la sociedad no hace apenas nada para evitarlo, apenas nos proteje. Vivimos en una sociedad que no asume que cada día crea pequeños monstruos extraterrestres y perpetúa los ya existentes. Si nos pasa algo será el precio de nuestra libertad. Somos libres para volver caminando por unas calles de Bilbao, solo estamos caminando, no estamos haciendo ninguna locura, así que vayamos tranquilas de vuelta a casa que aún nos quedan las escaleras»; vivíamos en un lugar con muchas escaleras. Me acordé mucho de mi amiga durante el viaje, el primer día que cogí la mochila aquella madrugada volví a cerrar los ojos y hacer aquel juego de las preguntas.

Durante mis primeros días de viaje fue que conocí a Alu, la chica argentina que llevaba cerca de tres años de aventuras en solitario por Latinoamérica. Fue ella quien me instruyó, y fue a ella a quien le pregunté la gran pregunta «¿si viajo sola estoy haciendo una locura? ¿es tan tan peligroso plantearme ir sola a Guatemala, México o Colombia? ¿hacer la ruta de la Panamericana por Sudamérica?; dime la verdad porque tengo miedo y no quiero ser valiente. He conocido chicos y todos me dicen que es seguro, pero ellos son chicos Alu, yo quiero saber si tú, como mujer, me dices si es muy peligroso lo que pretendo hacer». Alu me dijo que no tuviera miedo y que siempre, por encima de todo, confiara en mi instinto. «Si algo te dice que no vayas por ahí, date la vuelta y vete, no lo pienses dos veces. Tu instinto es lo que te protegerá, así que tu labor es aprender a escuchar a tu instinto. Lo demás es no tener mala suerte y tomar algunas precauciones que te otorguen a ti seguridad. No te niegues esta bella experiencia por miedo (por miedo a los hombres)».

Entre las precauciones que aprendí fruto de su convivencia, y la de otras chicas a lo largo de mi viaje destacaron varias que inconscientemente aplicaba mucho y me hacían sentir más segura y tener mi propia autonomía. Cuando planificaba una ruta siempre evitaba a toda costa llegar después de que cayera el sol a una ciudad que no conocía, y eso suponía calcular las horas de viaje con anterioridad y margen de retraso, e incluso salir de madrugada si el viaje iba a ser muy largo. Si no había modo alguno de evitar llegar de noche, siempre procuraba hacerlo con reserva y dirección concreta donde ir a pasar al menos la primera noche. Otra norma no escrita era preguntar a señoras, y no a señores, cuando andabas muy perdida. Preguntaba a señoras en el bus, en el mercado o en cualquier sitio, las señoras me transmitían cariño, empatizaban con mi sensación de pérdida y confiaba instintivamente en ellas; también me encontré con señores maravillosos. Preguntar a señoras con puestos fijos cuando se trataba de la búsqueda de un banco o cajero automático; ir a un cajero siempre de día. Cuando tomaba algún taxi lo hacía con el móvil a mano, en él tenía una aplicación con GPS (sin necesitad de internet) que me permitía saber la ruta que tomaba el taxi acorde a mi ruta personal, mientras miraba para cerciorarme por dónde iba y así sentirme segura, más aún si era de noche, fingía vidas de película como: «vivo en el país… llegué hace siete meses… trabajo en un proyecto… e incluso reconozco (sin enorgullecerme) que he inventado novios ficticios que me esperaban en las direcciones a las que iba si me preguntaban «¿y estás tu sola?»» A veces, cuando viajaba con algún chico que coincidíamos en ruta durante unos días, tenía como una especie de sensación de alivio; era como si pudiera relajarme por uno días, daba igual dónde sentarme en el autobús o si ya era de noche y salíamos a tomar algo, daban igual muchas cosas. Una vez una chica me dijo: “cuando voy a cruzar una frontera siempre me visto para ser invisible, intento pasar lo más desapercibida posible. Estoy sola viviendo en un mundo que percibe una vagina solitaria, me visto modosa y procuro preguntar a señoras. Las conquistas sociales se hacen en colectivo, mi conquista es viajar y hacer ver que viajar siendo mujer y sola es posible, pero solo me atrevo a llevar escote, un vestido veraniego o pantalón corto cuando me topo con más chicas en el viaje. No me enorgullece reconocer eso pero me resulta agotador ser valiente». Me dejó pensando mucho tiempo.

Siempre que me han preguntado «¿viajaste tu sola y no te pasó nada? Una chica sola viajando, ¿y no te ha pasa nada?» he contestado lo mismo, que no, que no me había pasado nada malo; que tuve quizás mucha suerte, que Latinomérica es preciosa y su gente una delicia, y que no hay que ser una chica fuerte para viajar, simplemente hay que tener curiosidad y ganas de llevar una mochila a cuestas para descubrir el mundo. En realidad si me pasaron cosas, si me pasaron cosas malas e incómodas, pero a lo largo de mis veintisiete años me han pasado cosas malas e incómodas por ser una chica sola allí, aquí y en otros muchos lugares y jamás las cuento porque me cuesta contarlas; porque temo que la gente piense «a quién se le ocurre hacer lo que hiciste»; porque te temes a ti misma porque cuando tienes experiencias malas e incómodas a veces se te va la voz y tarda demasiado en que vuelva; o simplemente porque temo que perdure la idea de peligro frente a todas las experiencias buenas que rodean a un viaje; porque temo que la gente siga diciendo eso de cuidado. Algún día las contaré, porque el silencio también camufla la realidad, pero no es hoy.

Hace una semana dos chicas argentinas que estaban viajando de 21 y 22 años fueron asesinadas en Montañita, Ecuador, un pueblecito que casi todx mochilerx tiene en ruta. Yo no estuve en Montañita porque estaba tan cansada cuando llegué a Ecuador que me quedé mucho más tiempo en casa de una amiga en Quito recibiendo sus mimos, pero quizás hubiera ido. Hoy en el día de LAS MUJERES (no solo de las mujeres trabajadoras), en el día que se celebra la lucha de LAS MUJERES por alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades me acuerdo de esas chicas, quizás por propia empatía, porqué podría haber sido yo, porque aquel asesinato fue un escaparate para ver de cerca cuan cruel puede ser la cultura en la que vivimos juzgando a una chica que decide viajar sin un hombre. “Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, “viajaban solas”. Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban “solas”. ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser “solas”, algo les faltaba… Adivinen qué” escribió Mariana Sidoti como crítica a las noticias que salieron publicadas en referencia a sus muertes los primeros días. Las encontraron muertas y todas las preguntas que surgieron en la prensa nacional e internacional giraron en torno a ellas ¿qué hacían viajando? ¿por qué andaban «solas»? ¿si habían salido de fiesta? ¿qué ropa llevaban? ¿se habrían drogado? ¿se habían metido en un barrio peligroso? e incluso se lanzaron preguntas del tipo ¿cómo unos padres permiten que sus hijas viajen «solas»?… La prensa no hizo un retrato robot sobre el perfil de los posibles asesinos, no se hizo un interrogatorio exhaustivo para ver que tantas preguntas podrían hacerse sobre ellos; si sería un loco o unos locos, o si serían unos chicos normales que emplearon su poder y su fuerza en forzar a unas chicas, tocarlas sin su consentimiento, agredirlas y finalmente matarlas de una cuchillada dejándolas morir desangradas.No se preguntó qué tipo de sociedad somos para que crezcan monstruos extraterrestres

El día de LAS MUJERES conmemora a esas chicas, a esas chicas y todas esas mujeres que a lo largo de la historia han perdido su vida por ejercer algo tan sencillo como es ser pajaritos libres, por desafiar la cultura en la que vivimos, por luchar en alcanzar o rebatir derechos que hoy asumimos como normales. Es un día para recordar todas las luchas que las mujeres emprendieron y seguimos emprendiendo. Es un día para pararnos a pensar como sociedad y descubrir si somos libres o aún nos queda muchísimo por hacer, si vivimos en una sociedad equitativa o aún quedan inmensos caminos sobre los que trabajar para que las futuras niñas y niños viven en un mundo mucho más justo, mucho más justo para todos los géneros. El 8 de marzo no es una celebración exclusiva de las mujeres, es una celebración que se conmemora la lucha por alcanzar la Igualdad de Las Mujeres pero es necesario que en esta lucha también estén los hombres, toda la sociedad debería levantarse y reclamar la igualdad. Un profesor dijo una vez en clase a los chicos presentes, las luchas feministas es como si en los años setenta hubierais optado por estar al margen en una manifestación contra el racismo, no hace falta ser negrx para defender la igualdad de derechos entre blancxs y negrxs y darse cuenta que en toda opresión hay privilegiados y oprimidos. No hace falta ser mujer para salir a luchar y defender la igualdad y la equidad, el machismo nos afecta a todos, solo hay que ver las estadísticas mundiales y también las nacionales para alarmarse, y si no salís a defender el feminismo estaréis sentados y el que se sienta está otorgando el poder al opresor. Decidid en qué bando estáis porque solo hay dos.

Esas chicas son mi 8 de marzo de este año. Cuando me enteré de la noticia una parte de mi se alegró de estar en casa, no por mi, si no porque hubiera sido un drama familiar si ya de por sí vivían asustados. Yo hubiera seguido aventura, porque lo decidí aquella madrugada, porque no hay monstruos extraterrestres solo en Ecuador, México o Colombia; hay monstruos extraterrestres también aquí, pero todo el mundo hubiera interpretado mi viaje como un desafío a la locura. Aquella madrugada antes de partir con mi mochila decidí que solo quería ser una aventura más, igual que cualquier aventurero. Quería conocerme a mi misma en esa aventura, ser una chica libre que hace lo que se la repanpinfla por el propio impulso de sentir, descubrirse, disfrutar… no quería dejar de hacer cosas por ser chica, por no tener un chico o porque no encontrara a un gran grupo de chicas que me acompañara; hay viajes que a veces hay que hacer sola porque forma parte de la experiencia y el aprendizaje enfrentarse a una misma. No perpetuemos la sensación de que te estás jugando la vida si no vas acompañada de un hombre que te proteja, anhelé que la gente dejara de decirme que tuviera cuidado; porque todo el mundo, mi familia, los amigos y con cualquier persona que me topaba durante el viaje me decía que tuviera cuidado, con el mayor de los cariños me reforzaban a cada instante que era una vagina solitaria y tenía que tener miedo, que debía de tener miedo, miedo a los hombres, que debía protegerme de ellos porque no tenía otro a mi lado que me protegiera. Hice el viaje asumiendo que podría pasarme cualquier cosa, igual que siempre lo asumí cuando he vuelto sola a casa, o he salido de fiesta de noche; pero aprendí a asumirlo como un acto de mi lucha por la libertad, una libertad que no quiero perder y que como sociedad creo deberíamos cuidar entre todas y todos. He tenido suerte, pero si no la hubiera tenido, si no la hubiera tenido y me hubiera topado con un monstruo extraterrestres como esas dos chicas, no creo que debiera ser juzgada como culpable, ellas al igual que yo y otras muchas chicas y muchos chicos solo eramos mochileras.

Al terminar el viaje Pelo Zanahoria me dijo uno de los piropos más bonitos que jamás me han dicho. Recuerdo que recibí un mensaje al móvil que decía que le estaba hablando a su hermana de los días que habíamos viajado juntos por México y que la había dicho de mi que «Era una chica muy fuerte y muy libre», yo le contesté entre risas que en realidad no era tan fuerte, que en unas horas tenía que coger el avión y estaba temblando, pero que «Dankre» (muchas gracias en alemán suizo).

Celebremos todas y todos juntos las victorias alcanzadas, por ello Feliz Día de Las Mujeres, pero en el último brindis no nos olvidemos de ellas, de todas y de mañana.

Dibujo chicas mochileras desnudas con un mapa de Latinoamerica. Feminismo

Tiburón

Tiburón

Siempre me ha costado tomar decisiones. Desde pequeña desmenuzaba todas las elecciones en análisis tan minuciosos que finalmente, ante tantas posibles e infinitas variables de pros y contras, siempre acababa optando en depositar esa gigantesca responsabilidad, que es elegir, en el más puro azar. De ese modo, mi historial personal ante decisiones importantes, y no tan importantes, está lleno de: lanzamientos de monedas con cara y cruz; seguimiento de señales divinas como el cruce de una hormiga; elecciones por ordenamiento alfabético de A, B y C; premoniciones de dedo con los ojos cerrados; deshoje de ramilletes y ramilletes de margaritas; susurrantes y efectivas melodías como el pito pito gorgorito; o educados y cotidianos «me da igual». Es por tanto, que no es de extrañar, que a la hora de elegir qué quería ser de mayor los test me vaticinaran un caótico empate entre todas las ramas posibles y que aún hoy, muchos años y tropiezos después, siga sin tener respuesta para ello, más allá de que “feliz» siempre ha sido una respuesta acertada.

Cuando me agobio, porque todo caos genera agobio, en mi defensa me gusta resoplar y pensar que si me viera el carismático e interesante sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman me pasaría su viejecilla mano por la cabezota, y me dejaría resoplar y resoplar sin necesidad de decir nada más. Asumo que más que vivir en lo que el denominó modernidad líquida, yo vivo inmersa en un estado gaseoso repleto de indecisiones y desreglados horizontes sin tierra a la vista. Sin embargo, quiero creer que más allá de mi propio caos, que es mucho, este nuevo horizonte volátil, inseguro y lleno de infinidad de puertas en el que he crecido como ciudadana de un país enriquecido y forjado en los sueños como mapa de ruta, también ha aportado su grano de arena para esta caótica capacidad que tengo de dar largos y tediosos sermones de lo que no quiero, cuando en realidad me resulta imposible definir lo que sí me gustaría.

Viviendo en Costa Rica, una de mis compañeras de trabajo, después de compartir oficina durante un mes y cargar cariñosamente con mis cotidianos «lo que tu quieras» cada vez que me preguntaba qué música poner ese día, me dijo: «Hay dos cosas que tienes que aprender mientras estés aquí, y no se trata ninguna de ellas relacionadas con el trabajo. La primera, y muy importante, es saber DESEAR. Identificar lo que quieres y te gusta. Aprender a mostrar tu deseo sin vergüenza, sin miedo. Y la segunda cosa, más importante aún si cabe, es que tienes que aprender a MANDAR A COMER MIERDA».

Para MANDAR A COMER MIERDA las instrucciones eran bastante sencillas. Si algo o alguien te hace daño -consciente o inconscientemente- tu primera tarea no es intentar justificar, entender o analizar (eso ya vendrá luego); si no parar y mandar a comer mierda. Ya sea al más puro estilo Sofía Loren, como me gustaba imaginarme, o huyendo con discreción y cerrando la puerta tras de ti, como en realidad haría. La moraleja, fuera cual fuera tu opción interpretativa, era saber identificar cuando algo te hiere parar ser capaz de protegerte y evitar por todos los medios comerse la mierda unx mismx.

Por el contrario, el juego de DESEAR resultó ser mucho más difícil de interiorizar. Para ello mi compañera me puso la terrible tarea de que le hiciera un divertido powerpoint explicándole con dibujos todo lo que quería «PEDIRLE AL UNIVERSO» durante mi estancia allí. Yo, reacia a las peticiones divinas y, buena aprendiz de «cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir», me opuse a jugar y nunca jamás hice esa tarea. No obstante, si fui testigo del divertido juego que poco a poco se fue instaurando en la oficina.

Si alguien pedía una nave espacial, a los días aparecía una nave espacial. Si alguien necesitaba dinero para una locura, a los días aparecía un trabajillo para conseguirlo. Si alguien necesitaba que l@ empotraran, a los días aparecía un Empotrador. El juego del universo resultó ser el juego más peligroso y divertido del que jamás he sido testigo, y cuando llegó el día de lanzarme con mi mochila azul sola al mundo, supe que como regalo de aquellos divertidos seis meses en Costa Rica me llevaba conmigo el loco juego de PÍDELE AL UNIVERSO Y VERÁS.

En Nicaragua empecé a interiorizarlo, pero no fue hasta que llegué a Guatemala y conviví con Alu, fan incondicional del juego, y más tarde en México con Pelo zanahoria, que realmente empecé a jugar y saborear, cual niña con barita mágica, este loco poder. Si quería una guía de viajes de Guatemala, el universo me regalaba una guía. Si tenía tupper pero no cubiertos, en menos de dos semanas ya tenía la cubertería completa (Aitor, tengo tu navaja, se quedó en la bolsa de los tomates :P). Pelo zanahoria fue fruto del propio universo, un día pensé «debería practicar inglés, que se me están olvidando hasta los colores» y a los dos días apareció Pelo Zanahoria. Un divertido chico suizo muy racional, que durante los doce días que viajamos juntos chapurreando inglés por México acabó sucumbiendo al juego del universo cual latino embriagado de pasión.

Después de cientos y milagrosos ejemplos, un día aterrizó por sorpresa mi familia en México. Esa primera noche, derrotados por el jetlaj y la emoción del reencuentro, les conté esperando el ferry el divertido juego del universo. Nadie pareció entusiasmarse mucho. Mi padre, mucho más racional que Pelo zanahoria, ponía caras que solo dejaban entrever «¿qué le están haciendo a mi hija por estas tierras?» Mi madre, con esa vena maternal de todo querer justificarlo, parecía mucha más proclive a seguirme el juego. Y mi hermano, sumido en su particular sentido del humor, encontró en esta propuesta todo lo necesario para alegrar el viaje de principio a fin.

Durante el primer día intenté que jugaran, pero resultó imposible; no estaban preparados para la principal norma del juego «dejarse llevar». Era un rebaño demasiado racional y yo una pastora sin milagros convincentes que mostrar, así que el universo tuvo que actuar para dar evidencia del juego.

Dos días más tarde fuimos a hacer una excursión para ir a ver el tiburón ballena, una turistada en toda regla que se rige bajo la idea «nunca más volveré a estar aquí, ¡vayamoooos!». Para ello contratamos la excursión en un hostel juvenil, porque en los hostel juveniles siempre son más baratos. Así que a las ocho de la mañana nos subimos en una lancha en busca del tiburón ballena con un grupo de chicas suecas, una pareja puberta de enamorados ingleses y mis padres como testigos de la maravillosa juventud. Hora y media más tarde, y parados en pleno oleaje en busca del tiburón, yo estaba blanquecina y mareada enganchada a la barandilla; mis padres agarrados entre sí cual hundimiento del Titanic con los ojos cerrados de las nauseas; mientras mi hermano, las chicas suecas y los enamorados pubertos nos contemplaban divertidos y muy sanos. Quizás no deberíamos haber contratado la excursión en un hostel juvenil.

La actividad ficticia consistía en localizar y bañarse con el tiburón ballena (el pez existente más grande del mundo), cual película de Liberar a Willy en medio del mar. Pero la realidad de ese día es que había oleaje y demasiados turistas invadiendo el hábitat natural; así que los tiburones ballenas estaban algo alborotados y jugaban al escondite, supongo cansados de tanta lancha y cámara de fotos.

Dada la poca receptividad al posado de los tiburones ese día, cada vez que aparecía uno las lanchas jugaban a lanzar turistas con los motores en marcha bajo la orden de nadar a toda velocidad hasta acercarse prudencialmente a ese tibueron antes de que decidiera marcharse a las profundidades del mar. Mis padres, ante el contexto de «súper turistas juveniles nadando entre oleaje en busca de tiburones» dijeron que no se lanzaban, que bastante tenían con sobrevivir a la barca. Yo y mi hermano, por eso de ser jóvenes e ingenuos, dijimos que sí, que para eso habíamos ido, pero como apto de valentía optamos por quedamos rezagados con la última tanda para ver el panorama primero.

Solo podíamos lanzarnos de tres en tres junto al guía; así que con tanta espera entre los turnos llegados al final yo estaba ya tan mareada que dudaba cual muerte sería más heroica, si la de los movimientos de la barca o la de ser zambullida por un tiburón al fondo del mar. Cuando llegó nuestro turno el tiburón desapareció, y el guía consideró trasladarnos con la lancha a otro sitio. Llegado ese momento ya lo tenía claro, ya no le temía al tiburón, solo quería lanzarme al agua para que aquello dejara de moverse.

Estaba tan mareada que me la repanpinflaba todo, absolutamente todo. Me enganché a la barandilla e hice la plegaria pertinente: «Por favor universo. Un tiburón, un tiburón, un tiburón… un tiburón y que todo esto se acabe y podamos volver a tierra firme». Lo dije en voz alto y mirando a mis padres blanquecinos, añadiéndoles con la mirada un «veis, ahora es un bonito momento para jugar al universo».

Normalmente el juego del universo es mucho más pecaminoso, pero es totalmente viable hacer plegarias de supervivencia si lo requiere el momento, como yo aquel día. Fue entonces que de repente apareció un supuesto tiburón ballena anunciado bajo los gritos del guía que exclamaba: «Al agua. Al agua. Al agua…». Con la lancha en marcha mi hermano y yo nos lanzamos junto al guía sumidos en la acción, había llegado nuestro turno. Lo hicimos con voltereta para atrás incluida, como nos habían indicado, como en las películas. Con las gafas, el tubo, las aletas y un anti-erótico chaleco flotante. Pero como era de esperar, pese a las intenciones, no fue nada como en las películas, al menos mi interpretación. Nada más caer al agua las gafas se me movieron y me entró agua en el interior de ellas, agua que también tragué por la boca y ese desdichado tubo. Con la lancha alejándose me di cuenta que era incapaz de nadar a toda velocidad porque el chaleco más allá de ser antierótico también era antimovimiento porque se me subía a las orejas y mi movimiento estiloso se limitaba al de un perro flotando que chapotea con la cabeza de fuera.

No obstante, pese a todo, pese a la des-ubicación por la caida y el amago de ahogarme entre tanta agua, intenté controlar la escena, o al menos las gafas, en un mero instinto de sobrevivir. Me paré, eché un vistazo a mi alrededor y decidí nadar en busca de mi hermano, el guía, o alguien con aletas en medio de aquel inmenso mar supuestamente lleno de tiburones ballena en el que no veía a nadie entre tanto oleaje. En una de esas fue que vi un chaleco y decidí nadar hacía allí con todas mis fuerzas mientras en mi interior mandaba a comer mierda con todas las letras esa loca excursión. Me sentía como en un capítulo de Lena Dunhan, o en la mismísima película de Bridget Jones, luchando por no morir patéticamente rodeada de turistas felices y atléticos que en realidad si disfrutaban con aquella locura.

En uno de esos momentos en los que me volví a araganter, y no paraba de balbucear agua por todas partes, fue que me sumergí bajo el mar para recolocarme las gafas; y entonces pasó, de cruces me tope de cara con un tiburón ballena bajo el agua. Ahí estaba frente a mi, un inmenso tiburón ballena de más de 10 metros de largo con la boca abierta de par en par frente a mi diminuta cara moviéndose hacía mi, hacía mi dirección, rumbo a toparse con mi cuerpo. Me aparté, y lo vi pasar bajo el agua casi rozándome a mi lado con la tranquilidad de quien sabe que es mucho más grande que tú.

Cuando segundos más tarde saqué la cabeza a la superficie allí estaba mi hermano, mirándome con cara de «Ohhhhhhh ibas a morir» y tras de sí, todo un arsenal de turistas detrás de él que venían en mi dirección buscando al tiburón. Yo me quedé allí petrificada sin intención de ir a buscar al tiburón, solo quería buscar la barca y volver a tierra firme. Lo conseguí, entre brazadas de supervivencia llegué a la lancha y cuando subí agotada les dije a mis padres con el poco orgullo que me quedaba del susto: «Veis, yo quería tiburón, pues casi me come un tiburón», y me senté toda digna desprendiendo el glamour que otorga el andar con aletas, chaleco, y el pelo todo enmarañado entre las gafas.

El tiburón ballena solo como plancton y pececines, pero tiene cara de tiburón de película comepersonas y puede medir más de 12 metros, así que esta historia tiene validez de terror. Con mi familia todo muy bien, intenté que jugaran al Juego del Universo pero fue prácticamente imposible; eso sí, mi hermano se encontró un montón de clips y para el juego del clip no se ponía tan racional.

Los despedí hace una semana desde el aeropuerto de Ciudad de México con la promesa de que volvería pronto a casa. En realidad no sabía decirles otra cosa, no sé cuales son mis planes, ni siquiera sé que anda buscando, por qué estoy viajando en realidad. Toda esta aventura empezó al más puro estilo Forrest Gump, y supuse que me pasaría como a él, que algún día me cansaría de correr y pararía, simplemente pararía. No obstante, en un ejercicio de ser más responsable y con la idea de tranquilizarles, y aprender a desear y organizarme mejor, ayer hice mi lista de deseos.  Así que desde una pequeña biblioteca de un pueblo del norte de México diré que oficialmente me he cambiado el billete y, si todo va bien, vuelvo a casa el próximo 21 de diciembre desde Buenos Aires, Argentina. Cómo consiga llegar hasta el otro extremo de este hermoso continente, desde México hasta la mismísima Argentina, forma parte de esta aventura de desearlo y dejarse llevar.

Mochila

Mochila

La mochila no puede pesar demasiado, cuando tienes que cargar con todos tus bártulos a cuestas hay que meditar seriamente en casa y delante de un té qué echar dentro de ella. Yo no me tomé ningún té y mi mochila azul pesa demasiado.

Me di cuenta que pesaba mucho la mañana que salí de casa, había conseguido cerrarla apenas cinco minutos antes. Apoyada en el portón todo parecía convivir bajo una aparente y milimétrica presión en su interior, pero cuando en el silencio y la soledad de las cuatro de la madrugada  el taxi pitó y yo hice el amago de subir aquella mochila sola sobre mis hombros -bajo la atenta mirada de Chico, el perro de mis compañeras de piso, despidiéndome-, descubrí que tenía un pesado problema que sobresalía quince centímetros sobre mi cabeza y me hundía otros veinte centímetros sobre mis pies. Me reproché en ese mismo instante, mientras cerraba el que había sido mi hogar en Costa Rica durante seis meses sumergida en prisas, suspiros y un pesado equilibrio,  el no haberme tomado toda una caja de tes una semana antes.

Desde el lunes voy arrastrando esa mochila azul por NIcaragua. Es divertido viajar como un caracol pesado, la gente te mira con un cierto aire de pena infinita y siempre hay almas caritativas que te van dando un empujón para subirla a los autobuses, para custodiarla o para equilibrarte y no dejarte caer escaleras abajo. Txabi entre miradas graciosas y empujones me avisa de que tengo que hacer un juicio final y aligerar concienzudamente esa mortaja; Ander se muestra más benevolente y se limita entre chistes a ser mi fiel escudero y ayudarme a colocar la pesada armadura en cada traslado.

Estamos en León, Txabi trabajó aquí seis meses y nos hace de guía, es una ciudad preciosa. Andrea, su novia, acaba de llegar desde Bilbao para pasar el verano y alegrar la aventura. Vamos a estar unas semanas por aquí, es nuestra sede, y mientras tanto la mochila ha quedado apaciguada en una esquina de la habitación. Allí reposa esperando bajo un ventilador, entre cuatro discretas camas y los trastos esparcidos de quienes construyen una casa dentro de una mochila. A veces cuando nos tumbamos y charlamos rebosantes de sudor la observo de reojo, me viene a la cabeza mientras bebemos jugos por la calle para combatir el asfixiante calor o descubrimos paseando la historia del Sandinismo en cualquier curioso mural de sus calles,…de repente me veo pensando en esa mochila azul y empiezo sin querer a elaborar esa lista con todo aquello que voy a tener que dejar; mi sudadera gris, mis zapatillas medio rotas negras, aquella falda que me compré paseando una mañana por el mercadillo “2 de mayo” de Bilbao, mis sábanas que eché porque no sabía dónde podía acabar durmiendo cualquier noche dentro de esta aventura,.. Qué difícil y qué tonto resulta hacer esta lista, son sólo cosas al fin y al cabo, pero aunque pesen, ocupen espacio y sean un trasto tengo ese extraña sensación de que quizás algún día las pueda necesitar, quizás algún día haga más fresco y ya no tenga mi sudadera gris.